domingo, 11 de noviembre de 2012

Dos mil doce



BOLSAS


La bolsa gris y la roja
sobresalen del piso
color caramelo.
Algo dulce, pero no,
el pasillo es más largo
como el cuello o el secador
de peluquería.
Aterrizar es difícil
a la distancia.
Un sombrero, un reclamo,
un llamado justo a tiempo
para que la actriz ponga cara
de no haber actuado.
Un pomo naranja
y dos trapos amarillos
son suficientes
para armar una publicidad.




TREN


El tren de los eslabones
brillantes sobre un plano vertical
me hizo recuperar la memoria
y especular con una posibilidad.
Si al doblar la barrera baja
optara por el desvío,
el lamento se prolongaría
hasta sortear toda esa carga.
Enseguida las rectas
que se llevan a patadas
me parirían sin querer
a mi izquierda al ver la casa.




AMPLIACION


Sobre las redes de ping pong
se levanta el habitáculo
para futuros enfermos.
Jugadores pertrechados
de convexidades esféricas
hacen ruido con paletas.
Alguien mira entre piso
y cielo raso sostenido
con aire.
Camino al jardín hablamos mucho
sobre que no tenía dedos.
Viento y carruaje compiten
bastante después de la noticia
de que con pies pintan pintores.
¿Se puede bailar el tango
con un perro en la cabeza?
Da vueltas y se cae de hambre.




SUPOSICION


No puede ser casual
que en la evacuación
haya alarma.
Es agua que inunda
y va subiendo a las paredes
invisibles para mí.
Cuanto más tiempo pase
la alteración del ánimo
mayor será el trabajo.
Salgo, camino y primero
no distingo algo preciso
hasta el llamado hueco.
Así que ahora llueve
por una pila de techos
vecinos sin edificio.




GORDA


La escultura de la gorda por el mar
son plaga en el pasado las gordas,
mas ahora reinan los golpes.
Onda, mucha onda sobre las sierras
aunque no exista, aunque el paseo mienta.



Decime la verdad sobre esa foto,
de cuándo es, con quién te sacaste,
qué pasó después.
Decime todo
lo que se me ocurre preguntar.
Ya no quiero volar y en la ausencia
asustarme en madrugada.
El presente es un delay, galopando de lobero.
Me prohíben un café porque rompo la armonía,
a la costa subiría si por viento
no entendiese ese cruzado.
Gorda vení, gorda quedate.
¿En qué momento te perdí?
¿Cuándo hablaste otros idiomas?
Te explico, ahora (carbonizado)
desde el comienzo o casi bota,
la esperanza marca estas cosas.




ENCINTA


El pelo negro la pone encinta
en ruéganos de no dimitir.
Pide como animal, pero sin falda
el miedo a la reacción, que
por mi reacción la lleva
después de toda la película
imaginada a huir sin obstáculo
aunque mira el óxido de los bordes
que ya nadie siquiera toca
en la noche previa a la incógnita.
Del final ya no como
esta tarde ni tomo el agua
abundante porque el ventrílocuo
de la familia imagine
(por ocio) un perro ladrón
que le esquiva a las pendientes.
Del perímetro salvo una,
que acomoda su espalda
en los planes de la noche,
todas averiguan quién camina
entre los surcos que a simple vista
mienten como si supieran
o dijeran después del cumpleaños
de la víspera que falta tiempo
para el fin del mundo.
La biblioteca podría mover
en metros pero se queda
a observar quieta y a oír un ruido
de bombilla que hace el compás
a la otra autora
de los mejores tarareos fugaces.




RAYOS


Hace unos dìas conocí
la ciudad de los rayos,
cielo y asfalto nada más
arriba y abajo del aire.
Falta el aire en realidad
y ahora caigo que puedo respirar.
Nunca había adelgazado
tanto como esta vez.
Parece un chiste que pase
tras la charla familiar.
La malasangre por motivo,
como una tabla de cálculo
que no me deja descansar,
es letra para el coro:
políglotas expertas en ordenar
recorrieron cada bajada
y desvío, hasta el imprevisto.
Una vez, el rayo fue largo,
más largo de lo normal,
encapsulado en alambre
para evitar un juicio.
A mí me hicieron pagar,
no tuve nada más que pedir
explicaciones y desde entonces
las estoy esperando.




MES


La diferencia entre el nacimiento
y las fotos que se perderán
es un adverbio arbitrario.
Ya le dije que corra la madera
picada en flores y yuyos
para leer el cuento que no envejece.
La respuesta fue "ni mu"
como cuando vuelvo y entro a girar
entre cordones desentendidos.
El equilibrio es lo importante,
descansar si es la propuesta
el exabrupto incontrolable.
El vaso vigila, como la luz
encendida en la madrugada
antes del éxodo creador.
Miré e interpreté en el día
a dos que se presentaban
como extraños que no eran.




DIGESTION


La digestión está cerca
del lugar donde me encuentro.
Los peones remanentes
se ocupan de administrarlo.
Hay una alternativa
que es mirar hacia arriba,
un poco al costado
y enervar el cuerpo,
tembladeral en helicóptero,
para hallar el doblez sobre el velcro.
Detras de mí
el mundo crece hacia arriba;
al costado, a lo ancho.
Si fuese chiquita para decir textura
uno de sus placeres no habitaría en el tacto.
Mejor que tal
como están las cosas
me encierre en el baño.




SOLDADOS


Tres soldados azules y blancos
conversan al lado de las flores
con las manos en los bolsillos,
sin armas, tanto que ahora
sólo se les ve las cabezas.
Es como si manipularan
un control remoto.
Sin una lógica explícita
uno se aleja del grupo
y los otros lo siguen.
Señala unos bultos
y vuelve a caminar.
Los otros lo siguen.
Uno de los soldados
es una mujer manifiesta
por el péndulo de su pierna.
Además lleva algo para notar
como en general hacen las mujeres.
De golpe ya no están
y el batifondo ha cesado.
Las flores más quietas
junto a la piedra,
ahora que mermó el viento.




MUÑECOS


Son todos unos muñecos
estos animales
famosos.
Todos los animales son famosos
y también los orientales
que piden autógrafos.
¿Por qué nosotros no?
¿Por qué somos diferentes?



Caminamos entre muñecos
que parecen presos
y nos creemos libres.
Hay que volar hasta la Luna,
pensar al menos con estar
alguna vez en Marte.
Vivimos en casas,
vamos a los parques
aunque el clima no ayude,
pendientes de un cataclismo.
Los paseos de cuatro días
siempre terminan de noche.




TORRES


Este lugar es nuevo,
pero está terminado.
Hay dos torres y por la hora
las piletas lucen distintas.
La esperanza es femenina,
sobre todo cuando hay baldes
en una cornisa blanca
de porcelana, haciendo equilibrio.
Tengo que dormir en una fábrica
y me lo cuestiono aunque hacerlo
venga a proveer el calor.
Como que se dice es incomprobable
nos sumergimos en la noticia de hoy:
la gran fuente que regula el confort
es una caja negra para los más chicos.
Las llaves son de plata
y tienen una inscripción
que es la historia de hace treinta años
proyectada sobre un abanico.
Me tomo todos los aviones y llego
y corro y me mojo aunque no quiera
porque el resultado excede
una serie de motivaciones.




NOMBRE


Si pudiera recordar el nombre
común del artefacto
que se asemeja al ancla
(no en formato pero sí
por la función que desempeña,
no en cómo suena pero sí
en la sensación sobre la rama),
el palabrerío que se repite
de una semana a otra
hallaría la síntesis.




CALLE


La noche que no sospechaba
volver a la calle
nació el gato celeste,
afortunado de que un día
un invento fue la rueda.
Camino en la vereda estropeada
y si paso por el pozo
una alfombra desintegra.
Después venía mi casa
hasta que fue mi casa,
y un instante desapareció.
Es lo único que pasa al entrar al túnel
aunque la mirada intente maniobrar.
Pero de repente (nada es de repente)
el monólogo de la condena
se disuelve en intentos
de sustitución.
Ya lo sabía, yo conocía este placer
que tal vez sea pasajero,
cuyo mayor rasgo es la espera.
El regreso viene con clave
música ordena, inapelable:
Es importante saber esperar
que algo suceda.




OLOR


El olor es un tema,
más allá de las paredes.
Si acá llega así,
tanto que me creí culpable,
el chofer no quiere
ni pensar cómo será
en el lugar donde se generó.
Nadie sabe,
muchos nos preguntamos
no quita la sospecha.
Es el pelo, cuyo tónico anticaspa
despliega su melodía atonal
a través de la neblina.
Son kilómetros que propala,
mientras los vegetales se rinden
después del esfuerzo.
Que nadie sepa que fui yo
el que inició el incendio
es fácil con el recuerdo
de aquella temporada
en la que todo lo que sucedía
se originaba en campos lejanos.




OBRA


Supongamos que es una obra
de orfebrería,
como la que vi un día.
Hay una caminata, una balanza
y la duda que sigue pescando
entre enfermedades
y acertijos por la honestidad.
Llegamos a la curva
más transitada de la ciudad.
Mi interlocutora no entiende
nada pero igual
me quiere muchísimo.
Te dejo solito para siempre,
me dice antes de partir.
Está lleno de unos colectivos
esclavos que me recuerdan la niñez.




