(Cuentos escritos entre 2002 y 2005)
I. El portero
Una noche de verano, pocos días antes de Navidad, estábamos con Alicia mirando televisión en el living y sentí que el cuerpo se me movía. La fuerza parecía tener su origen dentro de mí, pero en realidad me excedía y abarcaba todo el departamento. Mi mujer, que no tardó en sentir lo mismo, dijo: “Se está moviendo el piso”, y lanzó una carcajada nerviosa.
Primero pensé que debía de ser un terremoto. ¿Pero cómo saberlo, si nunca había vivido uno? Cuando ocurrió el de San Juan yo era chico, y lo único que recordaba era lo que mis padres me habían contado varios años después: que las arañas oscilaban y que las manijas metálicas de la cama que se guardaba debajo de la mía (se sacaba para que durmiera mi hermana) golpeaban contra la madera.
-Mirá la planta, Pedro –insistió Alicia.
El palo de agua bailaba como loco y sus hojas temblaban alrededor. Cambié de canal para ver si había alguna noticia sobre el temblor, pero nada, seguía la transmisión habitual.
Mientras buscábamos una explicación, Alicia agarró el teléfono para hablar con su madre y ver qué pasaba en su barrio. Todo normal, al parecer. Al menos ella no había notado nada raro. Luego sonó el timbre.
-¿Quién es? –pregunté.
-El encargado.
Puse un ojo en la mirilla y vi que no era el encargado del edificio, sino otra persona. De no haber sido porque el rostro me era familiar, nunca hubiera abierto la puerta, por si acaso pudiera tratarse de uno de esos típicos “cuentos del tío”, cuyo sinnúmero de variantes se reflejaba de manera cotidiana en las páginas de policiales de los diarios y en los noticieros de televisión. Pero no era éste el caso. Cuando abrí la puerta y vi al visitante de pies a cabeza, confirmé que se trataba de Aníbal Martelli, un ex compañero de la primaria.
-¿Aníbal? –dije.
-¿Pedro? –contestó él.
Nos miramos el uno al otro durante algunos segundos y, cuando estábamos a punto de llenar de carcajadas las sonrisas que se habían dibujado en nuestras bocas, el piso se volvió a mover.
-¡¿Qué hacemos?! –gritó una mujer, con un bebé en brazos, parada en uno de los escalones de la escalera, lista para evacuar el edificio.
Era la esposa de Aníbal. Yo presenté a mi mujer y la de Aníbal se presentó sola. Se llamaba Norma.
-No sabés cómo se nos mueve el arbolito –contó Aníbal.
En ese momento recordé que uno de los lugares más seguros ante este tipo de situaciones era debajo de los marcos de las puertas, para evitar quedar al alcance de los desprendimientos de mampostería. Al ser de hierro, los marcos tardaban más tiempo en ceder. Y quizás, con suerte, no cederían nunca.
-¡¿Qué hacemos, Aníbal?! –insistió la mujer en la escalera, mientras el bebé, envuelto en una manta, seguía dormido.
-Tranquilizate, Norma, por el amor de Dios –contestó Aníbal.
En realidad, Aníbal no hacía mucho por calmarla, sino más bien lo contrario, ya que no se le ocurrió mejor idea que ponerse a contar que los cimientos del edificio estaban en dudosas condiciones, debido a que ésa zona de la Capital, el barrio de La Paternal, se inundaba con frecuencia cuando llovía. Cada vez que el agua de las napas subía, iba carcomiendo lo que encontraba a su paso.
Lo extraño era que, pese a todo, seguíamos allí. Es decir, nadie había intentado abandonar el edificio, como si por un lado vislumbráramos lo peor, pero por otro se nos volviera remoto el hecho de que pudiera sobrevenir una catástrofe. Vestidos con pijama y chinelas, ni siquiera habíamos atinado a cambiarnos la ropa para estar listos en caso de tener que salir a la calle. El ascensor no se había movido, señal de que en ninguno de los pisos habían resuelto huir. Sí se oían voces que subían de los otros palieres. Lo más probable era que cuando alguien llamara el ascensor para intentar ser el primero en salvarse, todos los demás comenzaríamos a abalanzarnos sobre las puertas tijera, gritando y reclamando nuestro mismo derecho a bajar. O quizás todo terminaría en una carrera desesperada escaleras abajo.
Otro sacudón volvió a alterar la calma transitoria, mientras el crescendo del murmullo que provenía del resto de los pisos se amplificaba con el eco. Enseguida pude apreciar que la sucesión de temblores guardaba una lógica de repetición cíclica: primero eran suaves, luego caían en un bache y hacia el final se hacían más pronunciados. La secuencia duraba entre cuatro y cinco minutos, para luego volver a empezar.
De repente, el vecino de enfrente abrió la puerta y nos sobresaltamos. Detrás salió su mujer, mientras se ataba el cinturón del salto de cama. “¡Qué raro! –dijo- ¿No saben si hoy había algún recital en Atlanta?”
-¿Un qué? –dijo Alicia.
-Un recital, hoy... ¿No tocaba alguien, mi amor? –insistió la vecina, ahora dirigiéndose a su marido.
-No sé –dijo él.
Yo sí sabía. Esa misma tarde, en la radio, había escuchado la publicidad de un recital de Los Piojos. Pero, de todas maneras, no encontraba vinculación entre la música y el supuesto terremoto. Los Piojos podían ser potentes en escena, pero no creía que tanto como para que temblara todo veinte cuadras a la redonda.
-Creo que tocaban Los Piojos -dije.
-¿En Atlanta? –preguntó la vecina.
-Sí, creo que sí.
-Ahí está –dijo el marido, y pasó a explicar su teoría.
Que se estuviera moviendo el edificio no tenía que ver con un terremoto, dijo, sino con el diseño de entubamiento del arroyo Maldonado, cuyo cauce corría por debajo de la avenida Juan B. Justo. La obra actuaba como un transmisor del sonido a larga distancia y la onda expansiva repercutía con fuerza en el radio de incidencia. Cuanto más cerca se estuviese del club, peores serían las consecuencias. Al día siguiente se supo que algunos vecinos la habían pasado mal en serio (los objetos se caían de las estanterías, la gente tenía que sostenerse para caminar), tanto que después de aquella noche se prohibieron los recitales en Atlanta.
-Qué susto nos pegamos –se relajó Alicia.
Los ánimos de todos parecían volver a la normalidad.
-Bueno –dije-, nos veremos mañana -sin dirigirme a nadie en particular.
Recién entonces volví a pensar en la cuestión del encargado que había quedado pendiente… Le pregunté a Aníbal:
-¿A Gutiérrez lo echaron?
Fue ahí que se puso a contar la historia de un largo conflicto que yo conocía a medias. Todo había comenzado luego de que el consorcio decidiera reducirle el salario a Gutiérrez porque no se esmeraba en su trabajo. Le dijeron que si volvía a demostrar mayor voluntad y compromiso recibiría un reconocimiento. Pero lejos de estimularlo, la sanción lo empacó peor, y la relación con los copropietarios se hizo cada vez más áspera. La primera señal fue que decidió, de manera unilateral, empezar a bajar más tarde al hall. Así, cuando los porteros de los demás edificios de la cuadra habían terminado de lavar sus veredas, él recién comenzaba. También solía realizar trámites personales en horario de trabajo, y cuando se lo necesitaba nunca estaba. Otra actitud frecuente, desafiante, era pararse del lado de adentro del edificio con la puerta de calle cerrada, y así llegara alguien cargado con bolsas y paquetes, sin manos para manipular la llave, él no se molestaba en abrir.
Lo que yo no sabía, porque el administrador no lo había comunicado, era que esta serie de inconvenientes había terminado con el despido del encargado. Claro que ésta era la versión de Aníbal, por cierto bastante confusa y con un discurso lleno de digresiones. Por ejemplo, a esa hora de la noche, se puso a contar que era periodista, o mejor dicho que había estudiado periodismo. Que en realidad ésa era su vocación, pero que luego había tenido que poner los pies sobre la tierra porque no conseguía trabajo. Y al pensar en una alternativa se entusiasmó con la idea de ser portero. Enseguida encontró vacante en nuestro edificio, ya que ser novato en el oficio le jugó a favor. En nuestro consorcio, tras la mala experiencia con el encargado anterior, buscaron a alguien sin vicios ni mañas. No importaba que lo específico de las tareas lo fuera aprendiendo sobre la marcha.
El objetivo de Aníbal, en adelante, fue no sucumbir ante la cantidad de exigencias. Y las hubo enseguida, con el agregado de que los reclamos de los vecinos solían ser incompatibles unos con otros. Para complacer al del A, a veces había que perjudicar al del B. En el tercero, por ejemplo, uno de los vecinos quería tener el piso del palier siempre encerado. Pero el otro no, por temor a que su madre, vieja y con achaques, pudiera patinarse y caerse. Cosas así había miles, aunque pronto le fue tomando la mano. Controlaba los tiempos, automatizaba las tareas... Incluso podía saber cuándo entraba y salía cada propietario de su unidad por más que no se encontrara en el hall. El secreto era haber cronometrado (mentalmente) lo que demoraba el ascensor en llegar a cada piso, y desde la portería individualizar el golpe de las puertas de los departamentos al cerrarse. Las de los A se oían distinto que las de los B –me explicó meses después, cuando ya era amo y señor del edificio-, por la influencia de las corrientes de aire que recorrían hasta el último recoveco y construían diversas combinaciones sonoras, como si la complejidad arquitectónica del inmueble se redujera, al menos en ese aspecto, a la simpleza de un instrumento.
II. El tour
Las últimas vacaciones de invierno decidimos con Alicia hacer un viaje al Sur. Era uno de esos tours de una semana, multitudinarios. El coordinador, Axel Torrejas, nos esperaba en Retiro. A medida que la gente iba llegando dejaba el equipaje en alguno de los tres micros charter que habían dispuesto para la ocasión. Entre los pasajeros, dos eran judíos como nosotros. Sus nombres: Damián y Walter. Damián comía kosher (decía que era vegetariano para no explicar) y su compañero llevaba sus apuntes de hebreo, que sacó de una mochila para estudiar durante el trayecto. Pegamos onda enseguida. Era bastante extraño encontrar judíos en un tour como éste, organizado por una cooperativa que, se sospechaba, recibía aportes de la derecha católica. Alicia y yo, sinceramente, nos enganchamos porque era barato.
Cuando llegamos a Viedma, nos alojaron en un hotel del centro y tuvimos la mañana libre. Al mediodía nos llevaron a almorzar a un restorán en la costanera del río Negro. Nos sentamos y desde la mesa se veía el reflejo del sol sobre los kayacs. Fue entonces que un sonido agudo, como si fuera una campana pero más débil, me sacó de la contemplación. Un tipo de boina roja golpeaba su cuchara contra la copa, para hacer un anuncio:
-¡Por favor, por favor! El padre va a bendecir la comida.
¿El padre? ¿Qué padre? Ah, sí, ahora lo recordaba, el cura que en Retiro había arrojado agua bendita sobre los micros. Estaba aquí, había viajado con nosotros.
Recién en ese momento caí en la cuenta de que Damián y Walter no estaban. Le pregunté a Alicia y me explicó que habían dividido el contingente en dos, para organizar mejor las actividades.
Empezamos a comer y el de boina roja monopolizó la charla. Hablaban de una vieja hipótesis fascista, que en esos días había vuelto a cobrar protagonismo en la opinión pública, según la cual había un “plan judío” para invadir la Patagonia.
–Que vengan, jabón los vamos a hacer otra vez –dijo el tipo de boina roja, que se hacía llamar “profesor Serrano”.
Lo primero que pensé fue que había oído mal, es decir, que el tipo no podía haber dicho semejante barbaridad. Además, coincidió con que al mismo tiempo el mozo había dejado en la mesa unas bandejas con jamón crudo, por lo que Serrano podía haber dicho jamón, en lugar de jabón. Al cambiar el sustantivo, se modificaba toda la frase: “Que venga el jamón, que lo vamos a comer otra vez”. La incógnita igual persistía por el “otra vez”. ¿Por qué otra vez? ¿Acaso no era éste el primer almuerzo? Tal vez el profesor había llegado antes al restorán y se había puesto a picar algo... No lo sabía. Por lo pronto, Axel, que estaba sentado al lado de Serrano, celebró la frase con un brindis.
-¿Vos qué oíste? –le pregunté a Alicia.
-¿De qué? –respondió ella, como en babia.
-¿No escuchaste lo que dijo ese tipo?
-No, estaba mirando el jamón crudo. ¡Tiene una pinta!
En fin. El almuerzo pasó, y el resto del día lo dedicamos a pasear por la ciudad. Al regresar al hotel fui hasta la habitación de Damián y Walter, mientras Alicia se daba una ducha. Estaban en el mismo piso que nosotros, pero más lejos del ascensor, al fondo del pasillo. Di dos golpes en la puerta y esperé. Como no hubo respuesta volví a llamar, pero nada. Me pareció raro que estuvieran durmiendo a esa hora. Bajé al hall y le pregunté al conserje si estaba la llave de la cuatrocientos quince. Sí, respondió, que estaba ahí. Y cuando inferí, en voz alta, que sus ocupantes debían de haber salido, me aclaró que no, que la habitación estaba disponible.
-¿Desocupada?
-Sí, señor, no hay huéspedes.
-¿Cómo puede ser, si esta mañana se alojaron dos personas?
-No creo, no las tengo registradas –explicó el conserje, mientras repasaba con un dedo la planilla de ingresos y egresos.
-A no ser que se hayan cambiando de habitación –especulé.
-A ver, dígame los apellidos.
-¿Los apellidos? No, los apellidos no los sé. Sé los nombres.
-Pero tenemos todo registrado por apellido.
Pensé que si miraba la lista iba a poder reconocer los apellidos de Damián y Walter, por su origen judío. El conserje me la mostró, pero no sirvió de nada. Sólo me llamó la atención que el quinto piso, que era el último, estaba completamente vacío. El conserje entonces me contó que lo estaban refaccionando y que por eso el dueño había decidido clausurarlo momentáneamente.
Volví a mi habitación y le conté a Alicia, que me propuso que le preguntáramos a Axel. Pero mi habitual paranoia se había puesto a funcionar. Respondí:
-¿Vos estás loca? ¿Y si tiene algo que ver con la desaparición?
-¿Qué desaparición?
-Abrí los ojos, Alicia. Estos pibes no están.
-Bueno, algo habrá pasado, por ahí se volvieron a Buenos Aires.
-Esperá... ¿Y si en realidad el conserje me mintió?
-¿Qué te pasa, Pedro? Me estás asustando. Vinimos a pasar unos días de descanso, no a jugar a los detectives.
Concentrado en mis devaneos mentales, agarré a Alicia de una mano y la arrastré hacia el pasillo.
-¿Qué vas a hacer, Pedro? ¡Pará!
-Escuchame. Vas a bajar y en el hall hacés que te caes para distraer al conserje. Cuando se acerque a ayudarte, yo me meto por atrás y saco la llave de la habitación.
-Nos vamos a meter en un quilombo, Pedro.
-¡Hacé lo que te digo! Confiá en mí.
El plan salió bien. Bajamos y regresamos enseguida. Unos minutos después, cuando volvimos a tomar coraje, nos dirigimos a la habitación de Walter y Damián. Metimos la llave en la cerradura tratando de hacer el menor ruido posible. Abrimos y, de golpe, todo cambió. Lo que se presentó ante nuestros ojos fue algo bastante difícil de describir. Nunca habíamos estado frente a algo similar. La escena era el siguiente: las paredes lucían atiborradas de crucifijos de todos los tamaños, y sobre la cama había dos cubos de cuero con unas cintas enrolladas. Parecía un acertijo. Alicia afirmó:
-Esos son tefilín.
-¿Serán de Walter y Damián?
-Puede ser… El quinto piso –se le ocurrió entonces a Alicia.
-¿Qué pasa en el quinto piso?
-¿No me dijiste que estaba en obra?
-¿Y eso que tiene que ver?
-Tal vez los escondieron ahí.
El repentino cambio de actitud de Alicia me sorprendió. Subimos la escalera y lo primero que vimos fueron herramientas y materiales desparramados. Además, la alfombra estaba tapada por una capa de polvo blanco, con marcas de zapatos que iban hacia una de las habitaciones. En ese momento oímos voces de gente que se acercaba.
-¿Dónde nos escondemos? –susurré.
Sin pensarlo, Alicia pegó dos saltos y ya estaba entrando en la habitación más cercana.
-¡Apurate! –me gritó en voz baja.
Fui tras ella y cerramos la puerta a tiempo. Un segundo más y...
-¡Shhh! –me calló Alicia.
La adrenalina no me permitía dejar de hablar. Yo creía que estaba pensando y no, estaba relatando los hechos en tiempo real, mientras iban sucediendo, como si fuera un partido de fútbol.
-Escuchá –dije-, es el profesor.
-¿Qué profesor?
-Serrano, el tipo de la boina roja, escuchá...
-¿Y el otro quién es?
-¿No es Axel?
-Parece.
De pronto, Alicia tropezó con algo.
-¡Dios mío, acá hay alguien! –dijo.
-¿Dónde?
Ibamos a prender la luz, pero una linterna se anticipó.
-¿Quiénes son ustedes? –se escuchó desde el piso.
-Perdón, nos equivocamos de habitación –dije.
-Este piso está cerrado, don, lo estamos refaccionando –explicó quien parecía un obrero-. Vayan a dormir, ustedes que pueden.
-¿Y usted qué hace acá? –pregunté.
-Yo vivo en Madryn.
Con Alicia nos miramos, sin entender. El tipo siguió:
-Un capataz me avisó de la changuita y me vine. Y no voy a estar yendo y viniendo cada día, así que los patrones dejaron que me quede.
Se oyó otra vez la voz del Serrano, que volvía a bajar con Axel.
-¿Y esos quiénes son? –se impacientó el obrero- ¿Están todos con insomnio y vienen a pasear acá?
-Vamos ahora, dale –me envalentonó Alicia.
Seguimos las pisadas en el polvo, que terminaban en una puerta. Intentamos abrir y estaba con llave. Se me ocurrió probar por la terraza.
-No va a quedar otra que colgarse –dije.
Subimos, entonces, un piso más. La terraza estaba desierta. No había nada, ningún objeto que pudiera servirnos para lograr nuestro objetivo. Ibamos a tener que arreglarnos con lo puesto. “Con lo puesto” literalmente, ya que la única opción era quitarnos la ropa, anudar las puntas de cada prenda e improvisar una soga. Alguien iba a tener que sostener una punta, desde arriba, para que yo me colgara. Y como Alicia no tenía la fuerza suficiente, pensamos en el obrero. Había que ir, despertarlo nuevamente y explicarle, al menos lo indispensable como para que nos ayudara. A esa altura había que avanzar, como fuera, pero avanzar.
Tras escuchar la historia, el obrero dudó unos instantes. Luego se mostró interesado en colaborar.
Nos aseguró que él tenía copia de todas las llaves del piso. Pero cuando intentó chequearlo se dio cuenta de que no, tenía todas menos una. De modo que no quedó más alternativa que volver al plan inicial. De nuevo en la terraza, el obrero sostuvo las prendas anudadas mientras yo me deslizaba. Apoyé los pies en la pared y bajé despacio. Al llegar a la ventana de la habitación miré para adentro y no había nadie.
-¿Qué pasa, Pedro? –se impacientó Alicia, que estaba de pie junto al obrero.
-No veo a los chicos –le expliqué.
-No puede ser.
-Sí, Alicia, acá no están.
-Fijate bien.
-Voy a entrar.
La ventana, corrediza, estaba a medio cerrar. Me bastó con apoyar los pies en el dintel y balancear el cuerpo. Una vez adentro, oí unos golpes que provenían del placard. Abrí: Walter y Damián estaban atados y amordazados.
Cuando los liberé, Walter dijo:
-Tenemos que ir a nuestra habitación.
-¿Qué hacemos con los tefilín? –preguntó Damián.
-No sé, primero vamos a revisar todo.
Yo no entendía. A los muchachos los habían atado con unos tefilín, y ellos al parecer tenían planes. Les pedí que me explicaran, pero no me llevaron el apunte.
-Ahora no, Pedro –me pidió Walter-. Hay que ir a la habitación.
-Yo ya fui -dije-, no sé qué hicieron ahí.
-¿Por qué? ¿Qué viste? –me indagó Damián.
-Nada, había unos tefilín, así como estos, sobre la cama. Además, las paredes estaban cubiertas por cruces.
-¿De qué eran las cruces? –preguntó Walter.
-¿Cómo de qué eran?
-Sí, ¿de qué material?
-No sé, no me fijé en detalle, pero creo que de metal. Tal vez alguna era de madera. ¿Por qué?
-Vamos, Damián, subamos –dijo Walter.
-¿Rompemos la puerta? –pregunté.
-No, después vamos a tener que volver al placard –respondió Damián.
-¿Me pueden decir quiénes son ustedes? –insistí.
-No, ahora no, vamos –balbucearon ambos.
Sin más remedio, me asomé a la ventana, le avisé al obrero que había encontrado lo que buscábamos y que íbamos a subir. Trepar no fue tan sencillo como bajar. Pero una vez arriba todo se aceleró. Walter bajó la escalera a los saltos y Damián se deslizó por la baranda. Alicia, el obrero y yo tratábamos de seguirles el ritmo.
-Quédense acá –dijo Walter, antes de entrar a la que por algunas horas había sido su habitación.
Fue cuestión de segundos. Al salir, llamó a Damián para hablarle en privado y, acto seguido, dijo que debíamos volver al quinto piso. El obrero estaba fascinado. Alicia y yo, en cambio, no aguantábamos más. Nos plantamos ahí, y a mí no me salió otra cosa que decir:
-¿A qué estamos jugando?
Walter vio entonces que la situación se volvía insostenible y nos invitó a que regresáramos a la terraza para explicarnos todo.
Esto es lo que Walter nos contó aquella madrugada: dijo que él y su cómplice, Damián, estaban al frente de una misión delicada, de incógnito. En realidad, ellos eran rabinos que cazaban neonazis. Pertenecían a una organización (cuyo nombre no revelaron) con ramificaciones internacionales. En este viaje en particular, perseguían a Axel Torrejas y a Serrano, y habían llegado a este momento crucial para desbaratar a la secta que se ocultaba bajo la fachada de una supuesta cooperativa. De otro modo, más judíos terminarían captados en sus redes, tras sufrir una “mágica” conversión religiosa e ideológica. La secta se denominaba Unión de Sistémicos Emplazados. El nombre, dicho así, para nosotros no significaba nada, pero aparentemente tenía que ver con la técnica que usaban para efectuar las conversiones. Lo de “mágico” tenía que ver con el procedimiento. Según Walter, en una primera etapa se apropiaban de alguna pertenencia de las víctimas y daban inicio al experimento. Lo que habíamos visto en la habitación cuatrocientos quince era, justamente, el proceso en marcha. El método combinaba la teoría de sistemas con la filosofía del Feng Shui. Pero para simplificarnos la explicación, Walter dijo que bastaba con saber que se fundaba en la energía de los objetos y los materiales de esos objetos (como receptáculos de las emociones humanas) para reflejar, absorber y transmitir energía. Los tefilín de Walter y Damián, por ejemplo, eran el objeto a invadir con las emisiones energéticas de crucifijos y cruces gamadas.
-¿Cruces gamadas? –pregunté contrariado.
-Sí –respondió Walter-. Por ahí no las llegaste a ver porque están intercaladas entre los crucifijos, pero está lleno. Y hay una enorme en el techo. Además, todas las cruces son de metal, por la capacidad que tiene para emitir energía. El cuero de los tefilín, en cambio, absorbe mucho e irradia poco.
La segunda fase del experimento era el cambio de unos tefilín por otros, con lo que la energía absorbida previamente iba a ser liberada en los cuerpos de los rabinos. Acá hace falta una aclaración: Torrejas y el profesor nunca habían privado de la libertad a sus víctimas, hasta que se toparon con Walter y Damián. El fervor judaico de los rabinos los había obligado a un tratamiento más severo.
-Hay algo que ya no tiene vuelta atrás –siguió Walter-. En otra habitación, no sabemos cuál, armaron un experimento similar al de la cuatrocientos quince, pero con elementos que les pertenecen a ustedes. Lo importante es que, desde el momento en que les devuelvan esos objetos (que obviamente no sabemos cuáles son, ni creo que ustedes se den cuenta), contrarresten la transmisión.
-¿Y cómo? –me preocupé.
-Como nosotros, rezando y usando los tefilín –dijo Walter.
-Pero las mujeres no usan tefilín -observó Alicia.
-Es cierto –reconoció Walter-, pero es una licencia que nos permitimos en casos de emergencia.
-Esperá un minuto, Walter –intervine-. Vos decís que lo de la transmisión de información a través de los objetos, y de los objetos a los cuerpos, es algo en lo que ellos creen, ¿no? Pero de ahí a que lo creamos nosotros también...
-Creer o reventar –contestó-. A Torrejas lo venimos siguiendo hace cinco años, y está comprobado que al menos un judío por viaje se volvió antisemita. Creemos que la única forma de contrarrestar este efecto es rezar, pero rezar en serio, prácticamente todo el día.
-Pero nosotros no tenemos idea de cómo se reza –lo alerté.
-No te preocupes. Todavía nos quedan más de dos horas hasta que amanezca. Nos sobra tiempo para enseñarles.
-¿Y con sólo rezar vamos a vencerlos? –dudó Alicia.
-No –dijo Damián-, esa es la fase defensiva. Después vendrá el contraataque, pero vayamos de a poco.
-¿Y los tefilín –siguió Alicia-, de donde los vamos a sacar?
-No hay problema –explicó Walter-. Mañana van a ir a una dirección que les voy a dejar anotada y van a comprar un par para cada uno. Lo que me preocupa ahora es que aprendan a usarlos, así que escuchen bien: se los tienen que poner todos los días, sobre el brazo izquierdo y en la cabeza.
-Sí –dijo Alicia-. Eso más o menos lo sabemos.
-Bueno –continuó Walter, y le preguntó a Damián:- ¿Tenés los tefilín ahí?
-Sí, acá están.
-Esto es así: se agarra la punta de la cinta con la mano y se enrosca en el brazo izquierdo –explicó Walter-. Pero antes de ajustar tienen que decir: Barúj atá A-donai E-lo-heinu mélej haolám asher kideshanu bemitzvo...
-Esperá –interrumpí-. Tendríamos que anotarlo... Nos vamos a olvidar.
-¿Pero de dónde vamos a sacar lápiz y papel ahora? –dijo Alicia.
-Sí, Pedro –coincidió Walter-, además tienen que aprender a rezar de memoria, porque, como les dije, lo van a tener que hacer todo el día, y no van a estar sacando el papelito.
-¿Y cómo vamos a hacer con los tefilín? Digo, para que no se den cuenta –pregunté.
-No, los tefilín se los van a poner a la noche, en la habitación, salvo en Shabat, que ahí van a empezar el viernes, con la salida de la primera estrella, y...
-Hasta la primera estrella del sábado –intervino Alicia, para demostrar que, aunque no mucho, algo de religión sabía.
Nuestro maestro continuó con sus lecciones y repitió cada uno de los rezos las veces que hicieron falta, hasta que se nos grabaron. Finalmente, para que nos distendiéramos un poco, contó un chiste que recordó en ese momento, que tenía que ver con los tefilín:
-Un tal Meyer Glusman, viudo y solitario, caminaba a su casa por la avenida Corrientes cuando pasó frente a una veterinaria y oyó una voz cascada que le gritaba: “¡Roawrk! ¿Vos majstu? Yo, du”.
-¡Ah, sí!, yo lo conozco –dije-, me lo mandaron el otro día por mail.
-Bueno, Pedro, si lo sabés callate –me respondió Alicia, que parecía particularmente interesada en disfrutar de este intervalo de relax.
-Sigo –dijo Walter-: Glusman miró hacia adentro del negocio y el empleado lo alentó: “Entre, ¡mire qué hermoso loro!”. Un loro africano gris giró la cabeza y preguntó: “¿Kenst redn idish?”.
-Kenst redn... –repitió Alicia.
-Idish –completó Walter-. Significa algo así como: ¿podés leer en idish?
-El loro dice eso –repasé yo, para que no se perdiera el hilo de la narración.
-Sí, el loro –remarcó Walter y siguió:- Meyer pagó los quinientos dólares que le pidieron y se lo llevó. Esa noche se la pasó hablando en idish con el loro. A la mañana siguiente, se colocó los tefilín y rezó. El loro le preguntó qué hacía, quiso aprender y a Meyer no le quedó otra alternativa que salir a la calle a conseguir unos tefilín en miniatura para su pájaro, que además aprendió a rezar en hebreo.
El chiste entonces volvió a interrumpirse por la desesperación de Damián, que se había puesto cerca de la escalera, para montar guardia, y acababa de escuchar que alguien subía. Los rabinos se colgaron rápido de la hecha de ropa (en el trajín nos habíamos olvidado de volver a vestirnos) y se tiraron con gran destreza. El obrero y yo los sostuvimos desde arriba, para luego buscar un lugar seguro donde escondernos, junto con Alicia. Pero al final no hizo falta. Los que se aproximaban eran otros obreros, que a las seis de la mañana empezaban a llegar para continuar con las tareas de refacción. Nuestro cómplice, entonces, se quejó porque ya era hora de trabajar y no había pegado un ojo en toda la noche.
A partir de ese momento, la consigna fue rezar sin parar, hasta poner en marcha la segunda fase: Walter y Damián iban a permanecer atados en la habitación del quinto piso. Mientras, nosotros deberíamos modificar la escenografía de la habitación cuatrocientos quince. El cambio sería mínimo, pero clave: torcer las esvásticas. Walter nos reveló que los Sistémicos Emplazados las usaban derechas porque habían aprendido de la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial. Según él, Hitler se lamentó de haber utilizado la esvástica inclinada en las banderas del Tercer Reich al enterarse que los inventores milenarios del símbolo representaban de esa forma la mala suerte. Nuestro trabajo, pues, sería inclinar las cruces gamadas y dejar que la sugestión actuara. Según los rabinos, para esta clase de personas la sugestión lo era todo.
La séptima madrugada del tour pusimos manos a la obra. Y a la mañana siguiente, en el comedor del hotel nos encontramos con Walter, que desayunaba como uno más del contingente. Nos llamó y nos dijo:
-¿Vieron a Torrejas y al profesor? A primera hora de hoy vinieron al quinto piso a cambiarnos los tefilín y de repente fue como si hubieran tenido un corto circuito o se despertaran de un sueño. No tenían la menor idea de lo que estaban haciendo ahí, ni por qué.
-¿Así, de golpe, a los tipos se les fue el plan facho al diablo sólo por mover las esvásticas?
-Aunque parezca mentira, es así. Además, no se olviden de todo lo que rezaron ustedes. Como sea, podemos decir “misión cumplida” y volver a la normalidad.
Pero a medida que transcurría la conversación, a mí me surgían más dudas:
-¿Y ellos no quisieron saber por qué vos y Damián estaban atados en el placard?
-Sí. Les dijimos que anoche, al volver al hotel, nos asaltaron, y que los ladrones nos dejaron ahí encerrados.
-¿Y les creyeron?
-Si no sabían dónde están parados... Cualquier cosa les hubiera dado lo mismo.
Alicia fue a servirse un café con leche. Yo continué:
-¿Y la cuatrocientos quince?
-Sacamos las cruces y volvimos a instalarnos.
-¿Y dónde están las cruces?
-Damián está terminando de embalarlas. Vamos a llevarlas a la organización, para presentarlas en el congreso anual.
-¿Congreso anual?
-La organización realiza encuentros anuales entre sus miembros. Llegan agentes de todo el mundo y cada uno presenta un balance de su trabajo.
Alicia volvió con su bandeja y cambió de tema:
-Walter –interrumpió-, por qué no terminás de contar el chiste del otro día.
En ese momento se acercó Torrejas y dio la orden de cargar las valijas en los micros, puesto que ya era hora de volver a Buenos Aires. Lo de Walter, entonces, nos desconcertó: invitó al coordinador a sumarse a la ronda e hizo un resumen de la primera parte del chiste, para que pudiera entender lo que seguía:
-Es sobre un viudo que compra un loro que reza en hebreo. Un día, en Rosh Hashana, lo lleva a la sinagoga y...
-Pará –lo frenó Alicia-, esa parte todavía no la habías contado.
-Bueno. Sigo, entonces: llega Rosh Hashana y el loro le pide al tipo ir al templo.
-Rosh Hashana era... –dudó Torrejas.
-El año nuevo judío –aclaró Walter, y continuó:- Meyer le explicó al loro que...
-Meyer... –volvió a interrumpir Torrejas.
-Meyer Glusman, el viudo –acoté.
-Sí –continuó Walter-, el viudo le explicó al loro que la sinagoga no era para pájaros, pero el loro insistió.
El chiste parecía condenado a la postergación eterna. Serrano se acercó y se quedó a escuchar. Esta vez fue Torrejas el que realizó un breve resumen para su presunto ex secuaz. Luego, dándole consistencia al personaje de Glusman, reproduciendo su acento judío y armando diálogos entre el viudo y su mascota, Walter avanzó hacia la conclusión:
-Tras la discusión, Glusman se puso el loro en el hombro y lo llevó al templo. No le fue fácil entrar. Tuvo que darle explicaciones al rabino, hasta que finalmente lo convenció de que el loro sabía “davenen”.
-¿Davenen? –pregunto Serrano.
-Sí, es en idish. Significa rezar, cantar –explicó Walter-. Nadie podía creer que el loro supiera “davenen” y todos los asistentes juzgaron de charlatán al viudo. Hasta apostaron a que no era así. Una vez que comenzó el servicio y el dinero estaba en juego, el pájaro dejó transcurrir cada plegaria y cada canción sin emitir un solo sonido. Glusman, enojado, le murmuró al oído: “¡Daven! ¡Daven!” Y el loro, nada. Otra vez: “¡Daven!, pájaro maldito, ¡todos te miran!...”. Y nada. Cuando terminó el servicio, Glusman debía cuatro mil dólares, y estaba tan enojado que no habló en todo el camino de regreso a su casa. Cuando llegaron, el loro se puso a cantar a grito pelado: “¡Hevenu shalom aleijem, hevenu shaaaaaaloooooom aleeeeeiiiijem!”.
-¡Pajarraco miserable! –le reprochó Glusman-. Te compré los tefilín, aprendiste todas las plegarias. Te enseñé hebreo, la Torá... ¿Por qué me hiciste esto?.
Y el loro le contestó: “Meyer, no seas estúpido, ¡pensá en todo lo que vas a ganar en Iom Kipur!”.
Nadie se rió. Yo recordé que cuando había leído el chiste en el mail al principio no lo había entendido. ¿Y los demás? ¿Torrejas, Serrano, Alicia? ¿Por qué no se reían? Pobre Walter, el ímpetu que había puesto para tan pobre repercusión. Había una diferencia, sin embargo, en cada una de las reacciones. Alicia hizo una mueca simpática, porque al menos había entendido el tono del remate. Torrejas y Serrano, en cambio, ni se inmutaron, como si esperaran que el chiste continuara. ¿O acaso la seriedad obedecía a que el hechizo había durado nada y habían vuelto a recuperar sus viejas personalidades filo nazis? La incertidumbre desapareció cuando el profesor balbuceó:
-¿Iom...?
-Iom Kipur –afirmó Walter-. El día del perdón.
-Ahá –contestó Serrano, sin que el dato paliara su desconcierto.
En realidad, explicó Walter, no importaba si se trataba de Iom Kipur o de otra fiesta. El chiste era que el loro no sólo sabía rezar y cantar como un judío de ley, sino que además había adquirido la mentalidad especulativa con la que se suele caricaturizar a la colectividad: ir a menos en la primera ronda de apuestas, engañar a todos y así, cuando nadie lo sospechara, reventarlos en la segunda.
