viernes 9 de diciembre de 2011

Ventana

(no sé qué pasa con el espacio)

Instrumento pincha manos el camino en la cabeza
lleva mar y viento la tos de Lacroix.
Que sea al revés la ciudad en hilera,
barrabrava, piedra muda o hacha,
como la e y la m
el burlete vengador.

Naranja y verde buscan sol,
no te mojes ni te saques
la campera.
¿No sabías que era afuera
todo el mundo salamandra,
la tranquera que también saqué un caballo?

Es difícil de entender tres picos,
luz colgante, música que debería ser.
Ladrillo o palo:
¿Quién quiere episodios
con los mismos personajes?
¿Qué pasa con el agua?
¿Por qué no hay tele?

Como un trompo desenreda cuadros,
el refugio de dos, o tres con el bastón,
blanco es el esfuerzo del papel en la basura,
la renuncia experimenta
partes de trote: practicar, pintar, la música
delinea colores en la casa.

Cocina gárgara de aire, pela recetas
de torta como un sol (lo vas a doblar).
¿Qué hago yo acá, afuera o adentro?
Te la pongo, pregunté, alejándome del fuego.
O la engancho en algún lado.
No te quiero así, desnudo, grandote.

¿Qué le pasa a mamá loca
con la lluvia respirada?
Cornetita en la ventana
nos denuncia el pestañeo.
Voy al baño, audiometría,
es la historia de verano.

El lugar, paisaje creciente,
nos invita a las antenas.
Las verdaderas dueñas son las moscas
gorditas, chiquitas, mosquitas,
y la madera de artefactos
que pierden en el apretuje la demanda simple.

El fastidio del hambre
viendo cartas que golpean,
en el quiosco hay alpargatas
refozadas como nunca.
En Brasil que es otra cosa, ya no importa repetir.
Propiedad de otro berrinche, un rato.

Después, hasta el árbol desintegra,
es bandera de reojo un camino cachetada,
una panza sin hervor.
Camisón, rueda, cabeza de culo.
Fruto, bruto: banana y pera
mojan el grito que chupa nada.

Comida de chancho,
¿me regalás tu seven up?
El olor a bosta coman lindos chanchos, coman.
Aerosol te explico: el aplauso crepita
broches y botones de perlas, a su trono dignísimo
reservas de zarzuela, esperan el rapto.

martes 21 de junio de 2011

Diez poemas más



VERDE

Los dibujos infantiles representan
recuerdos descartables
de la evolución.
A dos casas la obra avanza
y es más cerca el ruido
que el color.
La combinación de primavera,
los detalles de violeta
sacan a las vecinas a pasear.
No alcanzan las escobas
para contrarrestar la trompeta
oxidada de preguntar tanto
en escalas que no cierran
terremotos bajo el sol.
Avanza con palitos de metal
sobre la superficie dura.
¿Es inviolable la caricia?
El detalle, la raya perimetral
cada vez más nítida
nos da una idea
de cómo pasa el tiempo.



AMARILLO

El mar o los árboles, qué más da.
Los submarinos se delatan
sobre los bordes.
Se podría decir costa, hasta hay arena.
Pero las distorsiones llegado este punto
comienzan a pesar.
Lo que decimos en verano
sirve para instaurar
las modificaciones hermosas.
Es como una ola
que sin darnos cuenta
nos va llevando al cauce.
Un pedazo de madera
debe haber quedado, clavado,
en el muelle si no hubo crecida.
Las letras cursivas, desprolijas.
El ansia de tomar
en la espera sentada, llorando.
Son dos mundos.
Y yo estoy acá para ir a la cocina
a desenredar la incomodidad.



PAJITAS

Seis chicos con sus pajitas
agitan chocolate en rama.
Usan cascos de colores:
azul, amarillo y blanco.
El barco se detuvo
en medio de la calle
y el capitán no comprende
lo que pasa.
Dos más dos, cuatro.
Cuatro más dos, ocho.
Cómo ansía la pileta
el trampolín arbitrario.
Es duro el trabajo de mover
o de moverse de la raya.
En los futuros estantes
de la eventual librería
sobresaldrán los que salten
por los aires de techo.



