sábado, 20 de octubre de 2007

Cuentos

Textos escritos entre 2001 y 2005



EL CUADRO


I

El viento formaba un cilindro de agua que rodaba hasta la costa. Al rozar con el fondo, el cilindro se detenía para que la onda superior volcara hacia adelante, por la inercia.


II

Yo no sabía del porqué de las olas. Prefería sostener el misterio, atribuir al mar un ánimo, una voluntad.


III

Yo, que miraba el mar mientras pensaba: uno se puede pasar la vida mirando el mar. Al verlo, recuerdos y fantasías articulados ordenaban luces, colores y sombras en un cuadro.


IV

No era cualquier cuadro, sino uno en particular, hecho de cuadrados, círculos y triángulos. Pero lo que yo veía era un mar, un mar listo para salir del bastidor y empezar a refrescar. El nombre del cuadro no lo recuerdo. Sí que estaba en un museo de Pécs, en Hungría, y que su autor era Vasarely.


V

La cosa era así: una ola venía, rompía y se iba, para volver a volver. ¿Pero volvería si no se fuera? ¿Quién preguntaba: el caracol, la piedra o el alga lenteja desde la mitad del mar, donde se había ahogado la última víctima de la temporada? Todavía la buscaban, y a la lancha se le arremolinaba la huella. Dos bañeros, o mejor dicho uno solo y su ayudante, un aprendiz simpático y predispuesto, iban sin brújula otra vez al muere. Al muere no va nadie, dijo la piedra, y se frenó ante la sólida intervención de una concha lila y violeta llena de agujeros. Dijo, por alguno de los agujeros, que al muere se viene. Al muere se viene, repitió el alga, aletargada pero decidida. La arena, mojada y en silencio, hasta ahí otorgó.


VI

El día estaba tan lindo que daba para eso y mucho más. En la orilla lo podía ver todo. En eso estábamos: viendo y, en parte, arriesgando sobre esta sociedad sobreadaptada (naturaleza pura, naturaleza secta), cuando un hombrecito que no superaba los treinta centímetros de altura aterrizó boca abajo sobre la orilla y se presentó. Tenía la voz gruesa, incongruente con su diminuta apariencia. Se sacudía la arena pegada en los codos, los pliegues del pantalón babucha y los borceguíes.


VII

¿De dónde habrá venido este enano?, fue lo que nos preguntamos. El caracol reveló: lo trajo la ola de las nueve y cuarto. Y la piedra: que era época de enanos. Enanos de mar, aclaró el alga, cuya demora era proporcional a su precisión. Enano no parecía. Enano de mar, podía ser.


VIII

Nunca nos hubiéramos imaginado que en la costa nos íbamos a encontrar con una situación como ésta. Pero si el objetivo era salir del estrés cotidiano, nos venía como anillo al dedo. El año había sido duro, aunque no tanto para mí, que me la había pasado jugando al tenis. Otra de mis actividades había sido tratar de recordar una palabra.


IX

La que había tenido un año complicado era Alicia, lidiando con los pacientes del neuropsiquiátrico. Atendía chicos, lo que hacía más agotadora la tarea. Algunos se ponían violentos y no era fácil dominarlos. Otros, en plena pubertad, la querían toquetear. Se le iban encima para saciar el apetito sexual floreciente.


X

Ahora me doy cuenta, al referirme a Alicia, que había estado hablando en plural sin aclarar quién era mi acompañante en la playa. Supongo que debe de ser normal luego de tantos años de convivencia. Somos Pedro y Alicia, o Alicia y Pedro. Todos nos ven así, ya que la unión ha superado al recuerdo de los tiempos en que no éramos pareja.


XI

El enano tenía ganas de comer y nos invitó al parador del balneario. A simple vista, el parador parecía cerrado, pero en vez de entrar por la puerta principal, que estaba tapiada, el enano caminó hacia uno de los laterales, tomó una manija y levantó una puerta cubierta de arena. Luego bajó por una pequeña escalera, con cuidado, acomodando el cuerpo. Con Alicia fuimos tras sus pasos hasta llegar a un comedor subterráneo en el que debían de caber miles de enanos.


XII

Enseguida apareció un mozo, no enano, sino gigante, tanto que andaba encorvado para no golpearse la cabeza con el techo. Por lo poco que tardó en servir, debía de tener todo listo en la cocina. Igual, no era algo elaborado: sandwiches de jamón y queso, en pan francés, y licuados de frutilla y melón.


XIII

-No le gusta el fiambre -le dijo Alicia al enano, antes de que éste preguntara por qué yo no comía.
-No lo puedo creer. ¿Ningún fiambre? -se sorprendió el enano.
-Ninguno –respondió Alicia–, se pierde lo mejor de la vida.


XIV

“Lo mejor de la vida” parecía una exageración. Pero esa frase, así de ingenua, me llevó a la siguiente reflexión: ¿Cómo saber si, realmente, me estaba perdiendo lo mejor de la vida? Más allá del sandwich, claro. Quiero decir: la vida en general, la vida elegida. La única manera de obtener una respuesta, supuse, era abandonar todo: pareja, trabajo, amigos, lugar de residencia, y empezar otra vez, con el riesgo de que la nueva vida defraudara mis expectativas y entonces viera, cuando ya fuera demasiado tarde, que era mejor vida la de antes. Y que, como había dicho Alicia, lo mejor de la vida era, simplemente, un sandwich de jamón y queso.