Pasados ya unos meses de aquellos días de locura e intolerancia racista, el saldo que nos quedó son los tefilín que nos llevamos de souvenir y que ahora seguimos usando. Alicia sabe que debe dejarlos, porque no está bien que una mujer los use salvo para casos de emergencia. Pero se le hace difícil. Lo increíble es lo mío: día tras día aprendo el significado de los rezos y me siento un mejor judío. Tanto que, por momentos, me invade la sospecha de que la aventura de Viedma no fue más que una confabulación entre Torrejas, Serrano, Walter, Damián y el resto del contingente a fin de combatir el agnosticismo creciente en los tiempos que corren.
III. La tos
En una época que me agarró tos, tosía sin parar, nada me calmaba. Primero me hice nebulizaciones con vapor, a ver si mejoraba. Pero no, así que fui a la farmacia a comprar un jarabe espectorante. Lo tomé tres veces por día, varios días, y cuando me di cuenta de que era inútil decidí ir al médico. Pasé por la guardia y me vio un clínico. El tipo me escuchó respirar, me detectó un espasmo bronquial y me recetó dos dosis de salbutamol en aerosol por boca, una a la mañana y otra a la noche. No lo voy a tomar, pensé al salir del consultorio. Que yo tenía tos, nomás, que asmático no era, mascullé. Cuando llegué a casa, Alicia me bajó a la tierra: que no fuera boludo, me dijo, que mal no me iba a hacer. Le comenté mi temor de volverme adicto al salbutamol, a lo que ella prefirió no responder.
Desde esa noche, todas las noches, o mejor dicho todas las madrugadas, a eso de las cuatro, comencé a sufrir ataques de tos aún más severos, y sibilancias al respirar, que sólo desaparecerían tras aplicarme una dosis de salbutamol. Lo que no entendía era cómo, de golpe, había comenzado a padecer este problema. Según me explicaron, los bronquios estaban llenos de mucosidad y eso hacía que se redujera el espacio para que el aire pasara. Conclusión: que lo que tenía era una bronquitis, afirmó un segundo médico, al que recurrí dos días después porque no notaba una mejoría más allá del alivio pasajero que me producía el salbutamol. Me agregó antibióticos y un jarabe potente que contenía un derivado de la morfina.
Entre un acceso de tos y otro, una tarde que me encontraba solo en casa recordé que Alicia me había encargado que le desenredara una madeja. Desde que había aprendido a tejer no hacía otra cosa. En realidad, habíamos aprendido los dos. Aunque lo mío no fue por una inquietud personal, sino para intentar resolverle un problema a ella. Habíamos ido a almorzar a lo de mis tíos, que al estar de viaje les habían pedido a mis padres que por unos días les cuidaran la casa y a Benny, el perro. Benny era una terapia. Sobre todo para mi papá, que se pasaba el tiempo jugando con él, corriéndolo y asustándolo con un sombrero de paja de estilo caribeño. Ese día comimos un asado y luego Alicia agarró la lana para que mi mamá le explicara cómo poner los puntos. No le resultó fácil comprender el procedimiento, ya que los dedos de mi mamá realizaban piruetas endiabladas. Se podía ver cómo comenzaba, pero uno enseguida se perdía. Le pasaba a mi mujer, que quería memorizar los pasos, y me pasaba a mí, testigo de la improvisada clase.
Poner los puntos parecía lo más difícil. Después se aprendía a pinchar la lana enhebrada y, vuelta a vuelta, en forma automática, el tejido se hacía solo. Entonces decidieron saltearse la enseñanza del primer paso, que era demasiado engorroso, para continuar con lo que realmente importaba, que era tejer. ¿Pero tejer qué?, se preguntó Alicia. Algo simple, le aconsejó mi mamá, lo más simple que se pudiera, y que le sirviera para practicar. Una bufanda, por ejemplo, que era una prenda recta y sin complicaciones de sisa, mangas ni canesú.
El problema surgió a la noche, cuando ya habíamos regresado a casa con el proyecto de bufanda iniciado. No sé qué hizo Alicia, pero los puntos se cayeron de las agujas y no pudo tejer más. Había que deshacer y volver a empezar. ¿Pero cómo, si poner los puntos no sabía? Iba a tener que esperar a verse otra vez con mi mamá, a no ser que la llamara por teléfono e intentara lo imposible: aprender a la distancia lo que no había podido personalmente. Al verla frustrada, decidí llamar yo.
Mi madre, tubo de por medio, trató de ser lo más didáctica posible:
-Agarrá la aguja con una mano y en la otra pasate la lana sobre los dedos índice y gordo.
-Ya está.
-Ahora poné la lana, como la tenés agarrada, sobre la aguja.
-Sí.
-Girá ciento ochenta grados la mano para que te quede el pulgar para afuera y el índice para adentro.
-Ya está.
-¿Te quedó la lana cruzada?
-Sí.
-Está bien. Pasá la aguja por la lana que te quedó rodeando el dedo gordo. Tenés que hacerlo de afuera hacia adentro.
-...
-¿Y?
-Listo, dale.
-Ahora pasá el rulo que te quedó en el dedo gordo por encima de la aguja.
-Está.
-Y la lana del índice, también por arriba de la aguja.
-¿Cómo hacés? No me da el movimiento de la mano.
-A ver, esperá que agarro lana y una aguja y lo hacemos juntos.
Del otro lado de la línea se empezaron a oír las carcajadas de mi papá, por lo ridículo de la situación. Mi mamá repitió los pasos y al llegar donde se había suscitado la traba observó:
-Una vez que pasás la lana del dedo gordo por encima de la aguja, el dedo tiene que volver a su posición original.
-¡Ah, bueno! Así, sí.
-Ahora pasá el índice por arriba.
-Listo.
-¿Te queda el rulo en el dedo gordo?
-Sí, ¿qué hago con el rulo?
-Pasalo por la aguja, de adentro hacia afuera y de arriba hacia abajo.
-De adentro hacia fuera... Y de arriba hacia abajo. Sí.
-Bueno, ahora tirá con los dos dedos y ajustá.
-Ahí está.
-¿Cuántos puntos te quedaron?
-Dos.
-Perfecto. Ahora volvé a hacer lo mismo.
Ahí la cosa se volvió a complicar. Mi mamá me decía que la segunda vez me tenía que quedar un punto más, y a mi me quedaban dos. Es decir, sumaba de a dos en vez de sumar de a uno. Evidentemente, algo hacía mal. Repetí los pasos tal como ella me guiaba y el error persistía. Así que lo lamenté por Alicia, pero esa noche iba a tener que quedarse sin tejido.
El domingo siguiente volvimos a visitar a mis padres, que ya habían regresado a su departamento, y ahí caí en la cuenta del error. Era el último paso: el rulo del dedo gordo no había que hacerlo pasar por la aguja de arriba hacia abajo, sino a la inversa. Así se soltaba y quedaba eliminado el punto sobrante. Lo gracioso fue que tras aprender a poner los puntos, me entusiasmé tanto que quise enseñarles a mi cuñado y a mi papá. Mientras los tres hombres hacíamos el ridículo, las mujeres estaban en plena producción. Alicia, como ya dije, con su bufanda, mientras mi mamá y mi hermana, Carolina, avanzaban con prendas de bebé. El hecho de que el tejido pasara a ocupar un lugar central en la familia tenía que ver, justamente, con que Caro iba a ser mamá.
En aquel contexto, y mientras me caía la ficha de que iba a ser tío, aprendí la difícil tarea de poner los puntos. Pero ahora estaba esto: la madeja de Alicia, que se había vuelto un nido de caranchos y el encargo de que, si tenía un rato, se la desenredara. Como en aquella época tenía bastante tiempo libre, puse manos a la obra. Había dos caminos: el desprolijo de cortar y anudar, o el que elegí yo, que era armarse de paciencia y desenredar el atasco.
Se había armado un matete terrible. Debían de ser como treinta metros de lana hechos un bollo. El problema era que una punta desembocaba en la bufanda a medio tejer, y la otra en el ovillo, que tenía alrededor de ocho centímetros de diámetro. Es decir, no había una punta propiamente dicha. Así, me las tenía que ingeniar para repetir a la inversa los pasos con los que la lana se había enredado. Un movimiento por el lugar equivocado podía significar que el embrollo no hiciera otra cosa que crecer, hasta volver el trabajo interminable.
Entre lo tedioso del asunto y las interrupciones de la tos, pasaron horas. La complicación era hacerle lugar al ovillo por donde pudiera pasar, y así desarmar nudo por nudo. Para peor, el tipo de lana no ayudaba, ya que era de esas jaspeadas que van cambiando de color en su extensión. Es decir que lo que de un lado de determinado nudo era verde, del otro se convertía en azul. O lo que era amarillo cambiaba al turquesa. Así, era una utopía recorrer con la mirada una línea de continuidad, a fin de reconstruir en reversa y arribar al instante cero, el momento en que se había gestado este invertebrado lanar.
Mis ojos estaban cansados, cruzados por hebras de colores que fragmentaban el espacio en cuadrados, triángulos y trapecios. De pronto me invadió una especie de obnubilación. Me sentí liviano. O más, sin peso alguno, libre y minúsculo a la vez. ¿De qué otra manera se podía explicar, si no, que el ovillo se hiciera cargo de la situación y me remontara como un barrilete? El ovillo me llevaba hacia un costado, hacia el otro, y me hacía ondular como una hebra más. Perdía la noción del tiempo, porque ya no había tiempo, sino un puro presente sin fin. Hasta que de repente me despabilé...
-¡Pedro, Pedro!
Era Alicia, que acababa de entrar a casa. Me vio durmiendo y tosiendo. Sí, no paraba de toser.
-Estás otra vez con la sibilancia –notó.
-¡¿Pero vos qué pensás, que lo hago a propósito?! –reaccioné irritado.
-¡Tranquilo, che, no te persigas! –me frenó- ¿El salbutamol te está haciendo mal a la cabeza?.
Que no, quería responderle, que me disculpara, que me sentía muy nervioso y que tenía la sensación de que la tos me dilataba cada vez más el cerebro. Pero un nuevo acceso de flema me obligó a encerrarme en el baño. Fue en ese momento, mientras escupía en la pileta, que decidí dar cuenta de esta experiencia por escrito.
jueves 1 de octubre de 2009
lunes 4 de mayo de 2009
Nuevos poemas
(Escritos entre 2008 y 2009)
TRES DESEOS
Voy a pedir tres deseos,
como si fuera mi cumpleaños
y tuviera delante una torta
con suficientes velas para incendiarla.
Lamentablemente, no volvimos a hablar.
Y eso que había de todo:
Desde ascensores livianos que seguían de largo
hasta lluvias tropicales de amplio alcance.
Pero ahora ya está, tengo que aprovechar
la volada y comprarme algo, no sé.
Supongo que te preguntarás lo mismo
que me hubiera preguntado yo en tu lugar:
Qué hace este pibe escribiéndome
después de tanto, tanto tiempo.
Una posible respuesta, lo primero que se me ocurre,
es que Sure, Rosita y su hermana, llamada Berta,
solían mandarse esta clase de mensajes
cuando aún no existía la tecnología.
SUEÑO
El sueño me despierta hoy
con un ardor de ultrasiete.
Ebulle y se hace escultura
dentro de la nariz.
Afuera llueven pajaritos
cuando acaba su colita
y empieza el aire o la corteza.
Esto puede pasar en cualquier lado.
Al caleido caloide
no es alcaloide lo que quiero decir.
Medía un metro ochenta si medía
el caleidoscopio del interior.
Iba y venía al derecho
y al revés desembolsaba
todo lo que le pedía.
DISCUSION
Diga basta
circulando.
Tuve tecnología
no tube
tuve tecnología
tornado devastador:
¿Dónde estarás?
Arriba la luna.
¿Pop qué?
MEDIOS DEL INTERIOR
Salud anarquía, símbolo de calidad.
Mi rubia, sobre la luna, odia
los medios del interior.
No es lo de la chica, yo tengo uno
de galerías oscuritas y parque con olor a sol.
Es el aerosol, el megateatro, lástima el humo.
De noche, lo que se piensa cabe en la bola
de espejos facetados.
A mí me encanta, pero caminé una cuadra
y quiero volver adentro.
Ya está, claro, y cuánto te cobraron
y qué te hicieron.
Más vale un montón.
La sierra de la esquina es parte
de los preparativos para la cena.
SAMBA
El tiempo en el samba
cuelga de un brazo
que me conmina a no circular.
Samba de mi esperanza,
esto no es Santa Rosa
vigilada que dice:
Ahí hay brillo.
Los chicos no paran de hablar
como si estuvieran solos.
DUENDES
Hoy somos duendes,
arreglamos sillas y sillones
antes de que las gordas salgan
y digan que se acabó.
Está lleno de edificios
en la rutina
de poner ladrillos donde no había.
Los pozos del árbol
que obviamente no es de acá
parecen interponerse en la reventa.
Los demás flotan con utensillos
propios de la actividad.
Cristal azul y líquido gris
agitan la próxima prometida.
INSECTO
Entre los círculos, al enrollar,
un insecto cabalga como puede.
Ya es de noche o es de día
de dormir con una máscara.
Entre los dioses
y las bases del vecino,
el sonido a catramina.
Una agrupación de aguijones
fuertes como herrajes del centro
duermen bajo la luna de Tucumán.
El aviso es golpear por galería.
El nylon en el viento
y mis ojos que miran sin mirar
son un conjunto,
como la pecera matutina
y el jardín de las delicias
venido un poco a menos,
O la salamandra junto al mural
y la ciclotimia de Mario,
el carnicero de la esquina.
MEÑIQUE
Tengo una picadura
en la articulación del meñique.
Tanto no usar la pila,
se descarga.
No hay música,
no hay ritmo,
sino un colectivo desperdiciado.
Tres personas que no bajan
ni a la ida ni a la vuelta.
Una avioneta que aterrizó en la selva
acelera la deforestación.
PASTAS
Lucio cocina pastas
mientras toma café.
Busca el contenido neto
del sobre que contiene
todos los sabores del postre.
Cuando tocan el timbre
pasa lo que no quiere:
El agua lo baña o casi
Y lo que alguna vez podría haber esperado de una oportunidad así
toma el rumbo que había sospechado.
Lo único que le queda es esperar
que la música sea lo suficientemente fiel
como para espantar hasta al último.
PAÑUELO
El pañuelo de luz cuelga
alrededor de la bandera
que antecede al colectivo.
Sueño, a veces, con escribir
una palabra en el papel
y que la magia la subraye
si está mal la ortografía.
Para eso escribí en la compu
con el “Word”, me dice
la mujer con la que hablo.
Que además “word” quiere
decir palabra y eso es
de lo que estoy hablando.
Démosle la razón
al menos por un momento
e imaginemos lo que sería
el futuro en esas condiciones.
Quiero decir: ni en pedo
vuelvo al “Word”, ¿o es acaso
que no lo quieren entender?
CONSTRUCTORES
Si el carnicero y el zapatero
hicieran bien su trabajo
podrían ser constructores.
Si el ciclista y el afilador
hicieran bien su trabajo
podrían ser constructores.
Si el odontólogo y el cirujano
hicieran bien su trabajo
podrían ser constructores.
En general:
Si todos los que tienen
un trabajo con determinadas características
hicieran bien su trabajo
podrían ser constructores.
NIÑERA
Sentate ahí, sentante,
que estando la vaca atada…
¡Muy bien! Tomá, perá.
Ese es el pescadito.
Toc, toc…¡Qué bien!
Venga mi amor,
venga conmigo.
Muá, muá… Perá, perá.
Ni hizo nada,
no hizo nada la nena.
No hice todavía.
VIERNES
En el ascensor
un joven le pregunta
a la profesional
si los zapatos que usa
le hacen el pie más chico.
Hoy es un día especial,
no vino el primero
ni el último,
lo que permite aprovechar
para hacer cualquier otra cosa.
Yo la espero y juego en el piso,
pongo baberos más tranquilo
que ayer,
cuando de un pelotazo
transformé la luz en tubo.
MOVIMIENTO
Adelante y atrás,
sería el movimiento..
La flor que le hace
a la ráfaga de viento
una reverencia.
En el campo
de ovejas adelante
cerdos y corderos
y al tiempo para atrás
van los gallos,
los sapos y los gansos
que no paran de aletear.
Es la siesta que desatan
cuatro ruedas en la pieza
en la que madera hay.
ARTEFACTO
Algunos me tocan,
quiere decir que estoy
aunque ya vacío
imaginando la llovizna
por momentos que viene
de la cocina comedor.
El frío no llega,
la luz tampoco.
Hay elementos que deberían
tener un pormenorizado desarrollo
y sin embargo las miradas
las absorbe el artefacto.
La loca de las bolsas
duerme, el libro marcado
en la cómoda o piesera
lleva años de vida.
En pocas horas el sol
volverá a ser un problema.
Te lo digo por última vez:
¿Vamos a encargar cortinas?
PERLA
Enhebro y ensarto
una perla de concha
tras cada bola con gancho.
A derecha e izquierda
puedo enhebrar tantas
perlas de concha como desee.
Necesito un anchor por bola,
hilo resistente para
coserlo al final,
repetir la madeja
y unir los extremos.
ERUCTO
Cuando eructo
el disco se raya
y le da paso al hombre
con la mujer.
Es una mirada lejana
que se moja en el mar
porque de noche
abajo no hay nada.
SOMBRILLA
Nadie alquiló sombrilla
en la vereda de los troncos.
Desde un lugar en el que todo
el tiempo mueven mesas,
trato de no distraerme
y de seguir el movimiento
de las primeras hojas verdes.
El auto de treinta años
acelera sin que el guardián
se dé cuenta.
Con un bastón
va y viene y lo busca y da vueltas.
Sigue habiendo golpes
de martillo y castañuelas.
Si siguiera caminando de noche
como el primer día del invierno
las posibilidades de quedarme
serían una incógnita.
BAR
Las mesas vuelan en el frío
hasta que un ritmo pasa
y las vuelve a juntar.
El llanto, ante el edificio,
las ganas de callar
volverán al murmullo.
Será un baile con otra música
aunque la espalda vaya derecha.
A esta hora se discute el monstruo
y el llaverito, por más chiquito que sea.
Estuvieron diez días con eso
porque las cosas raras
les gustan mucho.
El llanto es imparable
y le cobran con la madera,
para que todos bajen el volumen.
VAGO
Sobre los pies, dos
que van a saltar
para cruzar la ciudad
de norte a sur.
Cómo extraño, cómo
escribo y te extraño
todavía,
aunque me mientas
con estos amagues.
Sé que en parte
la culpa es mía, la
vagancia contra todo
lo que podría hacer.
Acariciame, por favor,
por lo menos hasta que
la voluntad de abrazarte
no tenga que ser pensada.
COLOR
Una de las cosas más importantes
de la mañana es
la información sobre el color.
El sol de Italia sacude a la Argentina.
Es hora de actualizar al que corre,
los increíbles premios de la noche
esperan el único accidente posible.
Las voces de los santos se van
deformando con el barrido
del ventilador y los eructos.
PROFESIONAL
Para terminar la escuela primaria
la óptica de la avenida
trata de saludar a los que pasan
con la simpatía que la caracteriza.
El ruido es para desconcertar
y provocar ladridos.
Las luces, para que las ventanas
hagan el juego que deberían.
Es como un motor, parejo, parejo,
no sube ni baja, golpea agudo
contra la ventana
para que el viento de la noche
se lo lleve en un intervalo.
PIERNAS
Las piernas marrones
van hacia el fondo
de un local que tampoco
es tan largo como se esperaría.
Hay una puerta que se abre
y se cierra. Ahora se cierra
y las piernas marrones
están por decir algo.
El humo puede ser la cuerda
de alguien que nada
tiene que ver con las cosas
que pasan en este lugar.
CIUDAD
Todo lo que nos ocurre en la ciudad
podríamos escucharlo en la expresión animal.
El sapo que no es sapo y
la bocina que no es bocina.
Si se tratara de caballos, todavía.
El pájaro no es un pájaro y
la oveja tiene ataques de tos.
El cielo se ha llenado de bolsas
que chocan contra los árboles
Y las palomas que no entienden nada
practican saltos mortales.
BRILLO
Vuelve a estar el brillo
sobre la regadera
y la combinación en pareja
se ocupa del balcón.
Como un gran televisor
que cubriera una ventana,
el aire es como el mar.
Lo debería repetir:
el aire es como el mar
cuando el caballo salta
y se abusa, porque no nada.
FLOR
La flor de tres colores
que una vez creció
en un rincón del living
antecede las vivencias
de un grupo de personas
distribuidas en vertical.
Está fresco, está seco,
el vidrio parece lo más limpio
y una base confortable
quiere tener razón.
Recuerdo, en este momento,
la hoja cuadriculada y pintada
uno sí uno no.
El caballo que lo convertía todo
en ajedrez, en auto, en lámpara.
PAPEL
Las líneas sobre el papel
y los sonidos de los animales falsos
esperan la explosión próxima.
Es fácil decir que no
cuando el coro entrenado acentúa
cada idea del hombre mayor.
Hasta los aplausos del final
parecen migas de galletitas
esparcidas por el piso.
No se ve, no se oye
lo que los elegidos quisieron decir.
La señora de pollera se aleja
como si nada de esto hubiera pasado.
REBOTES
Por aquí y por allá
los rebotes de histeria
me aconsejan sobre determinadas
reglas del alfabeto.
La letra inclinada como
la del ancestro y el mirar
de al lado esas formas.
Es hora de intoxicarme
con todas las pérdidas
y ecos de una proposición
relativamente simple.
OSO GRACIOSO
Entre todos los osos que se la pasan
vagabundeando por estas calles
hay uno que se merece mayor atención.
¿Es amarillo? ¿Es rojo? ¿Está contento?
Se lo distingue así: cualquier cosa que dice
causa una gracia involuntaria.
El oso camina, busca comida,
y mientras lo hace va cayendo
de sus bolsillos inventados
una cantidad no precisa de idioteces
(en el mejor sentido de la palabra).
El oso crea un chiste y luego otro
y otro más, uno atrás de otro,
sin tener la más mínima idea
de lo que eso significa.
TRES DIAS
La presión de la caricatura
en las ondulaciones de la piel
debe dejar atrás asperezas
para resultar efectiva.
Siempre hay algún consejo,
una que va y que viene
con la bolsa de basura.
Un actor de otra época
que quiere ir a Puerto Alegre.
Una chica que lo mira,
que le cuelga y lo mira.
Están diciendo las cosas
tres veces cada vez
que deciden hablar.
TRES DESEOS
Voy a pedir tres deseos,
como si fuera mi cumpleaños
y tuviera delante una torta
con suficientes velas para incendiarla.
Lamentablemente, no volvimos a hablar.
Y eso que había de todo:
Desde ascensores livianos que seguían de largo
hasta lluvias tropicales de amplio alcance.
Pero ahora ya está, tengo que aprovechar
la volada y comprarme algo, no sé.
Supongo que te preguntarás lo mismo
que me hubiera preguntado yo en tu lugar:
Qué hace este pibe escribiéndome
después de tanto, tanto tiempo.
Una posible respuesta, lo primero que se me ocurre,
es que Sure, Rosita y su hermana, llamada Berta,
solían mandarse esta clase de mensajes
cuando aún no existía la tecnología.
SUEÑO
El sueño me despierta hoy
con un ardor de ultrasiete.
Ebulle y se hace escultura
dentro de la nariz.
Afuera llueven pajaritos
cuando acaba su colita
y empieza el aire o la corteza.
Esto puede pasar en cualquier lado.
Al caleido caloide
no es alcaloide lo que quiero decir.
Medía un metro ochenta si medía
el caleidoscopio del interior.
Iba y venía al derecho
y al revés desembolsaba
todo lo que le pedía.
DISCUSION
Diga basta
circulando.
Tuve tecnología
no tube
tuve tecnología
tornado devastador:
¿Dónde estarás?
Arriba la luna.
¿Pop qué?
MEDIOS DEL INTERIOR
Salud anarquía, símbolo de calidad.
Mi rubia, sobre la luna, odia
los medios del interior.
No es lo de la chica, yo tengo uno
de galerías oscuritas y parque con olor a sol.
Es el aerosol, el megateatro, lástima el humo.
De noche, lo que se piensa cabe en la bola
de espejos facetados.
A mí me encanta, pero caminé una cuadra
y quiero volver adentro.
Ya está, claro, y cuánto te cobraron
y qué te hicieron.
Más vale un montón.
La sierra de la esquina es parte
de los preparativos para la cena.
SAMBA
El tiempo en el samba
cuelga de un brazo
que me conmina a no circular.
Samba de mi esperanza,
esto no es Santa Rosa
vigilada que dice:
Ahí hay brillo.
Los chicos no paran de hablar
como si estuvieran solos.
DUENDES
Hoy somos duendes,
arreglamos sillas y sillones
antes de que las gordas salgan
y digan que se acabó.
Está lleno de edificios
en la rutina
de poner ladrillos donde no había.
Los pozos del árbol
que obviamente no es de acá
parecen interponerse en la reventa.
Los demás flotan con utensillos
propios de la actividad.
Cristal azul y líquido gris
agitan la próxima prometida.
INSECTO
Entre los círculos, al enrollar,
un insecto cabalga como puede.
Ya es de noche o es de día
de dormir con una máscara.
Entre los dioses
y las bases del vecino,
el sonido a catramina.
Una agrupación de aguijones
fuertes como herrajes del centro
duermen bajo la luna de Tucumán.
El aviso es golpear por galería.
El nylon en el viento
y mis ojos que miran sin mirar
son un conjunto,
como la pecera matutina
y el jardín de las delicias
venido un poco a menos,
O la salamandra junto al mural
y la ciclotimia de Mario,
el carnicero de la esquina.
MEÑIQUE
Tengo una picadura
en la articulación del meñique.
Tanto no usar la pila,
se descarga.
No hay música,
no hay ritmo,
sino un colectivo desperdiciado.
Tres personas que no bajan
ni a la ida ni a la vuelta.
Una avioneta que aterrizó en la selva
acelera la deforestación.
PASTAS
Lucio cocina pastas
mientras toma café.
Busca el contenido neto
del sobre que contiene
todos los sabores del postre.
Cuando tocan el timbre
pasa lo que no quiere:
El agua lo baña o casi
Y lo que alguna vez podría haber esperado de una oportunidad así
toma el rumbo que había sospechado.
Lo único que le queda es esperar
que la música sea lo suficientemente fiel
como para espantar hasta al último.
PAÑUELO
El pañuelo de luz cuelga
alrededor de la bandera
que antecede al colectivo.
Sueño, a veces, con escribir
una palabra en el papel
y que la magia la subraye
si está mal la ortografía.
Para eso escribí en la compu
con el “Word”, me dice
la mujer con la que hablo.
Que además “word” quiere
decir palabra y eso es
de lo que estoy hablando.
Démosle la razón
al menos por un momento
e imaginemos lo que sería
el futuro en esas condiciones.
Quiero decir: ni en pedo
vuelvo al “Word”, ¿o es acaso
que no lo quieren entender?
CONSTRUCTORES
Si el carnicero y el zapatero
hicieran bien su trabajo
podrían ser constructores.
Si el ciclista y el afilador
hicieran bien su trabajo
podrían ser constructores.
Si el odontólogo y el cirujano
hicieran bien su trabajo
podrían ser constructores.
En general:
Si todos los que tienen
un trabajo con determinadas características
hicieran bien su trabajo
podrían ser constructores.
NIÑERA
Sentate ahí, sentante,
que estando la vaca atada…
¡Muy bien! Tomá, perá.
Ese es el pescadito.
Toc, toc…¡Qué bien!
Venga mi amor,
venga conmigo.
Muá, muá… Perá, perá.
Ni hizo nada,
no hizo nada la nena.
No hice todavía.
VIERNES
En el ascensor
un joven le pregunta
a la profesional
si los zapatos que usa
le hacen el pie más chico.
Hoy es un día especial,
no vino el primero
ni el último,
lo que permite aprovechar
para hacer cualquier otra cosa.
Yo la espero y juego en el piso,
pongo baberos más tranquilo
que ayer,
cuando de un pelotazo
transformé la luz en tubo.
MOVIMIENTO
Adelante y atrás,
sería el movimiento..
La flor que le hace
a la ráfaga de viento
una reverencia.
En el campo
de ovejas adelante
cerdos y corderos
y al tiempo para atrás
van los gallos,
los sapos y los gansos
que no paran de aletear.
Es la siesta que desatan
cuatro ruedas en la pieza
en la que madera hay.
ARTEFACTO
Algunos me tocan,
quiere decir que estoy
aunque ya vacío
imaginando la llovizna
por momentos que viene
de la cocina comedor.
El frío no llega,
la luz tampoco.
Hay elementos que deberían
tener un pormenorizado desarrollo
y sin embargo las miradas
las absorbe el artefacto.
La loca de las bolsas
duerme, el libro marcado
en la cómoda o piesera
lleva años de vida.
En pocas horas el sol
volverá a ser un problema.
Te lo digo por última vez:
¿Vamos a encargar cortinas?
PERLA
Enhebro y ensarto
una perla de concha
tras cada bola con gancho.
A derecha e izquierda
puedo enhebrar tantas
perlas de concha como desee.
Necesito un anchor por bola,
hilo resistente para
coserlo al final,
repetir la madeja
y unir los extremos.
ERUCTO
Cuando eructo
el disco se raya
y le da paso al hombre
con la mujer.
Es una mirada lejana
que se moja en el mar
porque de noche
abajo no hay nada.
SOMBRILLA
Nadie alquiló sombrilla
en la vereda de los troncos.
Desde un lugar en el que todo
el tiempo mueven mesas,
trato de no distraerme
y de seguir el movimiento
de las primeras hojas verdes.
El auto de treinta años
acelera sin que el guardián
se dé cuenta.
Con un bastón
va y viene y lo busca y da vueltas.
Sigue habiendo golpes
de martillo y castañuelas.
Si siguiera caminando de noche
como el primer día del invierno
las posibilidades de quedarme
serían una incógnita.
BAR
Las mesas vuelan en el frío
hasta que un ritmo pasa
y las vuelve a juntar.
El llanto, ante el edificio,
las ganas de callar
volverán al murmullo.
Será un baile con otra música
aunque la espalda vaya derecha.
A esta hora se discute el monstruo
y el llaverito, por más chiquito que sea.
Estuvieron diez días con eso
porque las cosas raras
les gustan mucho.
El llanto es imparable
y le cobran con la madera,
para que todos bajen el volumen.
VAGO
Sobre los pies, dos
que van a saltar
para cruzar la ciudad
de norte a sur.
Cómo extraño, cómo
escribo y te extraño
todavía,
aunque me mientas
con estos amagues.
Sé que en parte
la culpa es mía, la
vagancia contra todo
lo que podría hacer.
Acariciame, por favor,
por lo menos hasta que
la voluntad de abrazarte
no tenga que ser pensada.
COLOR
Una de las cosas más importantes
de la mañana es
la información sobre el color.
El sol de Italia sacude a la Argentina.
Es hora de actualizar al que corre,
los increíbles premios de la noche
esperan el único accidente posible.
Las voces de los santos se van
deformando con el barrido
del ventilador y los eructos.
PROFESIONAL
Para terminar la escuela primaria
la óptica de la avenida
trata de saludar a los que pasan
con la simpatía que la caracteriza.
El ruido es para desconcertar
y provocar ladridos.
Las luces, para que las ventanas
hagan el juego que deberían.
Es como un motor, parejo, parejo,
no sube ni baja, golpea agudo
contra la ventana
para que el viento de la noche
se lo lleve en un intervalo.
PIERNAS
Las piernas marrones
van hacia el fondo
de un local que tampoco
es tan largo como se esperaría.
Hay una puerta que se abre
y se cierra. Ahora se cierra
y las piernas marrones
están por decir algo.
El humo puede ser la cuerda
de alguien que nada
tiene que ver con las cosas
que pasan en este lugar.
CIUDAD
Todo lo que nos ocurre en la ciudad
podríamos escucharlo en la expresión animal.
El sapo que no es sapo y
la bocina que no es bocina.
Si se tratara de caballos, todavía.
El pájaro no es un pájaro y
la oveja tiene ataques de tos.
El cielo se ha llenado de bolsas
que chocan contra los árboles
Y las palomas que no entienden nada
practican saltos mortales.
BRILLO
Vuelve a estar el brillo
sobre la regadera
y la combinación en pareja
se ocupa del balcón.
Como un gran televisor
que cubriera una ventana,
el aire es como el mar.
Lo debería repetir:
el aire es como el mar
cuando el caballo salta
y se abusa, porque no nada.
FLOR
La flor de tres colores
que una vez creció
en un rincón del living
antecede las vivencias
de un grupo de personas
distribuidas en vertical.
Está fresco, está seco,
el vidrio parece lo más limpio
y una base confortable
quiere tener razón.
Recuerdo, en este momento,
la hoja cuadriculada y pintada
uno sí uno no.
El caballo que lo convertía todo
en ajedrez, en auto, en lámpara.
PAPEL
Las líneas sobre el papel
y los sonidos de los animales falsos
esperan la explosión próxima.
Es fácil decir que no
cuando el coro entrenado acentúa
cada idea del hombre mayor.
Hasta los aplausos del final
parecen migas de galletitas
esparcidas por el piso.
No se ve, no se oye
lo que los elegidos quisieron decir.
La señora de pollera se aleja
como si nada de esto hubiera pasado.
REBOTES
Por aquí y por allá
los rebotes de histeria
me aconsejan sobre determinadas
reglas del alfabeto.
La letra inclinada como
la del ancestro y el mirar
de al lado esas formas.
Es hora de intoxicarme
con todas las pérdidas
y ecos de una proposición
relativamente simple.
OSO GRACIOSO
Entre todos los osos que se la pasan
vagabundeando por estas calles
hay uno que se merece mayor atención.
¿Es amarillo? ¿Es rojo? ¿Está contento?
Se lo distingue así: cualquier cosa que dice
causa una gracia involuntaria.
El oso camina, busca comida,
y mientras lo hace va cayendo
de sus bolsillos inventados
una cantidad no precisa de idioteces
(en el mejor sentido de la palabra).
El oso crea un chiste y luego otro
y otro más, uno atrás de otro,
sin tener la más mínima idea
de lo que eso significa.
TRES DIAS
La presión de la caricatura
en las ondulaciones de la piel
debe dejar atrás asperezas
para resultar efectiva.
Siempre hay algún consejo,
una que va y que viene
con la bolsa de basura.
Un actor de otra época
que quiere ir a Puerto Alegre.
Una chica que lo mira,
que le cuelga y lo mira.
Están diciendo las cosas
tres veces cada vez
que deciden hablar.
miércoles 11 de junio de 2008
Variaciones
Textos escritos en 2007
EL DUQUE
El duque se casó ayer con la princesa ciega. Digo el duque y soy yo, que no lo quiero reconocer. Hay más colas en la ciudad, cuando podría haber menos. Sacan números para la rifa. Entonces sube la nena, con sus hebillas rosas y violetas. Qué lindos colores, le dice el papá, que la hizo negrita. Son ideales para pasar diagonales, a primera hora de la mañana. En ese momento me doy cuenta de que he vuelto a equivocarme, de que debería haber recorrido kilómetros y kilómetros bajo tierra. Lo raro es que todavía quedan punks y mujeres que hablan como si fueran vírgenes.
POLLO
Dolores, una mujer, le pide a Katy, la empleada que trabaja por horas en su casa, que por favor le prepare un pollo y una carne al horno con papas. Se lo deja por escrito, porque a la mañana sale temprano y no la va a ver. También le dice que, de ese pollo, se separe una pechuga para almorzar, y que hay ropa en el tender del balcón, y que cualquier cosa la llame a lo de la mamá. Y lo último: que le deja, también, una rosca para que coma o se lleve.