INUNDACION

La inundación llegó tras el esfuerzo
de tanto transpirar entre los palos
el telgopor que amenazaba pasó.
Nadie en la superficie lunar
que transmite mi canal derecho
de por sí resulta una tentación.
En la jaula todo se ve
y hoy se ve que los muchachos
prefirieron arco iris.
En los bordes alguno se quejará
si está a la hora que debiera
cuando la máquina sale a volar.
Podría ser montaña el paisaje
si no fuera por el alcance
que demuestra el aguijón.
Las manzanas del parque
todavía deberían girar
en el recuerdo de los veraneantes.



LA OBRA

I

Adelante hay viento un poco más.
Yo no veo, escucho y huelo
los gritos y la sierra ansiosa.
El repiqueteo, casi sobre la vereda,
es el primer premio del año.
Juegan, mientras tanto, como si estuvieran
en una playa.
Las hormigas huyeron alertadas
por la demolición.
Esto recién empieza, es evidente,
por la profundidad del pozo.
Los árboles ya no están, no quedó
ni el que tenía borlas.
Oigo la procesadora, que mezcla
tierra, agua, y sal
gruesa como los esfuerzos
de los que confían en su pala.

II

Atrás el monstruo abre la boca
sin hacer caso a la madre.
Es más grande que el gato amarillo,
alimento que se cocina afuera.
Yo lo veo todo más rojo y es la lengua
que se insinúa en las fauces.
No hay lugar en la extensión
donde descanse una herramienta.
Está más fresco, hoy, lo que ayuda a pensar.
Si todos fueran sobre tres ruedas
bailando música ambiental
sería difícil repetir la misma escena
en el plazo de unos años.
Yo no hablo, es la verdad,
aunque si quisiera hacerlo podría.



CONSTELACION

En el centro asoma, cuadrada,
una cara de ojos plateados.
Puede ser un daño, el espejo.
Ni idea si la mujer que limpia
sabe hablar en griego.
Tampoco el hombre
que la mira con un balde rojo.
El uniforme la delata (a la otra),
sus chancletas acarrea de flautista.
El ajeno puede seguirla,
unirse a ella en la calle.
Lo único que dicen los títulos, después,
el pasado increíble
por los daños o por el autor
que dio origen a estos cuerpos,
hace instantes.



CUBO

El cubo decorado
con alambrado
llama a jugar.
Se destaca el impostor
que se hace el olvidado
y camina.
Lo de siempre es
el mismo contexto
propicio para ganar.
Vas a hacer muchas,
pero muchísimas no.
Está escribiendo unas palabras.
La más grande dice
que no puede parar de llorar.
La que la parió,
que está fusilada.



POZO

Aparece por las noches
más claras y a la vista
de cientos de carrocerías
entretenidas con los olores,
con otras luces que podrían
no pertenecer al mundo.
El regreso me transporta
sobre una pasta nueva,
similar a la incertidumbre.
Me pregunto dónde estaba el pozo
más chico y profundo,
la falla que hace revolver
otra vez la materia prima.
Es un dolor esquivo
que amplifica el imprevisto
y al mismo tiempo borra
de mi memoria
cualquier antecedente.



EMPEINES

Los empeines secos
se entierran en la laja
a minutos de la tormenta.
Buscamos los sombreros,
los pedazos de sanidad
en banda, antes del diploma.
Casi toda cosa pasa
debajo de las nubes,
la cocina o la plaza
encargada del baile.
Descubro un tesoro
entre las capas de polvo
que no pueden volar.
Los saquitos amarillos
en las vidrieras
anuncian la época del año:
rubia y ruidosa,
pero relajada.
La guitarra es una oferta,
vamos a comprarla.