XV

En la playa todavía no lo sabía, pero desde aquel día comenzaría a tomarme la relación con Alicia de otra manera, sin pensar en el futuro. Identificado con el enano, quería hacer lo que me viniera en gana. Según él, los enanos de mar se daban los gustos en vida. Por ejemplo, en pocos minutos arribaría un cineasta de renombre internacional para filmar con él una escena de su nueva película.


XVI

La libertad del enano me intimidaba, me llamaba la atención su capacidad para generar entretenimiento, hasta que sus limitaciones naturales lo delataron como lo que realmente era: un efecto óptico del cuadro de Vasarely. El cuadro había crecido hasta abarcarlo todo, tanto que lo único que faltaba era que yo también me volviera reversible, como el enano en aquel comedor. El enano se alejó hacia el fondo y se hizo cada vez más pequeño, hasta que su forma se confundió con la de un triángulo minúsculo dentro del lienzo, entre otros triángulos que, seguramente, serían otros enanos de mar en abstracto.


XVII

¿Tan quietos estábamos con Alicia para que este mar hecho en óleo pareciera de verdad? ¿Acaso la velocidad insuperable de las imágenes de Vasarely no era posible sólo gracias a la espantosa quietud de la vida cotidiana? En un abrir y cerrar de ojos, observé que el museo de Pécs se había llenado de gente y que a Alicia la había perdido en la multitud. Afuera también ella me buscaba, y nos encontramos enseguida. Todavía nos quedaba mucho por recorrer y disfrutar. Caminamos hacia la peatonal, mientras el bullicio se apagaba a la distancia. Lo demás fue un impulso: la tomé de las manos, la miré fijo y le pregunté si se quería casar conmigo.