COINCIDENCIA
Hubo más de una coincidencia. No hace falta un reconocimiento, porque el protocolo acompaña la distinción, el compromiso inesperado de sentarse y que pocos adviertan que el banquero toma café. Nadie dice la verdad con tal de recibir más premios que los esperados. No se pueden negar, parece mentira tanto una circunstancia como la otra. Y así y todo no está claro, ya que muchos de ellos no desean vender.
BAILE
Hace una hora, si no más, que me están diciendo que es muy largo, y me preguntan si lo puedo sentir. Yo bailo y no me importa, doy vueltas, miro las luces. Además, cuanta más gente me mira, más me gusta esta idea de bailar. Hay un grito que se ahoga tras los golpes y deriva en otra cosa que bailábamos antes. En la noche estrellada podemos decir qué noche. Mientras salto me pregunto si no estaré grande para esto. Pero no lo puedo evitar. Los golpes en el pecho me sacuden el cuerpo y los pies se mueven obligados, para mantener el equilibrio. Les pasa a todos los que andan por acá. Veo un sonido que nos envuelve, que nos hace girar como si estuviéramos en una bola transparente y grande como la de Pedro. Tan grande que, en este momento, la sensación es que la bola es lo más.
TROMPETA
La trompeta ya la escuché, es la que viene acompañada de un fusil que empuña el hombre que canta. Con las ráfagas de tiros al compás, no se entiende nada lo que dice. Por el tono parece ofuscado. Trata de descargar su malhumor contra los presentes, hasta que logra calmarse y dar un respiro, pero enseguida vuelve a empezar. Cuando llegó, en el andén había cientos de personas. Algunas se arrojaron a las vías y quedaron adheridas a la pared. Otras le pidieron un lugar al señor que vende boletos. En el andén no hay más de diez que, creen, pueden hacerle frente. Y es mucho, teniendo en cuenta que la música brota de su cuerpo. Trompeta, más tiros para bajar a la mayoría, hasta que salgo de atrás del espejo y digo que me dejen a mí. Siempre pasa lo mismo, se queja el hombre ofuscado: tanta inversión en tiempo y en arsenal para que de golpe me vengan a decir que todo tiene que quedar acá.
VAGON
La otra alternativa es correr como Superman, aunque esté todo oscuro. O, también, entrar en el vagón cuando haya sido evacuado, justo antes de que cierre sus puertas, para dirigirnos a un lugar indeterminado. Vale la pena correr el riesgo, incluso porque de la vía mucho no se puede desviar. Una vez en camino, lento por las averías, acostado yo en el asiento, quizás alguien me vea, y quién sabe lo que harían de mí. Claro que siempre será mejor eso que la asfixia del porvenir, del nuevo sometimiento a un tipo de salida inapropiada.
ENCUENTRO
A la mañana temprano, en verano amanece. Me la cruzo, ella viene sin mirar y me mira cuando le faltan unos pocos pasos para encontrarnos. Se puede hablar de algunas cuestiones meramente circunstanciales. De lo mal que se viaja, del clima, de que falta poco para el fin de semana, del choque que ocurrió a la vuelta y que ella vio porque venía de ahí. Lo que no sé es si sabe leer. De leer depende todo lo que tiene que hacer hasta el mediodía. Y si no sabe, lo que haga seguramente no tendrá que ver con las necesidades más urgentes de la casa.
PERROS
Mucha luz puede encandilar el tarro vacío de galletas, transparente, el mate usado. Mucho ruido puede hacer que otro, permanente, intente taparlo. El viento, por ejemplo, cuando es fuerte, nos hace recordar a todos esos perros del pulmón de manzana que lamían. En el silencio de la noche, por suerte alguien inventó el walkie talkie, lo que lo vuelve a uno más despreocupado. Antes, antes de dormir, había que salir a cazar para ahuyentar el estruendo.
NO SE SABE
Uno empieza otra vez. La mujer encierra a sus hijos para que no se escapen, antes de que llueva. No se sabe si es un colectivo o la ventana de una casa. Sólo se ven las gotas cayendo por el vidrio. Cuando muestra las arrugas, el hombre, la protuberancia se asoma. Acá, entre los pliegues del mirador, está toda la realidad. El pelado va la guerra y se lo ve distinto de lo que era. La tribu lo sabe, y por eso todavía no se ha dispuesto a prender fuego el bosque. Cuando la seguidilla acabe, habrá varios oradores sentados a una mesa, esperando que algo ocurra.
MITIN
Alguien falta desde la mañana, pero no se sabe quién. Los encargados de averiguarlo se sientan en el patio a tomar mate. Si en ese momento entra alguien ajeno al mitin no lo saludan, como si no existiera, no sea cosa de tener que saludar a cada uno que entra cuando deben concentrarse y optimizar el tiempo a fin de resolver aquello para lo que han sido convocados. A la única persona que le prestan atención es a una esclava que no saluda, pero irrumpe y avisa que un ser agonizante, al que le quedan pocas horas de vida, tiene información precisa y certera sobre el desaparecido. Varios dudan sobre la veracidad del alerta y prorrumpen en llanto, como estrategia para testear la reacción de la enviada. Sin embargo, el rostro ante el imponderable es de extrañamiento: no se condice el dicho con el hecho. Recién entonces, cuando constatan que el sentido común motoriza el comportamiento de la esclava, los allí reunidos deciden enviar una comisión para escuchar con oídos propios lo que el agonizante tiene para declarar.
OJOTA
El origen de la ojota debería ser una investigación para todo aquel que se ufane de no calzar zapatos. El trueno en la habitación de al lado y, en la de más allá, la muestra de lo que podría ser un café. La base, la mesa, y la lectura de folletos atrasados. Después del año es una aberración. Los aventureros actúan, toman cerveza y se van a practicar las posiciones más adecuadas para el sexo. La risa de algún otro piso no tendría porqué molestarme. El lagarto sube para limpiar las glándulas de su hocico. Nuestro próximo participante es el bebé más gordo del mundo, con un poquito de perfume y sorpresas de tela amarilla. Cerca de acá hay libros con sombrero y una parejita de desodorantes que se la pasa esperando. Flor de bocina es la noche. El eco de un ascenso tampoco miente, aquí dentro.
EL DUQUE
El duque se casó ayer con la princesa ciega. Digo el duque y soy yo, que no lo quiero reconocer. Hay más colas en la ciudad, cuando podría haber menos. Sacan números para la rifa. Entonces sube la nena, con sus hebillas rosas y violetas. Qué lindos colores, le dice el papá, que la hizo negrita. Son ideales para pasar diagonales, a primera hora de la mañana. En ese momento me doy cuenta de que he vuelto a equivocarme, de que debería haber recorrido kilómetros y kilómetros bajo tierra. Lo raro es que todavía quedan punks y mujeres que hablan como si fueran vírgenes.
POLLO
Dolores, una mujer, le pide a Katy, la empleada que trabaja por horas en su casa, que por favor le prepare un pollo y una carne al horno con papas. Se lo deja por escrito, porque a la mañana sale temprano y no la va a ver. También le dice que, de ese pollo, se separe una pechuga para almorzar, y que hay ropa en el tender del balcón, y que cualquier cosa la llame a lo de la mamá. Y lo último: que le deja, también, una rosca para que coma o se lleve.
COINCIDENCIA
Hubo más de una coincidencia. No hace falta un reconocimiento, porque el protocolo acompaña la distinción, el compromiso inesperado de sentarse y que pocos adviertan que el banquero toma café. Nadie dice la verdad con tal de recibir más premios que los esperados. No se pueden negar, parece mentira tanto una circunstancia como la otra. Y así y todo no está claro, ya que muchos de ellos no desean vender.
BAILE
Hace una hora, si no más, que me están diciendo que es muy largo, y me preguntan si lo puedo sentir. Yo bailo y no me importa, doy vueltas, miro las luces. Además, cuanta más gente me mira, más me gusta esta idea de bailar. Hay un grito que se ahoga tras los golpes y deriva en otra cosa que bailábamos antes. En la noche estrellada podemos decir qué noche. Mientras salto me pregunto si no estaré grande para esto. Pero no lo puedo evitar. Los golpes en el pecho me sacuden el cuerpo y los pies se mueven obligados, para mantener el equilibrio. Les pasa a todos los que andan por acá. Veo un sonido que nos envuelve, que nos hace girar como si estuviéramos en una bola transparente y grande como la de Pedro. Tan grande que, en este momento, la sensación es que la bola es lo más.
TROMPETA
La trompeta ya la escuché, es la que viene acompañada de un fusil que empuña el hombre que canta. Con las ráfagas de tiros al compás, no se entiende nada lo que dice. Por el tono parece ofuscado. Trata de descargar su malhumor contra los presentes, hasta que logra calmarse y dar un respiro, pero enseguida vuelve a empezar. Cuando llegó, en el andén había cientos de personas. Algunas se arrojaron a las vías y quedaron adheridas a la pared. Otras le pidieron un lugar al señor que vende boletos. En el andén no hay más de diez que, creen, pueden hacerle frente. Y es mucho, teniendo en cuenta que la música brota de su cuerpo. Trompeta, más tiros para bajar a la mayoría, hasta que salgo de atrás del espejo y digo que me dejen a mí. Siempre pasa lo mismo, se queja el hombre ofuscado: tanta inversión en tiempo y en arsenal para que de golpe me vengan a decir que todo tiene que quedar acá.
VAGON
La otra alternativa es correr como Superman, aunque esté todo oscuro. O, también, entrar en el vagón cuando haya sido evacuado, justo antes de que cierre sus puertas, para dirigirnos a un lugar indeterminado. Vale la pena correr el riesgo, incluso porque de la vía mucho no se puede desviar. Una vez en camino, lento por las averías, acostado yo en el asiento, quizás alguien me vea, y quién sabe lo que harían de mí. Claro que siempre será mejor eso que la asfixia del porvenir, del nuevo sometimiento a un tipo de salida inapropiada.
ENCUENTRO
A la mañana temprano, en verano amanece. Me la cruzo, ella viene sin mirar y me mira cuando le faltan unos pocos pasos para encontrarnos. Se puede hablar de algunas cuestiones meramente circunstanciales. De lo mal que se viaja, del clima, de que falta poco para el fin de semana, del choque que ocurrió a la vuelta y que ella vio porque venía de ahí. Lo que no sé es si sabe leer. De leer depende todo lo que tiene que hacer hasta el mediodía. Y si no sabe, lo que haga seguramente no tendrá que ver con las necesidades más urgentes de la casa.
PERROS
Mucha luz puede encandilar el tarro vacío de galletas, transparente, el mate usado. Mucho ruido puede hacer que otro, permanente, intente taparlo. El viento, por ejemplo, cuando es fuerte, nos hace recordar a todos esos perros del pulmón de manzana que lamían. En el silencio de la noche, por suerte alguien inventó el walkie talkie, lo que lo vuelve a uno más despreocupado. Antes, antes de dormir, había que salir a cazar para ahuyentar el estruendo.
NO SE SABE
Uno empieza otra vez. La mujer encierra a sus hijos para que no se escapen, antes de que llueva. No se sabe si es un colectivo o la ventana de una casa. Sólo se ven las gotas cayendo por el vidrio. Cuando muestra las arrugas, el hombre, la protuberancia se asoma. Acá, entre los pliegues del mirador, está toda la realidad. El pelado va la guerra y se lo ve distinto de lo que era. La tribu lo sabe, y por eso todavía no se ha dispuesto a prender fuego el bosque. Cuando la seguidilla acabe, habrá varios oradores sentados a una mesa, esperando que algo ocurra.
MITIN
Alguien falta desde la mañana, pero no se sabe quién. Los encargados de averiguarlo se sientan en el patio a tomar mate. Si en ese momento entra alguien ajeno al mitin no lo saludan, como si no existiera, no sea cosa de tener que saludar a cada uno que entra cuando deben concentrarse y optimizar el tiempo a fin de resolver aquello para lo que han sido convocados. A la única persona que le prestan atención es a una esclava que no saluda, pero irrumpe y avisa que un ser agonizante, al que le quedan pocas horas de vida, tiene información precisa y certera sobre el desaparecido. Varios dudan sobre la veracidad del alerta y prorrumpen en llanto, como estrategia para testear la reacción de la enviada. Sin embargo, el rostro ante el imponderable es de extrañamiento: no se condice el dicho con el hecho. Recién entonces, cuando constatan que el sentido común motoriza el comportamiento de la esclava, los allí reunidos deciden enviar una comisión para escuchar con oídos propios lo que el agonizante tiene para declarar.
OJOTA
El origen de la ojota debería ser una investigación para todo aquel que se ufane de no calzar zapatos. El trueno en la habitación de al lado y, en la de más allá, la muestra de lo que podría ser un café. La base, la mesa, y la lectura de folletos atrasados. Después del año es una aberración. Los aventureros actúan, toman cerveza y se van a practicar las posiciones más adecuadas para el sexo. La risa de algún otro piso no tendría porqué molestarme. El lagarto sube para limpiar las glándulas de su hocico. Nuestro próximo participante es el bebé más gordo del mundo, con un poquito de perfume y sorpresas de tela amarilla. Cerca de acá hay libros con sombrero y una parejita de desodorantes que se la pasa esperando. Flor de bocina es la noche. El eco de un ascenso tampoco miente, aquí dentro.
martes 15 de enero de 2008
Primeros poemas
Escritos a comienzos de los '90
CORRAL
Sopla un verano bajo de puerto o muelle
la piba con el bizcocho continuo.
Alrededor de cegueras, sorderas, mudeces,
dormita en mi mano y despierta su mueca.
Mudé de inmediato las vistas con esfuerzo
de quien trepa llanura y conoce pertenencia.
Un manto de desmanes ausentes
que, aunque en el baile, sus cuerpos
parecen metal, su fauces gritar
al que ladea cercano.
VELERO DEPORTIVO
Velero deportivo
que con sueño se va más lento
sin destino sobre la sal,
grano a grano: rojo, amarillo, violeta,
como en un mar pretencioso.
Se va perdiendo sus alas y sus velas,
velero de la tarde, de la oscuridad.
Lo espían de madrugada los marineros
que pescan anclas y comen mal.
Hubo un ahogado esperando el viento.
Velero faldero,
que en la esquina ha postrado un banderín.
Lo agarra un oficial callejero y le pita
mientras las olas respetuosas
aguardan y dan senda al del ladrido.
Velero deportivo,
como en un mar pretencioso.
Sus luces para el día: rojo, amarillo, violeta.
RITMO MACABRO DE 1994
Cómo se nos vienen los destinos
rodando por la ladera del este.
En este cuarto de hora, blanco y apacible,
que sólo lo causa un batifondo,
aquel sujeto y raído trajín de empedrado
resbala al final:
Un cartel pintado con “Obreros trabajando”
y justo ahí, hacia un costado, un pozo
que ha anegado el camino.
Cómo se nos vienen los destinos
y el contrapunto y la incerteza del suelo.
Con sólo acariciar el aire en los andenes
todos los trenes impulsan sus quejosos
arrebatos de partida.
ADIOS
Se fue en país negro y aún no recuerdo
si dijo al Africa, Asia, julio o enero.
Adiós que seguro su palma movía
en medio de nata vacía el pañuelo.
Después vino bien, pues aún lo retengo,
su espalda hinchada, sus fauces frías,
tanteando la mañana.
ARTIFICIO
Cielo a rayas de oscuro plástico,
tintineo en la cortina de almacén
al nublarse con espías empañados.
Sobre amarillo el gris
de la raíz cemento
que elige ventana y laberintos.
Esconde
siempre detrás de pintorescas lianas
sobre las que de vez en vez
va a posarse algún zorzal.
DIFUNTA
La fruta buena rueda en el canto
de una vela
hasta la arada hierba entre sus brisas,
dice un lamento y busca en ruegos
la madreselva.
Laberintos de troncos afilan lunas con sus sables.
Que no baje, que no moje,
el ruin gaje que da su humor,
que con vano arcoiris surge
la noche de su laguna.
Enano, el aire y sólo, cálido avestruz de un viaje,
tan herido presta su secreto contorno.
Suben paseanderos a la cresta
sesgos de sus labios en el rouge
al entierro de acedera.
EPODO
¿De qué trata noche de mantos
como santos su apática luz?
¿Qué traerá sobre otra gota
derretidos ya sus cielos?
No son truenos, no son ruidos.
¿Tambores? Tambores,
tornados arribando.
HASTIO
Por umbrales tarde
trae aire corriente
que a la cara asciende,
caliente enciende,
trepando posa.
Ojos que cerrados no la ven,
piel que ya casi no la siente.
Ella, que se duerme bien
con cuanta puerta curiosa
galopes le estrelle.
MARIONETAS
Mejor que sojuzgados en contornos residuales
de lagunas transportadas a los caños como un plano
arrugado y no blanco, sin enfermos animales,
accidentes atropellan dos enaguas tan hirvientes.
Se levantan y les bailan una selva de pastores
allá tarde por los soles acurrucan dos en noches,
dos incendios ennegrecen la partida de sus dioses,
casi sobre tersos brotes que la obligan a mover.
Por encima bocetadas entre picos de nogales,
sorprendidas sus comarcas por la muerte de la noche
desde suelos de pantanos hasta múltiples redobles,
estandartes con señales decoradas por color.
EL REGRESO
Los acentos que me inundan
desde atisbos desparramo,
cada palabra un monte,
cada blanco llanura.
Todo perfil del cielo
que a sus formas reza:
ser parte de esa,
ni altura, ni beso.
Solamente hojeo
a las guardas que cual velo
resguardado tras sus brotes
me desvisten y rasuran.
LA PARTIDA
Por la mañana de julio ronca un mastodonte
su cotidiana avenida.
Fieles rendidos siquiera lo lamen
arroyos con aires o sangres transparentes,
aplastan el aire con una cucaracha.
Tanta es la dicha que acá nos permite
seguir deleitándonos con viejos saltos,
color del astro siempre pareando,
tanto tranquilos, tanto sonámbulos,
damos y dan las órdenes floras.
Allá, canturreo de viajantes
su oficio eleva el arte de un cartel.
Fumar como un niño tenor
crea el día en su quejido
con sus salmos de maestra.
ORACION
El lento movimiento de la cuerda
toda pertenencia estrangula.
Hasta los colmos azota y eleva
sonido entre el sonido y la ausencia
o la primera ausencia del sonido.
Recuerdo del tambor de esas uvas
que llevan hacia altares heridos
caudales regios sumiendo icor.
SALMODIA
La luna es la peineta
de una negra con peluca
que usa anzuelo cuando el sol
afeitándole la nuca
su pañuelo frío enlaza,
horizonte sin extremo,
y su plano palmo mueve
enroscándole la masa.
Tanta nueva perla esconde
tras adornos de pendientes:
Tres Marías relucientes
y la Cruz del Sur al pecho,
que le ven gemir el lecho
ante mártires redobles.
LA HUMANA PROFESION
No logro seriar el desborde
de los pómulos que ebullen bajo el maquillaje
ni los adornantes bucles negros que esconden
en su sin fondo la niñez,
ni el cómico sombrero del carnaval de disfraz,
austero y lejano, solo,
cual cuarto de ensayo.
EL GATO
La lengua, cascadas de sal,
orillas sanas,
sobre la oscuridad del río abre.
Destello lejano el radar agazapa,
que lo desplaza, sobre el mármol de hielo nada,
solitario el pescador.
Erguidos, los brotes de fino pelamen,
los trazos, que en oleos alerta se dilatan,
lamen.
Al chillón ruido de sus ramas cortas,
al deleite una flauta ahoga
ciega y sinuoso sereno.
Haces mudados agitan
pasos bajo brazos de vapor
y estiran débiles de juventud a las olas.
Sus rulos hechizan,
como el iris revoloteando cada poro,
ciñen morochas las perlas el jardín.
LA REJA
Suelo como un ala más blanco que el azul,
sombra entre los robles con mechas trazado,
sereno como opaco aire de cuadro,
porcelana o maleza por debajo acanalada, ausente.
Nativo brazo de nebulosa, su eternidad,
perfidia de ramilletes.
Azul de peces, otoño de estanques y luna nueva
que se desvanece, dilapidando esquiva.
El papel único del viento a la hierba
en malva oculto envuelve
testamentando rimas.
Sobre monótono empedrado del cielo la noche
entonces refleja canto.
PIRUETAS
Mulata y duda van a la par
a paso preso pero largo.
La risa de un cuello herbario
al estanque huye en su andar
que la brizna enjuga un rizo
por tornar salado el ramo.
Un collar de olas curiosas,
desdeño joven, espión,
espinza sus pétalos
de escondrijo y lozanía.
TALLADO
Seda sobre ojuelos
burilando el campo pierde,
la sequía de algarrobos
riñe tras la brisa.
Las hojas y los ruidos,
la tinta en las abejas,
transpiran el cincel
las huellas espejadas.
Qué bruñir más que el rubí
en incrustada melodía
y absorber tal torrente
entre esmaltes para ello.
LA VIA LACTEA
Ya los remos que moderan, que suavizan o que acunan
como el fuego en vela, de cada cosa lo eterno,
o el bramido que se aúna cual profeta de la arena
a las ramas en el cielo que entre olas se lastiman,
o las aguas que en el viento
hacia el poniente desfilan.
Cuando ver no se deja, cuando tanta
luz de la lámpara al crepúsculo llama
para que en niños reflejos mude
(porque es muda y eterna al verter
pálidos dobleces acunados),
el llanto que entibia su sombra.
La voz que vuelca en la tela
con un ansia curva de airear,
de jarro blanco y de penumbra,
suelta, cuando la tarde espesa
salpica a cada haz,
a su oculto y su sordo santo.
El verde y el ocre le bañan
los calmos brillos de rincones.
Tras el marco, la noble mañana,
el oficio, licores dormidos
en hueco marfil de robusta torre,
amasa, sus años intuye.
Fresco pañuelo o hábito a sus ojos
hasta el arca donde los pómulos reposan.
Huele la boca sobre el pan, en la olla,
y el jadeo de burbujas casi ciego
ida la tiene, que ya nada quiere
para el que turbe a la frágil moza.
El cielo envuelve a su mesa
y a su vientre, huyen restos de truenos
que la beben de un celeste más bien claro.
Hasta los pies mover podría
y tan exhausta su lejanía tiende
por detrás de los jirones que la rezan.
Podría saltar cuando haraganas
las caricias que se cruzan y la buscan
en su piel (podría saltar
por alimento o abandonarlo)
cesen su trabajo como una ola
o catarata que tienta.
Si el decorado, que es lento, cruje
mudo por sus velos y mañas,
el cuello aterciopelado sobre el agua
y las manos que dormidas nadan
como el rostro escondido del sol
sobre el fondo de una arruga tierna.
La tersura, plana, como una vida,
montones de seda que colorean
la hoja rústica, la rosa débil,
tras monotonías de coqueteos y aromas,
paciente ha de quedarse en la tarea
hasta que crezca en la espalda su asa.
Como en ronda, de vuelta sola
(sudada había salido hasta sus huesos
para que el frío cuando rozara, morado,
cabellos ancianos o hilos de arena
le calara atado al viento)
con las gotas y las luces.
Ya el silencio que sus palabras recobran,
el ruido que frota su leche mansa o pluma
y oculta el bramido que su forma le va haciendo,
que la cubre y la enrosca
sobre la espuma ahogada,
rapto huido u hora de la noche.
CORRAL
Sopla un verano bajo de puerto o muelle
la piba con el bizcocho continuo.
Alrededor de cegueras, sorderas, mudeces,
dormita en mi mano y despierta su mueca.
Mudé de inmediato las vistas con esfuerzo
de quien trepa llanura y conoce pertenencia.
Un manto de desmanes ausentes
que, aunque en el baile, sus cuerpos
parecen metal, su fauces gritar
al que ladea cercano.
VELERO DEPORTIVO
Velero deportivo
que con sueño se va más lento
sin destino sobre la sal,
grano a grano: rojo, amarillo, violeta,
como en un mar pretencioso.
Se va perdiendo sus alas y sus velas,
velero de la tarde, de la oscuridad.
Lo espían de madrugada los marineros
que pescan anclas y comen mal.
Hubo un ahogado esperando el viento.
Velero faldero,
que en la esquina ha postrado un banderín.
Lo agarra un oficial callejero y le pita
mientras las olas respetuosas
aguardan y dan senda al del ladrido.
Velero deportivo,
como en un mar pretencioso.
Sus luces para el día: rojo, amarillo, violeta.
RITMO MACABRO DE 1994
Cómo se nos vienen los destinos
rodando por la ladera del este.
En este cuarto de hora, blanco y apacible,
que sólo lo causa un batifondo,
aquel sujeto y raído trajín de empedrado
resbala al final:
Un cartel pintado con “Obreros trabajando”
y justo ahí, hacia un costado, un pozo
que ha anegado el camino.
Cómo se nos vienen los destinos
y el contrapunto y la incerteza del suelo.
Con sólo acariciar el aire en los andenes
todos los trenes impulsan sus quejosos
arrebatos de partida.
ADIOS
Se fue en país negro y aún no recuerdo
si dijo al Africa, Asia, julio o enero.
Adiós que seguro su palma movía
en medio de nata vacía el pañuelo.
Después vino bien, pues aún lo retengo,
su espalda hinchada, sus fauces frías,
tanteando la mañana.
ARTIFICIO
Cielo a rayas de oscuro plástico,
tintineo en la cortina de almacén
al nublarse con espías empañados.
Sobre amarillo el gris
de la raíz cemento
que elige ventana y laberintos.
Esconde
siempre detrás de pintorescas lianas
sobre las que de vez en vez
va a posarse algún zorzal.
DIFUNTA
La fruta buena rueda en el canto
de una vela
hasta la arada hierba entre sus brisas,
dice un lamento y busca en ruegos
la madreselva.
Laberintos de troncos afilan lunas con sus sables.
Que no baje, que no moje,
el ruin gaje que da su humor,
que con vano arcoiris surge
la noche de su laguna.
Enano, el aire y sólo, cálido avestruz de un viaje,
tan herido presta su secreto contorno.
Suben paseanderos a la cresta
sesgos de sus labios en el rouge
al entierro de acedera.
EPODO
¿De qué trata noche de mantos
como santos su apática luz?
¿Qué traerá sobre otra gota
derretidos ya sus cielos?
No son truenos, no son ruidos.
¿Tambores? Tambores,
tornados arribando.
HASTIO
Por umbrales tarde
trae aire corriente
que a la cara asciende,
caliente enciende,
trepando posa.
Ojos que cerrados no la ven,
piel que ya casi no la siente.
Ella, que se duerme bien
con cuanta puerta curiosa
galopes le estrelle.
MARIONETAS
Mejor que sojuzgados en contornos residuales
de lagunas transportadas a los caños como un plano
arrugado y no blanco, sin enfermos animales,
accidentes atropellan dos enaguas tan hirvientes.
Se levantan y les bailan una selva de pastores
allá tarde por los soles acurrucan dos en noches,
dos incendios ennegrecen la partida de sus dioses,
casi sobre tersos brotes que la obligan a mover.
Por encima bocetadas entre picos de nogales,
sorprendidas sus comarcas por la muerte de la noche
desde suelos de pantanos hasta múltiples redobles,
estandartes con señales decoradas por color.
EL REGRESO
Los acentos que me inundan
desde atisbos desparramo,
cada palabra un monte,
cada blanco llanura.
Todo perfil del cielo
que a sus formas reza:
ser parte de esa,
ni altura, ni beso.
Solamente hojeo
a las guardas que cual velo
resguardado tras sus brotes
me desvisten y rasuran.
LA PARTIDA
Por la mañana de julio ronca un mastodonte
su cotidiana avenida.
Fieles rendidos siquiera lo lamen
arroyos con aires o sangres transparentes,
aplastan el aire con una cucaracha.
Tanta es la dicha que acá nos permite
seguir deleitándonos con viejos saltos,
color del astro siempre pareando,
tanto tranquilos, tanto sonámbulos,
damos y dan las órdenes floras.
Allá, canturreo de viajantes
su oficio eleva el arte de un cartel.
Fumar como un niño tenor
crea el día en su quejido
con sus salmos de maestra.
ORACION
El lento movimiento de la cuerda
toda pertenencia estrangula.
Hasta los colmos azota y eleva
sonido entre el sonido y la ausencia
o la primera ausencia del sonido.
Recuerdo del tambor de esas uvas
que llevan hacia altares heridos
caudales regios sumiendo icor.
SALMODIA
La luna es la peineta
de una negra con peluca
que usa anzuelo cuando el sol
afeitándole la nuca
su pañuelo frío enlaza,
horizonte sin extremo,
y su plano palmo mueve
enroscándole la masa.
Tanta nueva perla esconde
tras adornos de pendientes:
Tres Marías relucientes
y la Cruz del Sur al pecho,
que le ven gemir el lecho
ante mártires redobles.
LA HUMANA PROFESION
No logro seriar el desborde
de los pómulos que ebullen bajo el maquillaje
ni los adornantes bucles negros que esconden
en su sin fondo la niñez,
ni el cómico sombrero del carnaval de disfraz,
austero y lejano, solo,
cual cuarto de ensayo.
EL GATO
La lengua, cascadas de sal,
orillas sanas,
sobre la oscuridad del río abre.
Destello lejano el radar agazapa,
que lo desplaza, sobre el mármol de hielo nada,
solitario el pescador.
Erguidos, los brotes de fino pelamen,
los trazos, que en oleos alerta se dilatan,
lamen.
Al chillón ruido de sus ramas cortas,
al deleite una flauta ahoga
ciega y sinuoso sereno.
Haces mudados agitan
pasos bajo brazos de vapor
y estiran débiles de juventud a las olas.
Sus rulos hechizan,
como el iris revoloteando cada poro,
ciñen morochas las perlas el jardín.
LA REJA
Suelo como un ala más blanco que el azul,
sombra entre los robles con mechas trazado,
sereno como opaco aire de cuadro,
porcelana o maleza por debajo acanalada, ausente.
Nativo brazo de nebulosa, su eternidad,
perfidia de ramilletes.
Azul de peces, otoño de estanques y luna nueva
que se desvanece, dilapidando esquiva.
El papel único del viento a la hierba
en malva oculto envuelve
testamentando rimas.
Sobre monótono empedrado del cielo la noche
entonces refleja canto.
PIRUETAS
Mulata y duda van a la par
a paso preso pero largo.
La risa de un cuello herbario
al estanque huye en su andar
que la brizna enjuga un rizo
por tornar salado el ramo.
Un collar de olas curiosas,
desdeño joven, espión,
espinza sus pétalos
de escondrijo y lozanía.
TALLADO
Seda sobre ojuelos
burilando el campo pierde,
la sequía de algarrobos
riñe tras la brisa.
Las hojas y los ruidos,
la tinta en las abejas,
transpiran el cincel
las huellas espejadas.
Qué bruñir más que el rubí
en incrustada melodía
y absorber tal torrente
entre esmaltes para ello.
LA VIA LACTEA
Ya los remos que moderan, que suavizan o que acunan
como el fuego en vela, de cada cosa lo eterno,
o el bramido que se aúna cual profeta de la arena
a las ramas en el cielo que entre olas se lastiman,
o las aguas que en el viento
hacia el poniente desfilan.
Cuando ver no se deja, cuando tanta
luz de la lámpara al crepúsculo llama
para que en niños reflejos mude
(porque es muda y eterna al verter
pálidos dobleces acunados),
el llanto que entibia su sombra.
La voz que vuelca en la tela
con un ansia curva de airear,
de jarro blanco y de penumbra,
suelta, cuando la tarde espesa
salpica a cada haz,
a su oculto y su sordo santo.
El verde y el ocre le bañan
los calmos brillos de rincones.
Tras el marco, la noble mañana,
el oficio, licores dormidos
en hueco marfil de robusta torre,
amasa, sus años intuye.
Fresco pañuelo o hábito a sus ojos
hasta el arca donde los pómulos reposan.
Huele la boca sobre el pan, en la olla,
y el jadeo de burbujas casi ciego
ida la tiene, que ya nada quiere
para el que turbe a la frágil moza.
El cielo envuelve a su mesa
y a su vientre, huyen restos de truenos
que la beben de un celeste más bien claro.
Hasta los pies mover podría
y tan exhausta su lejanía tiende
por detrás de los jirones que la rezan.
Podría saltar cuando haraganas
las caricias que se cruzan y la buscan
en su piel (podría saltar
por alimento o abandonarlo)
cesen su trabajo como una ola
o catarata que tienta.
Si el decorado, que es lento, cruje
mudo por sus velos y mañas,
el cuello aterciopelado sobre el agua
y las manos que dormidas nadan
como el rostro escondido del sol
sobre el fondo de una arruga tierna.
La tersura, plana, como una vida,
montones de seda que colorean
la hoja rústica, la rosa débil,
tras monotonías de coqueteos y aromas,
paciente ha de quedarse en la tarea
hasta que crezca en la espalda su asa.
Como en ronda, de vuelta sola
(sudada había salido hasta sus huesos
para que el frío cuando rozara, morado,
cabellos ancianos o hilos de arena
le calara atado al viento)
con las gotas y las luces.
Ya el silencio que sus palabras recobran,
el ruido que frota su leche mansa o pluma
y oculta el bramido que su forma le va haciendo,
que la cubre y la enrosca
sobre la espuma ahogada,
rapto huido u hora de la noche.
jueves 13 de diciembre de 2007
Cuentos de Aurora
Textos escritos entre 2000 y 2003
EL DON
Alvaro Aldunate, con algunos kilos más de lo normal y un lunar pegado a la nariz, vino a este mundo patinando, dando vueltas en tirabuzón y una mortal hacia atrás antes de tocar cualquier cosa que no fuera carne materna. Era una forma bastante extraña de nacer, pero no lo importante. Lo importante era que un don lo acompañaba. Un don liso y llano, oculto en uno de los rincones más remotos de su espíritu, lo que no ocurre con frecuencia.
Un don es un arma de doble filo: por un lado ofrece a quien lo posee una habilidad o destreza, pero por otro supone una responsabilidad, ya que el beneficiario, si es consciente de su privilegio, siente la obligación de darle un uso. A veces el don se presenta como un rasgo mínimo y, por lo tanto, muy difícil de descubrir. Otras, evidente, se manifiesta a todas luces en los primeros años de vida. Así ocurrió con Alvaro, que de chiquito mataba moscas como nadie.
La primera vez que Alvaro mató una mosca fue una mañana en que sus padres lo dejaron en casa de los abuelos paternos para ir a trabajar. Hacía un buen rato que una mosca iba saltando de un sector a otro del comedor, sin restricciones. Y se sabe que con las moscas es así: uno les da la mano y se agarran del brazo. La muy confianzuda se puso a molestar a los presentes (Alvaro y su abuelo), sin importarle en lo más mínimo el fastidio que podía ocasionar. Abandonó una flor estampada del mantel, donde habían quedado sin recoger las migas del desayuno, y sin escalas se posó en la frente del abuelo.
La caminata de la mosca resultó imperceptible para don Aldunate, cuya sensibilidad cutánea era en extremo reducida. ¿Cómo iba a detectar un insecto tan diminuto si ni siquiera se daba cuenta cuando se lastimaba y le salía sangre, salvo que alguien le avisara? Así y todo, el rasgueo insistente de las patas del insecto en uno de los pliegues del seño terminó por darle cosquillas.