ESCRIBIR

Podría dejar de escribir
si hace tanto que no escribo.
Me pregunto: ¿para qué sigo?
¿Para decir que el palo está en la pala?
¿Para identificar moto con alguacil?
¿Para estrenar el paraguas nuevo
de tela y sospechar que el policía
ha traído la lluvia?
Hace mucho, mucho tiempo, yo salía
a caminar y los vapores me introducían.
La presentación de una enana es otra cosa.
Mirá, el souvenir mexicano junto al hombre
pequeño que se prepara, articulado,
para otra carrera.
La cabeza, la piedra y las pilas de regalos
que aún me dejan ver el horizonte
de aquel amor a primera vista
el día que busqué y llamé para después
recorrer los kilómetros hasta el bocado.
Después nos fuimos al spa, ¿te acordás?

jueves 9 de diciembre de 2010

Otros poemas



TURBINA

La turbina
no deja dormir.
Lo bueno
es seguir pensando
que es turbina.

Carretear y volar.
¡Cómo gira la turbina!

En el patio hay espacio
para reparar.
Qué dirá la rubia
que tanto atendía.

El jefe, cómo comía,
cómo tomaba,
cómo llovía.



BANDA

Un dedo gordo y el otro
largo por afano
hacen ritmos impensados.
También el instrumento
que sería la mesa.

Me cuesta armar la banda:
que tiene vientos,
y cuando digo vientos
hablo de armónica
que aprovecha el tiempo.

Espero que el deseo
se funda en composé
de regreso. Y pasar una serie
de temporadas en terrazas
atemorizado por el ímpetu ola.

La escobilla, como la sal,
se desparrama en superficies
más grandes de lo previsto.
Repiqueteo, rompiente, trueno,
respiremos ahora bajo el agua.



COMPUERTA

La compuerta,
recuerdo,
cerraba al vacío,
para que no quedaran dudas
de que nos íbamos.

No importaba dónde,
aunque lo más probable
fuera el espacio.
La cuenta regresiva
coincidía con la modorra.

Qué feo era caer
(desde tan alto)
en la cuenta.

El roce del talón
sobre la sábana
se adjudicaba el invento.



MUEBLES

Siempre es el color de los muebles
y de los que murieron una y otra vez
cuando el negocio estaba cerrado
y había que buscar el muleto.

Ya no recuerdo, no puedo,
cuándo empezó el otoño,
cuándo se repitió por última vez
un episodio de nuestra vida.

Lo principal son los muebles:
Subirlos, bajarlos, moverlos, tirarlos.
Lo principal son los muebles.

Ya no recuerdo, no puedo,
la última vez que se repitió
un episodio de nuestra vida.



BLANDO

Voy a leer a toda velocidad
con un método que me enseñó
un amigo llamado blando.
¿Marlon?
No, blando.
¿Marlon Blando?
Marlon no, blando.
No entiendo.
Digo que voy a leer a gran velocidad
con el método de mi amigo blando.
Ah! Tenés un amigo blando.
Sí, eso es lo que estaba diciendo.



CODO

A nado, en el cemento heterogéneo,
el ángel caprichoso quiere avanzar.
El bosque que lo oculta queda diesmado
y es poco probable el reverdecer.
Los puños agitados atraviesan piedras
y los gritos, por ahora, no son de dolor.
Un mundo de gente, volando y observando
alrededor de un escenario de invención, gira.
En disputa de la razón, con sombrero negro,
se turnan enanos, normales y gigantes.
Si uno se queda, el otro lo arrastra,
agarrándolo de la articulación.
Que no llore más, que no grite más,
es el deseo del camello en plan regreso.
Parece que le duele el codo y codos,
cuando se trata de esta edad, hay a montones.



VINO

Me di cuenta de que me gusta el vino.
Pude mover.
La que salió primero se quedará
dormida.
Voy a hacer café.

Riff, riff,
ronca la siesta del amigo, de papá.
El tono que oye el pequeño
no cambia.
Es la casa luminosa que conocí,
mi vida.
Más no debe haber en ciudad.

Es el momento de las cucharas,
del deporte bajo el agua
y de rezar
para que los ánimos logren
escapar del megáfono.



VIAS

Las vías son rápidas,
tres y dos.
Aéreas,
sobre las ventanas
de los que no usan
para mirar.
Se distingue
entre espejo y vidrio,
entre pared y sal.