DO


Batifondo, silencio y otra vez
el susurro en la distancia
que anuncia un nuevo estrés.
El recuerdo es de la tarde
cuando sólo una lámpara
pequeña y amarilla
ha quedado encendida.
Ahí estaban los hombres
con sus novias redondeadas
cuyos pliegues en vestidos
distraían mi rabillo.
Mecanismo eco es
que disuelve en este fondo
y revela: no hay dolor.
Las comidas y bebidas
oportunas menos ésta
que esta noche va anulando
hipotecas de mi estado.
Hay un chico de diez años
en la contra recostado
junto al aire sin escollos
contrafuerza de la luz.




CORONA


Hay que empezar a estirar
cuando uno se vuelve loco
y las chinelas se arrastran.
La corona roja mantiene
su altura entre los brazos
en serpentina y cubre bocas:
La que está enfema
ahora y la que cante
en la normal actividad.
Los pies me recuerdan
la actitud de referente
con nombre de gaucho.
El que escribe lo deforma
en sus primeras
obras como afilador.
Hay que medir el hilo
para la manualidad
cuyo objeto es enhebrar.




OSCURIDAD


El ritmo sobre la cabeza
desparrama esferas y nostalgia.
Es la hora a la que se regresa
del cine o de comer
y el departamento no tiene sentido.
Ya no son maniquíes
los que se despojan en vivo
mientras los talones elevados
delatan los pasos.
La oscuridad, apenas interrumpida,
baña la conciencia en un instante.
Hay que verlo, porque pasa
y no se ve más.




VOZ


Hay una prisa de la voz
sobre la melodía
en el último látigo
hasta que el líquido
se termina de acomodar.
Lo que dura la fiesta
y los tambores convocan
en inglés a repetir
todo en otra versión
la lluvia sigue.
El tono y la articulación
no cambian nada
en la comparación de estados
de ánimo y salud.
Repiquetea otra vez
el apuro y se adivinan
girones de jadeo, contenidos
poco antes de la internación.
El tango no le interesa
dice el gato y esconde
el filo de la garganta
satisfecho con la posta
que lo nombra el heredero.
Ha sido una noche mágica
y despertar fue un sobresalto.




NUDILLO


Siempre el mismo nudillo
el que se lastima,
haga frío o calor.
El hecho es que lo necesita
el hambre del mediodía
o el agujero invisible
que vomita.
El agua y el fuego,
después de todo,
son elementos marginales
en la cocina.




DIAFANO


El ritmo diáfano
como la tarde
monotemática
toma examen.
Ser madre,
ser buena madre,
llevar los chicos,
vestirlos como nenas
para que se diviertan.
Todos silvan afuera
o algunos gritan.
Hay que aprovechar
las posibilidades
que ofrece el entorno
y eludir la curiosidad
ajena cuando un acto
se vuelve atractivo.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Ventana

(no sé qué pasa con el espacio)

Instrumento pincha manos el camino en la cabeza
lleva mar y viento la tos de Lacroix.
Que sea al revés la ciudad en hilera,
barrabrava, piedra muda o hacha,
como la e y la m
el burlete vengador.

Naranja y verde buscan sol,
no te mojes ni te saques
la campera.
¿No sabías que era afuera
todo el mundo salamandra,
la tranquera que también saqué un caballo?

Es difícil de entender tres picos,
luz colgante, música que debería ser.
Ladrillo o palo:
¿Quién quiere episodios
con los mismos personajes?
¿Qué pasa con el agua?
¿Por qué no hay tele?

Como un trompo desenreda cuadros,
el refugio de dos, o tres con el bastón,
blanco es el esfuerzo del papel en la basura,
la renuncia experimenta
partes de trote: practicar, pintar, la música
delinea colores en la casa.

Cocina gárgara de aire, pela recetas
de torta como un sol (lo vas a doblar).
¿Qué hago yo acá, afuera o adentro?
Te la pongo, pregunté, alejándome del fuego.
O la engancho en algún lado.
No te quiero así, desnudo, grandote.

¿Qué le pasa a mamá loca
con la lluvia respirada?
Cornetita en la ventana
nos denuncia el pestañeo.
Voy al baño, audiometría,
es la historia de verano.

El lugar, paisaje creciente,
nos invita a las antenas.
Las verdaderas dueñas son las moscas
gorditas, chiquitas, mosquitas,
y la madera de artefactos
que pierden en el apretuje la demanda simple.

El fastidio del hambre
viendo cartas que golpean,
en el quiosco hay alpargatas
refozadas como nunca.
En Brasil que es otra cosa, ya no importa repetir.
Propiedad de otro berrinche, un rato.

Después, hasta el árbol desintegra,
es bandera de reojo un camino cachetada,
una panza sin hervor.
Camisón, rueda, cabeza de culo.
Fruto, bruto: banana y pera
mojan el grito que chupa nada.

Comida de chancho,
¿me regalás tu seven up?
El olor a bosta coman lindos chanchos, coman.
Aerosol te explico: el aplauso crepita
broches y botones de perlas, a su trono dignísimo
reservas de zarzuela, esperan el rapto.

martes, 21 de junio de 2011

Diez poemas más



VERDE

Los dibujos infantiles representan
recuerdos descartables
de la evolución.
A dos casas la obra avanza
y es más cerca el ruido
que el color.
La combinación de primavera,
los detalles de violeta
sacan a las vecinas a pasear.
No alcanzan las escobas
para contrarrestar la trompeta
oxidada de preguntar tanto
en escalas que no cierran
terremotos bajo el sol.
Avanza con palitos de metal
sobre la superficie dura.
¿Es inviolable la caricia?
El detalle, la raya perimetral
cada vez más nítida
nos da una idea
de cómo pasa el tiempo.



AMARILLO

El mar o los árboles, qué más da.
Los submarinos se delatan
sobre los bordes.
Se podría decir costa, hasta hay arena.
Pero las distorsiones llegado este punto
comienzan a pesar.
Lo que decimos en verano
sirve para instaurar
las modificaciones hermosas.
Es como una ola
que sin darnos cuenta
nos va llevando al cauce.
Un pedazo de madera
debe haber quedado, clavado,
en el muelle si no hubo crecida.
Las letras cursivas, desprolijas.
El ansia de tomar
en la espera sentada, llorando.
Son dos mundos.
Y yo estoy acá para ir a la cocina
a desenredar la incomodidad.



PAJITAS

Seis chicos con sus pajitas
agitan chocolate en rama.
Usan cascos de colores:
azul, amarillo y blanco.
El barco se detuvo
en medio de la calle
y el capitán no comprende
lo que pasa.
Dos más dos, cuatro.
Cuatro más dos, ocho.
Cómo ansía la pileta
el trampolín arbitrario.
Es duro el trabajo de mover
o de moverse de la raya.
En los futuros estantes
de la eventual librería
sobresaldrán los que salten
por los aires de techo.



INUNDACION

La inundación llegó tras el esfuerzo
de tanto transpirar entre los palos
el telgopor que amenazaba pasó.
Nadie en la superficie lunar
que transmite mi canal derecho
de por sí resulta una tentación.
En la jaula todo se ve
y hoy se ve que los muchachos
prefirieron arco iris.
En los bordes alguno se quejará
si está a la hora que debiera
cuando la máquina sale a volar.
Podría ser montaña el paisaje
si no fuera por el alcance
que demuestra el aguijón.
Las manzanas del parque
todavía deberían girar
en el recuerdo de los veraneantes.



LA OBRA

I

Adelante hay viento un poco más.
Yo no veo, escucho y huelo
los gritos y la sierra ansiosa.
El repiqueteo, casi sobre la vereda,
es el primer premio del año.
Juegan, mientras tanto, como si estuvieran
en una playa.
Las hormigas huyeron alertadas
por la demolición.
Esto recién empieza, es evidente,
por la profundidad del pozo.
Los árboles ya no están, no quedó
ni el que tenía borlas.
Oigo la procesadora, que mezcla
tierra, agua, y sal
gruesa como los esfuerzos
de los que confían en su pala.

II

Atrás el monstruo abre la boca
sin hacer caso a la madre.
Es más grande que el gato amarillo,
alimento que se cocina afuera.
Yo lo veo todo más rojo y es la lengua
que se insinúa en las fauces.
No hay lugar en la extensión
donde descanse una herramienta.
Está más fresco, hoy, lo que ayuda a pensar.
Si todos fueran sobre tres ruedas
bailando música ambiental
sería difícil repetir la misma escena
en el plazo de unos años.
Yo no hablo, es la verdad,
aunque si quisiera hacerlo podría.



CONSTELACION

En el centro asoma, cuadrada,
una cara de ojos plateados.
Puede ser un daño, el espejo.
Ni idea si la mujer que limpia
sabe hablar en griego.
Tampoco el hombre
que la mira con un balde rojo.
El uniforme la delata (a la otra),
sus chancletas acarrea de flautista.
El ajeno puede seguirla,
unirse a ella en la calle.
Lo único que dicen los títulos, después,
el pasado increíble
por los daños o por el autor
que dio origen a estos cuerpos,
hace instantes.