El abuelo levantó una mano, pequeña pero morruda, y la descargó sobre su cabeza calva. Sin puntería, porque la mosca ya se había desplazado algunos centímetros, los suficientes como para quedar exenta del radio de aplastamiento. El margen de error del golpe tenía que ver con que, debido al lugar en que se encontraba la mosca, don Aldunate no la podía ver. Y había unos instantes de retardo hasta que el estímulo sobre la piel llegaba al cerebro y éste le daba al brazo la orden de actuar. Así, el viejo erró también un segundo intento, y después un tercero. Hay que reconocer que su desventaja, igual, no se debía sólo a la posición casual del insecto. La mosca tenía la cualidad de lograr huir del peligro a una velocidad envidiable, como si la reacción de su huida fuera previa a la acción del zarpazo. Algo inédito, que alteraba uno de los principios básicos de la realidad.
La solución para cazar la mosca, entonces, pasaba por reducir al máximo el tiempo de demora en la ejecución del golpe. Fue Alvaro el que, sorpresivamente, tomó la posta y, con mucha decisión, dirigió su mano derecha como chicotazo al blanco. Ni se vio, pero se intuyó la velocidad y la plasticidad propias de un latigazo. La mosca quedó aplastada como un tatuaje en la frente del abuelo, que sin salir del asombro ni atinó a sacudirse el cadáver. Se quedó mirando al nieto con la boca abierta, y su primera reacción fue de susto. Hasta que comprendió que lo sucedido, en realidad, era una buena noticia: Alvarito tenía un don, y si bien en ese momento no se le ocurrió para qué otra cosa que para matar moscas iba a servirle al chico una aptitud como ésa, pensó que, como fuera, era mejor tenerla que no tenerla.
Pasaron unos años y don Aldunate murió por achaques de viejo, antes de que Alvarito encontrara un destino útil para ese látigo que tenía por brazo. El don, por lo pronto, se basaba en una cualidad física, así que los padres de Alvaro pensaron que el chico tendría un futuro brillante como deportista. Se los notaba exaltados, como si hablaran con signos de exclamación, y ese clima festivo les impedía razonar con frialdad a fin de llegar a una conclusión sobre el tema.
El boxeo, que a priori parecía lo más adecuado, quedó descartado de plano. La mamá no soportaba esa actividad a la que llamaban deporte y que para ella no era más que “la formalización de la barbarie”. Otros deportes que se practicaban con las manos, como el béisbol o el fútbol americano, tenían la contra de que las grandes ligas estaban lejos de la Argentina. La elección podría haber estado entre el voley y el handball, pero los padres de Alvaro buscaban, a través de su hijo y en la medida de lo posible, un rédito económico. El básquet hubiera sido una alternativa, con el sueño de que el chico llegara algún día a jugar en la NBA. Pero para encestar dobles y ganar millones no alcanzaba con un brazo hábil, sino además tener la altura necesaria. En ese punto, los antecedentes familiares indicaban como poco probable que Alvarito sobrepasara el metro setenta y cinco.
Luego de estos descartes decidieron considerar el tenis. La opción no les resultaba muy atractiva, porque era un deporte muy individualista. Pero en ese momento se había puesto de moda (plena época de oro de Vilas, que con sus triunfos le había dado al tenis una gran popularidad en las clases medias del país) y Alvaro tenía seis años, una edad excelente como para empezar. Así, ante la falta de otra idea mejor, sus padres lo llevaron a la escuelita del Club Social y Deportivo Aurora.
Al principio, al chico le resultó un embole. Pegaba un drive y tenía que juntar como mínimo veinte pelotitas para poder ponerse en la cola de vuelta y esperar su turno. Era el precio de que las clases fuesen gratuitas. De otro modo, había que pagar un profesor particular, lo que los padres de Alvaro habían descartado por no disponer del dinero necesario. Aunque acordaron que si el chico tenía verdaderas condiciones para el tenis ajustarían otros gastos para invertir en éste.
Decir que Alvaro tenía condiciones es poco, porque gracias a su don inventó un golpe increíble. Aunque no se sería correcto decir que lo inventó, porque en toda invención existe una intencionalidad. En este caso ocurrió de manera natural y espontánea. Alvaro le pegaba a la pelota de un modo singular y extraordinario no porque quisiera, sino porque de otra forma no le salía.
Es difícil explicar cómo era la ejecución. Por empezar, usaba una raqueta liviana, la más liviana de las que había en plaza, para sentirla como una extensión de su brazo. La preparación del golpe era equivalente a la de cualquier otro, llevando la raqueta hacia atrás para darle impulso al tiro. Lo novedoso aparecía en el punto de impacto, cuando el encordado tocaba la pelota.
La descripción más acabada de lo que luego se daría en llamar “el latigazo” la hizo un descubridor de talentos, el “Negro” Granel, que tenía a su cargo la escuelita de tenis. El día que vio en acción a Alvaro por primera vez, dijo: “Parece un carnicero cortando milanesas”. Y era cierto, con la diferencia de que el chico en lugar de un cuchillo afilado tenía una raqueta, y en vez de accionar sobre un pedazo de carne lo hacía sobre la pelota. Si se sacaba lo accesorio, es decir, los objetos concretos de la comparación (el cuchillo, la carne, la raqueta y la pelota) quedaba lo esencial: la forma en cómo se revelaba el don de Alvaro.
Una cosa era lo que se veía, la ilusión que generaba el movimiento completo observado a la distancia. Cualquiera hubiera dicho que en vez de un golpe Alvaro daba dos. El tiro adoptaba una dirección determinada y en algún lugar de la trayectoria cambiaba por otra. A sus rivales se les hacía imposible contrarrestar el latigazo, pese a estar alertados de antemano de sus características y peligrosidad. El problema pasaba por la imprevisión, la falta de lógica. Un tiro normal lanzado en una dirección seguía la misma hasta finalizar su recorrido. Pero con el latigazo ocurría otra cosa.
Hasta la aparición del latigazo, existía un solo efecto que garantizaba un desvío en la trayectoria de la pelota: el “slice”, que aplicado al “drop” (gota, en inglés, “dejada” para los españoles, que consiste en dejarla corta, lo más cerca posible de la red una vez que la ha trasbasado) hacía que la pelota experimentara un corrimiento hacia un costado después del pique. Pero que el cambio de dirección ocurriera después del pique no era un detalle menor, porque entonces el latigazo abría una nueva era en el tenis, al lograr que el desvío se produjera antes de que la pelota rebotara contra el piso. En determinado punto, no se sabía cuándo, la esfera tomaba una de las múltiples variaciones del espacio horizontal, se volvía inalcanzable y dejaba a los rivales en ridículo, tratando de hacerle frente mediante una pirueta endiablada.
Así, Alvaro comenzó a ganar partidos y ningún tenista parecía capaz de descifrar su juego. Hasta los que estaban catalogados como los mejores jugadores del club se sentían como principiantes, y lejos de reconocer las aptitudes de este nuevo talento comenzaron a acumular resentimiento. Pronto, la rutilante aparición de Alvaro se conoció en las altas esferas del tenis. Hubo incluso una misión secreta de veedores internacionales que se hicieron pasar por nuevos socios del club y corroboraron lo que les habían comentado. Sobrevino, pues, una campaña solapada para frenar a este fenómeno, ya que si lo dejaban impondría un quiebre de consecuencias impredecibles en la historia de este deporte.
Estaba claro que cualquiera que manejara a la perfección todo el repertorio de golpes y efectos ya conocidos no sabría qué hacer frente al latigazo. No obstante, no era el mal trago que pudieran pasar jugadores como Lendl, Becker o Willander lo que les importaba a quienes manejaban el negocio del tenis. El razonamiento que hacían era que un partido contra Aldunate, sin peloteo posible, ya no sería un partido. Primero se lo vería como una novedad y se colmarían los estadios, pero luego aburriría y la gente seguro dejaría de concurrir. Poco a poco, el tenis dominado por Alvaro terminaría por transformarse en un entretenimiento para excéntricos, o en un número de circo.
Cuando ya todos creían que Alvaro era invulnerable, se llevaron una sorpresa, ya que apareció un socio muy confiado que aseguraba que para vencerlo no había que contrarrestarlo con la misma medicina, sino elaborar una buena estrategia de defensa. Se trataba de un joven de escasas condiciones técnicas, pero bocho en matemáticas y experto en física. Se llamaba Julián Ibáñez, y desafió a Alvaro a jugar un single.
Las cualidades de Ibáñez se traducían en otro don, del que nadie había oído hablar hasta entonces: podía medir en tiempo real la velocidad de cualquier objeto circulante, como un auto que pasaba por la calle, la lluvia al caer o una persona corriendo. Y creía que con su método lograría anticipar la trayectoria del latigazo de Alvaro, es decir, en qué momento ocurriría el tan temido desvío.
No obstante, su estrategia tenía un punto débil: para prever el ángulo y la dirección sólo se valdría de probabilidades, dependería del lugar de la cancha desde el que Alvaro le pegara. El punto de partida del tiro le indicaría cuál y cuán pronunciada sería la variación dentro del espacio acotado de la cancha. Era evidente que si Alvaro pegaba desde un costado, el giro no podría producirse hacia el mismo lado porque la pelota iría a parar afuera. Lo más difícil, claro, sería cuando el golpe se originara desde el centro, ya que ahí las probabilidades pasarían a ser del cincuenta por ciento para un lado y cincuenta por ciento para el otro. En conclusión, mucho iba a pesar la precisión que Ibáñez le imprimiera a sus golpes a fin de colocarlos junto a los flejes y reducir así a la mínima expresión el grado de incertidumbre frente a la réplica.
El día del duelo amaneció nublado y a partir de las ocho cayó un chaparrón. Alvaro se despertó sobresaltado, con un mal presagio. Había tenido la siguiente pesadilla: en vez de Ibáñez, los rivales eran cinco, dos en la red y tres en el fondo. Obviamente no tenía sentido, porque el reglamento no lo permite, pero lo preocupante era que los jugadores, con reflejos en sus cabellos, bien facheros y con sus bíceps aceitados, eran los integrantes de Quirquis, un grupo cumbiero de Aurora con un destino nefasto. Un día, durante un recital, la voz principal del grupo invitó a subir al escenario a una chica del público que se sabía de memoria todas las canciones, con tanta mala suerte que cuando ésta agarró el micrófono sufrió una descarga eléctrica que la devolvió como un muñeco de trapo a la audiencia. La gente hizo un círculo alrededor y el novio, que se había quedado esperándola, comprobó que la joven estaba muerta. Quirquis cayó en desgracia. Se dijo que sus recitales eran yeta y el quinteto pasó al olvido tan rápido como había triunfado.
El absurdo, en el sueño de Alvaro, era que de repente los Quirquis se habían vuelto tenistas. Para sacar iban rotando, como si fueran un equipo de voley, y durante los puntos se pasaban la pelota entre ellos antes de tirarla hacia el otro lado. Lo increíble era que no hubiera alguien que invalidara la jugada. Los espectadores festejaban los malabares y alentaban al grupo: “¡Quirquis, Quirquis, Quirquis...!”. Los Quirquis iban deconstruyendo el latigazo, lo multiplicaban por las derivaciones que permitía la disposición de los cinco jugadores en la cancha y los desvíos eran infinitos, hasta que la última estocada antes de que la pelota pasara la red dejaba a Alvaro sin respuesta. También eran imbatibles en defensa, porque entre los cinco cubrían los eventuales blancos de pique del latigazo.
Tras recordar los pormenores de la pesadilla, Alvaro preparó el bolso, agarró las raquetas y enfiló para el club. A media mañana, los rivales se encontraron en la cancha cuatro. El partido había generado gran expectativa, porque si Alvaro iba a ser derrotado por primera vez nadie se lo quería perder. Hubo un peloteo de diez minutos, practicaron saques y, luego, el sorteo favoreció al retador, que prefirió darle el servicio a Alvaro y tener él la devolución.
Alvaro arrancó mal, con demasiadas doble faltas para un solo game. Estaba desconcentrado, prestando atención a un murmullo que no sabía de dónde provenía. Recién al cambiar de lado, antes de comenzar el segundo game, detectó que uno de los socios le estaba relatando el partido a su hija ciega. ¿Qué iba a hacer –se preguntó resignado-, reclamar silencio y quitarle la posibilidad de disfrutar del espectáculo a la pobre chica?
Con el servicio de Ibáñez, Alvaro sacudió su primer latigazo del partido. La pelota no le llegó cómoda, pero logró un tiro ganador. Ibáñez ni se movió, vio pasar la réplica y desde el público hubo gestos de desaprobación, como si el pensamiento generalizado hubiera sido: “Otro más que se carga Aldunate”. Pero en realidad la cosa recién empezaba. Ibáñez entró en acción cuando iba dos a uno abajo. Las nubes se hicieron más delgadas y una resolana hizo subir la temperatura ambiente. Ibáñez practicó un saque rápido, aunque no muy fuerte, al drive. Para Alvaro no podía ser más fácil, ya que le venía servida para el latigazo. Y así fue: el tiro salió limpito, destinado a sumar un nuevo punto. Lo que nadie tenía en cuenta era que al mismo tiempo la cabeza de Ibáñez hacía multiplicaciones y divisiones a toda velocidad, al punto que llegó a tiempo para esperar la pelota en el lugar preciso y contestarla cómodo.
A partir de ese momento el juego de Ibáñez comenzó a fluir, pasó al frente en el marcador y los socios que se habían quedado mirando fueron a llamar a los que ya se habían ido, ahuyentados por un comienzo de partido desalentador. Así, el perímetro de la cancha se pobló nuevamente de cabecitas y rostros, en los que ahora empezaba a asomar la blancura troquelada de los dientes tomando envión para la risa, que enseguida se convirtió en carcajada. En ese contexto, una fuerza creciente de avasallamiento se apoderó de Alvaro, que tras unos segundos de vacilación dejó caer la raqueta en el polvo de ladrillo y decidió huír del bochorno, de la burla convertida en sonajero de venganza. Muerto el don, Alvaro Aldunate ya no era Alvaro Aldunate. Y en esta nueva realidad, la carrera hacia algún lugar que ni siquiera él sabía cuál era le dolía como un nuevo nacimiento.
AURORA
I
Aurora era un pueblo tranquilo, con su plaza, su iglesia y su municipalidad, como cualquier pueblo. Hasta que un día un nuevo intendente tuvo la idea de transformar el pueblo en ciudad. En realidad, iba a tratarse de una ciudad en miniatura, ya que los límites territoriales no se correrían un solo milímetro. De esta manera, los espacios serían más reducidos que lo que las convenciones estipulan, aunque no dejaría de haber una zona bancaria, un centro comercial, edificios torre y una autopista. En las afueras levantarían la zona fabril y las casas más pobres.
Las obras debían comenzar cuanto antes. Se acercaba el verano y los habitantes iban a tener que abandonar sus casas por las demoliciones. Las harían por tandas, y bajo una consigna solidaria: cuando demolieran la zona norte, los residentes serían hospedados por los del este. Luego, los del este serían recibidos por los del sur, y así sucesivamente, siempre en el sentido de las agujas del reloj. Pero para concretar el proyecto hacía falta dinero, un inversor, ya que lo recaudado con los impuestos era insuficiente. El intendente pensó entonces en el empresario Horacio Sartori, nieto de uno de los fundadores del pueblo, que al oír la idea quedó seducido de inmediato y no dudó en poner manos a la obra cuanto antes. No obstante, el curso de los trabajos se demoraría más de lo previsto. ¿A quién se le había ocurrido que aquello podía terminarse en una temporada? La gente aguantaba, compartía la vivienda con el vecino y se resignaba, con la esperanza de que el proyecto al final llegara a buen puerto. El primer inconveniente surgió a raíz de las dimensiones relativas. Si bien las proporciones serían las mismas que en Buenos Aires, por ejemplo, o que en París, todo se vería más pequeño, reducido a la mitad. Primero, las manzanas, que medirían cincuenta metros por lado en vez de cien. Así, caminar una cuadra demandaría la mitad del tiempo que en cualquier ciudad normal. Dos cuadras serían una; cuatro, dos; etcétera. Pero cuando arrancó la reconstrucción de Aurora se dieron cuenta de que habían cometido un grosero error de cálculo. En una audiencia de vecinos alguien denunció que una manzana de cincuenta metros por lado no era la mitad de una de cien, sino la cuarta parte. Por lo tanto, si un departamento estándar, de tres ambientes, tenía en cualquier parte unos sesenta metros cuadrados, en Aurora no podría superar los quince. Ir de un ambiente a otro iba a ser poco más que un paso, casi se podría estar en dos lugares al mismo tiempo. Lo dicho provocó gran alboroto, ya que nadie quería vivir hacinado. Y el intendente, que ante la adversidad sacaba a relucir su particular sentido del humor, dio una respuesta que en vez de tranquilizar redobló el desconcierto: “La experiencia indica que, desde que el mundo es mundo, todas las especies se han adaptado a su hábitat. Confío en que las nuevas generaciones de aurorenses irán empequeñeciendo hasta alcanzar el tamaño adecuado a la nueva ciudad”. El plan inicial, que ya estaba demorado, se terminaría de alterar a causa de un conflicto gremial en el diario La Idea, propiedad del mismo Sartori. Conflicto que, de forma inesperada, dejaría en bancarrota al empresario. Todo se desencadenó un jueves de septiembre del año 2000, cuando Dardo Duval, el jefe de redacción, recibió la noticia de que iban a despedir a veinticinco periodistas, es decir, casi la mitad del staff. Sartori le comunicó la decisión y le encargó que llamara sólo a los que continuarían trabajando, para ponerlos al tanto de la situación y tranquilizarlos.
II
Esteban Bowser, con la toalla en la cintura, escuchó el teléfono mientras apretaba el desodorante bajo la axila derecha. Se acercó al espejo y se pasó las manos por el pelo mojado para volver a contemplar su rostro, cuya asimetría hacía que la imagen que le devolvía el espejo no fuera la verdadera. Es decir, no era como él se veía que lo veían los demás. “Al derecho” aparecía sólo en las fotos, y como sacarse una foto cada vez que quería verse como lo veían era imposible, no tenía más remedio que usar dos espejos, el segundo para reflejar la imagen del primero e invertirla. Cuando el teléfono iba a sonar por cuarta vez, Bowser se apuró a atender. Era Duval, haciendo la ronda de llamados con la mala nueva.
III
Esa misma madrugada, los despedidos se reunieron en un bar del centro. Afuera rugía la grúa, demoliendo edificios. Entre las cucharas que tintineaban en los pocillos de café y el humo de los cigarrillos, que zigzagueaba de una punta a la otra de la mesa a fuerza de inhalaciones y exhalaciones, Adolfo Becerra tuvo que insistir varias veces hasta que le prestaron atención. Hablaban de hacer un piquete en La Idea para impedir el ingreso de los periodistas y, por lo tanto, lograr que la edición del día no saliera. El debate se prolongó hasta el mediodía, cuando decidieron trasladarse al diario y reclamar que reincorporaran a todos.
IV
Patricio Corso, prosecretario de redacción, y Elvio Gómez, jefe de espectáculos, pasaron cinco horas tratando de ingresar y casi se van a las manos con los piqueteros. Corso, que tenía pocas pulgas y sintió el impedimento como una provocación, se puso a arrojar trompadas al tuntún. Gómez trató de mediar mientras Corso hacía un “¡sss...!”, resoplido corto que lanzaba con los dientes apretados cuando algo lo fastidiaba. Para peor, Sartori lo llamaba una y otra vez al celular para reclamarle que entrara al diario de una vez por todas y cumpliera con su trabajo. Así fue que, cuando ya casi oscurecía, decidió traspasar la puerta principal con el resguardo de un cordón policial, formado por efectivos de la infantería aurorense.
V
Duval, que estaba de franco pero al tanto de los últimos episodios en la puerta de La Idea, decidió salir a caminar. Su casa estaba en la parte vieja de Aurora, donde las topadoras aún no habían comenzado con las demoliciones. Compró cigarrillos, encendió uno y el silencio de esa hora dejó oír el sonido de la brasa al quemar el papel. También, el ritmo lento y regular de las suelas sobre las baldosas. Paró en un bar. Tomó dos cervezas y un whisky. Fumó más cigarrillos y se le fue haciendo tarde. Cuatro de la mañana, casi. Se paró y vio, detrás de un edificio, sobre el horizonte, una incipiente luminosidad, y más cerca el asfalto violeta humedecido con el rocío. Subió a un colectivo y se desplomó en el asiento trasero. Boca arriba, sin la referencia de calles y veredas, Aurora le resultó extraño. Las casas parecían flotar en un lago. Su ebriedad cambiaba lo plano por combinaciones cóncavas y convexas, y le daba la sensación de que el cielo era agua. Al bajar del colectivo caminó hacia el diario, mientras los piqueteros, en alerta, se organizaban para tapar la entrada. Cuando Duval quedó frente a frente con Galíndez, éste le advirtió: “Vos no pasás”. Pero Duval no lo escuchó y quiso entrar por la fuerza, lo que derivó en la intervención de los policías, que a toda hora montaban guardia en el lugar y tomaron al secretario de redacción de los brazos para controlarlo. Una piquetera trató de persuadirlo: “Por favor, Dardo, no entres”. Pero Duval tenía en su cabeza un solo objetivo: traspasar la puerta. Y así lo hizo finalmente, ayudado por el cordón policial, mientras desde afuera le gritaban “carnero hijo de puta”.
VI
Como la situación se volvía cada vez peor, Sartori optó por llamar a diez de los veinte periodistas que quedaban en el staff con la finalidad de sacar una edición de emergencia. Los elegidos se encontraron a las cinco de la mañana en las afueras del pueblo. Debían moverse con cautela, ya que sabían que cualquier movimiento en falso los delataría. En dos autos, se dirigieron a un hotel en el que Sartori les había reservado una habitación. Al llegar, bajaron las persianas, cerraron las cortinas y conectaron las computadoras que un empleado de sistemas se había encargado de instalar. Pero los piqueteros, que continuaban al acecho, los descubrieron rápido, más rápido de lo que esperaban (se dijo que un familiar de uno de ellos vivía justo frente al hotel), se trasladaron hasta allí y comenzaron a entonar melodías de cancha con letras inventadas para la ocasión. A los pocos minutos, alguien llamó a la puerta de la habitación donde funcionaba la redacción clandestina. Duval puso un ojo en la mirilla, pero estaba tan sucia que no pudo ver quién era. Corso agarró el teléfono y marcó el interno de la recepción, para preguntar si allí se había anunciado alguien. “Un tal Segovia”, le respondió el conserje de turno. Corso recordó entonces que Segovia era el seudónimo que utilizaba uno de los periodistas despedidos para firmar algunas de sus notas. Decidieron, pues, no abrir, apagar las luces y quedarse en silencio. Hasta que volvieron a golpear... En ese momento, el cuerpo de Duval pareció agigantarse sobre una pared, hecho sombra, por la luminosidad que se filtraba a través de la persiana. Hizo movimientos bruscos de brazos y cintura para entrar en calor, dispuesto a pelear con quien se le quisiera enfrentar. Pero no fue necesario, no hizo falta porque el que golpeaba la puerta enseguida se identificó: “Abran, soy Sartori”. Sí, era Sartori nomás, y el recepcionista, vaya a saber por qué, había escuchado o registrado mal el apellido. Como fuera, el patrón venía a anunciar que mudarían la redacción otra vez, y que en esta oportunidad el destino sería un depósito fiscal en medio del campo.
VII
Como era de suponer, los piqueteros estaban cada vez más entrenados en la gimnasia persecutoria y siguieron el rastro sin problemas. Al punto que cuando los integrantes del staff arribaron al depósito fiscal sus ex compañeros ya habían conseguido el dato y los estaban esperando, apostados sobre una reja que dividía el estacionamiento del edificio, al aire libre, de la calle. Esta vez, los periodistas ingresaron sin problemas por un portón, a bordo de una combi, y una vez adentro del galpón en el que habían montado la nueva redacción algunos se pusieron a mirar a sus perseguidores a través de una ventana. Desde afuera, no paraban de gritar contra Martín Maresca, el editor de fotografía, a quien habían acusado de carnero cuando entraba y éste les había respondido con una mano en los testículos y gritando: “¡De acáaa...!”. Ahora, uno de los piqueteros estaba trepado a un poste de alumbrado público y aullaba: “¡Maresca..., Maresca...!”. La situación era tragicómica, al punto que en la redacción se tentaron de risa. Pero Duval, que ya no soportaba seguir en estas condiciones, se puso a pensar en un plan que le pusiera fin, de una vez por todas, a esta fuga interminable. Lo primero que le vino a la mente fue una puerta. No cualquier puerta, sino una en particular, bastante misteriosa, que había adentro de La Idea. La creencia generalizada era que detrás de esa puerta funcionaba la administración de una fábrica algodonera de Sartori. Pero la verdad era que nunca se veía entrar ni salir gente del lugar. La sospecha de Duval era que, en realidad, allí debía de haber algo que, de saberse, podía comprometer al dueño del diario, algún dato que, era la idea, los piqueteros pudieran explotar para chantajearlo y sacarle el dinero de las indemnizaciones reclamadas. Ante el fracaso de las reincorporaciones, los despedidos habían empezado a reclamar el dinero que les correspondía, pero Sartori los quería conformar con migajas.
VIII
Duval sospechaba que en ese lugar habían escondido el cadáver de Enrique Lamas, un diagramador que pocos meses antes había muerto en la redacción. Lo extraño era que la mujer de Lamas y sus hijos nunca habían reclamado nada, y que nadie había denunciado la eventual desaparición del cuerpo. Lo más adecuado hubiera sido ir a la casa de los Lamas y preguntar. Pero no, Duval confiaba tanto en su hipótesis que esa misma noche, al regresar del depósito fiscal, fue directo para el diario. Lo que ocurrió de allí en más fue una sorpresa tras otra: subió la escalera principal del edificio, a oscuras, hasta el primer piso, se acercó a la puerta de la supuesta algodonera y la abrió. Por suerte estaba sin llave, que si no hubiera tenido que buscar algo para abrirla (en el acelere se había olvidado de llevar la pico de loro o alguna otra herramienta). El picaporte giró y la puerta bailó sobre su marco para sumar más oscuridad. En la penumbra, Duval vio escritorios y computadoras. Hasta que se dio cuenta de que en el fondo, flotando, había un destello de luz, una luz que pasaba a través de la cerradura de otra puerta. Golpeó y esperó. Regresó sobre sus pasos, fue y volvió varias veces, nervioso, hasta que decidió abrir. Adentro había una cama y, de cara a la pared, un hombre roncando. Enseguida, el hombre se sobresaltó, como si despertara de una pesadilla, y en un acto reflejo atinó a apagar el velador. Duval se quedó quieto y esperó. Luego se acercó despacio y puso una mano sobre el cuerpo tendido. El tipo se sacudió y trató de escabullirse, pero Duval lo frenó. Forcejearon hasta que el otro volvió a caer en la cama e hizo un nuevo intento de escapar, esta vez cuerpo a tierra, pero Duval le colocó una rodilla sobre la espalda. La presión provocó un grito, que Duval creyó reconocer. Quería prender el velador y no daba con la perilla. Ensayó otro rodillazo y esta vez el grito fue más claro. Por la voz era Jorge, un diagramador mucho más joven que Lamas, el muerto que Duval esperaba encontrar, y con quien hasta hacía pocas horas había estado trabajando en el depósito fiscal. El sujeto escondía un objeto debajo del pijama y, pese a los manotazos desesperados que daba, Duval se lo arrebató. Parecía un portarretratos. Era un portarretratos, confirmó Duval luego de, por fin, llegar a prender la luz. La foto era de Sartori.
IX
La situación se volvía cada vez más confusa y, encima, Jorge, que efectivamente de él se trataba, estaba mudo, no explicaba nada. Duval repasó la foto, en la que su jefe lucía sonriente y más joven. Miró los detalles, como el lugar en el que la fotografía había sido tomada, si era verano o invierno, o cuánto más pelo tenía entonces el protagonista de la imagen. Mientras tanto, sin que Duval se diera cuenta, el embrollo se le fue acomodando en su cabeza, hasta que de golpe lo vio clarísimo: ¿Cómo nunca había reparado en el parecido físico que había entre el dueño del diario y Jorge? El diagramador, acorralado, levantó la vista con la cara roja, como si la temperatura del cuerpo le hubiera subido diez grados. De seguir como una tumba tarde o temprano iba a reventar. Lo que hizo, entonces, aunque no por elección sino porque se quebró, fue traducir la rabia contenida por tantos años de desprecio paterno en un llanto desconsolado, para pedir entre sollozos que hicieran mierda a su viejo, que ya no aguantaba más y que por favor lo hicieran mierda.
EL DON
Alvaro Aldunate, con algunos kilos más de lo normal y un lunar pegado a la nariz, vino a este mundo patinando, dando vueltas en tirabuzón y una mortal hacia atrás antes de tocar cualquier cosa que no fuera carne materna. Era una forma bastante extraña de nacer, pero no lo importante. Lo importante era que un don lo acompañaba. Un don liso y llano, oculto en uno de los rincones más remotos de su espíritu, lo que no ocurre con frecuencia.
Un don es un arma de doble filo: por un lado ofrece a quien lo posee una habilidad o destreza, pero por otro supone una responsabilidad, ya que el beneficiario, si es consciente de su privilegio, siente la obligación de darle un uso. A veces el don se presenta como un rasgo mínimo y, por lo tanto, muy difícil de descubrir. Otras, evidente, se manifiesta a todas luces en los primeros años de vida. Así ocurrió con Alvaro, que de chiquito mataba moscas como nadie.
La primera vez que Alvaro mató una mosca fue una mañana en que sus padres lo dejaron en casa de los abuelos paternos para ir a trabajar. Hacía un buen rato que una mosca iba saltando de un sector a otro del comedor, sin restricciones. Y se sabe que con las moscas es así: uno les da la mano y se agarran del brazo. La muy confianzuda se puso a molestar a los presentes (Alvaro y su abuelo), sin importarle en lo más mínimo el fastidio que podía ocasionar. Abandonó una flor estampada del mantel, donde habían quedado sin recoger las migas del desayuno, y sin escalas se posó en la frente del abuelo.
La caminata de la mosca resultó imperceptible para don Aldunate, cuya sensibilidad cutánea era en extremo reducida. ¿Cómo iba a detectar un insecto tan diminuto si ni siquiera se daba cuenta cuando se lastimaba y le salía sangre, salvo que alguien le avisara? Así y todo, el rasgueo insistente de las patas del insecto en uno de los pliegues del seño terminó por darle cosquillas.
El abuelo levantó una mano, pequeña pero morruda, y la descargó sobre su cabeza calva. Sin puntería, porque la mosca ya se había desplazado algunos centímetros, los suficientes como para quedar exenta del radio de aplastamiento. El margen de error del golpe tenía que ver con que, debido al lugar en que se encontraba la mosca, don Aldunate no la podía ver. Y había unos instantes de retardo hasta que el estímulo sobre la piel llegaba al cerebro y éste le daba al brazo la orden de actuar. Así, el viejo erró también un segundo intento, y después un tercero. Hay que reconocer que su desventaja, igual, no se debía sólo a la posición casual del insecto. La mosca tenía la cualidad de lograr huir del peligro a una velocidad envidiable, como si la reacción de su huida fuera previa a la acción del zarpazo. Algo inédito, que alteraba uno de los principios básicos de la realidad.
La solución para cazar la mosca, entonces, pasaba por reducir al máximo el tiempo de demora en la ejecución del golpe. Fue Alvaro el que, sorpresivamente, tomó la posta y, con mucha decisión, dirigió su mano derecha como chicotazo al blanco. Ni se vio, pero se intuyó la velocidad y la plasticidad propias de un latigazo. La mosca quedó aplastada como un tatuaje en la frente del abuelo, que sin salir del asombro ni atinó a sacudirse el cadáver. Se quedó mirando al nieto con la boca abierta, y su primera reacción fue de susto. Hasta que comprendió que lo sucedido, en realidad, era una buena noticia: Alvarito tenía un don, y si bien en ese momento no se le ocurrió para qué otra cosa que para matar moscas iba a servirle al chico una aptitud como ésa, pensó que, como fuera, era mejor tenerla que no tenerla.
Pasaron unos años y don Aldunate murió por achaques de viejo, antes de que Alvarito encontrara un destino útil para ese látigo que tenía por brazo. El don, por lo pronto, se basaba en una cualidad física, así que los padres de Alvaro pensaron que el chico tendría un futuro brillante como deportista. Se los notaba exaltados, como si hablaran con signos de exclamación, y ese clima festivo les impedía razonar con frialdad a fin de llegar a una conclusión sobre el tema.
El boxeo, que a priori parecía lo más adecuado, quedó descartado de plano. La mamá no soportaba esa actividad a la que llamaban deporte y que para ella no era más que “la formalización de la barbarie”. Otros deportes que se practicaban con las manos, como el béisbol o el fútbol americano, tenían la contra de que las grandes ligas estaban lejos de la Argentina. La elección podría haber estado entre el voley y el handball, pero los padres de Alvaro buscaban, a través de su hijo y en la medida de lo posible, un rédito económico. El básquet hubiera sido una alternativa, con el sueño de que el chico llegara algún día a jugar en la NBA. Pero para encestar dobles y ganar millones no alcanzaba con un brazo hábil, sino además tener la altura necesaria. En ese punto, los antecedentes familiares indicaban como poco probable que Alvarito sobrepasara el metro setenta y cinco.
Luego de estos descartes decidieron considerar el tenis. La opción no les resultaba muy atractiva, porque era un deporte muy individualista. Pero en ese momento se había puesto de moda (plena época de oro de Vilas, que con sus triunfos le había dado al tenis una gran popularidad en las clases medias del país) y Alvaro tenía seis años, una edad excelente como para empezar. Así, ante la falta de otra idea mejor, sus padres lo llevaron a la escuelita del Club Social y Deportivo Aurora.
Al principio, al chico le resultó un embole. Pegaba un drive y tenía que juntar como mínimo veinte pelotitas para poder ponerse en la cola de vuelta y esperar su turno. Era el precio de que las clases fuesen gratuitas. De otro modo, había que pagar un profesor particular, lo que los padres de Alvaro habían descartado por no disponer del dinero necesario. Aunque acordaron que si el chico tenía verdaderas condiciones para el tenis ajustarían otros gastos para invertir en éste.
Decir que Alvaro tenía condiciones es poco, porque gracias a su don inventó un golpe increíble. Aunque no se sería correcto decir que lo inventó, porque en toda invención existe una intencionalidad. En este caso ocurrió de manera natural y espontánea. Alvaro le pegaba a la pelota de un modo singular y extraordinario no porque quisiera, sino porque de otra forma no le salía.
Es difícil explicar cómo era la ejecución. Por empezar, usaba una raqueta liviana, la más liviana de las que había en plaza, para sentirla como una extensión de su brazo. La preparación del golpe era equivalente a la de cualquier otro, llevando la raqueta hacia atrás para darle impulso al tiro. Lo novedoso aparecía en el punto de impacto, cuando el encordado tocaba la pelota.
La descripción más acabada de lo que luego se daría en llamar “el latigazo” la hizo un descubridor de talentos, el “Negro” Granel, que tenía a su cargo la escuelita de tenis. El día que vio en acción a Alvaro por primera vez, dijo: “Parece un carnicero cortando milanesas”. Y era cierto, con la diferencia de que el chico en lugar de un cuchillo afilado tenía una raqueta, y en vez de accionar sobre un pedazo de carne lo hacía sobre la pelota. Si se sacaba lo accesorio, es decir, los objetos concretos de la comparación (el cuchillo, la carne, la raqueta y la pelota) quedaba lo esencial: la forma en cómo se revelaba el don de Alvaro.
Una cosa era lo que se veía, la ilusión que generaba el movimiento completo observado a la distancia. Cualquiera hubiera dicho que en vez de un golpe Alvaro daba dos. El tiro adoptaba una dirección determinada y en algún lugar de la trayectoria cambiaba por otra. A sus rivales se les hacía imposible contrarrestar el latigazo, pese a estar alertados de antemano de sus características y peligrosidad. El problema pasaba por la imprevisión, la falta de lógica. Un tiro normal lanzado en una dirección seguía la misma hasta finalizar su recorrido. Pero con el latigazo ocurría otra cosa.