Una posibilidad: escalar
como profesionales de edificios
e invertir la dirección original
prevista por la naturaleza.

Sólo un ejemplar
de los que vuelan
en el hueco
imprescindible
ha logrado huir
de cajas niñas.
Sube y baja,
resuelve desechos
sin pensar.



MAPA

El mapa blanco y arrugado
refleja secretos entre mujeres.
Viene paloma, gris,
a veces como bolsa.
El estudio de disparidades
condena a un abusador.
Los que me rodean saben
cómo es posible el sueño.
¿Están lejos? ¿Cuánto?
Cada vez más largo
el vuelo del animal
a veces sube.
La función de los nodos,
la gota que rebalsa el vaso:
los que estuvieron en Catamarca
saben lo que pasó.



OJOS

Al señor de ojos saltones
se lo vincula con un chanta.
En su casa tiene el león,
estudioso y mascota.
A la izquierda hay siempre espejos
que se usan para deformar.
A la lata, la música y el sector
que avanza por otra punta
del inmenso galpón
se los oye cada tarde.
Podría ser más largo
el recorrido,
el folleto de cintas,
el revolvedor.



SECRETO

El murmullo de un secreto
da saltos entre la gente
hasta llegar a la barra.
Vaso alto, sorbete, rodaja.
El recuerdo de un viaje
aparece en la mitad,
cuando baja y baja.
El pueblito que se derritió.
Cantan como si hablaran,
juegan como si caminaran,
hablan como si callaran.
Pero si componen, agarrate.
La noche no seduce
a los que prefieren la luz
y tomar sol en invierno.
Las reposeras, en el balcón.
El encadenamiento verbal
puede terminar en grito
cuando se acaba el día.
También hace calor.



HUELLA

La luna queda más cerca
de lo que nos habían dicho.
Sin duda, pasando el inhibidor
atormentado por un niño
se llega al detalle
de la superficie pálida.
Alguna huella debería haber,
sigamos caminando.
Un señor que no está
al tanto de la situación
se sienta y anochece
en el centro de España.
Yo te voy a decir, hijo mío,
le dice al hijo.
Alrededor, una concentración
atiende y especula
sobre lo próximo que dirá
sin control ni serie.
Los reyes se despiertan
antes de darse cuenta.



UNO Y DOS

La formación luminosa
que no termina cerca
y se repite hasta lo invisible.
La hipnosis infantil
que antes era un ojo
y ahora es una bruma.
El abrigo de cárcel
al borde de la ventana
que evita la tierra.

Al aire y luz
le falta pintura.
La vista al mar
es mucho más cara.
La persiana de un loco
se puede clausurar.



MUÑECA

Nadie le arrebata a Braulio
su muñeca.
Come y se llena, soberbia.
Le pregunto si es el beso
o el duelo postergado,
celoso en competencia.
Lleva días bailarina,
llorando sin reemplazo
y en el centro de ese eco
de corneta de campaña
anuncia chorros, sospechas
de la duda horizontal.



MARILYN

A Marilyn no le importa blasfemar,
surfear sobre las palabras
y entrar al cubículo.

El baño de sol, sobre el auto,
predice aromas en el interior.
Es California en invierno
lo que tengo que evitar,
el grito de los que buscan
la chance de cambiar.
Cuando suene el teléfono
programaré el contestador.
Si arrestan al gospel
recordaré esta década.

Marilyn dice chau, me voy.
Chau, le respondo.
Chau.



SECRETO

No quiero que se entere de noche.
Ni por el rasgueo
ni por la voz que intenta.
Que no hable, mejor.
El día es para mirar a lo lejos
y gritar tierra
aunque no se sepa quién oye.
El gris con el amarillo
en la continuidad del calendario
repercute en un hecho conceptual.
No importan las campanas
por intentar arrojarse al agua.
Tanto tiempo la rodea
como el lujo de identificar edificios
con insignias de algún país.
La cena está caliente
hace más de media hora.