CUBO

El cubo decorado
con alambrado
llama a jugar.
Se destaca el impostor
que se hace el olvidado
y camina.
Lo de siempre es
el mismo contexto
propicio para ganar.
Vas a hacer muchas,
pero muchísimas no.
Está escribiendo unas palabras.
La más grande dice
que no puede parar de llorar.
La que la parió,
que está fusilada.



POZO

Aparece por las noches
más claras y a la vista
de cientos de carrocerías
entretenidas con los olores,
con otras luces que podrían
no pertenecer al mundo.
El regreso me transporta
sobre una pasta nueva,
similar a la incertidumbre.
Me pregunto dónde estaba el pozo
más chico y profundo,
la falla que hace revolver
otra vez la materia prima.
Es un dolor esquivo
que amplifica el imprevisto
y al mismo tiempo borra
de mi memoria
cualquier antecedente.



EMPEINES

Los empeines secos
se entierran en la laja
a minutos de la tormenta.
Buscamos los sombreros,
los pedazos de sanidad
en banda, antes del diploma.
Casi toda cosa pasa
debajo de las nubes,
la cocina o la plaza
encargada del baile.
Descubro un tesoro
entre las capas de polvo
que no pueden volar.
Los saquitos amarillos
en las vidrieras
anuncian la época del año:
rubia y ruidosa,
pero relajada.
La guitarra es una oferta,
vamos a comprarla.



ESCRIBIR

Podría dejar de escribir
si hace tanto que no escribo.
Me pregunto: ¿para qué sigo?
¿Para decir que el palo está en la pala?
¿Para identificar moto con alguacil?
¿Para estrenar el paraguas nuevo
de tela y sospechar que el policía
ha traído la lluvia?
Hace mucho, mucho tiempo, yo salía
a caminar y los vapores me introducían.
La presentación de una enana es otra cosa.
Mirá, el souvenir mexicano junto al hombre
pequeño que se prepara, articulado,
para otra carrera.
La cabeza, la piedra y las pilas de regalos
que aún me dejan ver el horizonte
de aquel amor a primera vista
el día que busqué y llamé para después
recorrer los kilómetros hasta el bocado.
Después nos fuimos al spa, ¿te acordás?

jueves, 9 de diciembre de 2010

Otros poemas



TURBINA

La turbina
no deja dormir.
Lo bueno
es seguir pensando
que es turbina.

Carretear y volar.
¡Cómo gira la turbina!

En el patio hay espacio
para reparar.
Qué dirá la rubia
que tanto atendía.

El jefe, cómo comía,
cómo tomaba,
cómo llovía.



BANDA

Un dedo gordo y el otro
largo por afano
hacen ritmos impensados.
También el instrumento
que sería la mesa.

Me cuesta armar la banda:
que tiene vientos,
y cuando digo vientos
hablo de armónica
que aprovecha el tiempo.

Espero que el deseo
se funda en composé
de regreso. Y pasar una serie
de temporadas en terrazas
atemorizado por el ímpetu ola.

La escobilla, como la sal,
se desparrama en superficies
más grandes de lo previsto.
Repiqueteo, rompiente, trueno,
respiremos ahora bajo el agua.



COMPUERTA

La compuerta,
recuerdo,
cerraba al vacío,
para que no quedaran dudas
de que nos íbamos.

No importaba dónde,
aunque lo más probable
fuera el espacio.
La cuenta regresiva
coincidía con la modorra.

Qué feo era caer
(desde tan alto)
en la cuenta.

El roce del talón
sobre la sábana
se adjudicaba el invento.



MUEBLES

Siempre es el color de los muebles
y de los que murieron una y otra vez
cuando el negocio estaba cerrado
y había que buscar el muleto.

Ya no recuerdo, no puedo,
cuándo empezó el otoño,
cuándo se repitió por última vez
un episodio de nuestra vida.

Lo principal son los muebles:
Subirlos, bajarlos, moverlos, tirarlos.
Lo principal son los muebles.

Ya no recuerdo, no puedo,
la última vez que se repitió
un episodio de nuestra vida.



BLANDO

Voy a leer a toda velocidad
con un método que me enseñó
un amigo llamado blando.
¿Marlon?
No, blando.
¿Marlon Blando?
Marlon no, blando.
No entiendo.
Digo que voy a leer a gran velocidad
con el método de mi amigo blando.
Ah! Tenés un amigo blando.
Sí, eso es lo que estaba diciendo.



CODO

A nado, en el cemento heterogéneo,
el ángel caprichoso quiere avanzar.
El bosque que lo oculta queda diesmado
y es poco probable el reverdecer.
Los puños agitados atraviesan piedras
y los gritos, por ahora, no son de dolor.
Un mundo de gente, volando y observando
alrededor de un escenario de invención, gira.
En disputa de la razón, con sombrero negro,
se turnan enanos, normales y gigantes.
Si uno se queda, el otro lo arrastra,
agarrándolo de la articulación.
Que no llore más, que no grite más,
es el deseo del camello en plan regreso.
Parece que le duele el codo y codos,
cuando se trata de esta edad, hay a montones.



VINO

Me di cuenta de que me gusta el vino.
Pude mover.
La que salió primero se quedará
dormida.
Voy a hacer café.

Riff, riff,
ronca la siesta del amigo, de papá.
El tono que oye el pequeño
no cambia.
Es la casa luminosa que conocí,
mi vida.
Más no debe haber en ciudad.

Es el momento de las cucharas,
del deporte bajo el agua
y de rezar
para que los ánimos logren
escapar del megáfono.



VIAS

Las vías son rápidas,
tres y dos.
Aéreas,
sobre las ventanas
de los que no usan
para mirar.
Se distingue
entre espejo y vidrio,
entre pared y sal.

Una posibilidad: escalar
como profesionales de edificios
e invertir la dirección original
prevista por la naturaleza.

Sólo un ejemplar
de los que vuelan
en el hueco
imprescindible
ha logrado huir
de cajas niñas.
Sube y baja,
resuelve desechos
sin pensar.



MAPA

El mapa blanco y arrugado
refleja secretos entre mujeres.
Viene paloma, gris,
a veces como bolsa.
El estudio de disparidades
condena a un abusador.
Los que me rodean saben
cómo es posible el sueño.
¿Están lejos? ¿Cuánto?
Cada vez más largo
el vuelo del animal
a veces sube.
La función de los nodos,
la gota que rebalsa el vaso:
los que estuvieron en Catamarca
saben lo que pasó.



OJOS

Al señor de ojos saltones
se lo vincula con un chanta.
En su casa tiene el león,
estudioso y mascota.
A la izquierda hay siempre espejos
que se usan para deformar.
A la lata, la música y el sector
que avanza por otra punta
del inmenso galpón
se los oye cada tarde.
Podría ser más largo
el recorrido,
el folleto de cintas,
el revolvedor.



SECRETO

El murmullo de un secreto
da saltos entre la gente
hasta llegar a la barra.
Vaso alto, sorbete, rodaja.
El recuerdo de un viaje
aparece en la mitad,
cuando baja y baja.
El pueblito que se derritió.
Cantan como si hablaran,
juegan como si caminaran,
hablan como si callaran.
Pero si componen, agarrate.
La noche no seduce
a los que prefieren la luz
y tomar sol en invierno.
Las reposeras, en el balcón.
El encadenamiento verbal
puede terminar en grito
cuando se acaba el día.
También hace calor.



HUELLA

La luna queda más cerca
de lo que nos habían dicho.
Sin duda, pasando el inhibidor
atormentado por un niño
se llega al detalle
de la superficie pálida.
Alguna huella debería haber,
sigamos caminando.
Un señor que no está
al tanto de la situación
se sienta y anochece
en el centro de España.
Yo te voy a decir, hijo mío,
le dice al hijo.
Alrededor, una concentración
atiende y especula
sobre lo próximo que dirá
sin control ni serie.
Los reyes se despiertan
antes de darse cuenta.



UNO Y DOS

La formación luminosa
que no termina cerca
y se repite hasta lo invisible.
La hipnosis infantil
que antes era un ojo
y ahora es una bruma.
El abrigo de cárcel
al borde de la ventana
que evita la tierra.

Al aire y luz
le falta pintura.
La vista al mar
es mucho más cara.
La persiana de un loco
se puede clausurar.



MUÑECA

Nadie le arrebata a Braulio
su muñeca.
Come y se llena, soberbia.
Le pregunto si es el beso
o el duelo postergado,
celoso en competencia.
Lleva días bailarina,
llorando sin reemplazo
y en el centro de ese eco
de corneta de campaña
anuncia chorros, sospechas
de la duda horizontal.



MARILYN

A Marilyn no le importa blasfemar,
surfear sobre las palabras
y entrar al cubículo.

El baño de sol, sobre el auto,
predice aromas en el interior.
Es California en invierno
lo que tengo que evitar,
el grito de los que buscan
la chance de cambiar.
Cuando suene el teléfono
programaré el contestador.
Si arrestan al gospel
recordaré esta década.

Marilyn dice chau, me voy.
Chau, le respondo.
Chau.



SECRETO

No quiero que se entere de noche.
Ni por el rasgueo
ni por la voz que intenta.
Que no hable, mejor.
El día es para mirar a lo lejos
y gritar tierra
aunque no se sepa quién oye.
El gris con el amarillo
en la continuidad del calendario
repercute en un hecho conceptual.
No importan las campanas
por intentar arrojarse al agua.
Tanto tiempo la rodea
como el lujo de identificar edificios
con insignias de algún país.
La cena está caliente
hace más de media hora.