Hasta la aparición del latigazo, existía un solo efecto que garantizaba un desvío en la trayectoria de la pelota: el “slice”, que aplicado al “drop” (gota, en inglés, “dejada” para los españoles, que consiste en dejarla corta, lo más cerca posible de la red una vez que la ha trasbasado) hacía que la pelota experimentara un corrimiento hacia un costado después del pique. Pero que el cambio de dirección ocurriera después del pique no era un detalle menor, porque entonces el latigazo abría una nueva era en el tenis, al lograr que el desvío se produjera antes de que la pelota rebotara contra el piso. En determinado punto, no se sabía cuándo, la esfera tomaba una de las múltiples variaciones del espacio horizontal, se volvía inalcanzable y dejaba a los rivales en ridículo, tratando de hacerle frente mediante una pirueta endiablada.
Así, Alvaro comenzó a ganar partidos y ningún tenista parecía capaz de descifrar su juego. Hasta los que estaban catalogados como los mejores jugadores del club se sentían como principiantes, y lejos de reconocer las aptitudes de este nuevo talento comenzaron a acumular resentimiento. Pronto, la rutilante aparición de Alvaro se conoció en las altas esferas del tenis. Hubo incluso una misión secreta de veedores internacionales que se hicieron pasar por nuevos socios del club y corroboraron lo que les habían comentado. Sobrevino, pues, una campaña solapada para frenar a este fenómeno, ya que si lo dejaban impondría un quiebre de consecuencias impredecibles en la historia de este deporte.
Estaba claro que cualquiera que manejara a la perfección todo el repertorio de golpes y efectos ya conocidos no sabría qué hacer frente al latigazo. No obstante, no era el mal trago que pudieran pasar jugadores como Lendl, Becker o Willander lo que les importaba a quienes manejaban el negocio del tenis. El razonamiento que hacían era que un partido contra Aldunate, sin peloteo posible, ya no sería un partido. Primero se lo vería como una novedad y se colmarían los estadios, pero luego aburriría y la gente seguro dejaría de concurrir. Poco a poco, el tenis dominado por Alvaro terminaría por transformarse en un entretenimiento para excéntricos, o en un número de circo.
Cuando ya todos creían que Alvaro era invulnerable, se llevaron una sorpresa, ya que apareció un socio muy confiado que aseguraba que para vencerlo no había que contrarrestarlo con la misma medicina, sino elaborar una buena estrategia de defensa. Se trataba de un joven de escasas condiciones técnicas, pero bocho en matemáticas y experto en física. Se llamaba Julián Ibáñez, y desafió a Alvaro a jugar un single.
Las cualidades de Ibáñez se traducían en otro don, del que nadie había oído hablar hasta entonces: podía medir en tiempo real la velocidad de cualquier objeto circulante, como un auto que pasaba por la calle, la lluvia al caer o una persona corriendo. Y creía que con su método lograría anticipar la trayectoria del latigazo de Alvaro, es decir, en qué momento ocurriría el tan temido desvío.
No obstante, su estrategia tenía un punto débil: para prever el ángulo y la dirección sólo se valdría de probabilidades, dependería del lugar de la cancha desde el que Alvaro le pegara. El punto de partida del tiro le indicaría cuál y cuán pronunciada sería la variación dentro del espacio acotado de la cancha. Era evidente que si Alvaro pegaba desde un costado, el giro no podría producirse hacia el mismo lado porque la pelota iría a parar afuera. Lo más difícil, claro, sería cuando el golpe se originara desde el centro, ya que ahí las probabilidades pasarían a ser del cincuenta por ciento para un lado y cincuenta por ciento para el otro. En conclusión, mucho iba a pesar la precisión que Ibáñez le imprimiera a sus golpes a fin de colocarlos junto a los flejes y reducir así a la mínima expresión el grado de incertidumbre frente a la réplica.
El día del duelo amaneció nublado y a partir de las ocho cayó un chaparrón. Alvaro se despertó sobresaltado, con un mal presagio. Había tenido la siguiente pesadilla: en vez de Ibáñez, los rivales eran cinco, dos en la red y tres en el fondo. Obviamente no tenía sentido, porque el reglamento no lo permite, pero lo preocupante era que los jugadores, con reflejos en sus cabellos, bien facheros y con sus bíceps aceitados, eran los integrantes de Quirquis, un grupo cumbiero de Aurora con un destino nefasto. Un día, durante un recital, la voz principal del grupo invitó a subir al escenario a una chica del público que se sabía de memoria todas las canciones, con tanta mala suerte que cuando ésta agarró el micrófono sufrió una descarga eléctrica que la devolvió como un muñeco de trapo a la audiencia. La gente hizo un círculo alrededor y el novio, que se había quedado esperándola, comprobó que la joven estaba muerta. Quirquis cayó en desgracia. Se dijo que sus recitales eran yeta y el quinteto pasó al olvido tan rápido como había triunfado.
El absurdo, en el sueño de Alvaro, era que de repente los Quirquis se habían vuelto tenistas. Para sacar iban rotando, como si fueran un equipo de voley, y durante los puntos se pasaban la pelota entre ellos antes de tirarla hacia el otro lado. Lo increíble era que no hubiera alguien que invalidara la jugada. Los espectadores festejaban los malabares y alentaban al grupo: “¡Quirquis, Quirquis, Quirquis...!”. Los Quirquis iban deconstruyendo el latigazo, lo multiplicaban por las derivaciones que permitía la disposición de los cinco jugadores en la cancha y los desvíos eran infinitos, hasta que la última estocada antes de que la pelota pasara la red dejaba a Alvaro sin respuesta. También eran imbatibles en defensa, porque entre los cinco cubrían los eventuales blancos de pique del latigazo.
Tras recordar los pormenores de la pesadilla, Alvaro preparó el bolso, agarró las raquetas y enfiló para el club. A media mañana, los rivales se encontraron en la cancha cuatro. El partido había generado gran expectativa, porque si Alvaro iba a ser derrotado por primera vez nadie se lo quería perder. Hubo un peloteo de diez minutos, practicaron saques y, luego, el sorteo favoreció al retador, que prefirió darle el servicio a Alvaro y tener él la devolución.
Alvaro arrancó mal, con demasiadas doble faltas para un solo game. Estaba desconcentrado, prestando atención a un murmullo que no sabía de dónde provenía. Recién al cambiar de lado, antes de comenzar el segundo game, detectó que uno de los socios le estaba relatando el partido a su hija ciega. ¿Qué iba a hacer –se preguntó resignado-, reclamar silencio y quitarle la posibilidad de disfrutar del espectáculo a la pobre chica?
Con el servicio de Ibáñez, Alvaro sacudió su primer latigazo del partido. La pelota no le llegó cómoda, pero logró un tiro ganador. Ibáñez ni se movió, vio pasar la réplica y desde el público hubo gestos de desaprobación, como si el pensamiento generalizado hubiera sido: “Otro más que se carga Aldunate”. Pero en realidad la cosa recién empezaba. Ibáñez entró en acción cuando iba dos a uno abajo. Las nubes se hicieron más delgadas y una resolana hizo subir la temperatura ambiente. Ibáñez practicó un saque rápido, aunque no muy fuerte, al drive. Para Alvaro no podía ser más fácil, ya que le venía servida para el latigazo. Y así fue: el tiro salió limpito, destinado a sumar un nuevo punto. Lo que nadie tenía en cuenta era que al mismo tiempo la cabeza de Ibáñez hacía multiplicaciones y divisiones a toda velocidad, al punto que llegó a tiempo para esperar la pelota en el lugar preciso y contestarla cómodo.
A partir de ese momento el juego de Ibáñez comenzó a fluir, pasó al frente en el marcador y los socios que se habían quedado mirando fueron a llamar a los que ya se habían ido, ahuyentados por un comienzo de partido desalentador. Así, el perímetro de la cancha se pobló nuevamente de cabecitas y rostros, en los que ahora empezaba a asomar la blancura troquelada de los dientes tomando envión para la risa, que enseguida se convirtió en carcajada. En ese contexto, una fuerza creciente de avasallamiento se apoderó de Alvaro, que tras unos segundos de vacilación dejó caer la raqueta en el polvo de ladrillo y decidió huír del bochorno, de la burla convertida en sonajero de venganza. Muerto el don, Alvaro Aldunate ya no era Alvaro Aldunate. Y en esta nueva realidad, la carrera hacia algún lugar que ni siquiera él sabía cuál era le dolía como un nuevo nacimiento.
AURORA
I
Aurora era un pueblo tranquilo, con su plaza, su iglesia y su municipalidad, como cualquier pueblo. Hasta que un día un nuevo intendente tuvo la idea de transformar el pueblo en ciudad. En realidad, iba a tratarse de una ciudad en miniatura, ya que los límites territoriales no se correrían un solo milímetro. De esta manera, los espacios serían más reducidos que lo que las convenciones estipulan, aunque no dejaría de haber una zona bancaria, un centro comercial, edificios torre y una autopista. En las afueras levantarían la zona fabril y las casas más pobres.
Las obras debían comenzar cuanto antes. Se acercaba el verano y los habitantes iban a tener que abandonar sus casas por las demoliciones. Las harían por tandas, y bajo una consigna solidaria: cuando demolieran la zona norte, los residentes serían hospedados por los del este. Luego, los del este serían recibidos por los del sur, y así sucesivamente, siempre en el sentido de las agujas del reloj. Pero para concretar el proyecto hacía falta dinero, un inversor, ya que lo recaudado con los impuestos era insuficiente. El intendente pensó entonces en el empresario Horacio Sartori, nieto de uno de los fundadores del pueblo, que al oír la idea quedó seducido de inmediato y no dudó en poner manos a la obra cuanto antes. No obstante, el curso de los trabajos se demoraría más de lo previsto. ¿A quién se le había ocurrido que aquello podía terminarse en una temporada? La gente aguantaba, compartía la vivienda con el vecino y se resignaba, con la esperanza de que el proyecto al final llegara a buen puerto. El primer inconveniente surgió a raíz de las dimensiones relativas. Si bien las proporciones serían las mismas que en Buenos Aires, por ejemplo, o que en París, todo se vería más pequeño, reducido a la mitad. Primero, las manzanas, que medirían cincuenta metros por lado en vez de cien. Así, caminar una cuadra demandaría la mitad del tiempo que en cualquier ciudad normal. Dos cuadras serían una; cuatro, dos; etcétera. Pero cuando arrancó la reconstrucción de Aurora se dieron cuenta de que habían cometido un grosero error de cálculo. En una audiencia de vecinos alguien denunció que una manzana de cincuenta metros por lado no era la mitad de una de cien, sino la cuarta parte. Por lo tanto, si un departamento estándar, de tres ambientes, tenía en cualquier parte unos sesenta metros cuadrados, en Aurora no podría superar los quince. Ir de un ambiente a otro iba a ser poco más que un paso, casi se podría estar en dos lugares al mismo tiempo. Lo dicho provocó gran alboroto, ya que nadie quería vivir hacinado. Y el intendente, que ante la adversidad sacaba a relucir su particular sentido del humor, dio una respuesta que en vez de tranquilizar redobló el desconcierto: “La experiencia indica que, desde que el mundo es mundo, todas las especies se han adaptado a su hábitat. Confío en que las nuevas generaciones de aurorenses irán empequeñeciendo hasta alcanzar el tamaño adecuado a la nueva ciudad”. El plan inicial, que ya estaba demorado, se terminaría de alterar a causa de un conflicto gremial en el diario La Idea, propiedad del mismo Sartori. Conflicto que, de forma inesperada, dejaría en bancarrota al empresario. Todo se desencadenó un jueves de septiembre del año 2000, cuando Dardo Duval, el jefe de redacción, recibió la noticia de que iban a despedir a veinticinco periodistas, es decir, casi la mitad del staff. Sartori le comunicó la decisión y le encargó que llamara sólo a los que continuarían trabajando, para ponerlos al tanto de la situación y tranquilizarlos.
II
Esteban Bowser, con la toalla en la cintura, escuchó el teléfono mientras apretaba el desodorante bajo la axila derecha. Se acercó al espejo y se pasó las manos por el pelo mojado para volver a contemplar su rostro, cuya asimetría hacía que la imagen que le devolvía el espejo no fuera la verdadera. Es decir, no era como él se veía que lo veían los demás. “Al derecho” aparecía sólo en las fotos, y como sacarse una foto cada vez que quería verse como lo veían era imposible, no tenía más remedio que usar dos espejos, el segundo para reflejar la imagen del primero e invertirla. Cuando el teléfono iba a sonar por cuarta vez, Bowser se apuró a atender. Era Duval, haciendo la ronda de llamados con la mala nueva.
III
Esa misma madrugada, los despedidos se reunieron en un bar del centro. Afuera rugía la grúa, demoliendo edificios. Entre las cucharas que tintineaban en los pocillos de café y el humo de los cigarrillos, que zigzagueaba de una punta a la otra de la mesa a fuerza de inhalaciones y exhalaciones, Adolfo Becerra tuvo que insistir varias veces hasta que le prestaron atención. Hablaban de hacer un piquete en La Idea para impedir el ingreso de los periodistas y, por lo tanto, lograr que la edición del día no saliera. El debate se prolongó hasta el mediodía, cuando decidieron trasladarse al diario y reclamar que reincorporaran a todos.
IV
Patricio Corso, prosecretario de redacción, y Elvio Gómez, jefe de espectáculos, pasaron cinco horas tratando de ingresar y casi se van a las manos con los piqueteros. Corso, que tenía pocas pulgas y sintió el impedimento como una provocación, se puso a arrojar trompadas al tuntún. Gómez trató de mediar mientras Corso hacía un “¡sss...!”, resoplido corto que lanzaba con los dientes apretados cuando algo lo fastidiaba. Para peor, Sartori lo llamaba una y otra vez al celular para reclamarle que entrara al diario de una vez por todas y cumpliera con su trabajo. Así fue que, cuando ya casi oscurecía, decidió traspasar la puerta principal con el resguardo de un cordón policial, formado por efectivos de la infantería aurorense.
V
Duval, que estaba de franco pero al tanto de los últimos episodios en la puerta de La Idea, decidió salir a caminar. Su casa estaba en la parte vieja de Aurora, donde las topadoras aún no habían comenzado con las demoliciones. Compró cigarrillos, encendió uno y el silencio de esa hora dejó oír el sonido de la brasa al quemar el papel. También, el ritmo lento y regular de las suelas sobre las baldosas. Paró en un bar. Tomó dos cervezas y un whisky. Fumó más cigarrillos y se le fue haciendo tarde. Cuatro de la mañana, casi. Se paró y vio, detrás de un edificio, sobre el horizonte, una incipiente luminosidad, y más cerca el asfalto violeta humedecido con el rocío. Subió a un colectivo y se desplomó en el asiento trasero. Boca arriba, sin la referencia de calles y veredas, Aurora le resultó extraño. Las casas parecían flotar en un lago. Su ebriedad cambiaba lo plano por combinaciones cóncavas y convexas, y le daba la sensación de que el cielo era agua. Al bajar del colectivo caminó hacia el diario, mientras los piqueteros, en alerta, se organizaban para tapar la entrada. Cuando Duval quedó frente a frente con Galíndez, éste le advirtió: “Vos no pasás”. Pero Duval no lo escuchó y quiso entrar por la fuerza, lo que derivó en la intervención de los policías, que a toda hora montaban guardia en el lugar y tomaron al secretario de redacción de los brazos para controlarlo. Una piquetera trató de persuadirlo: “Por favor, Dardo, no entres”. Pero Duval tenía en su cabeza un solo objetivo: traspasar la puerta. Y así lo hizo finalmente, ayudado por el cordón policial, mientras desde afuera le gritaban “carnero hijo de puta”.
VI
Como la situación se volvía cada vez peor, Sartori optó por llamar a diez de los veinte periodistas que quedaban en el staff con la finalidad de sacar una edición de emergencia. Los elegidos se encontraron a las cinco de la mañana en las afueras del pueblo. Debían moverse con cautela, ya que sabían que cualquier movimiento en falso los delataría. En dos autos, se dirigieron a un hotel en el que Sartori les había reservado una habitación. Al llegar, bajaron las persianas, cerraron las cortinas y conectaron las computadoras que un empleado de sistemas se había encargado de instalar. Pero los piqueteros, que continuaban al acecho, los descubrieron rápido, más rápido de lo que esperaban (se dijo que un familiar de uno de ellos vivía justo frente al hotel), se trasladaron hasta allí y comenzaron a entonar melodías de cancha con letras inventadas para la ocasión. A los pocos minutos, alguien llamó a la puerta de la habitación donde funcionaba la redacción clandestina. Duval puso un ojo en la mirilla, pero estaba tan sucia que no pudo ver quién era. Corso agarró el teléfono y marcó el interno de la recepción, para preguntar si allí se había anunciado alguien. “Un tal Segovia”, le respondió el conserje de turno. Corso recordó entonces que Segovia era el seudónimo que utilizaba uno de los periodistas despedidos para firmar algunas de sus notas. Decidieron, pues, no abrir, apagar las luces y quedarse en silencio. Hasta que volvieron a golpear... En ese momento, el cuerpo de Duval pareció agigantarse sobre una pared, hecho sombra, por la luminosidad que se filtraba a través de la persiana. Hizo movimientos bruscos de brazos y cintura para entrar en calor, dispuesto a pelear con quien se le quisiera enfrentar. Pero no fue necesario, no hizo falta porque el que golpeaba la puerta enseguida se identificó: “Abran, soy Sartori”. Sí, era Sartori nomás, y el recepcionista, vaya a saber por qué, había escuchado o registrado mal el apellido. Como fuera, el patrón venía a anunciar que mudarían la redacción otra vez, y que en esta oportunidad el destino sería un depósito fiscal en medio del campo.
VII
Como era de suponer, los piqueteros estaban cada vez más entrenados en la gimnasia persecutoria y siguieron el rastro sin problemas. Al punto que cuando los integrantes del staff arribaron al depósito fiscal sus ex compañeros ya habían conseguido el dato y los estaban esperando, apostados sobre una reja que dividía el estacionamiento del edificio, al aire libre, de la calle. Esta vez, los periodistas ingresaron sin problemas por un portón, a bordo de una combi, y una vez adentro del galpón en el que habían montado la nueva redacción algunos se pusieron a mirar a sus perseguidores a través de una ventana. Desde afuera, no paraban de gritar contra Martín Maresca, el editor de fotografía, a quien habían acusado de carnero cuando entraba y éste les había respondido con una mano en los testículos y gritando: “¡De acáaa...!”. Ahora, uno de los piqueteros estaba trepado a un poste de alumbrado público y aullaba: “¡Maresca..., Maresca...!”. La situación era tragicómica, al punto que en la redacción se tentaron de risa. Pero Duval, que ya no soportaba seguir en estas condiciones, se puso a pensar en un plan que le pusiera fin, de una vez por todas, a esta fuga interminable. Lo primero que le vino a la mente fue una puerta. No cualquier puerta, sino una en particular, bastante misteriosa, que había adentro de La Idea. La creencia generalizada era que detrás de esa puerta funcionaba la administración de una fábrica algodonera de Sartori. Pero la verdad era que nunca se veía entrar ni salir gente del lugar. La sospecha de Duval era que, en realidad, allí debía de haber algo que, de saberse, podía comprometer al dueño del diario, algún dato que, era la idea, los piqueteros pudieran explotar para chantajearlo y sacarle el dinero de las indemnizaciones reclamadas. Ante el fracaso de las reincorporaciones, los despedidos habían empezado a reclamar el dinero que les correspondía, pero Sartori los quería conformar con migajas.
VIII
Duval sospechaba que en ese lugar habían escondido el cadáver de Enrique Lamas, un diagramador que pocos meses antes había muerto en la redacción. Lo extraño era que la mujer de Lamas y sus hijos nunca habían reclamado nada, y que nadie había denunciado la eventual desaparición del cuerpo. Lo más adecuado hubiera sido ir a la casa de los Lamas y preguntar. Pero no, Duval confiaba tanto en su hipótesis que esa misma noche, al regresar del depósito fiscal, fue directo para el diario. Lo que ocurrió de allí en más fue una sorpresa tras otra: subió la escalera principal del edificio, a oscuras, hasta el primer piso, se acercó a la puerta de la supuesta algodonera y la abrió. Por suerte estaba sin llave, que si no hubiera tenido que buscar algo para abrirla (en el acelere se había olvidado de llevar la pico de loro o alguna otra herramienta). El picaporte giró y la puerta bailó sobre su marco para sumar más oscuridad. En la penumbra, Duval vio escritorios y computadoras. Hasta que se dio cuenta de que en el fondo, flotando, había un destello de luz, una luz que pasaba a través de la cerradura de otra puerta. Golpeó y esperó. Regresó sobre sus pasos, fue y volvió varias veces, nervioso, hasta que decidió abrir. Adentro había una cama y, de cara a la pared, un hombre roncando. Enseguida, el hombre se sobresaltó, como si despertara de una pesadilla, y en un acto reflejo atinó a apagar el velador. Duval se quedó quieto y esperó. Luego se acercó despacio y puso una mano sobre el cuerpo tendido. El tipo se sacudió y trató de escabullirse, pero Duval lo frenó. Forcejearon hasta que el otro volvió a caer en la cama e hizo un nuevo intento de escapar, esta vez cuerpo a tierra, pero Duval le colocó una rodilla sobre la espalda. La presión provocó un grito, que Duval creyó reconocer. Quería prender el velador y no daba con la perilla. Ensayó otro rodillazo y esta vez el grito fue más claro. Por la voz era Jorge, un diagramador mucho más joven que Lamas, el muerto que Duval esperaba encontrar, y con quien hasta hacía pocas horas había estado trabajando en el depósito fiscal. El sujeto escondía un objeto debajo del pijama y, pese a los manotazos desesperados que daba, Duval se lo arrebató. Parecía un portarretratos. Era un portarretratos, confirmó Duval luego de, por fin, llegar a prender la luz. La foto era de Sartori.
IX
La situación se volvía cada vez más confusa y, encima, Jorge, que efectivamente de él se trataba, estaba mudo, no explicaba nada. Duval repasó la foto, en la que su jefe lucía sonriente y más joven. Miró los detalles, como el lugar en el que la fotografía había sido tomada, si era verano o invierno, o cuánto más pelo tenía entonces el protagonista de la imagen. Mientras tanto, sin que Duval se diera cuenta, el embrollo se le fue acomodando en su cabeza, hasta que de golpe lo vio clarísimo: ¿Cómo nunca había reparado en el parecido físico que había entre el dueño del diario y Jorge? El diagramador, acorralado, levantó la vista con la cara roja, como si la temperatura del cuerpo le hubiera subido diez grados. De seguir como una tumba tarde o temprano iba a reventar. Lo que hizo, entonces, aunque no por elección sino porque se quebró, fue traducir la rabia contenida por tantos años de desprecio paterno en un llanto desconsolado, para pedir entre sollozos que hicieran mierda a su viejo, que ya no aguantaba más y que por favor lo hicieran mierda.
sábado 20 de octubre de 2007
Cuentos
Textos escritos entre 2001 y 2005
EL CUADRO
I
El viento formaba un cilindro de agua que rodaba hasta la costa. Al rozar con el fondo, el cilindro se detenía para que la onda superior volcara hacia adelante, por la inercia.
II
Yo no sabía del porqué de las olas. Prefería sostener el misterio, atribuir al mar un ánimo, una voluntad.
III
Yo, que miraba el mar mientras pensaba: uno se puede pasar la vida mirando el mar. Al verlo, recuerdos y fantasías articulados ordenaban luces, colores y sombras en un cuadro.
IV
No era cualquier cuadro, sino uno en particular, hecho de cuadrados, círculos y triángulos. Pero lo que yo veía era un mar, un mar listo para salir del bastidor y empezar a refrescar. El nombre del cuadro no lo recuerdo. Sí que estaba en un museo de Pécs, en Hungría, y que su autor era Vasarely.
V
La cosa era así: una ola venía, rompía y se iba, para volver a volver. ¿Pero volvería si no se fuera? ¿Quién preguntaba: el caracol, la piedra o el alga lenteja desde la mitad del mar, donde se había ahogado la última víctima de la temporada? Todavía la buscaban, y a la lancha se le arremolinaba la huella. Dos bañeros, o mejor dicho uno solo y su ayudante, un aprendiz simpático y predispuesto, iban sin brújula otra vez al muere. Al muere no va nadie, dijo la piedra, y se frenó ante la sólida intervención de una concha lila y violeta llena de agujeros. Dijo, por alguno de los agujeros, que al muere se viene. Al muere se viene, repitió el alga, aletargada pero decidida. La arena, mojada y en silencio, hasta ahí otorgó.
VI
El día estaba tan lindo que daba para eso y mucho más. En la orilla lo podía ver todo. En eso estábamos: viendo y, en parte, arriesgando sobre esta sociedad sobreadaptada (naturaleza pura, naturaleza secta), cuando un hombrecito que no superaba los treinta centímetros de altura aterrizó boca abajo sobre la orilla y se presentó. Tenía la voz gruesa, incongruente con su diminuta apariencia. Se sacudía la arena pegada en los codos, los pliegues del pantalón babucha y los borceguíes.
VII
¿De dónde habrá venido este enano?, fue lo que nos preguntamos. El caracol reveló: lo trajo la ola de las nueve y cuarto. Y la piedra: que era época de enanos. Enanos de mar, aclaró el alga, cuya demora era proporcional a su precisión. Enano no parecía. Enano de mar, podía ser.
VIII
Nunca nos hubiéramos imaginado que en la costa nos íbamos a encontrar con una situación como ésta. Pero si el objetivo era salir del estrés cotidiano, nos venía como anillo al dedo. El año había sido duro, aunque no tanto para mí, que me la había pasado jugando al tenis. Otra de mis actividades había sido tratar de recordar una palabra.
IX
La que había tenido un año complicado era Alicia, lidiando con los pacientes del neuropsiquiátrico. Atendía chicos, lo que hacía más agotadora la tarea. Algunos se ponían violentos y no era fácil dominarlos. Otros, en plena pubertad, la querían toquetear. Se le iban encima para saciar el apetito sexual floreciente.
X
Ahora me doy cuenta, al referirme a Alicia, que había estado hablando en plural sin aclarar quién era mi acompañante en la playa. Supongo que debe de ser normal luego de tantos años de convivencia. Somos Pedro y Alicia, o Alicia y Pedro. Todos nos ven así, ya que la unión ha superado al recuerdo de los tiempos en que no éramos pareja.
XI
El enano tenía ganas de comer y nos invitó al parador del balneario. A simple vista, el parador parecía cerrado, pero en vez de entrar por la puerta principal, que estaba tapiada, el enano caminó hacia uno de los laterales, tomó una manija y levantó una puerta cubierta de arena. Luego bajó por una pequeña escalera, con cuidado, acomodando el cuerpo. Con Alicia fuimos tras sus pasos hasta llegar a un comedor subterráneo en el que debían de caber miles de enanos.
XII
Enseguida apareció un mozo, no enano, sino gigante, tanto que andaba encorvado para no golpearse la cabeza con el techo. Por lo poco que tardó en servir, debía de tener todo listo en la cocina. Igual, no era algo elaborado: sandwiches de jamón y queso, en pan francés, y licuados de frutilla y melón.
XIII
-No le gusta el fiambre -le dijo Alicia al enano, antes de que éste preguntara por qué yo no comía.
-No lo puedo creer. ¿Ningún fiambre? -se sorprendió el enano.
-Ninguno –respondió Alicia–, se pierde lo mejor de la vida.
XIV
“Lo mejor de la vida” parecía una exageración. Pero esa frase, así de ingenua, me llevó a la siguiente reflexión: ¿Cómo saber si, realmente, me estaba perdiendo lo mejor de la vida? Más allá del sandwich, claro. Quiero decir: la vida en general, la vida elegida. La única manera de obtener una respuesta, supuse, era abandonar todo: pareja, trabajo, amigos, lugar de residencia, y empezar otra vez, con el riesgo de que la nueva vida defraudara mis expectativas y entonces viera, cuando ya fuera demasiado tarde, que era mejor vida la de antes. Y que, como había dicho Alicia, lo mejor de la vida era, simplemente, un sandwich de jamón y queso.
XV
En la playa todavía no lo sabía, pero desde aquel día comenzaría a tomarme la relación con Alicia de otra manera, sin pensar en el futuro. Identificado con el enano, quería hacer lo que me viniera en gana. Según él, los enanos de mar se daban los gustos en vida. Por ejemplo, en pocos minutos arribaría un cineasta de renombre internacional para filmar con él una escena de su nueva película.
XVI
La libertad del enano me intimidaba, me llamaba la atención su capacidad para generar entretenimiento, hasta que sus limitaciones naturales lo delataron como lo que realmente era: un efecto óptico del cuadro de Vasarely. El cuadro había crecido hasta abarcarlo todo, tanto que lo único que faltaba era que yo también me volviera reversible, como el enano en aquel comedor. El enano se alejó hacia el fondo y se hizo cada vez más pequeño, hasta que su forma se confundió con la de un triángulo minúsculo dentro del lienzo, entre otros triángulos que, seguramente, serían otros enanos de mar en abstracto.
XVII
¿Tan quietos estábamos con Alicia para que este mar hecho en óleo pareciera de verdad? ¿Acaso la velocidad insuperable de las imágenes de Vasarely no era posible sólo gracias a la espantosa quietud de la vida cotidiana? En un abrir y cerrar de ojos, observé que el museo de Pécs se había llenado de gente y que a Alicia la había perdido en la multitud. Afuera también ella me buscaba, y nos encontramos enseguida. Todavía nos quedaba mucho por recorrer y disfrutar. Caminamos hacia la peatonal, mientras el bullicio se apagaba a la distancia. Lo demás fue un impulso: la tomé de las manos, la miré fijo y le pregunté si se quería casar conmigo.
LA MELODIA PERFECTA
Hubo un momento, no recuerdo cuándo, en que los compacts dejaron de ser un pasatiempo placentero para transformarse en una obsesión. Debió de haber algo que desatara la anomalía, la voracidad por tener toda la música. Algo raro, porque yo no era así. Con la literatura o el cine, por ejemplo, seleccionaba más, lo cual tenía su lado positivo, ya que ver miles de películas o leer miles de libros me hubiera demandado un tiempo del que no disponía. Mientras sonaba un disco, en cambio, podía hacer otra cosa.
Inmerso en la vorágine coleccionista, no bastaba con comprar un disco al azar e incorporarlo a la discoteca. Cada compra requería un análisis previo, para ver si se justificaba. Por ejemplo, si un artista del que tenía su obra completa editaba un disco nuevo, éste se imponía solo. Con otros artistas, era la envergadura del trabajo lo que me permitía determinar si el flamante compact merecía un lugar entre los elegidos.
Además, las cajas de plástico me encantaban. Sobre todo, el sonido al cerrarse: “tac” arriba, “tac” abajo. Me ponía de mal humor cuando estaban falladas y alguno de los extremos no trababa bien. Había que detenerse en cada detalle, como el librito con las letras de las canciones, en el lugar donde las hojas iban enganchadas: la presión de los ganchos solía formar arrugas, pero buscando bien siempre encontraba compacts con el librito sano. A veces había uno solo, entre muchos del mismo título, y yo sentía que me había estado esperando.
Semejante búsqueda era incómoda, ya que en las disquerías debían de pensar que estaba loco, y más cuando me cercioraba de que el soporte circular en el que encajaba el disco no estuviera roto: como los compacts venían envueltos en celofán, la única manera de chequearlo era agitar la cajita junto a la oreja y escuchar si había algo suelto. A veces las cajitas engañaban, porque podía darse el caso de que el soporte estuviera bien e igual se escuchara un ruido, por el desplazamiento del librito.
Un día llegué a una conclusión: más allá del compact como fetiche, tanto consumo de música debía de obedecer a un objetivo más trascendente, que no era otro que el de encontrar la melodía perfecta. Y como crearla no podía, porque de música no sé nada, sólo me quedaba confiar en que alguien la creara. Eso me hizo un consumidor voraz. A lo largo de los años conocí melodías bellísimas, como la sonata Kreutzer, la Pequeña serenata nocturna, el segundo nocturno de Chopin o el "allegro molto" de la sonata para violín y piano opus setenta y cinco de Saint Saëns. Pero ninguna, según mi punto de vista, era perfecta. Quizás en lo que me quedaba de vida podía aparecer algún compositor iluminado que lo lograra. ¿Pero mientras tanto qué iba a hacer? ¿Sentarme y esperar?
Entonces me di cuenta de mi error: ¿No había más posibilidades de que esta combinación única de notas hubiese tenido lugar en el pasado? ¿Cuánta música a la que se podía tener acceso (grabada) existía? No digo que yo la tenía toda, pero sí buena parte. ¿Y no era eso una nimiedad al lado de siglos y siglos de música “en vivo”, ejecutada antes de que se inventara la forma de registrarla?
Decidí, pues, indagar en ese pasado, con el inconveniente, claro está, de que debería juzgar la eventual melodía sin escucharla, con “el sentido” como parámetro. Mi razonamiento fue el siguiente: de no haber habido una primera melodía, no hubiera habido una segunda, ni una tercera, y así sucesivamente. No hubiera habido ninguna, y el arte de la música nunca hubiera tenido lugar. De ahí que la primera melodía, o en su defecto la más antigua que se pudiera encontrar, iba a ser más importante que las siguientes, imprescindible y, por lo tanto, perfecta.
En el libro Imitaciones de la naturaleza, de Richard W. Eliot, encontré una posible respuesta. Allí se cuenta una historia que transcurre hace treinta mil años, en el paleolítico superior. Primero asistimos a las peripecias de una pareja que supera los escollos que le impiden concebir un hijo. Luego, a los primeros años de vida del nuevo ser, que provoca la felicidad de sus padres y además, a raíz de una travesura infantil, descubre la flauta, el primer instrumento melódico.
El libro comienza cuando Ana y Fabián se despiertan en una carpa y un rayo de sol les da en los rostros. Un rayo intermitente, porque afuera hay nubes y viento. Por debajo del cuero que hace de puerta se filtra la mañana, amarilla y blanca, inundando los rincones.
Estos hechos son una interpretación pseudoantropológica, del siglo quince, de trescientos dibujos supuestamente aparecidos en el muro de una caverna, atribuidos a la mujer que hemos llamado Ana (su nombre y el de Fabián son impronunciables en nuestra lengua). Eliot describe el primer dibujo: Ana se despereza. El segundo: Ana sale al aire libre, rumbo al lago. El tercero: Ana se frota la cara con agua. El cuarto: Ana llena una vasija. El quinto: Ana hace un té de hierbas. La transcripción textual, dibujo por dibujo, resulta tediosa, así que trataré de hilar un relato.
Como Fabián seguía roncando, Ana amenazó con darle el té a la primera vaca que pasara por el lugar. En minutos pasaría la manada y debían estar atentos, para no morir aplastados. Las tropillas más peligrosas eran las de los animales de mayor porte, por lo difícil que se hacía esquivarlas. Los frentes se volvían kilométricos, y si no se hallaba un lugar seguro a tiempo sobrevenía la muerte por aplastamiento sobre la llanura.
En general, la vida era dura. Hoy se estaba en un sitio y mañana en otro. Las cuevas o pequeñas carpas que Fabián construía tras cada mudanza duraban poco y nada. Además, conseguir comida era una tarea arriesgada. Casi todo lo sacaban de los lagos, con la pesca de lanza. El mayor peligro eran los cocodrilos, expectantes de la hora de caza para hacer ellos la suya. A Fabián, igual, le sobraba destreza. Entraba al agua sin temor, y hasta se diría que sus potenciales depredadores le tenían respeto.