CHUSMA

Allá, en el living,
se reproducen las voces
con ecos de otra década.
Una chica con suerte
le pide manteca al francés
después de un eructo.
En el lugar se practica
el borrón y cuenta nueva.
Nadie roba,
son todos como los López,
que les gusta comer patys
los fines de semana.



LA MINA

Debajo de la roca hay un recuerdo
más vago paso el tiempo
en época de cambios.
Sin embargo, quiero irme
y el relleno lo permite,
me resigna a esperar.
Lo ideal sería un comienzo
certero, decir que arranca
en algún momento, la mina actúa.
Seis meses de llanto,
de soportar que raje el sol
y adentro apenas pila.
Fue todo un tema
sobre todo al comienzo:
probamos el alambre.
Me avisan de la carta
y del contenido me entero luego,
a la manera antigua.
Los planes me aniquilan
y a la vez dudo,
destapo el sumidero.
Saco un cuento y sus variaciones,
el mirador invertido,
el barco hundido.
Somos veinte bajo la piedra
en Mendoza,
por decir algo aproximado.
De haber optado sin medir
los pilares de la historia
no hubiera imaginado esta invasión.



JACKSON

La repetición de los cruces
tan prolijos y simétricos
son el modo de llegada.
Dos kilómetros después
nadie distingue tamaños.
Renunciar al cuento,
poner a oír el oído.
La memoria desparrama
los apuntes con dominio.
Vuelvo a empezar:
el goteo que no entiendo
y que ellas sí
entienden y repiten
a pesar de la calificación.



PESO

¿Te acordás de lo grandes que parecían los globos?
Vos saltabas adentro del ojo y así te quedaba.
Alguien barría, seguro que un familiar
que se ocupaba de anunciarlo, más que del hecho.
Era por la fiesta, desparramada en la visita,
sentado a la mesa el viejo ante la tele blanco y negro.
Las cintas de plástico a color eran el mundo real.
Los palitos chinos engordaban y la habitación,
una caja de fantasías, no tenía que mendigar.
En el fondo del negocio familiar
había espacio para la parrilla
y para pegar un material con otro.
De madrugada había que mancarse, correr
hasta que algún responsable lo decía.
Ya ves: el peso que siento en los ojos
antes ni lo intuía.
Fantaseaba con cantar como los Bee Gees
o comer asado en una obra en construcción.

lunes 5 de abril de 2010

Diez poemas




DIARIO VAGO

I

Como rehén del Edén,
no estaría mal una noche de insomnio
por una madrugada negra,
de siluetas obtusas y cúspides.
Pero si esto es un sueño, no hay trato.
Como rehén de su día,
no estaría mal que me arrojen al agua
con aves, por el pasadizo de aire frío.
Pero si no hay verano y las estaciones no influyen,
no hay trato.


II

De a ratos percibo cuerpos
a mi lado,
que se esfuman y me burlan.
Me someto a la más vil intuición.
Nunca logro saber quiénes son.


III

Podría ser más fina la lluvia
y crucificarme en su aire.
No saber si el espejo de sus gotas
y las mías se confunden,
del ardor de la madrugada
como una vieja tormenta que aguarda
en jadeos interminables.

Los últimos sudores para la humedad
luminosa de los planos prados de artificio,
que gritan por la esfera y a mis ojos
liberan y dejan que estallen.
Recuerdos destemplados ascienden a otros pisos.
El sol y las estrellas, que parecen desterrarse,
transportan a mis clavos por su reino.

El tránsito ha paralizado Dios
y los cuerpos bondadosos han huido
del oro, de la plata, de tesoros y migajas.
Mis andenes a resorte opacan sembradíos.


IV

Tanta lluvia ha caído en estos días,
que mi ánimo, mi vagabundeo,
no se ha mojado sólo por estar en una habitación.
Los vidrios chorrean y en cada gota
construyen una ciudad.


V

Donde tiende el árbol la playa leve,
se disuelve en río y en sal.
La estrella rota desliza su relieve.
La crecida la aleja bajo estupores débiles.