LA MELODIA PERFECTA


Hubo un momento, no recuerdo cuándo, en que los compacts dejaron de ser un pasatiempo placentero para transformarse en una obsesión. Debió de haber algo que desatara la anomalía, la voracidad por tener toda la música. Algo raro, porque yo no era así. Con la literatura o el cine, por ejemplo, seleccionaba más, lo cual tenía su lado positivo, ya que ver miles de películas o leer miles de libros me hubiera demandado un tiempo del que no disponía. Mientras sonaba un disco, en cambio, podía hacer otra cosa.
Inmerso en la vorágine coleccionista, no bastaba con comprar un disco al azar e incorporarlo a la discoteca. Cada compra requería un análisis previo, para ver si se justificaba. Por ejemplo, si un artista del que tenía su obra completa editaba un disco nuevo, éste se imponía solo. Con otros artistas, era la envergadura del trabajo lo que me permitía determinar si el flamante compact merecía un lugar entre los elegidos.
Además, las cajas de plástico me encantaban. Sobre todo, el sonido al cerrarse: “tac” arriba, “tac” abajo. Me ponía de mal humor cuando estaban falladas y alguno de los extremos no trababa bien. Había que detenerse en cada detalle, como el librito con las letras de las canciones, en el lugar donde las hojas iban enganchadas: la presión de los ganchos solía formar arrugas, pero buscando bien siempre encontraba compacts con el librito sano. A veces había uno solo, entre muchos del mismo título, y yo sentía que me había estado esperando.
Semejante búsqueda era incómoda, ya que en las disquerías debían de pensar que estaba loco, y más cuando me cercioraba de que el soporte circular en el que encajaba el disco no estuviera roto: como los compacts venían envueltos en celofán, la única manera de chequearlo era agitar la cajita junto a la oreja y escuchar si había algo suelto. A veces las cajitas engañaban, porque podía darse el caso de que el soporte estuviera bien e igual se escuchara un ruido, por el desplazamiento del librito.
Un día llegué a una conclusión: más allá del compact como fetiche, tanto consumo de música debía de obedecer a un objetivo más trascendente, que no era otro que el de encontrar la melodía perfecta. Y como crearla no podía, porque de música no sé nada, sólo me quedaba confiar en que alguien la creara. Eso me hizo un consumidor voraz. A lo largo de los años conocí melodías bellísimas, como la sonata Kreutzer, la Pequeña serenata nocturna, el segundo nocturno de Chopin o el "allegro molto" de la sonata para violín y piano opus setenta y cinco de Saint Saëns. Pero ninguna, según mi punto de vista, era perfecta. Quizás en lo que me quedaba de vida podía aparecer algún compositor iluminado que lo lograra. ¿Pero mientras tanto qué iba a hacer? ¿Sentarme y esperar?
Entonces me di cuenta de mi error: ¿No había más posibilidades de que esta combinación única de notas hubiese tenido lugar en el pasado? ¿Cuánta música a la que se podía tener acceso (grabada) existía? No digo que yo la tenía toda, pero sí buena parte. ¿Y no era eso una nimiedad al lado de siglos y siglos de música “en vivo”, ejecutada antes de que se inventara la forma de registrarla?
Decidí, pues, indagar en ese pasado, con el inconveniente, claro está, de que debería juzgar la eventual melodía sin escucharla, con “el sentido” como parámetro. Mi razonamiento fue el siguiente: de no haber habido una primera melodía, no hubiera habido una segunda, ni una tercera, y así sucesivamente. No hubiera habido ninguna, y el arte de la música nunca hubiera tenido lugar. De ahí que la primera melodía, o en su defecto la más antigua que se pudiera encontrar, iba a ser más importante que las siguientes, imprescindible y, por lo tanto, perfecta.
En el libro Imitaciones de la naturaleza, de Richard W. Eliot, encontré una posible respuesta. Allí se cuenta una historia que transcurre hace treinta mil años, en el paleolítico superior. Primero asistimos a las peripecias de una pareja que supera los escollos que le impiden concebir un hijo. Luego, a los primeros años de vida del nuevo ser, que provoca la felicidad de sus padres y además, a raíz de una travesura infantil, descubre la flauta, el primer instrumento melódico.
El libro comienza cuando Ana y Fabián se despiertan en una carpa y un rayo de sol les da en los rostros. Un rayo intermitente, porque afuera hay nubes y viento. Por debajo del cuero que hace de puerta se filtra la mañana, amarilla y blanca, inundando los rincones.
Estos hechos son una interpretación pseudoantropológica, del siglo quince, de trescientos dibujos supuestamente aparecidos en el muro de una caverna, atribuidos a la mujer que hemos llamado Ana (su nombre y el de Fabián son impronunciables en nuestra lengua). Eliot describe el primer dibujo: Ana se despereza. El segundo: Ana sale al aire libre, rumbo al lago. El tercero: Ana se frota la cara con agua. El cuarto: Ana llena una vasija. El quinto: Ana hace un té de hierbas. La transcripción textual, dibujo por dibujo, resulta tediosa, así que trataré de hilar un relato.
Como Fabián seguía roncando, Ana amenazó con darle el té a la primera vaca que pasara por el lugar. En minutos pasaría la manada y debían estar atentos, para no morir aplastados. Las tropillas más peligrosas eran las de los animales de mayor porte, por lo difícil que se hacía esquivarlas. Los frentes se volvían kilométricos, y si no se hallaba un lugar seguro a tiempo sobrevenía la muerte por aplastamiento sobre la llanura.
En general, la vida era dura. Hoy se estaba en un sitio y mañana en otro. Las cuevas o pequeñas carpas que Fabián construía tras cada mudanza duraban poco y nada. Además, conseguir comida era una tarea arriesgada. Casi todo lo sacaban de los lagos, con la pesca de lanza. El mayor peligro eran los cocodrilos, expectantes de la hora de caza para hacer ellos la suya. A Fabián, igual, le sobraba destreza. Entraba al agua sin temor, y hasta se diría que sus potenciales depredadores le tenían respeto.
Al escuchar la provocadora advertencia de Ana (darle el té a la primera vaca que pasara por el lugar), Fabián le ganó a la modorra. Salió de la choza y se entregó a uno de sus mayores placeres: desayunar bajo el ruido alborotado de los pájaros. Dio un sorbo y percibió una evidente mueca de angustia en Ana, que no podía expresar lo que le pasaba por lo precario del lenguaje. Ellos sabían, por ejemplo, que un árbol (o como fuera que dijesen “árbol”) era un tronco con raíces y ramas cubiertas de hojas y frutos. Al vivir rodeados de árboles, era obligatorio representarlos. Sin embargo, las limitaciones dejaban afuera las abstracciones. Hoy en día se habla sin más de la angustia, la pena, el amor y otros conceptos no contrastables, pero para llegar a eso el hombre tuvo que atravesar innumerables vidas y muertes.
Ana pintaba en las rocas, y de ahí se desprende lo que la atormentaba: a tres años de la unión con Fabián, las invocaciones a la estatuilla de Venus seguían sin dar resultado, por lo que la fertilidad de la chica empezó a ponerse en duda. Nadie decía nada, porque el lenguaje tampoco daba para eso. Y el silencio hacía peor las cosas. Parecía indiferencia, pero no. Este tipo de alteración en la naturaleza de una mujer les era extraño, ya que nunca habían vivido algo igual. Por eso, la reacción fue callar y entregarse a la gracia divina, mientras Ana luchaba día a día, mes a mes y año tras año con su impotencia. Ese día ventoso de verano anunciaba la menstruación y, por lo tanto, que una nueva esperanza de embarazo se perdería. La frustración, claro, era inconsciente. Ana sólo sentía esa angustia inexplicable que le machacaba sin tregua su instinto femenino.