Al escuchar la provocadora advertencia de Ana (darle el té a la primera vaca que pasara por el lugar), Fabián le ganó a la modorra. Salió de la choza y se entregó a uno de sus mayores placeres: desayunar bajo el ruido alborotado de los pájaros. Dio un sorbo y percibió una evidente mueca de angustia en Ana, que no podía expresar lo que le pasaba por lo precario del lenguaje. Ellos sabían, por ejemplo, que un árbol (o como fuera que dijesen “árbol”) era un tronco con raíces y ramas cubiertas de hojas y frutos. Al vivir rodeados de árboles, era obligatorio representarlos. Sin embargo, las limitaciones dejaban afuera las abstracciones. Hoy en día se habla sin más de la angustia, la pena, el amor y otros conceptos no contrastables, pero para llegar a eso el hombre tuvo que atravesar innumerables vidas y muertes.
Ana pintaba en las rocas, y de ahí se desprende lo que la atormentaba: a tres años de la unión con Fabián, las invocaciones a la estatuilla de Venus seguían sin dar resultado, por lo que la fertilidad de la chica empezó a ponerse en duda. Nadie decía nada, porque el lenguaje tampoco daba para eso. Y el silencio hacía peor las cosas. Parecía indiferencia, pero no. Este tipo de alteración en la naturaleza de una mujer les era extraño, ya que nunca habían vivido algo igual. Por eso, la reacción fue callar y entregarse a la gracia divina, mientras Ana luchaba día a día, mes a mes y año tras año con su impotencia. Ese día ventoso de verano anunciaba la menstruación y, por lo tanto, que una nueva esperanza de embarazo se perdería. La frustración, claro, era inconsciente. Ana sólo sentía esa angustia inexplicable que le machacaba sin tregua su instinto femenino.
El problema de la infertilidad, como dije, era una noticia para la comunidad. Y, por cierto, muy mala. Se daba por sentado que, al ingresar en la pubertad, las chicas comenzaban a lucir sus panzas, redondas como piñatas. Podía ser a los doce o trece años, o incluso antes las precoces. Una vez que se iniciaba la cadena reproductiva no paraba. Era tiempo de poblar el mundo, y estas mujeres podían llegar a tener tantos hijos como sus cuerpos les permitieran.
En ese contexto, Ana no cuajaba. Acababa de cumplir dieciséis y aún no había sido bendecida con los atributos maternos. Mientras las otras mujeres amamantaban a sus bebés, ella ocupaba el tiempo pintando. Usaba pigmentos rojos y amarillos, que extraía de minerales con óxido de hierro, y negros, que obtenía del carbón vegetal. Su técnica era de escasa precisión. En general, aplicaba las tinturas sobre las rocas, con los dedos, pero su especialidad era el soplado con huesos huecos, que provocaba una lluvia de color.
Inspirada en el entorno, Ana hacía caballos salvajes, ciervos, leones, elefantes, vacas y peces. Otros utilizaban estas representaciones en rituales, para lograr buenos resultados de caza, o por motivos religiosos. Lo de Ana, en cambio, era arte por amor al arte. Pocos en la tribu se daban cuenta de esta excentricidad. Uno era Fabián, que por eso estaba perdidamente enamorado de su mujer.
Los integrantes de la comunidad se alegraban de que Ana se empeñara en hacer algo con su vida, a la luz de que los esfuerzos por darle un hijo a Fabián iban de mal en peor. Todos querían ayudarla, así que las estatuillas de Venus habían proliferado. Mientras, la pareja probaba un sinnúmero de posturas para la cópula.
En la tribu, sin saber lo que ocurría, atribuyeron el problema a una maldición. El tiempo pasaba y el abdomen de Ana no crecía. La única solución, si la había, era redoblar las apuestas y adorar a los dioses como nunca. Para eso construyeron un monumento de piedra, de forma fálica y tres metros de alto, a fin de que Ana recibiera la tan ansiada fecundidad.
Terminaron el monumento y dieron rienda suelta a un interminable repertorio de oraciones, al compás de tambores y raspadores, hasta la noche. Las voces y el humo del fuego, sembrado en un círculo alrededor del falo gigante, parecían fundirse en el cielo. Al seguir el ascenso con atención se veía un destello: las ondas luminosas se cruzaban con las sonoras y continuaban hacia arriba.
Cuando Ana y Fabián ya se habían retirado a la carpa, el resto remató la velada con pociones que producían vértigo y euforia. Más loco que nadie, en trance, vagaba el viejo Hernán, líder de la pequeña comunidad. Lo del monumento había sido su idea, y de no funcionar no sabría cómo explicarlo. Pero al final el “milagro” ocurrió: de repente, de aquel punto imaginario del cielo bajó un haz cónico de una luz blanca muy intensa, que capturó la carpa en la que Ana y Fabián, como cada día antes de dormir, acababan de hacer el amor. La luz, de tan imponente, hizo que la carpa se volviera invisible por unos segundos.
Pasaron los meses hasta contar nueve y nació una gordita de ojos verdes cuyo nombre era igual de impronunciable que el de sus padres, por lo que la llamaremos Ema. Hoy sabemos que Ema no nació de milagro, sino que un espermatozoide debió viajar por una trompa de Falopio y meterse en el óvulo. Después, el óvulo fecundado debió depositarse en el útero y comenzar a desarrollarse. Habría que ver, por eso, si la carpa realmente permaneció quieta durante el lapso en que dejó de verse. Una posibilidad (y esta especulación excede a Eliot) es que haya sido absorbida por extraterrestres “solidarios”, que supieran que la potencia de los espermatozoides era proporcional a la fuerza de gravedad: a menor gravedad, mayor poder. De todas formas, esto es secundario.
Lo concreto es que Ema creció como cualquier chico, pero casi no habló hasta cumplir tres años. Y no por tener algún problema, sino porque no sabía qué decir. Prefería concentrarse en ver, oír, tocar, comer. Como su papá, disfrutaba del canto de los pájaros. De tanto observarlos, comenzó a soñar que podía volar, que le bastaba con pegar un saltito para quedar paralela a la superficie y deslizarse por el aire a voluntad. Soñaba que volaba cada vez más alto, hasta que de golpe se venía a pique. Y se despertaba desilusionada.
Sin darse por vencida, pensó que con un par de frondosas ramas de árbol (una atada en cada brazo) podría suplir la falta de alas. Pero como su altura no le permitía llegar a las copas y derribar las ramas adecuadas, le pidió a sus padres:
-¿Ustedes podrían hacerme el favor de cortarme dos ramas de árbol, lo suficientemente grandes como para que me sirvan de alas?
Ana y Fabián no lo podían creer. Todo lo que habían incentivado a Ema para que hablara, al fin, rendía sus frutos. Tanto que la pigmea se despachó así, como si fuera una adulta. Y la madre sorprendida, sin saber qué contestarle, le preguntó:
-¿Cómo ramas para hacerte alas?
Ema hubiera esperado otra respuesta. ¿Para qué servía ser hija de una artista si sus reacciones iban a ser iguales a las de cualquier mamá? Ni una palabra más, entonces, por lo menos durante varios días, volvería a salir de su boca. Se convenció de que hablar, al fin y al cabo, no servía para nada. Y se fue sola por ahí, pensando en otra manera de lograr su cometido. Había visto que el que derribaba ramas como ninguno era el pájaro carpintero, y pensó que si se lo pedía el ave tal vez le podía hacer el favor. Sólo debía encontrar la forma de hacerse entender.
Ema se pasaba las horas al pie de un árbol. Ana la observaba y se preocupaba, pero nunca tanto como el día en que la nena desapareció. La buscaron durante horas, y cuando muchos ya la daban por perdida regresó lo más campante, como si volviera de unas vacaciones. Su reaparición fue emotiva, y en el jolgorio nadie se percató de que en una de sus manos la chica llevaba un hueso hueco, como los que usaba la madre para la técnica del soplado. La diferencia era que éste tenía dos agujeros en uno de los lados.
Lo que traía Ema era una especie de flauta, con la que había descubierto que si soplaba por un extremo, mientras tapaba y destapaba con los dedos los agujeros intermedios, surgían sonidos que se parecían a los de las aves. ¡Qué gran paso! ¿Quién podía robarle la ilusión de que eso sería suficiente para comunicarse con el pájaro carpintero?
Con la flauta, Ema comenzó a llenar sus silencios, esos que tanto alarmaban a sus padres. Hasta que se dio cuenta de que, por mucho que se esforzara en lograr la atención del ave, no iba a alcanzar su propósito. Así, su deseo de volar quedaría postergado una vez más. Pero la empresa no había sido en vano, ya que su misión iba a tener por derivación un gran provecho.
La primera vez que Ana tomó la flauta entre sus manos, se preguntó cómo había sido tan imbécil de no haberla inventado ella misma, que se la pasaba soplando por un cilindro similar. Igual, no era tarde para saldar cuentas con la autoestima. Si bien no había creado el instrumento, podía perfeccionarlo. Le llevó un tiempo, hasta que razonó que si con dos agujeros obtenía cuatro notas, a medida que agregara agujeros conseguiría más. Era regla de tres simple. Entonces buscó un trozo de hueso un poco más largo que el original y le hizo cuatro orificios. Con siete el espectro sonoro hubiese sido aún mayor, pero Ana quería que la flauta le sirviera de inspiración mientras pintaba, y para eso necesitaba que una mano le quedara libre.
Acto seguido se puso a improvisar. Sus movimientos obedecían a los latidos del propio corazón, al color de los pigmentos, al zumbido del viento en las ramas, al roce del agua en las rocas y a la polifonía de los alaridos emitidos por los animales. Así, con estos arrebatos emocionales espontáneos hechos de armonía, ritmo y melodía, Ana lograba un inédito grado de abstracción, sin sospechar que en su delirio estaba prefigurando la música.
MI PRIMERA NOVELA
A comienzos de dos mil dos terminé mi primera novela. La leyeron mi mujer, mi mamá y mi suegra. Faltaba que la leyera mi abuela, pero yo quería dársela a algún escritor. Como escritores amigos no tenía, pensé en César Aira. Primero me fijé en la guía telefónica y subrayé un “César Aira” que vivía en la calle Bonorino, en Flores. En base a las reseñas sobre su vida y varios de sus relatos, ésa debía de ser su casa. Llamé y atendió un contestador automático. La voz decía: “Se comunicó con el cuatro, seis, tres, uno, etcétera..., deje el mensaje”. ¿Era la voz de Aira? En realidad dudé, porque me la había imaginado más grave. Pero luego pensé que ese timbre adolescente era el más adecuado a su aspecto (lo conocía por una o dos fotos que eran las que se repetían junto a su currículum en las solapas de sus libros).
Enseguida puse en marcha el plan “b”. Agarré el coche y fui hasta su supuesta casa. Como no sabía qué piso era (nunca había reparado en que las guías telefónicas no traen este dato) y no quería darle detalles al encargado, entré en un bar desde donde se podía ver quién entraba y salía del edificio. Pedí un café y esperé, con paciencia. Como el lugar no cerraba de noche, me quedé más de veinticuatro horas de guardia. Igual, Aira nunca apareció.
Entonces empecé a dudar, a preguntarme si serían reales el teléfono y la dirección, o sólo una ficcionalización del escritor para conservar su acostumbrado bajo perfil. Quizás hasta ni su nombre fuera César Aira, pero no lo sabía. Me resistía a aceptar que el tipo hubiera inventado una “vida pública”, con identidad y domicilio falsos, para mantenerse a salvo de "persecuciones" como la mía. En algunas de sus novelas había indicios: que su esposa se llamaba Liliana, que tenía hijos... Claro que las pistas siempre eran ambiguas. Se mezclaban el Aira escritor con el Aira personaje, y había una tensión inextricable entre lo real y lo verosímil. En cuanto a los datos biográficos, era público que había nacido en Coronel Pringles, y que desde hacía treinta y cinco años vivía en Flores. Pero volvía a dudar. ¿Serían datos verídicos, o sólo un relleno ficticio para completar las solapas de sus libros?
La oportunidad, finalmente, se me presentó en la Feria del Libro, en abril de ese año. Leí en el diario que Aira iba a estar en la presentación de Cumpleaños, por entonces su última obra. Mi primera reacción, entonces, fue pensar que se trataba de un error: ¿no sería aquel anuncio un abuso de los organizadores, sin que Aira se hubiera comprometido a asistir? De cualquier manera, yo debía estar ahí y ver qué pasaba.
El día señalado, ante mis ojos incrédulos, Aira apareció. Subió por una escalera mecánica hasta el piso del salón donde habían programado el acto, acompañado por una mujer que debía de ser su esposa. De inmediato, tomé coraje y me acerqué:
-Hola, César -le di la mano y fui directo al grano-, quería saber si leés cosas de otros para darles una opinión.
Aira, sorprendido por cómo lo había abordado, hizo un leve gesto afirmativo con la cabeza y me preguntó:
-¿Qué escribiste?
-Una novela.
-¡Pero che, todos escriben novelas! –dijo irónico. Luego me pidió un papel para anotarme su dirección-. Mandamelá, pero no me apures. Yo después te contesto.
Se la llevé al día siguiente, en un sobre, con mis datos adjuntos en una hoja. Tres semanas después, Aira dejó un mensaje en el contestador de mi casa y dijo que se iba a comunicar más tarde, o al día siguiente. Por suerte, no dejó que pasara la noche en vela, dando vueltas de ansiedad en la cama. Pasadas las ocho, sonó el teléfono y era él otra vez.
-Leí tu novela –dijo.
Yo moría por escuchar su opinión, pero para no parecer desesperado deslicé un rodeo innecesario:
-¡Ah, qué bueno!
Él también prefirió mantener el suspenso:
-Sí, la terminé el mismo día que me la trajiste, pero tuve cosas que hacer y no te pude llamar.
-¿Y qué te pareció? –le pregunté por fin.
-Ah, me gustó muchísimo. Me gustaría que nos encontremos.
Entonces quedamos en vernos al día siguiente, a las cinco de la tarde, a medio camino entre su casa y la mía: el bar Lumiton, en Boyacá y Gaona. Antes de cortar, ofreció llevarme su última novela, pero le dije que ya la había comprado en la Feria, a lo que él me contestó que ésa no era la última, sino que había una nueva que todavía no se había publicado.
Al día siguiente llegué a Lumiton a la hora convenida y Aira quince minutos después. Pidió agua mineral porque no andaba bien del estómago y puso sus cigarrillos sobre la mesa. En una bolsa, además de mi novela, traía cinco de su autoría: Varamo (por entonces inédita) Los fantasmas, Los dos payasos, Un episodio en la vida del pintor viajero y un breve relato titulado El infinito, que compartía un minúsculo librito, de edición colombiana, con Duchamp en México.
Primero hablamos de bueyes perdidos, confesó que era adicto a la televisión chimentera y aseguró: “No hay como la Rocasalvo”. Luego se quejó de no poder mirar más seguido ese tipo de programas: “En mi familia son todos muy intelectuales y no me dejan”, dijo. También me habló maravillas de Las chicas superpoderosas y El laboratorio de Dexter. Yo, que no estaba al tanto de la nueva generación de dibujos animados, escuchaba anonadado, como si un mago me estuviera revelando sus secretos, o mejor (a juzgar por las obras más desopilantes de Aira), algunas de sus fuentes de inspiración.
Sobre mi novela, se limitó a decir:
-Muy inteligente, pero le falta compromiso.
Y tenía razón. Porque a pesar de que estaba escrita en primera persona, el narrador no era yo, sino Pedro Migré. Mi esposa en la ficción se llamaba Alicia. Y no hacía falta consultar un mapa para saber que Aurora, donde transcurría la historia, era un pueblo inventado. Pero la causa de estos disfraces no era caprichosa. El hecho era que yo escribía poemas, novelas no podía. Me sobraban las palabras por todos lados y terminaba tachando y sacrificando la mayor parte, transformando el saldo en un poema. Al indagar en la causa de este inconveniente, se me ocurrió la historia de un chico, Pedro Migré, a quien en la escuela primaria se le atribuye un parentesco con Alberto Migré y por ese motivo le queda un trauma que le impedirá, ya de adulto, convertirse en escritor de novelas.
Para que se entienda mejor, rememoro aquel borrador leído por Aira, destruido en uno de mis típicos ataques de anorexia prosaica: en Aurora, el primer día de clases, la maestra Irene pasaba lista: ¿Alves, Gabriel? Presente, señorita. ¿Arregui, Cristina? Presente, señorita. Tras veinte nombres y apellidos con sus veinte repetidas respuestas, era mi turno. ¿Migré, Pedro? Presente, señorita. La maestra se quedaba pensando... Leía lo que le quedaba de la lista sin prestar atención y al final, como no aguantaba la curiosidad, volvía: ¿Migré? Presente, señorita, volvía a decir yo (digo “yo” o “mi” para agilizar el relato). Irene contenía la risa por mi inocencia y me preguntaba si tenía algún parentesco con Alberto Migré. Yo la miraba confundido. Migré, el de las novelas, insistía Irene. Mi silencio se debía no sólo a que desconocía que Migré era un famoso autor de telenovelas, sino también a que ignoraba el significado de la palabra “parentesco”. En suma, al callar otorgaba, y me condenaban por el resto de la primaria a ser el sobrino de Alberto Migré.
A la salida de la escuela, solía escuchar a las madres cuando comentaban que Alberto Migré y yo parecíamos dos gotas de agua. Yo oía lo que se decía y, por confusión y por timidez, me callaba. Para mí, Alberto Migré pasaría a ser, como afirmaban esas mujeres, y como había dicho mi maestra, “el de las novelas”. Al punto que comenzaría a creer que todas las novelas, tanto las televisivas como las literarias, le pertenecían a Migré.
De vuelta de la escuela, tomaba la merienda y Gladys, la mucama, planchaba y miraba Trampa para un soñador. “Otra vez la novela de Migré”, pensaba yo (sin saber que el autor, en realidad, era Luis Gayo Paz). La chica humedecía la ropa con una botella de plástico amarilla, cuya tapa dosificaba la salida del agua. Gladys, con la vista fija en la pantalla, parecía soñar con tener algún día la suerte de “Valeria” (la heroína) y conseguir un novio como “Lito” (el galán).
Mientras tanto, yo seguía sin saber quién era Alberto Migré. Es decir, una idea tenía por lo que se hablaba, pero nunca lo había visto. Una noche, durante la cena, le preguntaba a mi mamá y ella me explicaba que Migré era el que escribía las novelas de la televisión, el que les daba a los actores lo que tenían que decir. Ah, como la novela que mira Gladys, asociaba yo. ¿Qué novela mira Gladys?, se sorprendía mi mamá, que se pasaba el día fuera de casa y no podía controlar lo que hacía la empleada. No sé, una novela, decía yo. Mi mamá continuaba: que por qué le estaba haciendo esa pregunta. Ella debía de imaginarse que era por el apellido compartido, pero me seguía la corriente: ¡Contame, dale! Y yo, mientras tanto, trataba de recordar la palabra “parentesco”. La tenía en la punta de la lengua, hasta que al fin lograba decirle que la maestra me había preguntado si tenía algún parentesco con Alberto Migré. Mi mamá respondía que si Alberto Migré fuera nuestro pariente no estaríamos como estamos. ¿Y cómo estamos?, preguntaba yo, más confundido aún. Que no, Pedrito, intentaba aclararme mi mamá, que era un chiste, que a la maestra le dijera que no.
Pero en la escuela estaban todos tan encantados de que allí hubiese un familiar de Alberto Migré que desmentirlo resultaba inútil. No me llevaban el apunte, al tiempo que yo les tomaba cada vez más odio a Migré y a sus novelas, lo que en mi limitado universo infantil se proyectaba a todas las novelas. Esto, a la larga, iba a dejar sus secuelas en mí. Ya de grande, me proponía ser escritor, pero me invadía una pesadilla recurrente, el costo de ese anhelo: mi rostro se convertía en el de Alberto Migré y la mucama que me había torturado con Trampa para un soñador se multiplicaba en cientos de clones que me perseguían y me pedían autógrafos en la presentación de mi libro.
Casi convencido de que nunca podría escribir una novela, se me ocurría un antídoto contra el trauma: el Ejercicio Ezquizoide de Enajenación, que me permitiría dejar de ser Pedro Migré mientras escribía. La cuestión era que el personaje, Pedro, padecía una neurosis obsesiva. Si no respetaba ciertos rituales a diario sentía que “corría el riesgo” de parecerse a cualquier persona que se le cruzara por la cabeza. La clave, pues, era abandonar esos rituales y que los infinitos seres que lo atormentaban se apoderaran de él de una sola vez, se neutralizaran unos a otros y dieran lugar a un álter ego, que llevara por nombre el mío verdadero.
CALDERA
A Caldera lo llamaban “locutor” porque conducía un programa en la radio. Miguel Caldera se llamaba, y tenía la particularidad de pronunciar mal la letra r (en vez de “erre”, decía “egrgre”). Por eso se había propuesto “traducir” sus alocuciones a un castellano limitado, en el que no existiera el sonido “rr”. Por ejemplo, si a la hora de las noticias el redactor le pasaba un texto que decía: “El terremoto en Israel arrojó un saldo de ciento cincuenta muertos y doscientos heridos, varios de ellos con pronóstico reservado”, Caldera decía: “El sismo en Medio Oriente dejó un saldo de ciento cincuenta muertos y doscientos heridos, varios de ellos muy graves”. Tan canchero llegó a ponerse Caldera en su estudiado disimulo que dejó de hacer las anotaciones previas en un papel, confiado en poder improvisar y reformar cada uno de los textos directamente al aire, en tiempo real. Había ciertas palabras que parecían imposibles de reemplazar, pero Caldera se las ingeniaba con algún rodeo para decir lo mismo sin quedar en evidencia. De hecho, en la radio en la que trabajaba no conocían su defecto. El que sospechaba algo era el redactor del noticiero, porque no había vez que Caldera no modificara los textos que él le pasaba. Si bien al principio el redactor pensó que este recurso debía de ser un gaje del oficio, llegó un punto en que empezó a revisar cuáles eran las palabras descartadas. Pero Caldera, bien atento, se dio cuenta de la persecución y, para despistar, empezó a relegar también otras palabras que no tenían el sonido “rr”. Esa estrategia primero le funcionó, hasta que a la larga el redactor descubrió que las únicas palabras que Caldera nunca pronunciaba eran las que tenían “erre”. A partir de ahí se abrió un combate lingüístico entre los dos, que les hacía más llevadera la rutina laboral: uno colocaba, adrede, cada vez más palabras con “erre”, mientras el otro agudizaba su ingenio para salir airoso de cada situación.
DESAYUNO
Robert hacía zapping en el dial: los últimos acordes del piano de Bill Evans en Little Lulú se mezclaban con los golpes en la puerta del estudio y las escobillas machacantes de Paul Motian. La sirvienta llamó otra vez. Sin mediar aprobación del patrón, entró, dejó el desayuno y un ejemplar del New York Times. Robert, atento a la música, se sobresaltó y agradeció, todo en un mismo gesto. Echó un vistazo a las noticias y apuró el movimiento de su mandíbula para triturar las tostadas que se llevaba a la boca. Se tragó lo que le quedaba de café, despejó el escritorio y separó un bloc de hojas para empezar a trabajar. Ahora era el turno de Speak like a child, con su ritmo percusivo sobre la melodía de Hancock, similar al sonido de un reloj a cuerda, amplificado por la impaciencia de Robert. Afuera, el invierno dejaba un coletazo: la nevada en abril previa al adiós.
LA ARAÑA
Acá no es como en el cine, que antes de empezar la función se apagan todas las luces de la sala. Acá, la araña central queda encendida para iluminar el fresco del techo. Se puede mirar el escenario o mirar el techo, como un atractivo más. Está, también, la posibilidad de combinar ambas cosas: escuchar la música que viene del escenario mirando el techo. Es la mejor opción, porque la ubicación es incómoda para mirar el escenario. Hay que ponerse en el borde del asiento, asomarse y apoyar los brazos en la baranda. Eso, si se quiere confirmar que lo que suena allí abajo es, efectivamente, lo que los músicos están tocando. Si tal o cual timbre concuerda con el instrumento ejecutado. De otro modo, es mejor respaldarse y cerrar los ojos, o mirar el techo. O por momentos hacer una cosa, por momentos otra. Mirar el techo, igual, deja bastante que desear, porque esa araña, que alguna vez fue el orgullo de la ciudad, ya no es lo que era. De las lamparitas brilla sólo la tercera parte. Las demás se quemaron y no subieron a cambiarlas. Es difícil treparse hasta allí. Como no hay escaleras tan largas, usan arneses. Por eso primero dejan que se queme la mayoría de las lamparitas, así se justifica el trabajo.
UN HOMBRE SENTADO EN UN SILLON
Hay un hombre sentado en un sillón. El hombre usa barba y ahora se mete la patilla de los anteojos en la boca. Mueve las manos, ahora las deja quietas. Dice que sí con la cabeza. Observa serio, con una pierna cruzada sobre la otra. Es canoso, usa camisa y pantalón. De golpe, rompe el silencio. Mueve las manos para acompañar las palabras. Hasta que se detiene y, tomándose de los apoyabrazos, se acomoda mejor. Prefiere escuchar más que hablar, o al menos eso parece porque es lo que hace la mayor parte del tiempo.
Enfrente hay otro hombre. También es canoso y de barba. Usa traje oscuro y, éste sí, no para de hablar. El hombre, no el traje. Se ve que tiene un mazo de cartas entre las manos, que comienza a mezclar. Coloca las cartas en hilera sobre una mesa pequeña. Ambos hombres ríen, juegan a un juego que los demás no entienden. En el fondo, las ventanas proyectan su sombra. Es como si estuvieran adentro de la casa.
En la habitación de al lado, el baño, la esposa del primer hombre acaba de salir de la ducha y se ha puesto la bata azul. Se seca el pelo con una toalla y se sienta delante de un espejo. El pelo es rubio y algo enrulado. La mujer se mira los ojos, tratando de percibir qué hay en el fondo. Se queda esperando, no sabe bien qué.
Afuera todavía es de día. Un tercer hombre camina junto a una segunda mujer por el parque. No se escucha lo que dicen. De repente, sobre una pared, aparece una formación de espíritus que miran al tercer hombre. Este los mira a su vez y se va de sí, comienza a gritarles con confianza. Los espíritus prenden velas y el hombre cierra los ojos.
La casa es grande, con tantos ambientes que muchos de los que allí viven pasan días enteros sin verse la cara. En otra habitación hay una tercera mujer hablando por teléfono. Es un teléfono antiguo, amurado sobre la pared. Un hombre que no es su marido la mira, trata de comprender lo que habla. Cuando corta, entre un llamado y otro ambos se toman de la mano y corren fuera de la casa hasta llegar a un lago. Allí se quedan, apreciando el reflejo de las nubes, porque es un día nublado, y el leve movimiento del agua en círculos concéntricos.
Pero no todo es color de rosas. Hace pocas horas, uno de los habitantes de la casa fue llevado preso por algún delito no revelado. Se lo llevaron y lo introdujeron en una sala de interrogatorio. Las preguntas las hace una mujer policía. Le muestra un papel arrugado con algunas inscripciones. El hombre parece no tener voluntad de hablar. Ha dejado a sus hijas en la terraza de la casa. Una, la mayor, dando vueltas en bicicleta, con un equipo de gimnasia rosa fuerte. La otra, con sus piernas cortas, corriendo detrás. No se cansan. Cae la tarde y ni siquiera hay viento, porque la ropa tendida está inmóvil como una foto. Más lejos, otra terraza con otra nena y, también, el reflejo amarillo del último sol, que se filtra por una grieta imprevista del nubarrón macizo.
En realidad, todos están disimulando. Hasta hay un integrante de la familia que se hizo pasar por muerto para llamar la atención. Los que más lo querían se distraen en el velorio. A esta hora, y si todo salió como tenían previsto, los protagonistas ya deben de haberse casado. Estarán volando, él con su smoking, ella con su vestido blanco, hacia otro lugar y otro tiempo. Cuando regresen a la casa, el fondo será pura coincidencia. Las teclas del piano de Poulenc y la batidora manual de la mujer, un tenedor girando en un jarrito. En unos minutos estarán listos los huevos revueltos. El hombre, tendido en el sillón con la cabeza en un apoyabrazos y los pies en el otro, se dará cuenta de que todo lo que escriba ya habrá sido escrito. Entonces se meterá en la cama y sentirá que allí dentro está demasiado frío. La mujer ya habrá terminado de cocinar y lo estará esperando bajo la frazada y su poncho. Antes de dormirse, le mirará el pelo y descubrirá, sobre la nuca, una matita subiendo, rascando colita.
EL CUADRO
I
El viento formaba un cilindro de agua que rodaba hasta la costa. Al rozar con el fondo, el cilindro se detenía para que la onda superior volcara hacia adelante, por la inercia.
II
Yo no sabía del porqué de las olas. Prefería sostener el misterio, atribuir al mar un ánimo, una voluntad.
III
Yo, que miraba el mar mientras pensaba: uno se puede pasar la vida mirando el mar. Al verlo, recuerdos y fantasías articulados ordenaban luces, colores y sombras en un cuadro.
IV
No era cualquier cuadro, sino uno en particular, hecho de cuadrados, círculos y triángulos. Pero lo que yo veía era un mar, un mar listo para salir del bastidor y empezar a refrescar. El nombre del cuadro no lo recuerdo. Sí que estaba en un museo de Pécs, en Hungría, y que su autor era Vasarely.
V
La cosa era así: una ola venía, rompía y se iba, para volver a volver. ¿Pero volvería si no se fuera? ¿Quién preguntaba: el caracol, la piedra o el alga lenteja desde la mitad del mar, donde se había ahogado la última víctima de la temporada? Todavía la buscaban, y a la lancha se le arremolinaba la huella. Dos bañeros, o mejor dicho uno solo y su ayudante, un aprendiz simpático y predispuesto, iban sin brújula otra vez al muere. Al muere no va nadie, dijo la piedra, y se frenó ante la sólida intervención de una concha lila y violeta llena de agujeros. Dijo, por alguno de los agujeros, que al muere se viene. Al muere se viene, repitió el alga, aletargada pero decidida. La arena, mojada y en silencio, hasta ahí otorgó.
VI
El día estaba tan lindo que daba para eso y mucho más. En la orilla lo podía ver todo. En eso estábamos: viendo y, en parte, arriesgando sobre esta sociedad sobreadaptada (naturaleza pura, naturaleza secta), cuando un hombrecito que no superaba los treinta centímetros de altura aterrizó boca abajo sobre la orilla y se presentó. Tenía la voz gruesa, incongruente con su diminuta apariencia. Se sacudía la arena pegada en los codos, los pliegues del pantalón babucha y los borceguíes.
VII
¿De dónde habrá venido este enano?, fue lo que nos preguntamos. El caracol reveló: lo trajo la ola de las nueve y cuarto. Y la piedra: que era época de enanos. Enanos de mar, aclaró el alga, cuya demora era proporcional a su precisión. Enano no parecía. Enano de mar, podía ser.
VIII
Nunca nos hubiéramos imaginado que en la costa nos íbamos a encontrar con una situación como ésta. Pero si el objetivo era salir del estrés cotidiano, nos venía como anillo al dedo. El año había sido duro, aunque no tanto para mí, que me la había pasado jugando al tenis. Otra de mis actividades había sido tratar de recordar una palabra.
IX
La que había tenido un año complicado era Alicia, lidiando con los pacientes del neuropsiquiátrico. Atendía chicos, lo que hacía más agotadora la tarea. Algunos se ponían violentos y no era fácil dominarlos. Otros, en plena pubertad, la querían toquetear. Se le iban encima para saciar el apetito sexual floreciente.
X
Ahora me doy cuenta, al referirme a Alicia, que había estado hablando en plural sin aclarar quién era mi acompañante en la playa. Supongo que debe de ser normal luego de tantos años de convivencia. Somos Pedro y Alicia, o Alicia y Pedro. Todos nos ven así, ya que la unión ha superado al recuerdo de los tiempos en que no éramos pareja.
XI
El enano tenía ganas de comer y nos invitó al parador del balneario. A simple vista, el parador parecía cerrado, pero en vez de entrar por la puerta principal, que estaba tapiada, el enano caminó hacia uno de los laterales, tomó una manija y levantó una puerta cubierta de arena. Luego bajó por una pequeña escalera, con cuidado, acomodando el cuerpo. Con Alicia fuimos tras sus pasos hasta llegar a un comedor subterráneo en el que debían de caber miles de enanos.
XII
Enseguida apareció un mozo, no enano, sino gigante, tanto que andaba encorvado para no golpearse la cabeza con el techo. Por lo poco que tardó en servir, debía de tener todo listo en la cocina. Igual, no era algo elaborado: sandwiches de jamón y queso, en pan francés, y licuados de frutilla y melón.
XIII
-No le gusta el fiambre -le dijo Alicia al enano, antes de que éste preguntara por qué yo no comía.
-No lo puedo creer. ¿Ningún fiambre? -se sorprendió el enano.
-Ninguno –respondió Alicia–, se pierde lo mejor de la vida.
XIV
“Lo mejor de la vida” parecía una exageración. Pero esa frase, así de ingenua, me llevó a la siguiente reflexión: ¿Cómo saber si, realmente, me estaba perdiendo lo mejor de la vida? Más allá del sandwich, claro. Quiero decir: la vida en general, la vida elegida. La única manera de obtener una respuesta, supuse, era abandonar todo: pareja, trabajo, amigos, lugar de residencia, y empezar otra vez, con el riesgo de que la nueva vida defraudara mis expectativas y entonces viera, cuando ya fuera demasiado tarde, que era mejor vida la de antes. Y que, como había dicho Alicia, lo mejor de la vida era, simplemente, un sandwich de jamón y queso.
XV
En la playa todavía no lo sabía, pero desde aquel día comenzaría a tomarme la relación con Alicia de otra manera, sin pensar en el futuro. Identificado con el enano, quería hacer lo que me viniera en gana. Según él, los enanos de mar se daban los gustos en vida. Por ejemplo, en pocos minutos arribaría un cineasta de renombre internacional para filmar con él una escena de su nueva película.
XVI
La libertad del enano me intimidaba, me llamaba la atención su capacidad para generar entretenimiento, hasta que sus limitaciones naturales lo delataron como lo que realmente era: un efecto óptico del cuadro de Vasarely. El cuadro había crecido hasta abarcarlo todo, tanto que lo único que faltaba era que yo también me volviera reversible, como el enano en aquel comedor. El enano se alejó hacia el fondo y se hizo cada vez más pequeño, hasta que su forma se confundió con la de un triángulo minúsculo dentro del lienzo, entre otros triángulos que, seguramente, serían otros enanos de mar en abstracto.
XVII
¿Tan quietos estábamos con Alicia para que este mar hecho en óleo pareciera de verdad? ¿Acaso la velocidad insuperable de las imágenes de Vasarely no era posible sólo gracias a la espantosa quietud de la vida cotidiana? En un abrir y cerrar de ojos, observé que el museo de Pécs se había llenado de gente y que a Alicia la había perdido en la multitud. Afuera también ella me buscaba, y nos encontramos enseguida. Todavía nos quedaba mucho por recorrer y disfrutar. Caminamos hacia la peatonal, mientras el bullicio se apagaba a la distancia. Lo demás fue un impulso: la tomé de las manos, la miré fijo y le pregunté si se quería casar conmigo.
LA MELODIA PERFECTA
Hubo un momento, no recuerdo cuándo, en que los compacts dejaron de ser un pasatiempo placentero para transformarse en una obsesión. Debió de haber algo que desatara la anomalía, la voracidad por tener toda la música. Algo raro, porque yo no era así. Con la literatura o el cine, por ejemplo, seleccionaba más, lo cual tenía su lado positivo, ya que ver miles de películas o leer miles de libros me hubiera demandado un tiempo del que no disponía. Mientras sonaba un disco, en cambio, podía hacer otra cosa.