El cartón entre su viento, perro hambriento.
Liviano, claro campo –el aire interrumpen colmillos de barro-,
vano sobre frutas cual luz, vidriosas a paso que dormita,
que oscuro lo agita en todo ese silencio.



SALDO

Todo lo que quiero hacer de la vida,
lo que no puedo es el saldo.
Mejor dicho,
ser explícito al despedirme,
propiciar nuevas citas,
dejar que el tiempo pase
y mandar un mail,
hacer llegar un texto de mi autoría
con lo curioso y relevante,
como considerar un episodio sobre otro.

Entre pilares de pensamiento,
mayor es el poder
de la frase mencionada.
Asimilable es la tensión
de la figura,
un tipo de subjetividad que no presenta
este mundo.
El poder,
como si todas las letras colocadas
fueran continuación de carencias vitales.



SALTO

El salto y el descanso,
la fuerza junto a la cortina
y una banda de sonido inadecuada.
Primero es la serpiente,
después el escarabajo.
¿Qué pasa conmigo entonces?
¿Lo he logrado?
Lamento tener que decirte
que me equivoqué,
que las palabras son más largas
de lo que pensaba,
que el escarabajo
pudo más que la serpiente
y que la banda de sonido
no era tan inadecuada como parecía.



CHINO

La hija del ídolo recorre
las góndolas de Akio
con su equipo de gimnasia.
Hay un grupo de amigos
de los cuales una chica
da a entender que vive
en el barrio.
En la caja ostenta anillos
por si el dinero que lleva
en un bolsillo interior de la cartera
no es el necesario.
Es decir, para estar en posición de trasladar
mercadería de un lugar a otro
sin que se sepa.



VICTORIA

Puede haber una victoria
y también de las muchas
que se conocen en los juegos,
las que muestran los carteles.
Estas flores son suaves
y el status de jirafa
nos hacía comprender
algún tipo de disposición.
Galletitas, zapatillas y pájaros
en picada libre entre sonrisas.
No todas las naranjas se engullen
y suele ser fría la mirada
del que mira al que mira siempre
y cuando no sea mirado
él también, a su vez.
Las redes crecen por todos lados
para grandes y para chicos,
aunque hoy no se vio el trío
femenino que logra
sentarse en el banco.
Puede haber una victoria
y también de las muchas
desplazándose en tacos altos,
anidando en las bocas y también
en los símbolos representativos
de toda una generación.



PATOS

Dos patos amarillos, con pico naranja,
se remojan en el balde.
Junto a ellos un bebé
busca diversión.
Pero no llueve y no dice
nadie, otra cosa que el charco.
Es la ensalada para otra cultura
o una orgía del plastificado.



CALESITA

Quien ha visto una vez
una calesita sacando fotos,
el protagonista que no lo podía creer
se puso a atravesar piernas levantadas.
Pero caminaba, no corría como suele
ocurrir en esas competencias.
Y sin embargo el movimiento de su paso
nos resultaba imperceptible.
La mayoría, como podíamos ver todos,
iba al centro, con la ilusión de tener
el mismo ángulo de visión
a izquierda y derecha.
Cuando caía la noche
el glotón no paraba de comer
todo lo que ocurría pocos minutos
antes de que empezara
la verdadera historia.



CURVATURA

¿Dónde se gradúa la curvatura del recuadro?
Siempre es más grande el ambiente
o mejor dicho de lo que recordamos
más chico, revestido de azulejos
hasta el techo. Músculo apenas camina
junto a la pared, con su granada de mano.
Los jamones se tambalean
y el esmalte cae de cuadrado en cuadrado.
Cuando entran los elefantes, se apura
que la granada estalle y las venas
del puño agreguen más líquido
en el escenario de la madrugada.



SINTETIZADOR

El gran sintetizador de alimentos
y diversión diurna
carece de espacios al aire libre.
Yo, por ejemplo, añoro
los maceteros de terraza,
los bancos sobre baldosas,
intentos de plaza que ni siquiera
era vieja. ¿Quién?
No se escucha… ¿Quién?
No se oye.
Desde la altura de un quinto piso
que parece décimo,
dos rodados sin nafta
prefieren descansar.