CHUSMA

Allá, en el living,
se reproducen las voces
con ecos de otra década.
Una chica con suerte
le pide manteca al francés
después de un eructo.
En el lugar se practica
el borrón y cuenta nueva.
Nadie roba,
son todos como los López,
que les gusta comer patys
los fines de semana.



LA MINA

Debajo de la roca hay un recuerdo
más vago paso el tiempo
en época de cambios.
Sin embargo, quiero irme
y el relleno lo permite,
me resigna a esperar.
Lo ideal sería un comienzo
certero, decir que arranca
en algún momento, la mina actúa.
Seis meses de llanto,
de soportar que raje el sol
y adentro apenas pila.
Fue todo un tema
sobre todo al comienzo:
probamos el alambre.
Me avisan de la carta
y del contenido me entero luego,
a la manera antigua.
Los planes me aniquilan
y a la vez dudo,
destapo el sumidero.
Saco un cuento y sus variaciones,
el mirador invertido,
el barco hundido.
Somos veinte bajo la piedra
en Mendoza,
por decir algo aproximado.
De haber optado sin medir
los pilares de la historia
no hubiera imaginado esta invasión.



JACKSON

La repetición de los cruces
tan prolijos y simétricos
son el modo de llegada.
Dos kilómetros después
nadie distingue tamaños.
Renunciar al cuento,
poner a oír el oído.
La memoria desparrama
los apuntes con dominio.
Vuelvo a empezar:
el goteo que no entiendo
y que ellas sí
entienden y repiten
a pesar de la calificación.



PESO

¿Te acordás de lo grandes que parecían los globos?
Vos saltabas adentro del ojo y así te quedaba.
Alguien barría, seguro que un familiar
que se ocupaba de anunciarlo, más que del hecho.
Era por la fiesta, desparramada en la visita,
sentado a la mesa el viejo ante la tele blanco y negro.
Las cintas de plástico a color eran el mundo real.
Los palitos chinos engordaban y la habitación,
una caja de fantasías, no tenía que mendigar.
En el fondo del negocio familiar
había espacio para la parrilla
y para pegar un material con otro.
De madrugada había que mancarse, correr
hasta que algún responsable lo decía.
Ya ves: el peso que siento en los ojos
antes ni lo intuía.
Fantaseaba con cantar como los Bee Gees
o comer asado en una obra en construcción.

lunes, 5 de abril de 2010

Diez poemas




DIARIO VAGO

I

Como rehén del Edén,
no estaría mal una noche de insomnio
por una madrugada negra,
de siluetas obtusas y cúspides.
Pero si esto es un sueño, no hay trato.
Como rehén de su día,
no estaría mal que me arrojen al agua
con aves, por el pasadizo de aire frío.
Pero si no hay verano y las estaciones no influyen,
no hay trato.


II

De a ratos percibo cuerpos
a mi lado,
que se esfuman y me burlan.
Me someto a la más vil intuición.
Nunca logro saber quiénes son.


III

Podría ser más fina la lluvia
y crucificarme en su aire.
No saber si el espejo de sus gotas
y las mías se confunden,
del ardor de la madrugada
como una vieja tormenta que aguarda
en jadeos interminables.

Los últimos sudores para la humedad
luminosa de los planos prados de artificio,
que gritan por la esfera y a mis ojos
liberan y dejan que estallen.
Recuerdos destemplados ascienden a otros pisos.
El sol y las estrellas, que parecen desterrarse,
transportan a mis clavos por su reino.

El tránsito ha paralizado Dios
y los cuerpos bondadosos han huido
del oro, de la plata, de tesoros y migajas.
Mis andenes a resorte opacan sembradíos.


IV

Tanta lluvia ha caído en estos días,
que mi ánimo, mi vagabundeo,
no se ha mojado sólo por estar en una habitación.
Los vidrios chorrean y en cada gota
construyen una ciudad.


V

Donde tiende el árbol la playa leve,
se disuelve en río y en sal.
La estrella rota desliza su relieve.
La crecida la aleja bajo estupores débiles.

El cartón entre su viento, perro hambriento.
Liviano, claro campo –el aire interrumpen colmillos de barro-,
vano sobre frutas cual luz, vidriosas a paso que dormita,
que oscuro lo agita en todo ese silencio.



SALDO

Todo lo que quiero hacer de la vida,
lo que no puedo es el saldo.
Mejor dicho,
ser explícito al despedirme,
propiciar nuevas citas,
dejar que el tiempo pase
y mandar un mail,
hacer llegar un texto de mi autoría
con lo curioso y relevante,
como considerar un episodio sobre otro.

Entre pilares de pensamiento,
mayor es el poder
de la frase mencionada.
Asimilable es la tensión
de la figura,
un tipo de subjetividad que no presenta
este mundo.
El poder,
como si todas las letras colocadas
fueran continuación de carencias vitales.



SALTO

El salto y el descanso,
la fuerza junto a la cortina
y una banda de sonido inadecuada.
Primero es la serpiente,
después el escarabajo.
¿Qué pasa conmigo entonces?
¿Lo he logrado?
Lamento tener que decirte
que me equivoqué,
que las palabras son más largas
de lo que pensaba,
que el escarabajo
pudo más que la serpiente
y que la banda de sonido
no era tan inadecuada como parecía.



CHINO

La hija del ídolo recorre
las góndolas de Akio
con su equipo de gimnasia.
Hay un grupo de amigos
de los cuales una chica
da a entender que vive
en el barrio.
En la caja ostenta anillos
por si el dinero que lleva
en un bolsillo interior de la cartera
no es el necesario.
Es decir, para estar en posición de trasladar
mercadería de un lugar a otro
sin que se sepa.



VICTORIA

Puede haber una victoria
y también de las muchas
que se conocen en los juegos,
las que muestran los carteles.
Estas flores son suaves
y el status de jirafa
nos hacía comprender
algún tipo de disposición.
Galletitas, zapatillas y pájaros
en picada libre entre sonrisas.
No todas las naranjas se engullen
y suele ser fría la mirada
del que mira al que mira siempre
y cuando no sea mirado
él también, a su vez.
Las redes crecen por todos lados
para grandes y para chicos,
aunque hoy no se vio el trío
femenino que logra
sentarse en el banco.
Puede haber una victoria
y también de las muchas
desplazándose en tacos altos,
anidando en las bocas y también
en los símbolos representativos
de toda una generación.



PATOS

Dos patos amarillos, con pico naranja,
se remojan en el balde.
Junto a ellos un bebé
busca diversión.
Pero no llueve y no dice
nadie, otra cosa que el charco.
Es la ensalada para otra cultura
o una orgía del plastificado.



CALESITA

Quien ha visto una vez
una calesita sacando fotos,
el protagonista que no lo podía creer
se puso a atravesar piernas levantadas.
Pero caminaba, no corría como suele
ocurrir en esas competencias.
Y sin embargo el movimiento de su paso
nos resultaba imperceptible.
La mayoría, como podíamos ver todos,
iba al centro, con la ilusión de tener
el mismo ángulo de visión
a izquierda y derecha.
Cuando caía la noche
el glotón no paraba de comer
todo lo que ocurría pocos minutos
antes de que empezara
la verdadera historia.



CURVATURA

¿Dónde se gradúa la curvatura del recuadro?
Siempre es más grande el ambiente
o mejor dicho de lo que recordamos
más chico, revestido de azulejos
hasta el techo. Músculo apenas camina
junto a la pared, con su granada de mano.
Los jamones se tambalean
y el esmalte cae de cuadrado en cuadrado.
Cuando entran los elefantes, se apura
que la granada estalle y las venas
del puño agreguen más líquido
en el escenario de la madrugada.



SINTETIZADOR

El gran sintetizador de alimentos
y diversión diurna
carece de espacios al aire libre.
Yo, por ejemplo, añoro
los maceteros de terraza,
los bancos sobre baldosas,
intentos de plaza que ni siquiera
era vieja. ¿Quién?
No se escucha… ¿Quién?
No se oye.
Desde la altura de un quinto piso
que parece décimo,
dos rodados sin nafta
prefieren descansar.