Inmerso en la vorágine coleccionista, no bastaba con comprar un disco al azar e incorporarlo a la discoteca. Cada compra requería un análisis previo, para ver si se justificaba. Por ejemplo, si un artista del que tenía su obra completa editaba un disco nuevo, éste se imponía solo. Con otros artistas, era la envergadura del trabajo lo que me permitía determinar si el flamante compact merecía un lugar entre los elegidos.
Además, las cajas de plástico me encantaban. Sobre todo, el sonido al cerrarse: “tac” arriba, “tac” abajo. Me ponía de mal humor cuando estaban falladas y alguno de los extremos no trababa bien. Había que detenerse en cada detalle, como el librito con las letras de las canciones, en el lugar donde las hojas iban enganchadas: la presión de los ganchos solía formar arrugas, pero buscando bien siempre encontraba compacts con el librito sano. A veces había uno solo, entre muchos del mismo título, y yo sentía que me había estado esperando.
Semejante búsqueda era incómoda, ya que en las disquerías debían de pensar que estaba loco, y más cuando me cercioraba de que el soporte circular en el que encajaba el disco no estuviera roto: como los compacts venían envueltos en celofán, la única manera de chequearlo era agitar la cajita junto a la oreja y escuchar si había algo suelto. A veces las cajitas engañaban, porque podía darse el caso de que el soporte estuviera bien e igual se escuchara un ruido, por el desplazamiento del librito.
Un día llegué a una conclusión: más allá del compact como fetiche, tanto consumo de música debía de obedecer a un objetivo más trascendente, que no era otro que el de encontrar la melodía perfecta. Y como crearla no podía, porque de música no sé nada, sólo me quedaba confiar en que alguien la creara. Eso me hizo un consumidor voraz. A lo largo de los años conocí melodías bellísimas, como la sonata Kreutzer, la Pequeña serenata nocturna, el segundo nocturno de Chopin o el "allegro molto" de la sonata para violín y piano opus setenta y cinco de Saint Saëns. Pero ninguna, según mi punto de vista, era perfecta. Quizás en lo que me quedaba de vida podía aparecer algún compositor iluminado que lo lograra. ¿Pero mientras tanto qué iba a hacer? ¿Sentarme y esperar?
Entonces me di cuenta de mi error: ¿No había más posibilidades de que esta combinación única de notas hubiese tenido lugar en el pasado? ¿Cuánta música a la que se podía tener acceso (grabada) existía? No digo que yo la tenía toda, pero sí buena parte. ¿Y no era eso una nimiedad al lado de siglos y siglos de música “en vivo”, ejecutada antes de que se inventara la forma de registrarla?
Decidí, pues, indagar en ese pasado, con el inconveniente, claro está, de que debería juzgar la eventual melodía sin escucharla, con “el sentido” como parámetro. Mi razonamiento fue el siguiente: de no haber habido una primera melodía, no hubiera habido una segunda, ni una tercera, y así sucesivamente. No hubiera habido ninguna, y el arte de la música nunca hubiera tenido lugar. De ahí que la primera melodía, o en su defecto la más antigua que se pudiera encontrar, iba a ser más importante que las siguientes, imprescindible y, por lo tanto, perfecta.
En el libro Imitaciones de la naturaleza, de Richard W. Eliot, encontré una posible respuesta. Allí se cuenta una historia que transcurre hace treinta mil años, en el paleolítico superior. Primero asistimos a las peripecias de una pareja que supera los escollos que le impiden concebir un hijo. Luego, a los primeros años de vida del nuevo ser, que provoca la felicidad de sus padres y además, a raíz de una travesura infantil, descubre la flauta, el primer instrumento melódico.
El libro comienza cuando Ana y Fabián se despiertan en una carpa y un rayo de sol les da en los rostros. Un rayo intermitente, porque afuera hay nubes y viento. Por debajo del cuero que hace de puerta se filtra la mañana, amarilla y blanca, inundando los rincones.
Estos hechos son una interpretación pseudoantropológica, del siglo quince, de trescientos dibujos supuestamente aparecidos en el muro de una caverna, atribuidos a la mujer que hemos llamado Ana (su nombre y el de Fabián son impronunciables en nuestra lengua). Eliot describe el primer dibujo: Ana se despereza. El segundo: Ana sale al aire libre, rumbo al lago. El tercero: Ana se frota la cara con agua. El cuarto: Ana llena una vasija. El quinto: Ana hace un té de hierbas. La transcripción textual, dibujo por dibujo, resulta tediosa, así que trataré de hilar un relato.
Como Fabián seguía roncando, Ana amenazó con darle el té a la primera vaca que pasara por el lugar. En minutos pasaría la manada y debían estar atentos, para no morir aplastados. Las tropillas más peligrosas eran las de los animales de mayor porte, por lo difícil que se hacía esquivarlas. Los frentes se volvían kilométricos, y si no se hallaba un lugar seguro a tiempo sobrevenía la muerte por aplastamiento sobre la llanura.
En general, la vida era dura. Hoy se estaba en un sitio y mañana en otro. Las cuevas o pequeñas carpas que Fabián construía tras cada mudanza duraban poco y nada. Además, conseguir comida era una tarea arriesgada. Casi todo lo sacaban de los lagos, con la pesca de lanza. El mayor peligro eran los cocodrilos, expectantes de la hora de caza para hacer ellos la suya. A Fabián, igual, le sobraba destreza. Entraba al agua sin temor, y hasta se diría que sus potenciales depredadores le tenían respeto.
Al escuchar la provocadora advertencia de Ana (darle el té a la primera vaca que pasara por el lugar), Fabián le ganó a la modorra. Salió de la choza y se entregó a uno de sus mayores placeres: desayunar bajo el ruido alborotado de los pájaros. Dio un sorbo y percibió una evidente mueca de angustia en Ana, que no podía expresar lo que le pasaba por lo precario del lenguaje. Ellos sabían, por ejemplo, que un árbol (o como fuera que dijesen “árbol”) era un tronco con raíces y ramas cubiertas de hojas y frutos. Al vivir rodeados de árboles, era obligatorio representarlos. Sin embargo, las limitaciones dejaban afuera las abstracciones. Hoy en día se habla sin más de la angustia, la pena, el amor y otros conceptos no contrastables, pero para llegar a eso el hombre tuvo que atravesar innumerables vidas y muertes.
Ana pintaba en las rocas, y de ahí se desprende lo que la atormentaba: a tres años de la unión con Fabián, las invocaciones a la estatuilla de Venus seguían sin dar resultado, por lo que la fertilidad de la chica empezó a ponerse en duda. Nadie decía nada, porque el lenguaje tampoco daba para eso. Y el silencio hacía peor las cosas. Parecía indiferencia, pero no. Este tipo de alteración en la naturaleza de una mujer les era extraño, ya que nunca habían vivido algo igual. Por eso, la reacción fue callar y entregarse a la gracia divina, mientras Ana luchaba día a día, mes a mes y año tras año con su impotencia. Ese día ventoso de verano anunciaba la menstruación y, por lo tanto, que una nueva esperanza de embarazo se perdería. La frustración, claro, era inconsciente. Ana sólo sentía esa angustia inexplicable que le machacaba sin tregua su instinto femenino.
El problema de la infertilidad, como dije, era una noticia para la comunidad. Y, por cierto, muy mala. Se daba por sentado que, al ingresar en la pubertad, las chicas comenzaban a lucir sus panzas, redondas como piñatas. Podía ser a los doce o trece años, o incluso antes las precoces. Una vez que se iniciaba la cadena reproductiva no paraba. Era tiempo de poblar el mundo, y estas mujeres podían llegar a tener tantos hijos como sus cuerpos les permitieran.
En ese contexto, Ana no cuajaba. Acababa de cumplir dieciséis y aún no había sido bendecida con los atributos maternos. Mientras las otras mujeres amamantaban a sus bebés, ella ocupaba el tiempo pintando. Usaba pigmentos rojos y amarillos, que extraía de minerales con óxido de hierro, y negros, que obtenía del carbón vegetal. Su técnica era de escasa precisión. En general, aplicaba las tinturas sobre las rocas, con los dedos, pero su especialidad era el soplado con huesos huecos, que provocaba una lluvia de color.
Inspirada en el entorno, Ana hacía caballos salvajes, ciervos, leones, elefantes, vacas y peces. Otros utilizaban estas representaciones en rituales, para lograr buenos resultados de caza, o por motivos religiosos. Lo de Ana, en cambio, era arte por amor al arte. Pocos en la tribu se daban cuenta de esta excentricidad. Uno era Fabián, que por eso estaba perdidamente enamorado de su mujer.
Los integrantes de la comunidad se alegraban de que Ana se empeñara en hacer algo con su vida, a la luz de que los esfuerzos por darle un hijo a Fabián iban de mal en peor. Todos querían ayudarla, así que las estatuillas de Venus habían proliferado. Mientras, la pareja probaba un sinnúmero de posturas para la cópula.
En la tribu, sin saber lo que ocurría, atribuyeron el problema a una maldición. El tiempo pasaba y el abdomen de Ana no crecía. La única solución, si la había, era redoblar las apuestas y adorar a los dioses como nunca. Para eso construyeron un monumento de piedra, de forma fálica y tres metros de alto, a fin de que Ana recibiera la tan ansiada fecundidad.
Terminaron el monumento y dieron rienda suelta a un interminable repertorio de oraciones, al compás de tambores y raspadores, hasta la noche. Las voces y el humo del fuego, sembrado en un círculo alrededor del falo gigante, parecían fundirse en el cielo. Al seguir el ascenso con atención se veía un destello: las ondas luminosas se cruzaban con las sonoras y continuaban hacia arriba.
Cuando Ana y Fabián ya se habían retirado a la carpa, el resto remató la velada con pociones que producían vértigo y euforia. Más loco que nadie, en trance, vagaba el viejo Hernán, líder de la pequeña comunidad. Lo del monumento había sido su idea, y de no funcionar no sabría cómo explicarlo. Pero al final el “milagro” ocurrió: de repente, de aquel punto imaginario del cielo bajó un haz cónico de una luz blanca muy intensa, que capturó la carpa en la que Ana y Fabián, como cada día antes de dormir, acababan de hacer el amor. La luz, de tan imponente, hizo que la carpa se volviera invisible por unos segundos.
Pasaron los meses hasta contar nueve y nació una gordita de ojos verdes cuyo nombre era igual de impronunciable que el de sus padres, por lo que la llamaremos Ema. Hoy sabemos que Ema no nació de milagro, sino que un espermatozoide debió viajar por una trompa de Falopio y meterse en el óvulo. Después, el óvulo fecundado debió depositarse en el útero y comenzar a desarrollarse. Habría que ver, por eso, si la carpa realmente permaneció quieta durante el lapso en que dejó de verse. Una posibilidad (y esta especulación excede a Eliot) es que haya sido absorbida por extraterrestres “solidarios”, que supieran que la potencia de los espermatozoides era proporcional a la fuerza de gravedad: a menor gravedad, mayor poder. De todas formas, esto es secundario.
Lo concreto es que Ema creció como cualquier chico, pero casi no habló hasta cumplir tres años. Y no por tener algún problema, sino porque no sabía qué decir. Prefería concentrarse en ver, oír, tocar, comer. Como su papá, disfrutaba del canto de los pájaros. De tanto observarlos, comenzó a soñar que podía volar, que le bastaba con pegar un saltito para quedar paralela a la superficie y deslizarse por el aire a voluntad. Soñaba que volaba cada vez más alto, hasta que de golpe se venía a pique. Y se despertaba desilusionada.
Sin darse por vencida, pensó que con un par de frondosas ramas de árbol (una atada en cada brazo) podría suplir la falta de alas. Pero como su altura no le permitía llegar a las copas y derribar las ramas adecuadas, le pidió a sus padres:
-¿Ustedes podrían hacerme el favor de cortarme dos ramas de árbol, lo suficientemente grandes como para que me sirvan de alas?
Ana y Fabián no lo podían creer. Todo lo que habían incentivado a Ema para que hablara, al fin, rendía sus frutos. Tanto que la pigmea se despachó así, como si fuera una adulta. Y la madre sorprendida, sin saber qué contestarle, le preguntó:
-¿Cómo ramas para hacerte alas?
Ema hubiera esperado otra respuesta. ¿Para qué servía ser hija de una artista si sus reacciones iban a ser iguales a las de cualquier mamá? Ni una palabra más, entonces, por lo menos durante varios días, volvería a salir de su boca. Se convenció de que hablar, al fin y al cabo, no servía para nada. Y se fue sola por ahí, pensando en otra manera de lograr su cometido. Había visto que el que derribaba ramas como ninguno era el pájaro carpintero, y pensó que si se lo pedía el ave tal vez le podía hacer el favor. Sólo debía encontrar la forma de hacerse entender.
Ema se pasaba las horas al pie de un árbol. Ana la observaba y se preocupaba, pero nunca tanto como el día en que la nena desapareció. La buscaron durante horas, y cuando muchos ya la daban por perdida regresó lo más campante, como si volviera de unas vacaciones. Su reaparición fue emotiva, y en el jolgorio nadie se percató de que en una de sus manos la chica llevaba un hueso hueco, como los que usaba la madre para la técnica del soplado. La diferencia era que éste tenía dos agujeros en uno de los lados.
Lo que traía Ema era una especie de flauta, con la que había descubierto que si soplaba por un extremo, mientras tapaba y destapaba con los dedos los agujeros intermedios, surgían sonidos que se parecían a los de las aves. ¡Qué gran paso! ¿Quién podía robarle la ilusión de que eso sería suficiente para comunicarse con el pájaro carpintero?
Con la flauta, Ema comenzó a llenar sus silencios, esos que tanto alarmaban a sus padres. Hasta que se dio cuenta de que, por mucho que se esforzara en lograr la atención del ave, no iba a alcanzar su propósito. Así, su deseo de volar quedaría postergado una vez más. Pero la empresa no había sido en vano, ya que su misión iba a tener por derivación un gran provecho.
La primera vez que Ana tomó la flauta entre sus manos, se preguntó cómo había sido tan imbécil de no haberla inventado ella misma, que se la pasaba soplando por un cilindro similar. Igual, no era tarde para saldar cuentas con la autoestima. Si bien no había creado el instrumento, podía perfeccionarlo. Le llevó un tiempo, hasta que razonó que si con dos agujeros obtenía cuatro notas, a medida que agregara agujeros conseguiría más. Era regla de tres simple. Entonces buscó un trozo de hueso un poco más largo que el original y le hizo cuatro orificios. Con siete el espectro sonoro hubiese sido aún mayor, pero Ana quería que la flauta le sirviera de inspiración mientras pintaba, y para eso necesitaba que una mano le quedara libre.
Acto seguido se puso a improvisar. Sus movimientos obedecían a los latidos del propio corazón, al color de los pigmentos, al zumbido del viento en las ramas, al roce del agua en las rocas y a la polifonía de los alaridos emitidos por los animales. Así, con estos arrebatos emocionales espontáneos hechos de armonía, ritmo y melodía, Ana lograba un inédito grado de abstracción, sin sospechar que en su delirio estaba prefigurando la música.
MI PRIMERA NOVELA
A comienzos de dos mil dos terminé mi primera novela. La leyeron mi mujer, mi mamá y mi suegra. Faltaba que la leyera mi abuela, pero yo quería dársela a algún escritor. Como escritores amigos no tenía, pensé en César Aira. Primero me fijé en la guía telefónica y subrayé un “César Aira” que vivía en la calle Bonorino, en Flores. En base a las reseñas sobre su vida y varios de sus relatos, ésa debía de ser su casa. Llamé y atendió un contestador automático. La voz decía: “Se comunicó con el cuatro, seis, tres, uno, etcétera..., deje el mensaje”. ¿Era la voz de Aira? En realidad dudé, porque me la había imaginado más grave. Pero luego pensé que ese timbre adolescente era el más adecuado a su aspecto (lo conocía por una o dos fotos que eran las que se repetían junto a su currículum en las solapas de sus libros).
Enseguida puse en marcha el plan “b”. Agarré el coche y fui hasta su supuesta casa. Como no sabía qué piso era (nunca había reparado en que las guías telefónicas no traen este dato) y no quería darle detalles al encargado, entré en un bar desde donde se podía ver quién entraba y salía del edificio. Pedí un café y esperé, con paciencia. Como el lugar no cerraba de noche, me quedé más de veinticuatro horas de guardia. Igual, Aira nunca apareció.
Entonces empecé a dudar, a preguntarme si serían reales el teléfono y la dirección, o sólo una ficcionalización del escritor para conservar su acostumbrado bajo perfil. Quizás hasta ni su nombre fuera César Aira, pero no lo sabía. Me resistía a aceptar que el tipo hubiera inventado una “vida pública”, con identidad y domicilio falsos, para mantenerse a salvo de "persecuciones" como la mía. En algunas de sus novelas había indicios: que su esposa se llamaba Liliana, que tenía hijos... Claro que las pistas siempre eran ambiguas. Se mezclaban el Aira escritor con el Aira personaje, y había una tensión inextricable entre lo real y lo verosímil. En cuanto a los datos biográficos, era público que había nacido en Coronel Pringles, y que desde hacía treinta y cinco años vivía en Flores. Pero volvía a dudar. ¿Serían datos verídicos, o sólo un relleno ficticio para completar las solapas de sus libros?
La oportunidad, finalmente, se me presentó en la Feria del Libro, en abril de ese año. Leí en el diario que Aira iba a estar en la presentación de Cumpleaños, por entonces su última obra. Mi primera reacción, entonces, fue pensar que se trataba de un error: ¿no sería aquel anuncio un abuso de los organizadores, sin que Aira se hubiera comprometido a asistir? De cualquier manera, yo debía estar ahí y ver qué pasaba.
El día señalado, ante mis ojos incrédulos, Aira apareció. Subió por una escalera mecánica hasta el piso del salón donde habían programado el acto, acompañado por una mujer que debía de ser su esposa. De inmediato, tomé coraje y me acerqué:
-Hola, César -le di la mano y fui directo al grano-, quería saber si leés cosas de otros para darles una opinión.
Aira, sorprendido por cómo lo había abordado, hizo un leve gesto afirmativo con la cabeza y me preguntó:
-¿Qué escribiste?
-Una novela.
-¡Pero che, todos escriben novelas! –dijo irónico. Luego me pidió un papel para anotarme su dirección-. Mandamelá, pero no me apures. Yo después te contesto.
Se la llevé al día siguiente, en un sobre, con mis datos adjuntos en una hoja. Tres semanas después, Aira dejó un mensaje en el contestador de mi casa y dijo que se iba a comunicar más tarde, o al día siguiente. Por suerte, no dejó que pasara la noche en vela, dando vueltas de ansiedad en la cama. Pasadas las ocho, sonó el teléfono y era él otra vez.
-Leí tu novela –dijo.
Yo moría por escuchar su opinión, pero para no parecer desesperado deslicé un rodeo innecesario:
-¡Ah, qué bueno!
Él también prefirió mantener el suspenso:
-Sí, la terminé el mismo día que me la trajiste, pero tuve cosas que hacer y no te pude llamar.
-¿Y qué te pareció? –le pregunté por fin.
-Ah, me gustó muchísimo. Me gustaría que nos encontremos.
Entonces quedamos en vernos al día siguiente, a las cinco de la tarde, a medio camino entre su casa y la mía: el bar Lumiton, en Boyacá y Gaona. Antes de cortar, ofreció llevarme su última novela, pero le dije que ya la había comprado en la Feria, a lo que él me contestó que ésa no era la última, sino que había una nueva que todavía no se había publicado.
Al día siguiente llegué a Lumiton a la hora convenida y Aira quince minutos después. Pidió agua mineral porque no andaba bien del estómago y puso sus cigarrillos sobre la mesa. En una bolsa, además de mi novela, traía cinco de su autoría: Varamo (por entonces inédita) Los fantasmas, Los dos payasos, Un episodio en la vida del pintor viajero y un breve relato titulado El infinito, que compartía un minúsculo librito, de edición colombiana, con Duchamp en México.
Primero hablamos de bueyes perdidos, confesó que era adicto a la televisión chimentera y aseguró: “No hay como la Rocasalvo”. Luego se quejó de no poder mirar más seguido ese tipo de programas: “En mi familia son todos muy intelectuales y no me dejan”, dijo. También me habló maravillas de Las chicas superpoderosas y El laboratorio de Dexter. Yo, que no estaba al tanto de la nueva generación de dibujos animados, escuchaba anonadado, como si un mago me estuviera revelando sus secretos, o mejor (a juzgar por las obras más desopilantes de Aira), algunas de sus fuentes de inspiración.
Sobre mi novela, se limitó a decir:
-Muy inteligente, pero le falta compromiso.
Y tenía razón. Porque a pesar de que estaba escrita en primera persona, el narrador no era yo, sino Pedro Migré. Mi esposa en la ficción se llamaba Alicia. Y no hacía falta consultar un mapa para saber que Aurora, donde transcurría la historia, era un pueblo inventado. Pero la causa de estos disfraces no era caprichosa. El hecho era que yo escribía poemas, novelas no podía. Me sobraban las palabras por todos lados y terminaba tachando y sacrificando la mayor parte, transformando el saldo en un poema. Al indagar en la causa de este inconveniente, se me ocurrió la historia de un chico, Pedro Migré, a quien en la escuela primaria se le atribuye un parentesco con Alberto Migré y por ese motivo le queda un trauma que le impedirá, ya de adulto, convertirse en escritor de novelas.
Para que se entienda mejor, rememoro aquel borrador leído por Aira, destruido en uno de mis típicos ataques de anorexia prosaica: en Aurora, el primer día de clases, la maestra Irene pasaba lista: ¿Alves, Gabriel? Presente, señorita. ¿Arregui, Cristina? Presente, señorita. Tras veinte nombres y apellidos con sus veinte repetidas respuestas, era mi turno. ¿Migré, Pedro? Presente, señorita. La maestra se quedaba pensando... Leía lo que le quedaba de la lista sin prestar atención y al final, como no aguantaba la curiosidad, volvía: ¿Migré? Presente, señorita, volvía a decir yo (digo “yo” o “mi” para agilizar el relato). Irene contenía la risa por mi inocencia y me preguntaba si tenía algún parentesco con Alberto Migré. Yo la miraba confundido. Migré, el de las novelas, insistía Irene. Mi silencio se debía no sólo a que desconocía que Migré era un famoso autor de telenovelas, sino también a que ignoraba el significado de la palabra “parentesco”. En suma, al callar otorgaba, y me condenaban por el resto de la primaria a ser el sobrino de Alberto Migré.
A la salida de la escuela, solía escuchar a las madres cuando comentaban que Alberto Migré y yo parecíamos dos gotas de agua. Yo oía lo que se decía y, por confusión y por timidez, me callaba. Para mí, Alberto Migré pasaría a ser, como afirmaban esas mujeres, y como había dicho mi maestra, “el de las novelas”. Al punto que comenzaría a creer que todas las novelas, tanto las televisivas como las literarias, le pertenecían a Migré.
De vuelta de la escuela, tomaba la merienda y Gladys, la mucama, planchaba y miraba Trampa para un soñador. “Otra vez la novela de Migré”, pensaba yo (sin saber que el autor, en realidad, era Luis Gayo Paz). La chica humedecía la ropa con una botella de plástico amarilla, cuya tapa dosificaba la salida del agua. Gladys, con la vista fija en la pantalla, parecía soñar con tener algún día la suerte de “Valeria” (la heroína) y conseguir un novio como “Lito” (el galán).
Mientras tanto, yo seguía sin saber quién era Alberto Migré. Es decir, una idea tenía por lo que se hablaba, pero nunca lo había visto. Una noche, durante la cena, le preguntaba a mi mamá y ella me explicaba que Migré era el que escribía las novelas de la televisión, el que les daba a los actores lo que tenían que decir. Ah, como la novela que mira Gladys, asociaba yo. ¿Qué novela mira Gladys?, se sorprendía mi mamá, que se pasaba el día fuera de casa y no podía controlar lo que hacía la empleada. No sé, una novela, decía yo. Mi mamá continuaba: que por qué le estaba haciendo esa pregunta. Ella debía de imaginarse que era por el apellido compartido, pero me seguía la corriente: ¡Contame, dale! Y yo, mientras tanto, trataba de recordar la palabra “parentesco”. La tenía en la punta de la lengua, hasta que al fin lograba decirle que la maestra me había preguntado si tenía algún parentesco con Alberto Migré. Mi mamá respondía que si Alberto Migré fuera nuestro pariente no estaríamos como estamos. ¿Y cómo estamos?, preguntaba yo, más confundido aún. Que no, Pedrito, intentaba aclararme mi mamá, que era un chiste, que a la maestra le dijera que no.
Pero en la escuela estaban todos tan encantados de que allí hubiese un familiar de Alberto Migré que desmentirlo resultaba inútil. No me llevaban el apunte, al tiempo que yo les tomaba cada vez más odio a Migré y a sus novelas, lo que en mi limitado universo infantil se proyectaba a todas las novelas. Esto, a la larga, iba a dejar sus secuelas en mí. Ya de grande, me proponía ser escritor, pero me invadía una pesadilla recurrente, el costo de ese anhelo: mi rostro se convertía en el de Alberto Migré y la mucama que me había torturado con Trampa para un soñador se multiplicaba en cientos de clones que me perseguían y me pedían autógrafos en la presentación de mi libro.
Casi convencido de que nunca podría escribir una novela, se me ocurría un antídoto contra el trauma: el Ejercicio Ezquizoide de Enajenación, que me permitiría dejar de ser Pedro Migré mientras escribía. La cuestión era que el personaje, Pedro, padecía una neurosis obsesiva. Si no respetaba ciertos rituales a diario sentía que “corría el riesgo” de parecerse a cualquier persona que se le cruzara por la cabeza. La clave, pues, era abandonar esos rituales y que los infinitos seres que lo atormentaban se apoderaran de él de una sola vez, se neutralizaran unos a otros y dieran lugar a un álter ego, que llevara por nombre el mío verdadero.
CALDERA
A Caldera lo llamaban “locutor” porque conducía un programa en la radio. Miguel Caldera se llamaba, y tenía la particularidad de pronunciar mal la letra r (en vez de “erre”, decía “egrgre”). Por eso se había propuesto “traducir” sus alocuciones a un castellano limitado, en el que no existiera el sonido “rr”. Por ejemplo, si a la hora de las noticias el redactor le pasaba un texto que decía: “El terremoto en Israel arrojó un saldo de ciento cincuenta muertos y doscientos heridos, varios de ellos con pronóstico reservado”, Caldera decía: “El sismo en Medio Oriente dejó un saldo de ciento cincuenta muertos y doscientos heridos, varios de ellos muy graves”. Tan canchero llegó a ponerse Caldera en su estudiado disimulo que dejó de hacer las anotaciones previas en un papel, confiado en poder improvisar y reformar cada uno de los textos directamente al aire, en tiempo real. Había ciertas palabras que parecían imposibles de reemplazar, pero Caldera se las ingeniaba con algún rodeo para decir lo mismo sin quedar en evidencia. De hecho, en la radio en la que trabajaba no conocían su defecto. El que sospechaba algo era el redactor del noticiero, porque no había vez que Caldera no modificara los textos que él le pasaba. Si bien al principio el redactor pensó que este recurso debía de ser un gaje del oficio, llegó un punto en que empezó a revisar cuáles eran las palabras descartadas. Pero Caldera, bien atento, se dio cuenta de la persecución y, para despistar, empezó a relegar también otras palabras que no tenían el sonido “rr”. Esa estrategia primero le funcionó, hasta que a la larga el redactor descubrió que las únicas palabras que Caldera nunca pronunciaba eran las que tenían “erre”. A partir de ahí se abrió un combate lingüístico entre los dos, que les hacía más llevadera la rutina laboral: uno colocaba, adrede, cada vez más palabras con “erre”, mientras el otro agudizaba su ingenio para salir airoso de cada situación.
DESAYUNO
Robert hacía zapping en el dial: los últimos acordes del piano de Bill Evans en Little Lulú se mezclaban con los golpes en la puerta del estudio y las escobillas machacantes de Paul Motian. La sirvienta llamó otra vez. Sin mediar aprobación del patrón, entró, dejó el desayuno y un ejemplar del New York Times. Robert, atento a la música, se sobresaltó y agradeció, todo en un mismo gesto. Echó un vistazo a las noticias y apuró el movimiento de su mandíbula para triturar las tostadas que se llevaba a la boca. Se tragó lo que le quedaba de café, despejó el escritorio y separó un bloc de hojas para empezar a trabajar. Ahora era el turno de Speak like a child, con su ritmo percusivo sobre la melodía de Hancock, similar al sonido de un reloj a cuerda, amplificado por la impaciencia de Robert. Afuera, el invierno dejaba un coletazo: la nevada en abril previa al adiós.
LA ARAÑA
Acá no es como en el cine, que antes de empezar la función se apagan todas las luces de la sala. Acá, la araña central queda encendida para iluminar el fresco del techo. Se puede mirar el escenario o mirar el techo, como un atractivo más. Está, también, la posibilidad de combinar ambas cosas: escuchar la música que viene del escenario mirando el techo. Es la mejor opción, porque la ubicación es incómoda para mirar el escenario. Hay que ponerse en el borde del asiento, asomarse y apoyar los brazos en la baranda. Eso, si se quiere confirmar que lo que suena allí abajo es, efectivamente, lo que los músicos están tocando. Si tal o cual timbre concuerda con el instrumento ejecutado. De otro modo, es mejor respaldarse y cerrar los ojos, o mirar el techo. O por momentos hacer una cosa, por momentos otra. Mirar el techo, igual, deja bastante que desear, porque esa araña, que alguna vez fue el orgullo de la ciudad, ya no es lo que era. De las lamparitas brilla sólo la tercera parte. Las demás se quemaron y no subieron a cambiarlas. Es difícil treparse hasta allí. Como no hay escaleras tan largas, usan arneses. Por eso primero dejan que se queme la mayoría de las lamparitas, así se justifica el trabajo.
UN HOMBRE SENTADO EN UN SILLON
Hay un hombre sentado en un sillón. El hombre usa barba y ahora se mete la patilla de los anteojos en la boca. Mueve las manos, ahora las deja quietas. Dice que sí con la cabeza. Observa serio, con una pierna cruzada sobre la otra. Es canoso, usa camisa y pantalón. De golpe, rompe el silencio. Mueve las manos para acompañar las palabras. Hasta que se detiene y, tomándose de los apoyabrazos, se acomoda mejor. Prefiere escuchar más que hablar, o al menos eso parece porque es lo que hace la mayor parte del tiempo.
Enfrente hay otro hombre. También es canoso y de barba. Usa traje oscuro y, éste sí, no para de hablar. El hombre, no el traje. Se ve que tiene un mazo de cartas entre las manos, que comienza a mezclar. Coloca las cartas en hilera sobre una mesa pequeña. Ambos hombres ríen, juegan a un juego que los demás no entienden. En el fondo, las ventanas proyectan su sombra. Es como si estuvieran adentro de la casa.
En la habitación de al lado, el baño, la esposa del primer hombre acaba de salir de la ducha y se ha puesto la bata azul. Se seca el pelo con una toalla y se sienta delante de un espejo. El pelo es rubio y algo enrulado. La mujer se mira los ojos, tratando de percibir qué hay en el fondo. Se queda esperando, no sabe bien qué.
Afuera todavía es de día. Un tercer hombre camina junto a una segunda mujer por el parque. No se escucha lo que dicen. De repente, sobre una pared, aparece una formación de espíritus que miran al tercer hombre. Este los mira a su vez y se va de sí, comienza a gritarles con confianza. Los espíritus prenden velas y el hombre cierra los ojos.
La casa es grande, con tantos ambientes que muchos de los que allí viven pasan días enteros sin verse la cara. En otra habitación hay una tercera mujer hablando por teléfono. Es un teléfono antiguo, amurado sobre la pared. Un hombre que no es su marido la mira, trata de comprender lo que habla. Cuando corta, entre un llamado y otro ambos se toman de la mano y corren fuera de la casa hasta llegar a un lago. Allí se quedan, apreciando el reflejo de las nubes, porque es un día nublado, y el leve movimiento del agua en círculos concéntricos.
Pero no todo es color de rosas. Hace pocas horas, uno de los habitantes de la casa fue llevado preso por algún delito no revelado. Se lo llevaron y lo introdujeron en una sala de interrogatorio. Las preguntas las hace una mujer policía. Le muestra un papel arrugado con algunas inscripciones. El hombre parece no tener voluntad de hablar. Ha dejado a sus hijas en la terraza de la casa. Una, la mayor, dando vueltas en bicicleta, con un equipo de gimnasia rosa fuerte. La otra, con sus piernas cortas, corriendo detrás. No se cansan. Cae la tarde y ni siquiera hay viento, porque la ropa tendida está inmóvil como una foto. Más lejos, otra terraza con otra nena y, también, el reflejo amarillo del último sol, que se filtra por una grieta imprevista del nubarrón macizo.
En realidad, todos están disimulando. Hasta hay un integrante de la familia que se hizo pasar por muerto para llamar la atención. Los que más lo querían se distraen en el velorio. A esta hora, y si todo salió como tenían previsto, los protagonistas ya deben de haberse casado. Estarán volando, él con su smoking, ella con su vestido blanco, hacia otro lugar y otro tiempo. Cuando regresen a la casa, el fondo será pura coincidencia. Las teclas del piano de Poulenc y la batidora manual de la mujer, un tenedor girando en un jarrito. En unos minutos estarán listos los huevos revueltos. El hombre, tendido en el sillón con la cabeza en un apoyabrazos y los pies en el otro, se dará cuenta de que todo lo que escriba ya habrá sido escrito. Entonces se meterá en la cama y sentirá que allí dentro está demasiado frío. La mujer ya habrá terminado de cocinar y lo estará esperando bajo la frazada y su poncho. Antes de dormirse, le mirará el pelo y descubrirá, sobre la nuca, una matita subiendo, rascando colita.
miércoles 13 de junio de 2007
Relatos
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LA MUDANZA
I
Uno sabe que es ansioso, lo que no sabe es que está cada vez peor. Es algo que se puede comprobar, por ejemplo, antes de una mudanza. Basta con vivir en un departamento de dos ambientes y querer mudarse a uno de tres para que las condiciones estén dadas. El problema, o mejor dicho uno de los problemas, es hacer una operación simultánea. Vender para poder comprar, sincronizarlo bien. Aparecen las dudas propias del mecanismo. Si se vende y aún no se compra, ¿dónde va a ir uno a vivir? O al revés, ¿cómo se paga el departamento nuevo si todavía no se vendió el viejo? Etcétera, etcétera. Se busca asesoramiento, por ejemplo de una inmobiliaria, siempre y cuando sea de confianza.
II
Yo conozco una inmobiliaria. Un lugar chico, atendido por sus dueños. Lo que no me explico es por qué se llama Chasqui. Chasquis, si mal no recuerdo, eran los indígenas que llevaban y traían la correspondencia. Pero esto no tiene nada de correo, es una inmobiliaria.
III
Puede que atienda Rogelio y lo primero que diga, con tono paternal, es que el paso principal ya está dado. Quiere decir, poner en venta el departamento. Hay que tasarlo, firmar un contrato. Suena razonable. Además, hay que combinar un día para que vayan a tomar las medidas. Y también a recabar una serie de variables que pesan a la hora de establecer un precio. Es probable que el valor sea bastante más alto de lo que pensamos, lo que abre dos posibilidades: o buscan tentarnos para que les cedamos la propiedad, o es cierto lo que se dicen los diarios y la televisión, de que los precios han vuelto a los valores del uno a uno. Al cabo, si nos convencen, uno firma unos papeles y entrega una copia de la escritura a la inmobiliaria, que por un lapso de setenta días adquiere la potestad de vender el departamento y cobrar una comisión. Si uno va recomendado, es probable que le hagan un descuento en el porcentaje.