RESPUESTA

Es un ídolo el chabón,
pregunta y no responde.
Pone a otra a cantar,
toma un trago en la trastienda.
Hay que creerle, porque fuma.
El dúo es hermoso, hermoso.
Lo que hace es incentivar
el tráfico de jamones
por el fondo del río.
No hay apuro.
El invierno recién comienza
en las calles y en las piernas
que esperan el beso de despedida.
La respuesta llegará, supone,
cuando corra el telón
de cartón corrugado
y lo acusen de haberse enamorado
por cruzar el puente de un lado a otro.

jueves 1 de octubre de 2009

Alicia y yo

(Cuentos escritos entre 2002 y 2005)



I. El portero


Una noche de verano, pocos días antes de Navidad, estábamos con Alicia mirando televisión en el living y sentí que el cuerpo se me movía. La fuerza parecía tener su origen dentro de mí, pero en realidad me excedía y abarcaba todo el departamento. Mi mujer, que no tardó en sentir lo mismo, dijo: “Se está moviendo el piso”, y lanzó una carcajada nerviosa.
Primero pensé que debía de ser un terremoto. ¿Pero cómo saberlo, si nunca había vivido uno? Cuando ocurrió el de San Juan yo era chico, y lo único que recordaba era lo que mis padres me habían contado varios años después: que las arañas oscilaban y que las manijas metálicas de la cama que se guardaba debajo de la mía (se sacaba para que durmiera mi hermana) golpeaban contra la madera.
-Mirá la planta, Pedro –insistió Alicia.
El palo de agua bailaba como loco y sus hojas temblaban alrededor. Cambié de canal para ver si había alguna noticia sobre el temblor, pero nada, seguía la transmisión habitual.
Mientras buscábamos una explicación, Alicia agarró el teléfono para hablar con su madre y ver qué pasaba en su barrio. Todo normal, al parecer. Al menos ella no había notado nada raro. Luego sonó el timbre.
-¿Quién es? –pregunté.
-El encargado.
Puse un ojo en la mirilla y vi que no era el encargado del edificio, sino otra persona. De no haber sido porque el rostro me era familiar, nunca hubiera abierto la puerta, por si acaso pudiera tratarse de uno de esos típicos “cuentos del tío”, cuyo sinnúmero de variantes se reflejaba de manera cotidiana en las páginas de policiales de los diarios y en los noticieros de televisión. Pero no era éste el caso. Cuando abrí la puerta y vi al visitante de pies a cabeza, confirmé que se trataba de Aníbal Martelli, un ex compañero de la primaria.
-¿Aníbal? –dije.
-¿Pedro? –contestó él.
Nos miramos el uno al otro durante algunos segundos y, cuando estábamos a punto de llenar de carcajadas las sonrisas que se habían dibujado en nuestras bocas, el piso se volvió a mover.
-¡¿Qué hacemos?! –gritó una mujer, con un bebé en brazos, parada en uno de los escalones de la escalera, lista para evacuar el edificio.
Era la esposa de Aníbal. Yo presenté a mi mujer y la de Aníbal se presentó sola. Se llamaba Norma.
-No sabés cómo se nos mueve el arbolito –contó Aníbal.
En ese momento recordé que uno de los lugares más seguros ante este tipo de situaciones era debajo de los marcos de las puertas, para evitar quedar al alcance de los desprendimientos de mampostería. Al ser de hierro, los marcos tardaban más tiempo en ceder. Y quizás, con suerte, no cederían nunca.
-¡¿Qué hacemos, Aníbal?! –insistió la mujer en la escalera, mientras el bebé, envuelto en una manta, seguía dormido.
-Tranquilizate, Norma, por el amor de Dios –contestó Aníbal.
En realidad, Aníbal no hacía mucho por calmarla, sino más bien lo contrario, ya que no se le ocurrió mejor idea que ponerse a contar que los cimientos del edificio estaban en dudosas condiciones, debido a que ésa zona de la Capital, el barrio de La Paternal, se inundaba con frecuencia cuando llovía. Cada vez que el agua de las napas subía, iba carcomiendo lo que encontraba a su paso.