RESPUESTA

Es un ídolo el chabón,
pregunta y no responde.
Pone a otra a cantar,
toma un trago en la trastienda.
Hay que creerle, porque fuma.
El dúo es hermoso, hermoso.
Lo que hace es incentivar
el tráfico de jamones
por el fondo del río.
No hay apuro.
El invierno recién comienza
en las calles y en las piernas
que esperan el beso de despedida.
La respuesta llegará, supone,
cuando corra el telón
de cartón corrugado
y lo acusen de haberse enamorado
por cruzar el puente de un lado a otro.

jueves, 1 de octubre de 2009

Alicia y yo

(Cuentos escritos entre 2002 y 2005)



I. El portero

Una noche de verano, pocos días antes de Navidad, estábamos con Alicia mirando televisión en el living y sentí que el cuerpo se me movía. La fuerza parecía tener su origen dentro de mí, pero en realidad me excedía y abarcaba todo el departamento. Mi mujer, que no tardó en sentir lo mismo, dijo: “Se está moviendo el piso”, y lanzó una carcajada nerviosa.
Primero pensé que debía de ser un terremoto. ¿Pero cómo saberlo, si nunca había vivido uno? Cuando ocurrió el de San Juan yo era chico, y lo único que recordaba era lo que mis padres me habían contado varios años después: que las arañas oscilaban y que las manijas metálicas de la cama que se guardaba debajo de la mía (se sacaba para que durmiera mi hermana) golpeaban contra la madera.
-Mirá la planta, Pedro –insistió Alicia.
El palo de agua bailaba como loco y sus hojas temblaban alrededor. Cambié de canal para ver si había alguna noticia sobre el temblor, pero nada, seguía la transmisión habitual.
Mientras buscábamos una explicación, Alicia agarró el teléfono para hablar con su madre y ver qué pasaba en su barrio. Todo normal, al parecer. Al menos ella no había notado nada raro. Luego sonó el timbre.
-¿Quién es? –pregunté.
-El encargado.
Puse un ojo en la mirilla y vi que no era el encargado del edificio, sino otra persona. De no haber sido porque el rostro me era familiar, nunca hubiera abierto la puerta, por si acaso pudiera tratarse de uno de esos típicos “cuentos del tío”, cuyo sinnúmero de variantes se reflejaba de manera cotidiana en las páginas de policiales de los diarios y en los noticieros de televisión. Pero no era éste el caso. Cuando abrí la puerta y vi al visitante de pies a cabeza, confirmé que se trataba de Aníbal Martelli, un ex compañero de la primaria.
-¿Aníbal? –dije.
-¿Pedro? –contestó él.
Nos miramos el uno al otro durante algunos segundos y, cuando estábamos a punto de llenar de carcajadas las sonrisas que se habían dibujado en nuestras bocas, el piso se volvió a mover.
-¡¿Qué hacemos?! –gritó una mujer, con un bebé en brazos, parada en uno de los escalones de la escalera, lista para evacuar el edificio.
Era la esposa de Aníbal. Yo presenté a mi mujer y la de Aníbal se presentó sola. Se llamaba Norma.
-No sabés cómo se nos mueve el arbolito –contó Aníbal.
En ese momento recordé que uno de los lugares más seguros ante este tipo de situaciones era debajo de los marcos de las puertas, para evitar quedar al alcance de los desprendimientos de mampostería. Al ser de hierro, los marcos tardaban más tiempo en ceder. Y quizás, con suerte, no cederían nunca.
-¡¿Qué hacemos, Aníbal?! –insistió la mujer en la escalera, mientras el bebé, envuelto en una manta, seguía dormido.
-Tranquilizate, Norma, por el amor de Dios –contestó Aníbal.
En realidad, Aníbal no hacía mucho por calmarla, sino más bien lo contrario, ya que no se le ocurrió mejor idea que ponerse a contar que los cimientos del edificio estaban en dudosas condiciones, debido a que ésa zona de la Capital, el barrio de La Paternal, se inundaba con frecuencia cuando llovía. Cada vez que el agua de las napas subía, iba carcomiendo lo que encontraba a su paso.
Lo extraño era que, pese a todo, seguíamos allí. Es decir, nadie había intentado abandonar el edificio, como si por un lado vislumbráramos lo peor, pero por otro se nos volviera remoto el hecho de que pudiera sobrevenir una catástrofe. Vestidos con pijama y chinelas, ni siquiera habíamos atinado a cambiarnos la ropa para estar listos en caso de tener que salir a la calle. El ascensor no se había movido, señal de que en ninguno de los pisos habían resuelto huir. Sí se oían voces que subían de los otros palieres. Lo más probable era que cuando alguien llamara el ascensor para intentar ser el primero en salvarse, todos los demás comenzaríamos a abalanzarnos sobre las puertas tijera, gritando y reclamando nuestro mismo derecho a bajar. O quizás todo terminaría en una carrera desesperada escaleras abajo.
Otro sacudón volvió a alterar la calma transitoria, mientras el crescendo del murmullo que provenía del resto de los pisos se amplificaba con el eco. Enseguida pude apreciar que la sucesión de temblores guardaba una lógica de repetición cíclica: primero eran suaves, luego caían en un bache y hacia el final se hacían más pronunciados. La secuencia duraba entre cuatro y cinco minutos, para luego volver a empezar.
De repente, el vecino de enfrente abrió la puerta y nos sobresaltamos. Detrás salió su mujer, mientras se ataba el cinturón del salto de cama. “¡Qué raro! –dijo- ¿No saben si hoy había algún recital en Atlanta?”
-¿Un qué? –dijo Alicia.
-Un recital, hoy... ¿No tocaba alguien, mi amor? –insistió la vecina, ahora dirigiéndose a su marido.
-No sé –dijo él.
Yo sí sabía. Esa misma tarde, en la radio, había escuchado la publicidad de un recital de Los Piojos. Pero, de todas maneras, no encontraba vinculación entre la música y el supuesto terremoto. Los Piojos podían ser potentes en escena, pero no creía que tanto como para que temblara todo veinte cuadras a la redonda.
-Creo que tocaban Los Piojos -dije.
-¿En Atlanta? –preguntó la vecina.
-Sí, creo que sí.
-Ahí está –dijo el marido, y pasó a explicar su teoría.
Que se estuviera moviendo el edificio no tenía que ver con un terremoto, dijo, sino con el diseño de entubamiento del arroyo Maldonado, cuyo cauce corría por debajo de la avenida Juan B. Justo. La obra actuaba como un transmisor del sonido a larga distancia y la onda expansiva repercutía con fuerza en el radio de incidencia. Cuanto más cerca se estuviese del club, peores serían las consecuencias. Al día siguiente se supo que algunos vecinos la habían pasado mal en serio (los objetos se caían de las estanterías, la gente tenía que sostenerse para caminar), tanto que después de aquella noche se prohibieron los recitales en Atlanta.
-Qué susto nos pegamos –se relajó Alicia.
Los ánimos de todos parecían volver a la normalidad.
-Bueno –dije-, nos veremos mañana -sin dirigirme a nadie en particular.
Recién entonces volví a pensar en la cuestión del encargado que había quedado pendiente… Le pregunté a Aníbal:
-¿A Gutiérrez lo echaron?
Fue ahí que se puso a contar la historia de un largo conflicto que yo conocía a medias. Todo había comenzado luego de que el consorcio decidiera reducirle el salario a Gutiérrez porque no se esmeraba en su trabajo. Le dijeron que si volvía a demostrar mayor voluntad y compromiso recibiría un reconocimiento. Pero lejos de estimularlo, la sanción lo empacó peor, y la relación con los copropietarios se hizo cada vez más áspera. La primera señal fue que decidió, de manera unilateral, empezar a bajar más tarde al hall. Así, cuando los porteros de los demás edificios de la cuadra habían terminado de lavar sus veredas, él recién comenzaba. También solía realizar trámites personales en horario de trabajo, y cuando se lo necesitaba nunca estaba. Otra actitud frecuente, desafiante, era pararse del lado de adentro del edificio con la puerta de calle cerrada, y así llegara alguien cargado con bolsas y paquetes, sin manos para manipular la llave, él no se molestaba en abrir.
Lo que yo no sabía, porque el administrador no lo había comunicado, era que esta serie de inconvenientes había terminado con el despido del encargado. Claro que ésta era la versión de Aníbal, por cierto bastante confusa y con un discurso lleno de digresiones. Por ejemplo, a esa hora de la noche, se puso a contar que era periodista, o mejor dicho que había estudiado periodismo. Que en realidad ésa era su vocación, pero que luego había tenido que poner los pies sobre la tierra porque no conseguía trabajo. Y al pensar en una alternativa se entusiasmó con la idea de ser portero. Enseguida encontró vacante en nuestro edificio, ya que ser novato en el oficio le jugó a favor. En nuestro consorcio, tras la mala experiencia con el encargado anterior, buscaron a alguien sin vicios ni mañas. No importaba que lo específico de las tareas lo fuera aprendiendo sobre la marcha.
El objetivo de Aníbal, en adelante, fue no sucumbir ante la cantidad de exigencias. Y las hubo enseguida, con el agregado de que los reclamos de los vecinos solían ser incompatibles unos con otros. Para complacer al del A, a veces había que perjudicar al del B. En el tercero, por ejemplo, uno de los vecinos quería tener el piso del palier siempre encerado. Pero el otro no, por temor a que su madre, vieja y con achaques, pudiera patinarse y caerse. Cosas así había miles, aunque pronto le fue tomando la mano. Controlaba los tiempos, automatizaba las tareas... Incluso podía saber cuándo entraba y salía cada propietario de su unidad por más que no se encontrara en el hall. El secreto era haber cronometrado (mentalmente) lo que demoraba el ascensor en llegar a cada piso, y desde la portería individualizar el golpe de las puertas de los departamentos al cerrarse. Las de los A se oían distinto que las de los B –me explicó meses después, cuando ya era amo y señor del edificio-, por la influencia de las corrientes de aire que recorrían hasta el último recoveco y construían diversas combinaciones sonoras, como si la complejidad arquitectónica del inmueble se redujera, al menos en ese aspecto, a la simpleza de un instrumento.