IV
En general, el fin de semana siguiente ponen un aviso en los clasificados del diario y mandan a una persona para que haga la guardia. Puede ser entre las tres y las seis de la tarde, o entre las cuatro y las siete, según la época del año, por la hora en que anochece. La situación es nueva, claro, y genera temores. Por ejemplo, a ser víctima de un asalto, sobre todo si la transacción ocurre en un país que atraviesa una fuerte crisis de inseguridad. La situación de mostrarle a extraños un departamento habitado puede ser una tentación para el hampa.
V
Un interrogante bastante común es qué hacer tres horas con la persona de la guardia. ¿Hay que estar con ella y conversar, o dejarla sola en la cocina mientras uno hace otra cosa? Es difícil saberlo de antemano. Lo mejor es relajarse y ver cómo se van dando las cosas.
VI
En realidad, no hay que prever tanto. Porque puede pasar que los preparativos al final no sirvan para nada. Que uno se quede tres horas esperando a que suene el portero eléctrico, rogando que venga alguien que haya leído el aviso, y nada. Tampoco hay que pensar que el departamento se va a vender enseguida, y que su amplitud y excelente estado de conservación son dos poderosas armas de seducción a la hora de conseguir compradores. Parece obvio, pero para que eso ocurra primero la gente lo tiene que ver.
VII
Por las dudas, y ante el desconcierto que provoca el eventual desaire, es recomendable ir hasta la planta baja para asegurarse de que el portero eléctrico funciona bien, que no sea un desperfecto en el aparato la causa de que decenas de personas interesadas se vayan luego de insistir una y otra vez con el botón apretado, sin obtener respuesta. Si uno toca y arriba atienden, esa hipótesis queda descartada.
VIII
Lo mejor para combatir la ansiedad que provoca la espera es ver si salieron avisos de departamentos para comprar que coincidan con lo que nosotros estamos buscando. Si hay algo, se puede dejar a la mujer de uno con la persona de la inmobiliaria y salir a hacer una recorrida. Aunque a nuestra mujer no le guste, hay que tratar de convencerla de que es la mejor forma de optimizar el tiempo. En alguno de esos avisos puede estar nuestra futura vivienda.
EL EDIFICIO
Enfrente hay un lugar que no sabemos lo que es. Podría ser un hotel. Un hotel moderno, de varias estrellas. Tiene diecinueve ventanas, algunas iluminadas. Además, hay una especie de pasarela por la que de vez en cuando camina gente. De noche se ven los televisores. Se trata de uno de los edificios más grandes de la manzana. Cada vez que viene alguien a mi casa nos ponemos a especular sobre qué funcionará allí dentro. Dicen que un hotel no, porque ven que algunas personas andan en silla de ruedas por la pasarela. Que lo más probable es que sea un geriátrico. Pero cuando nos quedamos mirando observamos que todas las personas que salen a la pasarela lo hacen en silla de ruedas. Eso cambia nuestra idea de lo que hay allí enfrente. Concluimos en que tiene que ser un centro de rehabilitación para pacientes con problemas ambulatorios. También, claro, podríamos dar una vuelta manzana, pasar frente al edificio y ver si hay algún cartel que nos quite todas las dudas.
LA ROPA
Los Albarado son un matrimonio común y corriente. Ella se llama Susana, una ama de casa que se pone feliz cuando cuelga la ropa en el lavadero y el viento la mueve. “Se va a secar rápido”, piensa. Parece una estupidez, pero la realidad es que el clima húmedo, muy típico en la costa galesa, es toda una complicación. La soga permanece llena durante días, con la ropa mojada, muerta de risa, hasta que al final toma olor feo y hay que volver a lavarla.
FIDEOS
A mí lo que me gusta es que das la directiva y movés la manito. Porque vos tenés un tema con la mano. ¿Te acordás de la paleta? Si no es la manito es el dedito. Movés el dedito desde atrás, me cargás, te reís, me das besos, te vas a ver si ya están los fideos. Faltan cuatro minutos más o menos. Hasta que me decís: ¿Venís? Y yo voy. Voy y los cuelo. Eso es lo que más te gusta, me decís. Y querés ver mi cara para comprobar si es verdad.
CUADRADO
Es un cuadrado, casi cuadrado, un poco más ancho que alto. A la izquierda termina una pared de ladrillos, un costado en el vidrio y el otro en pintura blanca. Entonces, como producto de la primera terminación, empieza un frente transparente, sólo interrumpido por un marco de metal, en forma de “u” invertida, y dos manijas largas en sentido vertical, una del lado de adentro y otra del lado de afuera. Ese es el límite entre el mosaico y el mármol. Viene el mármol, vaya a saber uno de qué color, a la izquierda unas plantas y adelante el escalón, el semicírculo, adornado en el borde con dos canaletas. Es espejo también, pero después no, al bajar, porque hay baldosas y las baldosas son opacas. Hay todo un ancho de vereda hasta el árbol, y a continuación un auto estacionado. Pasa un hombre con la camisa afuera. Con las piernas bastante separadas, camina. Pasa un joven con buzo y mochila. Pasa un taxi y luego un auto, por el empedrado. Aunque durante varios minutos no pasa nada. La mayor parte del tiempo no pasa nada, y menos un domingo.
DISCO
En esta grabación, de tan extraordinaria que es, da la sensación de que el que canta lo está haciendo alcoholizado. Escuchamos bien el espanto, como volver a la sensación de aquella mañana. En un restorán sentimos el ruido, en la calle. Conozco tu pueblo. Hablás con alguien como si estuviera hablando con vos, pero en realidad ya habló antes, cuando no estabas. Qué linda consigna. ¿Qué le ponemos arriba? A lo mejor no lo recordás, pero mi objeto preferido es un disco de plástico rosa. Estamos armando la casa con canciones como ésta. ¿Estás sola? ¿Preguntarán eso o cuánta plata tenemos para negociar? Porque cuando firmamos el mutuo se establecía que no se podía pagar nada por fuera. Nos prometieron el oro y el moro, e igual no alcanza. Una cosa más, la última: se habla del asunto cuando se refieren a ella. Y la verdad es que ella, así como la ves, recorrió toda Rusia, todas las provincias rusas. Decía que ni la barrera del idioma se interpone en las canciones, que perciben la sinceridad del cantante y por eso se entregan, como si fuera una colecta que todavía se va a extender unos días más.
EL CHICO DEL ESPACIO
Tiene catorce años y está cambiando con la moda. Esta es mi comida, dice, y esta es mi muñeca, mi juguete. Dice cómo se llama, pero no se entiende. Prefiere dormir en el hotel. Es como si viniera del futuro a parar en la esquina. No se puede controlar. Cada uno de sus movimientos es una intriga. Como no tiene tiempo, mira alrededor y se mueve con un arma, va buscando su destino, pero nadie le cree. Mira el sol y sus ojos parecen cucharas con el mismo deseo. La electricidad es rica y romántica. Por eso mira y mira, sin sentirse culpable. Está buscando algo o llamando al día. Yo era un artista, dice, pero ya estoy viejo y no puedo dormir. Es muy excitante ver cómo se produce el descenso. Hay silencio, suspenso, eructo, hasta que se pone en evidencia y le agarra vergüenza. Entonces vuelve a correr, rebelde, y lo único que quiere es contar la verdad. Ahí aparece la ametralladora, no la tenía escondida. Qué rápido se deteriora su voz, susurra y raspa. Brasil lo espera, tal vez, pero un Brasil anglosajón. Claro, ya no hay vuelta atrás y se traslada sin escalas. El hombre anciano... Yo diría: hasta el hombre anciano se pone colorado.
SILICONA
La silicona no era dañina. Había una necesidad terrible. Era un tema que nos apasionaba y no sabíamos cuándo se iba a resolver. El profesor, por ejemplo, era un experto, y hablaba de tormenta en el mundo musulmán. Había una expresión de inquietud en la cara distinguida. Sonaba extraño, pero no sabía leer ni escribir. Al menos prendía el horno para que se calentara. Miraba la camioneta que venía y pensaba que si ladraba un perro, los otros lo iban a seguir. Y que si venía un tren, después iba a venir otro.
JOVENCITAS
Hay unas jovencitas muy atrevidas. ¿Estaré para enamorar a una mujer? Tengo una idea. Salir los viernes a la noche a dar una serie de conferencias. Para mí que van todos. Pero usted va a tener que trabajar. Ahora empieza un poco el calorcito y le tocamos la mano a la novia. Sería conveniente, incluso por motivos de salud. El tiempo, al cabo, debería salvar nuestras almas. Quiero decir, cuando vuelva a verte y trates de apalearme o besarme. Porque aunque parezca que nada te importa, sé que igual vas a tratar de hacerlo. Detrás de la puerta está el padre tocando una armónica, cada vez más bajo. Sus ojos están rotos, quiere irse a flotar por ahí. Ahora, en su mente, sopla y sopla más de lo que suponía.
RULITO
Mientras trato de describir la sensación del rulito, me dicen que puedo seguir durmiendo como un haragán, hasta volverme loco. En este salón, a la medianoche, hay demasiada nicotina. Los tambores chillan por la paz en el cielo. Está bien, uno puede prenderlo o apagarlo, pasarse el peine, afinar mucho la voz, hasta que nadie lo reconozca. ¿Leche o champagne con un buen plato de carne? La sensación es tener el estrecho tubo de pelo con la pinza de tres dedos, un tubo por tirabuzón cada vez más duro, hasta que se dobla y se retuerce, como si el fuego lo rodeara. Luego, sobre una de las laderas, el tren se rompe (todos lo saben) bajo el constante brillo del sol.
DICTADOR
El dictador perpetuo se trae una dama. Deja que la gente venga y se posicione. La casa amarilla que proyectó era como de mariscal. Caminata y perorata, al lado de la hamaca. Es una especie de muestrario a medio terminar. Hasta el coreano puede hablar de las rajaduras del cielo. Es el problema del hablar pausado, es más fuerte la ofensa. El calzado no deja huella, porque no quiere que se sepa si va o viene. Se habla que fue una locura, por el exterminio. Hay uno que disfraza a los chicos, los manda como carne de cañón. Ellos van, entre vestigios de peces raros, y se alimentan de camaroncitos. Avanzan hacia las lagunas, en una expedición silenciosa. Seguro pararán dos o tres noches en la selva.
MERCADO
Dentro del mercado, con toda tranquilidad. En la calle, las mujeres no llevan collares. A esta zona la llaman el colmenar. Todos los museos son muy pequeños cuando tenemos los raudales. Algunos salen de circulación: la vaca que mira, el camión y el auto que ya no se hace más. Es mucha plata ya pintar. Abrieron una brecha y la localidad quedó fuera del lago. Cada diez metros hay frutillas, la altura máxima no supera al árbol.
INTUICION
La intuición me lleva al pájaro. Cada día pienso en una jovencita, en el camino, que viene hacia mí con el sombrero azul. Si hay luz, voy hacia ella, porque esa es mi vida. Toda la gente se da cuenta, miles de personas que, realmente, no tienen nada que hacer. De otro modo, saldrían hasta la esquina a parar los camiones e impedirles el paso, por más que eso implique un sacrificio demasiado alto. Yo sé que alguien está bajando, el ascensor hace ruido. Y entonces hace ruido mi cabeza. Ayer, los que cantaban eran menos, pero mejores. Ahora se llora y no quieren llorar, porque lo dice el que afinaba como nadie. La distancia son tres mil kilómetros por mar, y arriba hay sol en cualquier parte.
DURANTE EL ARREBATO
En aquel momento, una mujer de cierta edad la tocó y se despegó de la mesa. Después empezó a pedir comida. ¿Qué se podía esperar de alguien que se casaba sin haberlo deseado? Sobre todo, si ese alguien siempre se animaba a hacer todo lo que le gustaba. Por ejemplo, prendía las luces en la ciudad, a la noche, cuando estaban apagadas. Iba con palo, trapo y kerosén. Más tarde, con los codos sobre la mesa y las manos entrelazadas en un puño, daba la sensación de que estaba rezando. No quería llorar aunque le pesaran las cadenas. La gran pregunta, entonces, era qué podía hacer en su situación. Y ahí vino la respuesta: comprarse un perro y sacarlo a pasear todas las noches, de paso que salía a prender las luces con los útiles más frecuentes. En una mano los útiles, en la otra la correa. Y si la tarea se complicaba, siempre le quedaba el recurso de atar al perro mientras tanto.
GITANO
El gitano dice que da garantías en cada habitación. El agujero es rápido, sobre todo en la ruta. Todos están mirando, más de lo que él quisiera, cómo su cuerpo cae. Muestra lo que podría ser, si las estrellas fueran estrellas. Tiene los ojos como los de un detective. Pide que lo toquen en la operación y lo que está pasando es que es él el que está escuchando, detrás de la montaña, a millones de personas. Nadie lo puede ver, ni siquiera con un espejo. La multitud se vuelve loca bajo esa atmósfera de falsa intimidad. En pocos minutos vuelven a sus casas a dormir, las mujeres sin maquillaje y atentas a ayudar a cualquiera que pase por ahí un poco aburrido. Uno sobre otro encontrarán la gloria y harán historia.
PASEO
Podemos dar un paseo y dejar que el tiempo pase. Creo que tiene que ver con la formación de hombre. Un ejemplo gráfico, para empezar, es administrar lo que nos está pasando, sorpresas que son lindas, que vienen en sartén. El brindis de la noche lo propone el hombre malo, que no termina de cenar porque lo interrumpen. Qué siente, qué le pasa concretamente, nadie lo sabe. Dicen que se desvanece, que no puede ya mantenerse en pie. Música es lo que sobra para estirar este momento, largas pausas, y cuando retomemos el hilo nos encontraremos en el mismo lugar. El imperio, asegura el marido de la salvadora, no se derrumba por un viaje.
PAISAJE
Parece mentira, pero desde el quinto piso se ve lejos. Es difícil determinar hasta dónde uno ve. La combinación del verde y el violeta, que por una de esas casualidades presentan los árboles de variedades que ignoro, es linda. El verde es todo, es la vida. Se mueve como el mar cuando no está embravecido. O como la campana cuando marca la hora. Acá, en los alrededores, no hay campanas ni iglesias. El cielo está limpio, ni una nube. El violeta, en cambio, es tenue, menos tupido. Deja ver unas ramas que podrían ser negras, pero son grises, entre marrones y grises. El horizonte es rosa y más arriba, celeste. No me canso de mirar. El tanque de agua, por ejemplo, oxidado abajo y hermoso arriba. El tren, que por unos segundos tapa el griterío de los chicos.
TROMPADA
Me pueden pegar una trompada. Ayuda, ayuda, trataré de gritar a un lado y a otro, como un travesti. Comeré galletitas de colores y tomaré una infusión amarga, hasta que alguien venga acá, donde aparentemente voy a quedar todo golpeado, a rescatarme. ¿Te acordás cuando pasábamos las tardes con tu mamá y a mí no me importaba? Quiero decir, no me importaba si hacía frío o calor, si había nubes o sol, porque lo más importante pasaba de las puertas para adentro. Pero llegó un momento en que me di cuenta de que los rayos que vienen del cielo me ponen de buen humor. El amarillo se transforma en rojo y el rojo en marrón. La puerta chilla, claro, o al menos eso es lo que se oye por el parlante. Aprovechemos la luz, te digo aunque no estés y a riesgo de que me tomen por loco. Después se hace de noche, no se ve nada.
EL AMIGO DE LOS TOBILLOS
El amigo de los tobillos espera la tormenta. El japonés es mejor que el que boxea, y los días pasan. Algunos hacen brazadas en la mañana, en la cocina. Cada uno de mis pensamientos sangran en la prueba y tienen gusto grave. La memoria, en este caso, tiende a celebrar aunque no importe. Hay una página en la librería que es como si tuviera una cicatriz. Es un poco más complicado cuando todos los conceptos están separados. Tienen que confiar en mí, porque a nadie le importa. Por lo menos, contener la respiración como dos amantes con los cuerpos rotos. Me gusta toda esta elegancia en las cajas y los libros, sin excusas, que está viniendo. No hay nada que hacer: la reina está envolviendo los paquetes para servir, por si se resuelve que la conferencia, de cualquier manera, va a llevarse a cabo.
ESTILO
No vamos a cambiar nuestro estilo otra vez, ahora que se acerca la Navidad y estamos todos en jean. Corramos mientras nos cuidan, que después viene el espanto y las visiones que rogamos desaparezcan. El desorden de las ratas corriendo mientras llueve es algo que nadie comprende. Bienvenidos al show, dice la negra o uno un poco raro cuya cara es difícil de imaginar. El hombre se va a tirar del colectivo y va a salir corriendo cuando sienta que es real, antes del choque, antes de enfermarse y hacerse el valiente. Siento que sos mi pollera nueva, el séptimo mar que atravieso o el gato que nunca veré caer por la ventana. Los invitados están llegando, según el piso de madera, y lo hacen más rápido de lo que esperábamos.
LA MUDANZA
I
Uno sabe que es ansioso, lo que no sabe es que está cada vez peor. Es algo que se puede comprobar, por ejemplo, antes de una mudanza. Basta con vivir en un departamento de dos ambientes y querer mudarse a uno de tres para que las condiciones estén dadas. El problema, o mejor dicho uno de los problemas, es hacer una operación simultánea. Vender para poder comprar, sincronizarlo bien. Aparecen las dudas propias del mecanismo. Si se vende y aún no se compra, ¿dónde va a ir uno a vivir? O al revés, ¿cómo se paga el departamento nuevo si todavía no se vendió el viejo? Etcétera, etcétera. Se busca asesoramiento, por ejemplo de una inmobiliaria, siempre y cuando sea de confianza.
II
Yo conozco una inmobiliaria. Un lugar chico, atendido por sus dueños. Lo que no me explico es por qué se llama Chasqui. Chasquis, si mal no recuerdo, eran los indígenas que llevaban y traían la correspondencia. Pero esto no tiene nada de correo, es una inmobiliaria.
III
Puede que atienda Rogelio y lo primero que diga, con tono paternal, es que el paso principal ya está dado. Quiere decir, poner en venta el departamento. Hay que tasarlo, firmar un contrato. Suena razonable. Además, hay que combinar un día para que vayan a tomar las medidas. Y también a recabar una serie de variables que pesan a la hora de establecer un precio. Es probable que el valor sea bastante más alto de lo que pensamos, lo que abre dos posibilidades: o buscan tentarnos para que les cedamos la propiedad, o es cierto lo que se dicen los diarios y la televisión, de que los precios han vuelto a los valores del uno a uno. Al cabo, si nos convencen, uno firma unos papeles y entrega una copia de la escritura a la inmobiliaria, que por un lapso de setenta días adquiere la potestad de vender el departamento y cobrar una comisión. Si uno va recomendado, es probable que le hagan un descuento en el porcentaje.
IV
En general, el fin de semana siguiente ponen un aviso en los clasificados del diario y mandan a una persona para que haga la guardia. Puede ser entre las tres y las seis de la tarde, o entre las cuatro y las siete, según la época del año, por la hora en que anochece. La situación es nueva, claro, y genera temores. Por ejemplo, a ser víctima de un asalto, sobre todo si la transacción ocurre en un país que atraviesa una fuerte crisis de inseguridad. La situación de mostrarle a extraños un departamento habitado puede ser una tentación para el hampa.
V
Un interrogante bastante común es qué hacer tres horas con la persona de la guardia. ¿Hay que estar con ella y conversar, o dejarla sola en la cocina mientras uno hace otra cosa? Es difícil saberlo de antemano. Lo mejor es relajarse y ver cómo se van dando las cosas.
VI
En realidad, no hay que prever tanto. Porque puede pasar que los preparativos al final no sirvan para nada. Que uno se quede tres horas esperando a que suene el portero eléctrico, rogando que venga alguien que haya leído el aviso, y nada. Tampoco hay que pensar que el departamento se va a vender enseguida, y que su amplitud y excelente estado de conservación son dos poderosas armas de seducción a la hora de conseguir compradores. Parece obvio, pero para que eso ocurra primero la gente lo tiene que ver.
VII
Por las dudas, y ante el desconcierto que provoca el eventual desaire, es recomendable ir hasta la planta baja para asegurarse de que el portero eléctrico funciona bien, que no sea un desperfecto en el aparato la causa de que decenas de personas interesadas se vayan luego de insistir una y otra vez con el botón apretado, sin obtener respuesta. Si uno toca y arriba atienden, esa hipótesis queda descartada.
VIII
Lo mejor para combatir la ansiedad que provoca la espera es ver si salieron avisos de departamentos para comprar que coincidan con lo que nosotros estamos buscando. Si hay algo, se puede dejar a la mujer de uno con la persona de la inmobiliaria y salir a hacer una recorrida. Aunque a nuestra mujer no le guste, hay que tratar de convencerla de que es la mejor forma de optimizar el tiempo. En alguno de esos avisos puede estar nuestra futura vivienda.
EL EDIFICIO
Enfrente hay un lugar que no sabemos lo que es. Podría ser un hotel. Un hotel moderno, de varias estrellas. Tiene diecinueve ventanas, algunas iluminadas. Además, hay una especie de pasarela por la que de vez en cuando camina gente. De noche se ven los televisores. Se trata de uno de los edificios más grandes de la manzana. Cada vez que viene alguien a mi casa nos ponemos a especular sobre qué funcionará allí dentro. Dicen que un hotel no, porque ven que algunas personas andan en silla de ruedas por la pasarela. Que lo más probable es que sea un geriátrico. Pero cuando nos quedamos mirando observamos que todas las personas que salen a la pasarela lo hacen en silla de ruedas. Eso cambia nuestra idea de lo que hay allí enfrente. Concluimos en que tiene que ser un centro de rehabilitación para pacientes con problemas ambulatorios. También, claro, podríamos dar una vuelta manzana, pasar frente al edificio y ver si hay algún cartel que nos quite todas las dudas.
LA ROPA
Los Albarado son un matrimonio común y corriente. Ella se llama Susana, una ama de casa que se pone feliz cuando cuelga la ropa en el lavadero y el viento la mueve. “Se va a secar rápido”, piensa. Parece una estupidez, pero la realidad es que el clima húmedo, muy típico en la costa galesa, es toda una complicación. La soga permanece llena durante días, con la ropa mojada, muerta de risa, hasta que al final toma olor feo y hay que volver a lavarla.
FIDEOS
A mí lo que me gusta es que das la directiva y movés la manito. Porque vos tenés un tema con la mano. ¿Te acordás de la paleta? Si no es la manito es el dedito. Movés el dedito desde atrás, me cargás, te reís, me das besos, te vas a ver si ya están los fideos. Faltan cuatro minutos más o menos. Hasta que me decís: ¿Venís? Y yo voy. Voy y los cuelo. Eso es lo que más te gusta, me decís. Y querés ver mi cara para comprobar si es verdad.
CUADRADO
Es un cuadrado, casi cuadrado, un poco más ancho que alto. A la izquierda termina una pared de ladrillos, un costado en el vidrio y el otro en pintura blanca. Entonces, como producto de la primera terminación, empieza un frente transparente, sólo interrumpido por un marco de metal, en forma de “u” invertida, y dos manijas largas en sentido vertical, una del lado de adentro y otra del lado de afuera. Ese es el límite entre el mosaico y el mármol. Viene el mármol, vaya a saber uno de qué color, a la izquierda unas plantas y adelante el escalón, el semicírculo, adornado en el borde con dos canaletas. Es espejo también, pero después no, al bajar, porque hay baldosas y las baldosas son opacas. Hay todo un ancho de vereda hasta el árbol, y a continuación un auto estacionado. Pasa un hombre con la camisa afuera. Con las piernas bastante separadas, camina. Pasa un joven con buzo y mochila. Pasa un taxi y luego un auto, por el empedrado. Aunque durante varios minutos no pasa nada. La mayor parte del tiempo no pasa nada, y menos un domingo.
DISCO
En esta grabación, de tan extraordinaria que es, da la sensación de que el que canta lo está haciendo alcoholizado. Escuchamos bien el espanto, como volver a la sensación de aquella mañana. En un restorán sentimos el ruido, en la calle. Conozco tu pueblo. Hablás con alguien como si estuviera hablando con vos, pero en realidad ya habló antes, cuando no estabas. Qué linda consigna. ¿Qué le ponemos arriba? A lo mejor no lo recordás, pero mi objeto preferido es un disco de plástico rosa. Estamos armando la casa con canciones como ésta. ¿Estás sola? ¿Preguntarán eso o cuánta plata tenemos para negociar? Porque cuando firmamos el mutuo se establecía que no se podía pagar nada por fuera. Nos prometieron el oro y el moro, e igual no alcanza. Una cosa más, la última: se habla del asunto cuando se refieren a ella. Y la verdad es que ella, así como la ves, recorrió toda Rusia, todas las provincias rusas. Decía que ni la barrera del idioma se interpone en las canciones, que perciben la sinceridad del cantante y por eso se entregan, como si fuera una colecta que todavía se va a extender unos días más.
EL CHICO DEL ESPACIO
Tiene catorce años y está cambiando con la moda. Esta es mi comida, dice, y esta es mi muñeca, mi juguete. Dice cómo se llama, pero no se entiende. Prefiere dormir en el hotel. Es como si viniera del futuro a parar en la esquina. No se puede controlar. Cada uno de sus movimientos es una intriga. Como no tiene tiempo, mira alrededor y se mueve con un arma, va buscando su destino, pero nadie le cree. Mira el sol y sus ojos parecen cucharas con el mismo deseo. La electricidad es rica y romántica. Por eso mira y mira, sin sentirse culpable. Está buscando algo o llamando al día. Yo era un artista, dice, pero ya estoy viejo y no puedo dormir. Es muy excitante ver cómo se produce el descenso. Hay silencio, suspenso, eructo, hasta que se pone en evidencia y le agarra vergüenza. Entonces vuelve a correr, rebelde, y lo único que quiere es contar la verdad. Ahí aparece la ametralladora, no la tenía escondida. Qué rápido se deteriora su voz, susurra y raspa. Brasil lo espera, tal vez, pero un Brasil anglosajón. Claro, ya no hay vuelta atrás y se traslada sin escalas. El hombre anciano... Yo diría: hasta el hombre anciano se pone colorado.
SILICONA
La silicona no era dañina. Había una necesidad terrible. Era un tema que nos apasionaba y no sabíamos cuándo se iba a resolver. El profesor, por ejemplo, era un experto, y hablaba de tormenta en el mundo musulmán. Había una expresión de inquietud en la cara distinguida. Sonaba extraño, pero no sabía leer ni escribir. Al menos prendía el horno para que se calentara. Miraba la camioneta que venía y pensaba que si ladraba un perro, los otros lo iban a seguir. Y que si venía un tren, después iba a venir otro.
JOVENCITAS
Hay unas jovencitas muy atrevidas. ¿Estaré para enamorar a una mujer? Tengo una idea. Salir los viernes a la noche a dar una serie de conferencias. Para mí que van todos. Pero usted va a tener que trabajar. Ahora empieza un poco el calorcito y le tocamos la mano a la novia. Sería conveniente, incluso por motivos de salud. El tiempo, al cabo, debería salvar nuestras almas. Quiero decir, cuando vuelva a verte y trates de apalearme o besarme. Porque aunque parezca que nada te importa, sé que igual vas a tratar de hacerlo. Detrás de la puerta está el padre tocando una armónica, cada vez más bajo. Sus ojos están rotos, quiere irse a flotar por ahí. Ahora, en su mente, sopla y sopla más de lo que suponía.
RULITO
Mientras trato de describir la sensación del rulito, me dicen que puedo seguir durmiendo como un haragán, hasta volverme loco. En este salón, a la medianoche, hay demasiada nicotina. Los tambores chillan por la paz en el cielo. Está bien, uno puede prenderlo o apagarlo, pasarse el peine, afinar mucho la voz, hasta que nadie lo reconozca. ¿Leche o champagne con un buen plato de carne? La sensación es tener el estrecho tubo de pelo con la pinza de tres dedos, un tubo por tirabuzón cada vez más duro, hasta que se dobla y se retuerce, como si el fuego lo rodeara. Luego, sobre una de las laderas, el tren se rompe (todos lo saben) bajo el constante brillo del sol.
DICTADOR
El dictador perpetuo se trae una dama. Deja que la gente venga y se posicione. La casa amarilla que proyectó era como de mariscal. Caminata y perorata, al lado de la hamaca. Es una especie de muestrario a medio terminar. Hasta el coreano puede hablar de las rajaduras del cielo. Es el problema del hablar pausado, es más fuerte la ofensa. El calzado no deja huella, porque no quiere que se sepa si va o viene. Se habla que fue una locura, por el exterminio. Hay uno que disfraza a los chicos, los manda como carne de cañón. Ellos van, entre vestigios de peces raros, y se alimentan de camaroncitos. Avanzan hacia las lagunas, en una expedición silenciosa. Seguro pararán dos o tres noches en la selva.
MERCADO
Dentro del mercado, con toda tranquilidad. En la calle, las mujeres no llevan collares. A esta zona la llaman el colmenar. Todos los museos son muy pequeños cuando tenemos los raudales. Algunos salen de circulación: la vaca que mira, el camión y el auto que ya no se hace más. Es mucha plata ya pintar. Abrieron una brecha y la localidad quedó fuera del lago. Cada diez metros hay frutillas, la altura máxima no supera al árbol.
INTUICION
La intuición me lleva al pájaro. Cada día pienso en una jovencita, en el camino, que viene hacia mí con el sombrero azul. Si hay luz, voy hacia ella, porque esa es mi vida. Toda la gente se da cuenta, miles de personas que, realmente, no tienen nada que hacer. De otro modo, saldrían hasta la esquina a parar los camiones e impedirles el paso, por más que eso implique un sacrificio demasiado alto. Yo sé que alguien está bajando, el ascensor hace ruido. Y entonces hace ruido mi cabeza. Ayer, los que cantaban eran menos, pero mejores. Ahora se llora y no quieren llorar, porque lo dice el que afinaba como nadie. La distancia son tres mil kilómetros por mar, y arriba hay sol en cualquier parte.
DURANTE EL ARREBATO
En aquel momento, una mujer de cierta edad la tocó y se despegó de la mesa. Después empezó a pedir comida. ¿Qué se podía esperar de alguien que se casaba sin haberlo deseado? Sobre todo, si ese alguien siempre se animaba a hacer todo lo que le gustaba. Por ejemplo, prendía las luces en la ciudad, a la noche, cuando estaban apagadas. Iba con palo, trapo y kerosén. Más tarde, con los codos sobre la mesa y las manos entrelazadas en un puño, daba la sensación de que estaba rezando. No quería llorar aunque le pesaran las cadenas. La gran pregunta, entonces, era qué podía hacer en su situación. Y ahí vino la respuesta: comprarse un perro y sacarlo a pasear todas las noches, de paso que salía a prender las luces con los útiles más frecuentes. En una mano los útiles, en la otra la correa. Y si la tarea se complicaba, siempre le quedaba el recurso de atar al perro mientras tanto.
GITANO
El gitano dice que da garantías en cada habitación. El agujero es rápido, sobre todo en la ruta. Todos están mirando, más de lo que él quisiera, cómo su cuerpo cae. Muestra lo que podría ser, si las estrellas fueran estrellas. Tiene los ojos como los de un detective. Pide que lo toquen en la operación y lo que está pasando es que es él el que está escuchando, detrás de la montaña, a millones de personas. Nadie lo puede ver, ni siquiera con un espejo. La multitud se vuelve loca bajo esa atmósfera de falsa intimidad. En pocos minutos vuelven a sus casas a dormir, las mujeres sin maquillaje y atentas a ayudar a cualquiera que pase por ahí un poco aburrido. Uno sobre otro encontrarán la gloria y harán historia.
PASEO
Podemos dar un paseo y dejar que el tiempo pase. Creo que tiene que ver con la formación de hombre. Un ejemplo gráfico, para empezar, es administrar lo que nos está pasando, sorpresas que son lindas, que vienen en sartén. El brindis de la noche lo propone el hombre malo, que no termina de cenar porque lo interrumpen. Qué siente, qué le pasa concretamente, nadie lo sabe. Dicen que se desvanece, que no puede ya mantenerse en pie. Música es lo que sobra para estirar este momento, largas pausas, y cuando retomemos el hilo nos encontraremos en el mismo lugar. El imperio, asegura el marido de la salvadora, no se derrumba por un viaje.
PAISAJE
Parece mentira, pero desde el quinto piso se ve lejos. Es difícil determinar hasta dónde uno ve. La combinación del verde y el violeta, que por una de esas casualidades presentan los árboles de variedades que ignoro, es linda. El verde es todo, es la vida. Se mueve como el mar cuando no está embravecido. O como la campana cuando marca la hora. Acá, en los alrededores, no hay campanas ni iglesias. El cielo está limpio, ni una nube. El violeta, en cambio, es tenue, menos tupido. Deja ver unas ramas que podrían ser negras, pero son grises, entre marrones y grises. El horizonte es rosa y más arriba, celeste. No me canso de mirar. El tanque de agua, por ejemplo, oxidado abajo y hermoso arriba. El tren, que por unos segundos tapa el griterío de los chicos.
TROMPADA
Me pueden pegar una trompada. Ayuda, ayuda, trataré de gritar a un lado y a otro, como un travesti. Comeré galletitas de colores y tomaré una infusión amarga, hasta que alguien venga acá, donde aparentemente voy a quedar todo golpeado, a rescatarme. ¿Te acordás cuando pasábamos las tardes con tu mamá y a mí no me importaba? Quiero decir, no me importaba si hacía frío o calor, si había nubes o sol, porque lo más importante pasaba de las puertas para adentro. Pero llegó un momento en que me di cuenta de que los rayos que vienen del cielo me ponen de buen humor. El amarillo se transforma en rojo y el rojo en marrón. La puerta chilla, claro, o al menos eso es lo que se oye por el parlante. Aprovechemos la luz, te digo aunque no estés y a riesgo de que me tomen por loco. Después se hace de noche, no se ve nada.
EL AMIGO DE LOS TOBILLOS
El amigo de los tobillos espera la tormenta. El japonés es mejor que el que boxea, y los días pasan. Algunos hacen brazadas en la mañana, en la cocina. Cada uno de mis pensamientos sangran en la prueba y tienen gusto grave. La memoria, en este caso, tiende a celebrar aunque no importe. Hay una página en la librería que es como si tuviera una cicatriz. Es un poco más complicado cuando todos los conceptos están separados. Tienen que confiar en mí, porque a nadie le importa. Por lo menos, contener la respiración como dos amantes con los cuerpos rotos. Me gusta toda esta elegancia en las cajas y los libros, sin excusas, que está viniendo. No hay nada que hacer: la reina está envolviendo los paquetes para servir, por si se resuelve que la conferencia, de cualquier manera, va a llevarse a cabo.
ESTILO
No vamos a cambiar nuestro estilo otra vez, ahora que se acerca la Navidad y estamos todos en jean. Corramos mientras nos cuidan, que después viene el espanto y las visiones que rogamos desaparezcan. El desorden de las ratas corriendo mientras llueve es algo que nadie comprende. Bienvenidos al show, dice la negra o uno un poco raro cuya cara es difícil de imaginar. El hombre se va a tirar del colectivo y va a salir corriendo cuando sienta que es real, antes del choque, antes de enfermarse y hacerse el valiente. Siento que sos mi pollera nueva, el séptimo mar que atravieso o el gato que nunca veré caer por la ventana. Los invitados están llegando, según el piso de madera, y lo hacen más rápido de lo que esperábamos.
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