El problema de la infertilidad, como dije, era una noticia para la comunidad. Y, por cierto, muy mala. Se daba por sentado que, al ingresar en la pubertad, las chicas comenzaban a lucir sus panzas, redondas como piñatas. Podía ser a los doce o trece años, o incluso antes las precoces. Una vez que se iniciaba la cadena reproductiva no paraba. Era tiempo de poblar el mundo, y estas mujeres podían llegar a tener tantos hijos como sus cuerpos les permitieran.
En ese contexto, Ana no cuajaba. Acababa de cumplir dieciséis y aún no había sido bendecida con los atributos maternos. Mientras las otras mujeres amamantaban a sus bebés, ella ocupaba el tiempo pintando. Usaba pigmentos rojos y amarillos, que extraía de minerales con óxido de hierro, y negros, que obtenía del carbón vegetal. Su técnica era de escasa precisión. En general, aplicaba las tinturas sobre las rocas, con los dedos, pero su especialidad era el soplado con huesos huecos, que provocaba una lluvia de color.
Inspirada en el entorno, Ana hacía caballos salvajes, ciervos, leones, elefantes, vacas y peces. Otros utilizaban estas representaciones en rituales, para lograr buenos resultados de caza, o por motivos religiosos. Lo de Ana, en cambio, era arte por amor al arte. Pocos en la tribu se daban cuenta de esta excentricidad. Uno era Fabián, que por eso estaba perdidamente enamorado de su mujer.
Los integrantes de la comunidad se alegraban de que Ana se empeñara en hacer algo con su vida, a la luz de que los esfuerzos por darle un hijo a Fabián iban de mal en peor. Todos querían ayudarla, así que las estatuillas de Venus habían proliferado. Mientras, la pareja probaba un sinnúmero de posturas para la cópula.
En la tribu, sin saber lo que ocurría, atribuyeron el problema a una maldición. El tiempo pasaba y el abdomen de Ana no crecía. La única solución, si la había, era redoblar las apuestas y adorar a los dioses como nunca. Para eso construyeron un monumento de piedra, de forma fálica y tres metros de alto, a fin de que Ana recibiera la tan ansiada fecundidad.
Terminaron el monumento y dieron rienda suelta a un interminable repertorio de oraciones, al compás de tambores y raspadores, hasta la noche. Las voces y el humo del fuego, sembrado en un círculo alrededor del falo gigante, parecían fundirse en el cielo. Al seguir el ascenso con atención se veía un destello: las ondas luminosas se cruzaban con las sonoras y continuaban hacia arriba.
Cuando Ana y Fabián ya se habían retirado a la carpa, el resto remató la velada con pociones que producían vértigo y euforia. Más loco que nadie, en trance, vagaba el viejo Hernán, líder de la pequeña comunidad. Lo del monumento había sido su idea, y de no funcionar no sabría cómo explicarlo. Pero al final el “milagro” ocurrió: de repente, de aquel punto imaginario del cielo bajó un haz cónico de una luz blanca muy intensa, que capturó la carpa en la que Ana y Fabián, como cada día antes de dormir, acababan de hacer el amor. La luz, de tan imponente, hizo que la carpa se volviera invisible por unos segundos.
Pasaron los meses hasta contar nueve y nació una gordita de ojos verdes cuyo nombre era igual de impronunciable que el de sus padres, por lo que la llamaremos Ema. Hoy sabemos que Ema no nació de milagro, sino que un espermatozoide debió viajar por una trompa de Falopio y meterse en el óvulo. Después, el óvulo fecundado debió depositarse en el útero y comenzar a desarrollarse. Habría que ver, por eso, si la carpa realmente permaneció quieta durante el lapso en que dejó de verse. Una posibilidad (y esta especulación excede a Eliot) es que haya sido absorbida por extraterrestres “solidarios”, que supieran que la potencia de los espermatozoides era proporcional a la fuerza de gravedad: a menor gravedad, mayor poder. De todas formas, esto es secundario.
Lo concreto es que Ema creció como cualquier chico, pero casi no habló hasta cumplir tres años. Y no por tener algún problema, sino porque no sabía qué decir. Prefería concentrarse en ver, oír, tocar, comer. Como su papá, disfrutaba del canto de los pájaros. De tanto observarlos, comenzó a soñar que podía volar, que le bastaba con pegar un saltito para quedar paralela a la superficie y deslizarse por el aire a voluntad. Soñaba que volaba cada vez más alto, hasta que de golpe se venía a pique. Y se despertaba desilusionada.
Sin darse por vencida, pensó que con un par de frondosas ramas de árbol (una atada en cada brazo) podría suplir la falta de alas. Pero como su altura no le permitía llegar a las copas y derribar las ramas adecuadas, le pidió a sus padres:
-¿Ustedes podrían hacerme el favor de cortarme dos ramas de árbol, lo suficientemente grandes como para que me sirvan de alas?
Ana y Fabián no lo podían creer. Todo lo que habían incentivado a Ema para que hablara, al fin, rendía sus frutos. Tanto que la pigmea se despachó así, como si fuera una adulta. Y la madre sorprendida, sin saber qué contestarle, le preguntó:
-¿Cómo ramas para hacerte alas?
Ema hubiera esperado otra respuesta. ¿Para qué servía ser hija de una artista si sus reacciones iban a ser iguales a las de cualquier mamá? Ni una palabra más, entonces, por lo menos durante varios días, volvería a salir de su boca. Se convenció de que hablar, al fin y al cabo, no servía para nada. Y se fue sola por ahí, pensando en otra manera de lograr su cometido. Había visto que el que derribaba ramas como ninguno era el pájaro carpintero, y pensó que si se lo pedía el ave tal vez le podía hacer el favor. Sólo debía encontrar la forma de hacerse entender.
Ema se pasaba las horas al pie de un árbol. Ana la observaba y se preocupaba, pero nunca tanto como el día en que la nena desapareció. La buscaron durante horas, y cuando muchos ya la daban por perdida regresó lo más campante, como si volviera de unas vacaciones. Su reaparición fue emotiva, y en el jolgorio nadie se percató de que en una de sus manos la chica llevaba un hueso hueco, como los que usaba la madre para la técnica del soplado. La diferencia era que éste tenía dos agujeros en uno de los lados.
Lo que traía Ema era una especie de flauta, con la que había descubierto que si soplaba por un extremo, mientras tapaba y destapaba con los dedos los agujeros intermedios, surgían sonidos que se parecían a los de las aves. ¡Qué gran paso! ¿Quién podía robarle la ilusión de que eso sería suficiente para comunicarse con el pájaro carpintero?
Con la flauta, Ema comenzó a llenar sus silencios, esos que tanto alarmaban a sus padres. Hasta que se dio cuenta de que, por mucho que se esforzara en lograr la atención del ave, no iba a alcanzar su propósito. Así, su deseo de volar quedaría postergado una vez más. Pero la empresa no había sido en vano, ya que su misión iba a tener por derivación un gran provecho.
La primera vez que Ana tomó la flauta entre sus manos, se preguntó cómo había sido tan imbécil de no haberla inventado ella misma, que se la pasaba soplando por un cilindro similar. Igual, no era tarde para saldar cuentas con la autoestima. Si bien no había creado el instrumento, podía perfeccionarlo. Le llevó un tiempo, hasta que razonó que si con dos agujeros obtenía cuatro notas, a medida que agregara agujeros conseguiría más. Era regla de tres simple. Entonces buscó un trozo de hueso un poco más largo que el original y le hizo cuatro orificios. Con siete el espectro sonoro hubiese sido aún mayor, pero Ana quería que la flauta le sirviera de inspiración mientras pintaba, y para eso necesitaba que una mano le quedara libre.
Acto seguido se puso a improvisar. Sus movimientos obedecían a los latidos del propio corazón, al color de los pigmentos, al zumbido del viento en las ramas, al roce del agua en las rocas y a la polifonía de los alaridos emitidos por los animales. Así, con estos arrebatos emocionales espontáneos hechos de armonía, ritmo y melodía, Ana lograba un inédito grado de abstracción, sin sospechar que en su delirio estaba prefigurando la música.