II. El tour


Las últimas vacaciones de invierno decidimos con Alicia hacer un viaje al Sur. Era uno de esos tours de una semana, multitudinarios. El coordinador, Axel Torrejas, nos esperaba en Retiro. A medida que la gente iba llegando dejaba el equipaje en alguno de los tres micros charter que habían dispuesto para la ocasión. Entre los pasajeros, dos eran judíos como nosotros. Sus nombres: Damián y Walter. Damián comía kosher (decía que era vegetariano para no explicar) y su compañero llevaba sus apuntes de hebreo, que sacó de una mochila para estudiar durante el trayecto. Pegamos onda enseguida. Era bastante extraño encontrar judíos en un tour como éste, organizado por una cooperativa que, se sospechaba, recibía aportes de la derecha católica. Alicia y yo, sinceramente, nos enganchamos porque era barato.
Cuando llegamos a Viedma, nos alojaron en un hotel del centro y tuvimos la mañana libre. Al mediodía nos llevaron a almorzar a un restorán en la costanera del río Negro. Nos sentamos y desde la mesa se veía el reflejo del sol sobre los kayacs. Fue entonces que un sonido agudo, como si fuera una campana pero más débil, me sacó de la contemplación. Un tipo de boina roja golpeaba su cuchara contra la copa, para hacer un anuncio:
-¡Por favor, por favor! El padre va a bendecir la comida.
¿El padre? ¿Qué padre? Ah, sí, ahora lo recordaba, el cura que en Retiro había arrojado agua bendita sobre los micros. Estaba aquí, había viajado con nosotros.
Recién en ese momento caí en la cuenta de que Damián y Walter no estaban. Le pregunté a Alicia y me explicó que habían dividido el contingente en dos, para organizar mejor las actividades.
Empezamos a comer y el de boina roja monopolizó la charla. Hablaban de una vieja hipótesis fascista, que en esos días había vuelto a cobrar protagonismo en la opinión pública, según la cual había un “plan judío” para invadir la Patagonia.
–Que vengan, jabón los vamos a hacer otra vez –dijo el tipo de boina roja, que se hacía llamar “profesor Serrano”.
Lo primero que pensé fue que había oído mal, es decir, que el tipo no podía haber dicho semejante barbaridad. Además, coincidió con que al mismo tiempo el mozo había dejado en la mesa unas bandejas con jamón crudo, por lo que Serrano podía haber dicho jamón, en lugar de jabón. Al cambiar el sustantivo, se modificaba toda la frase: “Que venga el jamón, que lo vamos a comer otra vez”. La incógnita igual persistía por el “otra vez”. ¿Por qué otra vez? ¿Acaso no era éste el primer almuerzo? Tal vez el profesor había llegado antes al restorán y se había puesto a picar algo... No lo sabía. Por lo pronto, Axel, que estaba sentado al lado de Serrano, celebró la frase con un brindis.
-¿Vos qué oíste? –le pregunté a Alicia.
-¿De qué? –respondió ella, como en babia.
-¿No escuchaste lo que dijo ese tipo?
-No, estaba mirando el jamón crudo. ¡Tiene una pinta!
En fin. El almuerzo pasó, y el resto del día lo dedicamos a pasear por la ciudad. Al regresar al hotel fui hasta la habitación de Damián y Walter, mientras Alicia se daba una ducha. Estaban en el mismo piso que nosotros, pero más lejos del ascensor, al fondo del pasillo. Di dos golpes en la puerta y esperé. Como no hubo respuesta volví a llamar, pero nada. Me pareció raro que estuvieran durmiendo a esa hora. Bajé al hall y le pregunté al conserje si estaba la llave de la cuatrocientos quince. Sí, respondió, que estaba ahí. Y cuando inferí, en voz alta, que sus ocupantes debían de haber salido, me aclaró que no, que la habitación estaba disponible.
-¿Desocupada?
-Sí, señor, no hay huéspedes.
-¿Cómo puede ser, si esta mañana se alojaron dos personas?
-No creo, no las tengo registradas –explicó el conserje, mientras repasaba con un dedo la planilla de ingresos y egresos.
-A no ser que se hayan cambiando de habitación –especulé.
-A ver, dígame los apellidos.
-¿Los apellidos? No, los apellidos no los sé. Sé los nombres.
-Pero tenemos todo registrado por apellido.
Pensé que si miraba la lista iba a poder reconocer los apellidos de Damián y Walter, por su origen judío. El conserje me la mostró, pero no sirvió de nada. Sólo me llamó la atención que el quinto piso, que era el último, estaba completamente vacío. El conserje entonces me contó que lo estaban refaccionando y que por eso el dueño había decidido clausurarlo momentáneamente.
Volví a mi habitación y le conté a Alicia, que me propuso que le preguntáramos a Axel. Pero mi habitual paranoia se había puesto a funcionar. Respondí:
-¿Vos estás loca? ¿Y si tiene algo que ver con la desaparición?
-¿Qué desaparición?
-Abrí los ojos, Alicia. Estos pibes no están.
-Bueno, algo habrá pasado, por ahí se volvieron a Buenos Aires.
-Esperá... ¿Y si en realidad el conserje me mintió?
-¿Qué te pasa, Pedro? Me estás asustando. Vinimos a pasar unos días de descanso, no a jugar a los detectives.
Concentrado en mis devaneos mentales, agarré a Alicia de una mano y la arrastré hacia el pasillo.
-¿Qué vas a hacer, Pedro? ¡Pará!
-Escuchame. Vas a bajar y en el hall hacés que te caes para distraer al conserje. Cuando se acerque a ayudarte, yo me meto por atrás y saco la llave de la habitación.
-Nos vamos a meter en un quilombo, Pedro.
-¡Hacé lo que te digo! Confiá en mí.
El plan salió bien. Bajamos y regresamos enseguida. Unos minutos después, cuando volvimos a tomar coraje, nos dirigimos a la habitación de Walter y Damián. Metimos la llave en la cerradura tratando de hacer el menor ruido posible. Abrimos y, de golpe, todo cambió. Lo que se presentó ante nuestros ojos fue algo bastante difícil de describir. Nunca habíamos estado frente a algo similar. La escena era el siguiente: las paredes lucían atiborradas de crucifijos de todos los tamaños, y sobre la cama había dos cubos de cuero con unas cintas enrolladas. Parecía un acertijo. Alicia afirmó:
-Esos son tefilín.
-¿Serán de Walter y Damián?
-Puede ser… El quinto piso –se le ocurrió entonces a Alicia.
-¿Qué pasa en el quinto piso?
-¿No me dijiste que estaba en obra?
-¿Y eso que tiene que ver?
-Tal vez los escondieron ahí.
El repentino cambio de actitud de Alicia me sorprendió. Subimos la escalera y lo primero que vimos fueron herramientas y materiales desparramados. Además, la alfombra estaba tapada por una capa de polvo blanco, con marcas de zapatos que iban hacia una de las habitaciones. En ese momento oímos voces de gente que se acercaba.
-¿Dónde nos escondemos? –susurré.
Sin pensarlo, Alicia pegó dos saltos y ya estaba entrando en la habitación más cercana.
-¡Apurate! –me gritó en voz baja.
Fui tras ella y cerramos la puerta a tiempo. Un segundo más y...
-¡Shhh! –me calló Alicia.
La adrenalina no me permitía dejar de hablar. Yo creía que estaba pensando y no, estaba relatando los hechos en tiempo real, mientras iban sucediendo, como si fuera un partido de fútbol.
-Escuchá –dije-, es el profesor.
-¿Qué profesor?
-Serrano, el tipo de la boina roja, escuchá...
-¿Y el otro quién es?
-¿No es Axel?
-Parece.
De pronto, Alicia tropezó con algo.
-¡Dios mío, acá hay alguien! –dijo.
-¿Dónde?
Ibamos a prender la luz, pero una linterna se anticipó.
-¿Quiénes son ustedes? –se escuchó desde el piso.
-Perdón, nos equivocamos de habitación –dije.
-Este piso está cerrado, don, lo estamos refaccionando –explicó quien parecía un obrero-. Vayan a dormir, ustedes que pueden.
-¿Y usted qué hace acá? –pregunté.
-Yo vivo en Madryn.
Con Alicia nos miramos, sin entender. El tipo siguió:
-Un capataz me avisó de la changuita y me vine. Y no voy a estar yendo y viniendo cada día, así que los patrones dejaron que me quede.
Se oyó otra vez la voz del Serrano, que volvía a bajar con Axel.
-¿Y esos quiénes son? –se impacientó el obrero- ¿Están todos con insomnio y vienen a pasear acá?
-Vamos ahora, dale –me envalentonó Alicia.
Seguimos las pisadas en el polvo, que terminaban en una puerta. Intentamos abrir y estaba con llave. Se me ocurrió probar por la terraza.
-No va a quedar otra que colgarse –dije.
Subimos, entonces, un piso más. La terraza estaba desierta. No había nada, ningún objeto que pudiera servirnos para lograr nuestro objetivo. Ibamos a tener que arreglarnos con lo puesto. “Con lo puesto” literalmente, ya que la única opción era quitarnos la ropa, anudar las puntas de cada prenda e improvisar una soga. Alguien iba a tener que sostener una punta, desde arriba, para que yo me colgara. Y como Alicia no tenía la fuerza suficiente, pensamos en el obrero. Había que ir, despertarlo nuevamente y explicarle, al menos lo indispensable como para que nos ayudara. A esa altura había que avanzar, como fuera, pero avanzar.