MI PRIMERA NOVELA


A comienzos de dos mil dos terminé mi primera novela. La leyeron mi mujer, mi mamá y mi suegra. Faltaba que la leyera mi abuela, pero yo quería dársela a algún escritor. Como escritores amigos no tenía, pensé en César Aira. Primero me fijé en la guía telefónica y subrayé un “César Aira” que vivía en la calle Bonorino, en Flores. En base a las reseñas sobre su vida y varios de sus relatos, ésa debía de ser su casa. Llamé y atendió un contestador automático. La voz decía: “Se comunicó con el cuatro, seis, tres, uno, etcétera..., deje el mensaje”. ¿Era la voz de Aira? En realidad dudé, porque me la había imaginado más grave. Pero luego pensé que ese timbre adolescente era el más adecuado a su aspecto (lo conocía por una o dos fotos que eran las que se repetían junto a su currículum en las solapas de sus libros).
Enseguida puse en marcha el plan “b”. Agarré el coche y fui hasta su supuesta casa. Como no sabía qué piso era (nunca había reparado en que las guías telefónicas no traen este dato) y no quería darle detalles al encargado, entré en un bar desde donde se podía ver quién entraba y salía del edificio. Pedí un café y esperé, con paciencia. Como el lugar no cerraba de noche, me quedé más de veinticuatro horas de guardia. Igual, Aira nunca apareció.
Entonces empecé a dudar, a preguntarme si serían reales el teléfono y la dirección, o sólo una ficcionalización del escritor para conservar su acostumbrado bajo perfil. Quizás hasta ni su nombre fuera César Aira, pero no lo sabía. Me resistía a aceptar que el tipo hubiera inventado una “vida pública”, con identidad y domicilio falsos, para mantenerse a salvo de "persecuciones" como la mía. En algunas de sus novelas había indicios: que su esposa se llamaba Liliana, que tenía hijos... Claro que las pistas siempre eran ambiguas. Se mezclaban el Aira escritor con el Aira personaje, y había una tensión inextricable entre lo real y lo verosímil. En cuanto a los datos biográficos, era público que había nacido en Coronel Pringles, y que desde hacía treinta y cinco años vivía en Flores. Pero volvía a dudar. ¿Serían datos verídicos, o sólo un relleno ficticio para completar las solapas de sus libros?
La oportunidad, finalmente, se me presentó en la Feria del Libro, en abril de ese año. Leí en el diario que Aira iba a estar en la presentación de Cumpleaños, por entonces su última obra. Mi primera reacción, entonces, fue pensar que se trataba de un error: ¿no sería aquel anuncio un abuso de los organizadores, sin que Aira se hubiera comprometido a asistir? De cualquier manera, yo debía estar ahí y ver qué pasaba.
El día señalado, ante mis ojos incrédulos, Aira apareció. Subió por una escalera mecánica hasta el piso del salón donde habían programado el acto, acompañado por una mujer que debía de ser su esposa. De inmediato, tomé coraje y me acerqué:
-Hola, César -le di la mano y fui directo al grano-, quería saber si leés cosas de otros para darles una opinión.
Aira, sorprendido por cómo lo había abordado, hizo un leve gesto afirmativo con la cabeza y me preguntó:
-¿Qué escribiste?
-Una novela.
-¡Pero che, todos escriben novelas! –dijo irónico. Luego me pidió un papel para anotarme su dirección-. Mandamelá, pero no me apures. Yo después te contesto.
Se la llevé al día siguiente, en un sobre, con mis datos adjuntos en una hoja. Tres semanas después, Aira dejó un mensaje en el contestador de mi casa y dijo que se iba a comunicar más tarde, o al día siguiente. Por suerte, no dejó que pasara la noche en vela, dando vueltas de ansiedad en la cama. Pasadas las ocho, sonó el teléfono y era él otra vez.
-Leí tu novela –dijo.
Yo moría por escuchar su opinión, pero para no parecer desesperado deslicé un rodeo innecesario:
-¡Ah, qué bueno!
Él también prefirió mantener el suspenso:
-Sí, la terminé el mismo día que me la trajiste, pero tuve cosas que hacer y no te pude llamar.
-¿Y qué te pareció? –le pregunté por fin.
-Ah, me gustó muchísimo. Me gustaría que nos encontremos.
Entonces quedamos en vernos al día siguiente, a las cinco de la tarde, a medio camino entre su casa y la mía: el bar Lumiton, en Boyacá y Gaona. Antes de cortar, ofreció llevarme su última novela, pero le dije que ya la había comprado en la Feria, a lo que él me contestó que ésa no era la última, sino que había una nueva que todavía no se había publicado.
Al día siguiente llegué a Lumiton a la hora convenida y Aira quince minutos después. Pidió agua mineral porque no andaba bien del estómago y puso sus cigarrillos sobre la mesa. En una bolsa, además de mi novela, traía cinco de su autoría: Varamo (por entonces inédita) Los fantasmas, Los dos payasos, Un episodio en la vida del pintor viajero y un breve relato titulado El infinito, que compartía un minúsculo librito, de edición colombiana, con Duchamp en México.
Primero hablamos de bueyes perdidos, confesó que era adicto a la televisión chimentera y aseguró: “No hay como la Rocasalvo”. Luego se quejó de no poder mirar más seguido ese tipo de programas: “En mi familia son todos muy intelectuales y no me dejan”, dijo. También me habló maravillas de Las chicas superpoderosas y El laboratorio de Dexter. Yo, que no estaba al tanto de la nueva generación de dibujos animados, escuchaba anonadado, como si un mago me estuviera revelando sus secretos, o mejor (a juzgar por las obras más desopilantes de Aira), algunas de sus fuentes de inspiración.
Sobre mi novela, se limitó a decir:
-Muy inteligente, pero le falta compromiso.
Y tenía razón. Porque a pesar de que estaba escrita en primera persona, el narrador no era yo, sino Pedro Migré. Mi esposa en la ficción se llamaba Alicia. Y no hacía falta consultar un mapa para saber que Aurora, donde transcurría la historia, era un pueblo inventado. Pero la causa de estos disfraces no era caprichosa. El hecho era que yo escribía poemas, novelas no podía. Me sobraban las palabras por todos lados y terminaba tachando y sacrificando la mayor parte, transformando el saldo en un poema. Al indagar en la causa de este inconveniente, se me ocurrió la historia de un chico, Pedro Migré, a quien en la escuela primaria se le atribuye un parentesco con Alberto Migré y por ese motivo le queda un trauma que le impedirá, ya de adulto, convertirse en escritor de novelas.
Para que se entienda mejor, rememoro aquel borrador leído por Aira, destruido en uno de mis típicos ataques de anorexia prosaica: en Aurora, el primer día de clases, la maestra Irene pasaba lista: ¿Alves, Gabriel? Presente, señorita. ¿Arregui, Cristina? Presente, señorita. Tras veinte nombres y apellidos con sus veinte repetidas respuestas, era mi turno. ¿Migré, Pedro? Presente, señorita. La maestra se quedaba pensando... Leía lo que le quedaba de la lista sin prestar atención y al final, como no aguantaba la curiosidad, volvía: ¿Migré? Presente, señorita, volvía a decir yo (digo “yo” o “mi” para agilizar el relato). Irene contenía la risa por mi inocencia y me preguntaba si tenía algún parentesco con Alberto Migré. Yo la miraba confundido. Migré, el de las novelas, insistía Irene. Mi silencio se debía no sólo a que desconocía que Migré era un famoso autor de telenovelas, sino también a que ignoraba el significado de la palabra “parentesco”. En suma, al callar otorgaba, y me condenaban por el resto de la primaria a ser el sobrino de Alberto Migré.
A la salida de la escuela, solía escuchar a las madres cuando comentaban que Alberto Migré y yo parecíamos dos gotas de agua. Yo oía lo que se decía y, por confusión y por timidez, me callaba. Para mí, Alberto Migré pasaría a ser, como afirmaban esas mujeres, y como había dicho mi maestra, “el de las novelas”. Al punto que comenzaría a creer que todas las novelas, tanto las televisivas como las literarias, le pertenecían a Migré.
De vuelta de la escuela, tomaba la merienda y Gladys, la mucama, planchaba y miraba Trampa para un soñador. “Otra vez la novela de Migré”, pensaba yo (sin saber que el autor, en realidad, era Luis Gayo Paz). La chica humedecía la ropa con una botella de plástico amarilla, cuya tapa dosificaba la salida del agua. Gladys, con la vista fija en la pantalla, parecía soñar con tener algún día la suerte de “Valeria” (la heroína) y conseguir un novio como “Lito” (el galán).
Mientras tanto, yo seguía sin saber quién era Alberto Migré. Es decir, una idea tenía por lo que se hablaba, pero nunca lo había visto. Una noche, durante la cena, le preguntaba a mi mamá y ella me explicaba que Migré era el que escribía las novelas de la televisión, el que les daba a los actores lo que tenían que decir. Ah, como la novela que mira Gladys, asociaba yo. ¿Qué novela mira Gladys?, se sorprendía mi mamá, que se pasaba el día fuera de casa y no podía controlar lo que hacía la empleada. No sé, una novela, decía yo. Mi mamá continuaba: que por qué le estaba haciendo esa pregunta. Ella debía de imaginarse que era por el apellido compartido, pero me seguía la corriente: ¡Contame, dale! Y yo, mientras tanto, trataba de recordar la palabra “parentesco”. La tenía en la punta de la lengua, hasta que al fin lograba decirle que la maestra me había preguntado si tenía algún parentesco con Alberto Migré. Mi mamá respondía que si Alberto Migré fuera nuestro pariente no estaríamos como estamos. ¿Y cómo estamos?, preguntaba yo, más confundido aún. Que no, Pedrito, intentaba aclararme mi mamá, que era un chiste, que a la maestra le dijera que no.
Pero en la escuela estaban todos tan encantados de que allí hubiese un familiar de Alberto Migré que desmentirlo resultaba inútil. No me llevaban el apunte, al tiempo que yo les tomaba cada vez más odio a Migré y a sus novelas, lo que en mi limitado universo infantil se proyectaba a todas las novelas. Esto, a la larga, iba a dejar sus secuelas en mí. Ya de grande, me proponía ser escritor, pero me invadía una pesadilla recurrente, el costo de ese anhelo: mi rostro se convertía en el de Alberto Migré y la mucama que me había torturado con Trampa para un soñador se multiplicaba en cientos de clones que me perseguían y me pedían autógrafos en la presentación de mi libro.
Casi convencido de que nunca podría escribir una novela, se me ocurría un antídoto contra el trauma: el Ejercicio Ezquizoide de Enajenación, que me permitiría dejar de ser Pedro Migré mientras escribía. La cuestión era que el personaje, Pedro, padecía una neurosis obsesiva. Si no respetaba ciertos rituales a diario sentía que “corría el riesgo” de parecerse a cualquier persona que se le cruzara por la cabeza. La clave, pues, era abandonar esos rituales y que los infinitos seres que lo atormentaban se apoderaran de él de una sola vez, se neutralizaran unos a otros y dieran lugar a un álter ego, que llevara por nombre el mío verdadero.