Tras escuchar la historia, el obrero dudó unos instantes. Luego se mostró interesado en colaborar.
Nos aseguró que él tenía copia de todas las llaves del piso. Pero cuando intentó chequearlo se dio cuenta de que no, tenía todas menos una. De modo que no quedó más alternativa que volver al plan inicial. De nuevo en la terraza, el obrero sostuvo las prendas anudadas mientras yo me deslizaba. Apoyé los pies en la pared y bajé despacio. Al llegar a la ventana de la habitación miré para adentro y no había nadie.
-¿Qué pasa, Pedro? –se impacientó Alicia, que estaba de pie junto al obrero.
-No veo a los chicos –le expliqué.
-No puede ser.
-Sí, Alicia, acá no están.
-Fijate bien.
-Voy a entrar.
La ventana, corrediza, estaba a medio cerrar. Me bastó con apoyar los pies en el dintel y balancear el cuerpo. Una vez adentro, oí unos golpes que provenían del placard. Abrí: Walter y Damián estaban atados y amordazados.
Cuando los liberé, Walter dijo:
-Tenemos que ir a nuestra habitación.
-¿Qué hacemos con los tefilín? –preguntó Damián.
-No sé, primero vamos a revisar todo.
Yo no entendía. A los muchachos los habían atado con unos tefilín, y ellos al parecer tenían planes. Les pedí que me explicaran, pero no me llevaron el apunte.
-Ahora no, Pedro –me pidió Walter-. Hay que ir a la habitación.
-Yo ya fui -dije-, no sé qué hicieron ahí.
-¿Por qué? ¿Qué viste? –me indagó Damián.
-Nada, había unos tefilín, así como estos, sobre la cama. Además, las paredes estaban cubiertas por cruces.
-¿De qué eran las cruces? –preguntó Walter.
-¿Cómo de qué eran?
-Sí, ¿de qué material?
-No sé, no me fijé en detalle, pero creo que de metal. Tal vez alguna era de madera. ¿Por qué?
-Vamos, Damián, subamos –dijo Walter.
-¿Rompemos la puerta? –pregunté.
-No, después vamos a tener que volver al placard –respondió Damián.
-¿Me pueden decir quiénes son ustedes? –insistí.
-No, ahora no, vamos –balbucearon ambos.
Sin más remedio, me asomé a la ventana, le avisé al obrero que había encontrado lo que buscábamos y que íbamos a subir. Trepar no fue tan sencillo como bajar. Pero una vez arriba todo se aceleró. Walter bajó la escalera a los saltos y Damián se deslizó por la baranda. Alicia, el obrero y yo tratábamos de seguirles el ritmo.
-Quédense acá –dijo Walter, antes de entrar a la que por algunas horas había sido su habitación.
Fue cuestión de segundos. Al salir, llamó a Damián para hablarle en privado y, acto seguido, dijo que debíamos volver al quinto piso. El obrero estaba fascinado. Alicia y yo, en cambio, no aguantábamos más. Nos plantamos ahí, y a mí no me salió otra cosa que decir:
-¿A qué estamos jugando?
Walter vio entonces que la situación se volvía insostenible y nos invitó a que regresáramos a la terraza para explicarnos todo.
Esto es lo que Walter nos contó aquella madrugada: dijo que él y su cómplice, Damián, estaban al frente de una misión delicada, de incógnito. En realidad, ellos eran rabinos que cazaban neonazis. Pertenecían a una organización (cuyo nombre no revelaron) con ramificaciones internacionales. En este viaje en particular, perseguían a Axel Torrejas y a Serrano, y habían llegado a este momento crucial para desbaratar a la secta que se ocultaba bajo la fachada de una supuesta cooperativa. De otro modo, más judíos terminarían captados en sus redes, tras sufrir una “mágica” conversión religiosa e ideológica. La secta se denominaba Unión de Sistémicos Emplazados. El nombre, dicho así, para nosotros no significaba nada, pero aparentemente tenía que ver con la técnica que usaban para efectuar las conversiones. Lo de “mágico” tenía que ver con el procedimiento. Según Walter, en una primera etapa se apropiaban de alguna pertenencia de las víctimas y daban inicio al experimento. Lo que habíamos visto en la habitación cuatrocientos quince era, justamente, el proceso en marcha. El método combinaba la teoría de sistemas con la filosofía del Feng Shui. Pero para simplificarnos la explicación, Walter dijo que bastaba con saber que se fundaba en la energía de los objetos y los materiales de esos objetos (como receptáculos de las emociones humanas) para reflejar, absorber y transmitir energía. Los tefilín de Walter y Damián, por ejemplo, eran el objeto a invadir con las emisiones energéticas de crucifijos y cruces gamadas.
-¿Cruces gamadas? –pregunté contrariado.
-Sí –respondió Walter-. Por ahí no las llegaste a ver porque están intercaladas entre los crucifijos, pero está lleno. Y hay una enorme en el techo. Además, todas las cruces son de metal, por la capacidad que tiene para emitir energía. El cuero de los tefilín, en cambio, absorbe mucho e irradia poco.
La segunda fase del experimento era el cambio de unos tefilín por otros, con lo que la energía absorbida previamente iba a ser liberada en los cuerpos de los rabinos. Acá hace falta una aclaración: Torrejas y el profesor nunca habían privado de la libertad a sus víctimas, hasta que se toparon con Walter y Damián. El fervor judaico de los rabinos los había obligado a un tratamiento más severo.
-Hay algo que ya no tiene vuelta atrás –siguió Walter-. En otra habitación, no sabemos cuál, armaron un experimento similar al de la cuatrocientos quince, pero con elementos que les pertenecen a ustedes. Lo importante es que, desde el momento en que les devuelvan esos objetos (que obviamente no sabemos cuáles son, ni creo que ustedes se den cuenta), contrarresten la transmisión.
-¿Y cómo? –me preocupé.
-Como nosotros, rezando y usando los tefilín –dijo Walter.
-Pero las mujeres no usan tefilín -observó Alicia.
-Es cierto –reconoció Walter-, pero es una licencia que nos permitimos en casos de emergencia.
-Esperá un minuto, Walter –intervine-. Vos decís que lo de la transmisión de información a través de los objetos, y de los objetos a los cuerpos, es algo en lo que ellos creen, ¿no? Pero de ahí a que lo creamos nosotros también...
-Creer o reventar –contestó-. A Torrejas lo venimos siguiendo hace cinco años, y está comprobado que al menos un judío por viaje se volvió antisemita. Creemos que la única forma de contrarrestar este efecto es rezar, pero rezar en serio, prácticamente todo el día.
-Pero nosotros no tenemos idea de cómo se reza –lo alerté.
-No te preocupes. Todavía nos quedan más de dos horas hasta que amanezca. Nos sobra tiempo para enseñarles.
-¿Y con sólo rezar vamos a vencerlos? –dudó Alicia.
-No –dijo Damián-, esa es la fase defensiva. Después vendrá el contraataque, pero vayamos de a poco.
-¿Y los tefilín –siguió Alicia-, de donde los vamos a sacar?
-No hay problema –explicó Walter-. Mañana van a ir a una dirección que les voy a dejar anotada y van a comprar un par para cada uno. Lo que me preocupa ahora es que aprendan a usarlos, así que escuchen bien: se los tienen que poner todos los días, sobre el brazo izquierdo y en la cabeza.
-Sí –dijo Alicia-. Eso más o menos lo sabemos.
-Bueno –continuó Walter, y le preguntó a Damián:- ¿Tenés los tefilín ahí?
-Sí, acá están.
-Esto es así: se agarra la punta de la cinta con la mano y se enrosca en el brazo izquierdo –explicó Walter-. Pero antes de ajustar tienen que decir: Barúj atá A-donai E-lo-heinu mélej haolám asher kideshanu bemitzvo...
-Esperá –interrumpí-. Tendríamos que anotarlo... Nos vamos a olvidar.
-¿Pero de dónde vamos a sacar lápiz y papel ahora? –dijo Alicia.
-Sí, Pedro –coincidió Walter-, además tienen que aprender a rezar de memoria, porque, como les dije, lo van a tener que hacer todo el día, y no van a estar sacando el papelito.
-¿Y cómo vamos a hacer con los tefilín? Digo, para que no se den cuenta –pregunté.
-No, los tefilín se los van a poner a la noche, en la habitación, salvo en Shabat, que ahí van a empezar el viernes, con la salida de la primera estrella, y...
-Hasta la primera estrella del sábado –intervino Alicia, para demostrar que, aunque no mucho, algo de religión sabía.
Nuestro maestro continuó con sus lecciones y repitió cada uno de los rezos las veces que hicieron falta, hasta que se nos grabaron. Finalmente, para que nos distendiéramos un poco, contó un chiste que recordó en ese momento, que tenía que ver con los tefilín:
-Un tal Meyer Glusman, viudo y solitario, caminaba a su casa por la avenida Corrientes cuando pasó frente a una veterinaria y oyó una voz cascada que le gritaba: “¡Roawrk! ¿Vos majstu? Yo, du”.
-¡Ah, sí!, yo lo conozco –dije-, me lo mandaron el otro día por mail.