CALDERA


A Caldera lo llamaban “locutor” porque conducía un programa en la radio. Miguel Caldera se llamaba, y tenía la particularidad de pronunciar mal la letra r (en vez de “erre”, decía “egrgre”). Por eso se había propuesto “traducir” sus alocuciones a un castellano limitado, en el que no existiera el sonido “rr”. Por ejemplo, si a la hora de las noticias el redactor le pasaba un texto que decía: “El terremoto en Israel arrojó un saldo de ciento cincuenta muertos y doscientos heridos, varios de ellos con pronóstico reservado”, Caldera decía: “El sismo en Medio Oriente dejó un saldo de ciento cincuenta muertos y doscientos heridos, varios de ellos muy graves”. Tan canchero llegó a ponerse Caldera en su estudiado disimulo que dejó de hacer las anotaciones previas en un papel, confiado en poder improvisar y reformar cada uno de los textos directamente al aire, en tiempo real. Había ciertas palabras que parecían imposibles de reemplazar, pero Caldera se las ingeniaba con algún rodeo para decir lo mismo sin quedar en evidencia. De hecho, en la radio en la que trabajaba no conocían su defecto. El que sospechaba algo era el redactor del noticiero, porque no había vez que Caldera no modificara los textos que él le pasaba. Si bien al principio el redactor pensó que este recurso debía de ser un gaje del oficio, llegó un punto en que empezó a revisar cuáles eran las palabras descartadas. Pero Caldera, bien atento, se dio cuenta de la persecución y, para despistar, empezó a relegar también otras palabras que no tenían el sonido “rr”. Esa estrategia primero le funcionó, hasta que a la larga el redactor descubrió que las únicas palabras que Caldera nunca pronunciaba eran las que tenían “erre”. A partir de ahí se abrió un combate lingüístico entre los dos, que les hacía más llevadera la rutina laboral: uno colocaba, adrede, cada vez más palabras con “erre”, mientras el otro agudizaba su ingenio para salir airoso de cada situación.





DESAYUNO


Robert hacía zapping en el dial: los últimos acordes del piano de Bill Evans en Little Lulú se mezclaban con los golpes en la puerta del estudio y las escobillas machacantes de Paul Motian. La sirvienta llamó otra vez. Sin mediar aprobación del patrón, entró, dejó el desayuno y un ejemplar del New York Times. Robert, atento a la música, se sobresaltó y agradeció, todo en un mismo gesto. Echó un vistazo a las noticias y apuró el movimiento de su mandíbula para triturar las tostadas que se llevaba a la boca. Se tragó lo que le quedaba de café, despejó el escritorio y separó un bloc de hojas para empezar a trabajar. Ahora era el turno de Speak like a child, con su ritmo percusivo sobre la melodía de Hancock, similar al sonido de un reloj a cuerda, amplificado por la impaciencia de Robert. Afuera, el invierno dejaba un coletazo: la nevada en abril previa al adiós.





LA ARAÑA


Acá no es como en el cine, que antes de empezar la función se apagan todas las luces de la sala. Acá, la araña central queda encendida para iluminar el fresco del techo. Se puede mirar el escenario o mirar el techo, como un atractivo más. Está, también, la posibilidad de combinar ambas cosas: escuchar la música que viene del escenario mirando el techo. Es la mejor opción, porque la ubicación es incómoda para mirar el escenario. Hay que ponerse en el borde del asiento, asomarse y apoyar los brazos en la baranda. Eso, si se quiere confirmar que lo que suena allí abajo es, efectivamente, lo que los músicos están tocando. Si tal o cual timbre concuerda con el instrumento ejecutado. De otro modo, es mejor respaldarse y cerrar los ojos, o mirar el techo. O por momentos hacer una cosa, por momentos otra. Mirar el techo, igual, deja bastante que desear, porque esa araña, que alguna vez fue el orgullo de la ciudad, ya no es lo que era. De las lamparitas brilla sólo la tercera parte. Las demás se quemaron y no subieron a cambiarlas. Es difícil treparse hasta allí. Como no hay escaleras tan largas, usan arneses. Por eso primero dejan que se queme la mayoría de las lamparitas, así se justifica el trabajo.





UN HOMBRE SENTADO EN UN SILLON


Hay un hombre sentado en un sillón. El hombre usa barba y ahora se mete la patilla de los anteojos en la boca. Mueve las manos, ahora las deja quietas. Dice que sí con la cabeza. Observa serio, con una pierna cruzada sobre la otra. Es canoso, usa camisa y pantalón. De golpe, rompe el silencio. Mueve las manos para acompañar las palabras. Hasta que se detiene y, tomándose de los apoyabrazos, se acomoda mejor. Prefiere escuchar más que hablar, o al menos eso parece porque es lo que hace la mayor parte del tiempo.
Enfrente hay otro hombre. También es canoso y de barba. Usa traje oscuro y, éste sí, no para de hablar. El hombre, no el traje. Se ve que tiene un mazo de cartas entre las manos, que comienza a mezclar. Coloca las cartas en hilera sobre una mesa pequeña. Ambos hombres ríen, juegan a un juego que los demás no entienden. En el fondo, las ventanas proyectan su sombra. Es como si estuvieran adentro de la casa.
En la habitación de al lado, el baño, la esposa del primer hombre acaba de salir de la ducha y se ha puesto la bata azul. Se seca el pelo con una toalla y se sienta delante de un espejo. El pelo es rubio y algo enrulado. La mujer se mira los ojos, tratando de percibir qué hay en el fondo. Se queda esperando, no sabe bien qué.
Afuera todavía es de día. Un tercer hombre camina junto a una segunda mujer por el parque. No se escucha lo que dicen. De repente, sobre una pared, aparece una formación de espíritus que miran al tercer hombre. Este los mira a su vez y se va de sí, comienza a gritarles con confianza. Los espíritus prenden velas y el hombre cierra los ojos.
La casa es grande, con tantos ambientes que muchos de los que allí viven pasan días enteros sin verse la cara. En otra habitación hay una tercera mujer hablando por teléfono. Es un teléfono antiguo, amurado sobre la pared. Un hombre que no es su marido la mira, trata de comprender lo que habla. Cuando corta, entre un llamado y otro ambos se toman de la mano y corren fuera de la casa hasta llegar a un lago. Allí se quedan, apreciando el reflejo de las nubes, porque es un día nublado, y el leve movimiento del agua en círculos concéntricos.
Pero no todo es color de rosas. Hace pocas horas, uno de los habitantes de la casa fue llevado preso por algún delito no revelado. Se lo llevaron y lo introdujeron en una sala de interrogatorio. Las preguntas las hace una mujer policía. Le muestra un papel arrugado con algunas inscripciones. El hombre parece no tener voluntad de hablar. Ha dejado a sus hijas en la terraza de la casa. Una, la mayor, dando vueltas en bicicleta, con un equipo de gimnasia rosa fuerte. La otra, con sus piernas cortas, corriendo detrás. No se cansan. Cae la tarde y ni siquiera hay viento, porque la ropa tendida está inmóvil como una foto. Más lejos, otra terraza con otra nena y, también, el reflejo amarillo del último sol, que se filtra por una grieta imprevista del nubarrón macizo.
En realidad, todos están disimulando. Hasta hay un integrante de la familia que se hizo pasar por muerto para llamar la atención. Los que más lo querían se distraen en el velorio. A esta hora, y si todo salió como tenían previsto, los protagonistas ya deben de haberse casado. Estarán volando, él con su smoking, ella con su vestido blanco, hacia otro lugar y otro tiempo. Cuando regresen a la casa, el fondo será pura coincidencia. Las teclas del piano de Poulenc y la batidora manual de la mujer, un tenedor girando en un jarrito. En unos minutos estarán listos los huevos revueltos. El hombre, tendido en el sillón con la cabeza en un apoyabrazos y los pies en el otro, se dará cuenta de que todo lo que escriba ya habrá sido escrito. Entonces se meterá en la cama y sentirá que allí dentro está demasiado frío. La mujer ya habrá terminado de cocinar y lo estará esperando bajo la frazada y su poncho. Antes de dormirse, le mirará el pelo y descubrirá, sobre la nuca, una matita subiendo, rascando colita.

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