-Bueno, Pedro, si lo sabés callate –me respondió Alicia, que parecía particularmente interesada en disfrutar de este intervalo de relax.
-Sigo –dijo Walter-: Glusman miró hacia adentro del negocio y el empleado lo alentó: “Entre, ¡mire qué hermoso loro!”. Un loro africano gris giró la cabeza y preguntó: “¿Kenst redn idish?”.
-Kenst redn... –repitió Alicia.
-Idish –completó Walter-. Significa algo así como: ¿podés leer en idish?
-El loro dice eso –repasé yo, para que no se perdiera el hilo de la narración.
-Sí, el loro –remarcó Walter y siguió:- Meyer pagó los quinientos dólares que le pidieron y se lo llevó. Esa noche se la pasó hablando en idish con el loro. A la mañana siguiente, se colocó los tefilín y rezó. El loro le preguntó qué hacía, quiso aprender y a Meyer no le quedó otra alternativa que salir a la calle a conseguir unos tefilín en miniatura para su pájaro, que además aprendió a rezar en hebreo.
El chiste entonces volvió a interrumpirse por la desesperación de Damián, que se había puesto cerca de la escalera, para montar guardia, y acababa de escuchar que alguien subía. Los rabinos se colgaron rápido de la hecha de ropa (en el trajín nos habíamos olvidado de volver a vestirnos) y se tiraron con gran destreza. El obrero y yo los sostuvimos desde arriba, para luego buscar un lugar seguro donde escondernos, junto con Alicia. Pero al final no hizo falta. Los que se aproximaban eran otros obreros, que a las seis de la mañana empezaban a llegar para continuar con las tareas de refacción. Nuestro cómplice, entonces, se quejó porque ya era hora de trabajar y no había pegado un ojo en toda la noche.
A partir de ese momento, la consigna fue rezar sin parar, hasta poner en marcha la segunda fase: Walter y Damián iban a permanecer atados en la habitación del quinto piso. Mientras, nosotros deberíamos modificar la escenografía de la habitación cuatrocientos quince. El cambio sería mínimo, pero clave: torcer las esvásticas. Walter nos reveló que los Sistémicos Emplazados las usaban derechas porque habían aprendido de la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial. Según él, Hitler se lamentó de haber utilizado la esvástica inclinada en las banderas del Tercer Reich al enterarse que los inventores milenarios del símbolo representaban de esa forma la mala suerte. Nuestro trabajo, pues, sería inclinar las cruces gamadas y dejar que la sugestión actuara. Según los rabinos, para esta clase de personas la sugestión lo era todo.
La séptima madrugada del tour pusimos manos a la obra. Y a la mañana siguiente, en el comedor del hotel nos encontramos con Walter, que desayunaba como uno más del contingente. Nos llamó y nos dijo:
-¿Vieron a Torrejas y al profesor? A primera hora de hoy vinieron al quinto piso a cambiarnos los tefilín y de repente fue como si hubieran tenido un corto circuito o se despertaran de un sueño. No tenían la menor idea de lo que estaban haciendo ahí, ni por qué.
-¿Así, de golpe, a los tipos se les fue el plan facho al diablo sólo por mover las esvásticas?
-Aunque parezca mentira, es así. Además, no se olviden de todo lo que rezaron ustedes. Como sea, podemos decir “misión cumplida” y volver a la normalidad.
Pero a medida que transcurría la conversación, a mí me surgían más dudas:
-¿Y ellos no quisieron saber por qué vos y Damián estaban atados en el placard?
-Sí. Les dijimos que anoche, al volver al hotel, nos asaltaron, y que los ladrones nos dejaron ahí encerrados.
-¿Y les creyeron?
-Si no sabían dónde están parados... Cualquier cosa les hubiera dado lo mismo.
Alicia fue a servirse un café con leche. Yo continué:
-¿Y la cuatrocientos quince?
-Sacamos las cruces y volvimos a instalarnos.
-¿Y dónde están las cruces?
-Damián está terminando de embalarlas. Vamos a llevarlas a la organización, para presentarlas en el congreso anual.
-¿Congreso anual?
-La organización realiza encuentros anuales entre sus miembros. Llegan agentes de todo el mundo y cada uno presenta un balance de su trabajo.
Alicia volvió con su bandeja y cambió de tema:
-Walter –interrumpió-, por qué no terminás de contar el chiste del otro día.
En ese momento se acercó Torrejas y dio la orden de cargar las valijas en los micros, puesto que ya era hora de volver a Buenos Aires. Lo de Walter, entonces, nos desconcertó: invitó al coordinador a sumarse a la ronda e hizo un resumen de la primera parte del chiste, para que pudiera entender lo que seguía:
-Es sobre un viudo que compra un loro que reza en hebreo. Un día, en Rosh Hashana, lo lleva a la sinagoga y...
-Pará –lo frenó Alicia-, esa parte todavía no la habías contado.
-Bueno. Sigo, entonces: llega Rosh Hashana y el loro le pide al tipo ir al templo.
-Rosh Hashana era... –dudó Torrejas.
-El año nuevo judío –aclaró Walter, y continuó:- Meyer le explicó al loro que...
-Meyer... –volvió a interrumpir Torrejas.
-Meyer Glusman, el viudo –acoté.
-Sí –continuó Walter-, el viudo le explicó al loro que la sinagoga no era para pájaros, pero el loro insistió.
El chiste parecía condenado a la postergación eterna. Serrano se acercó y se quedó a escuchar. Esta vez fue Torrejas el que realizó un breve resumen para su presunto ex secuaz. Luego, dándole consistencia al personaje de Glusman, reproduciendo su acento judío y armando diálogos entre el viudo y su mascota, Walter avanzó hacia la conclusión:
-Tras la discusión, Glusman se puso el loro en el hombro y lo llevó al templo. No le fue fácil entrar. Tuvo que darle explicaciones al rabino, hasta que finalmente lo convenció de que el loro sabía “davenen”.
-¿Davenen? –pregunto Serrano.
-Sí, es en idish. Significa rezar, cantar –explicó Walter-. Nadie podía creer que el loro supiera “davenen” y todos los asistentes juzgaron de charlatán al viudo. Hasta apostaron a que no era así. Una vez que comenzó el servicio y el dinero estaba en juego, el pájaro dejó transcurrir cada plegaria y cada canción sin emitir un solo sonido. Glusman, enojado, le murmuró al oído: “¡Daven! ¡Daven!” Y el loro, nada. Otra vez: “¡Daven!, pájaro maldito, ¡todos te miran!...”. Y nada. Cuando terminó el servicio, Glusman debía cuatro mil dólares, y estaba tan enojado que no habló en todo el camino de regreso a su casa. Cuando llegaron, el loro se puso a cantar a grito pelado: “¡Hevenu shalom aleijem, hevenu shaaaaaaloooooom aleeeeeiiiijem!”.
-¡Pajarraco miserable! –le reprochó Glusman-. Te compré los tefilín, aprendiste todas las plegarias. Te enseñé hebreo, la Torá... ¿Por qué me hiciste esto?.
Y el loro le contestó: “Meyer, no seas estúpido, ¡pensá en todo lo que vas a ganar en Iom Kipur!”.
Nadie se rió. Yo recordé que cuando había leído el chiste en el mail al principio no lo había entendido. ¿Y los demás? ¿Torrejas, Serrano, Alicia? ¿Por qué no se reían? Pobre Walter, el ímpetu que había puesto para tan pobre repercusión. Había una diferencia, sin embargo, en cada una de las reacciones. Alicia hizo una mueca simpática, porque al menos había entendido el tono del remate. Torrejas y Serrano, en cambio, ni se inmutaron, como si esperaran que el chiste continuara. ¿O acaso la seriedad obedecía a que el hechizo había durado nada y habían vuelto a recuperar sus viejas personalidades filo nazis? La incertidumbre desapareció cuando el profesor balbuceó:
-¿Iom...?
-Iom Kipur –afirmó Walter-. El día del perdón.
-Ahá –contestó Serrano, sin que el dato paliara su desconcierto.
En realidad, explicó Walter, no importaba si se trataba de Iom Kipur o de otra fiesta. El chiste era que el loro no sólo sabía rezar y cantar como un judío de ley, sino que además había adquirido la mentalidad especulativa con la que se suele caricaturizar a la colectividad: ir a menos en la primera ronda de apuestas, engañar a todos y así, cuando nadie lo sospechara, reventarlos en la segunda.
Pasados ya unos meses de aquellos días de locura e intolerancia racista, el saldo que nos quedó son los tefilín que nos llevamos de souvenir y que ahora seguimos usando. Alicia sabe que debe dejarlos, porque no está bien que una mujer los use salvo para casos de emergencia. Pero se le hace difícil. Lo increíble es lo mío: día tras día aprendo el significado de los rezos y me siento un mejor judío. Tanto que, por momentos, me invade la sospecha de que la aventura de Viedma no fue más que una confabulación entre Torrejas, Serrano, Walter, Damián y el resto del contingente a fin de combatir el agnosticismo creciente en los tiempos que corren.