Lo extraño era que, pese a todo, seguíamos allí. Es decir, nadie había intentado abandonar el edificio, como si por un lado vislumbráramos lo peor, pero por otro se nos volviera remoto el hecho de que pudiera sobrevenir una catástrofe. Vestidos con pijama y chinelas, ni siquiera habíamos atinado a cambiarnos la ropa para estar listos en caso de tener que salir a la calle. El ascensor no se había movido, señal de que en ninguno de los pisos habían resuelto huir. Sí se oían voces que subían de los otros palieres. Lo más probable era que cuando alguien llamara el ascensor para intentar ser el primero en salvarse, todos los demás comenzaríamos a abalanzarnos sobre las puertas tijera, gritando y reclamando nuestro mismo derecho a bajar. O quizás todo terminaría en una carrera desesperada escaleras abajo.
Otro sacudón volvió a alterar la calma transitoria, mientras el crescendo del murmullo que provenía del resto de los pisos se amplificaba con el eco. Enseguida pude apreciar que la sucesión de temblores guardaba una lógica de repetición cíclica: primero eran suaves, luego caían en un bache y hacia el final se hacían más pronunciados. La secuencia duraba entre cuatro y cinco minutos, para luego volver a empezar.
De repente, el vecino de enfrente abrió la puerta y nos sobresaltamos. Detrás salió su mujer, mientras se ataba el cinturón del salto de cama. “¡Qué raro! –dijo- ¿No saben si hoy había algún recital en Atlanta?”
-¿Un qué? –dijo Alicia.
-Un recital, hoy... ¿No tocaba alguien, mi amor? –insistió la vecina, ahora dirigiéndose a su marido.
-No sé –dijo él.
Yo sí sabía. Esa misma tarde, en la radio, había escuchado la publicidad de un recital de Los Piojos. Pero, de todas maneras, no encontraba vinculación entre la música y el supuesto terremoto. Los Piojos podían ser potentes en escena, pero no creía que tanto como para que temblara todo veinte cuadras a la redonda.
-Creo que tocaban Los Piojos -dije.
-¿En Atlanta? –preguntó la vecina.
-Sí, creo que sí.
-Ahí está –dijo el marido, y pasó a explicar su teoría.
Que se estuviera moviendo el edificio no tenía que ver con un terremoto, dijo, sino con el diseño de entubamiento del arroyo Maldonado, cuyo cauce corría por debajo de la avenida Juan B. Justo. La obra actuaba como un transmisor del sonido a larga distancia y la onda expansiva repercutía con fuerza en el radio de incidencia. Cuanto más cerca se estuviese del club, peores serían las consecuencias. Al día siguiente se supo que algunos vecinos la habían pasado mal en serio (los objetos se caían de las estanterías, la gente tenía que sostenerse para caminar), tanto que después de aquella noche se prohibieron los recitales en Atlanta.
-Qué susto nos pegamos –se relajó Alicia.
Los ánimos de todos parecían volver a la normalidad.
-Bueno –dije-, nos veremos mañana -sin dirigirme a nadie en particular.
Recién entonces volví a pensar en la cuestión del encargado que había quedado pendiente… Le pregunté a Aníbal:
-¿A Gutiérrez lo echaron?
Fue ahí que se puso a contar la historia de un largo conflicto que yo conocía a medias. Todo había comenzado luego de que el consorcio decidiera reducirle el salario a Gutiérrez porque no se esmeraba en su trabajo. Le dijeron que si volvía a demostrar mayor voluntad y compromiso recibiría un reconocimiento. Pero lejos de estimularlo, la sanción lo empacó peor, y la relación con los copropietarios se hizo cada vez más áspera. La primera señal fue que decidió, de manera unilateral, empezar a bajar más tarde al hall. Así, cuando los porteros de los demás edificios de la cuadra habían terminado de lavar sus veredas, él recién comenzaba. También solía realizar trámites personales en horario de trabajo, y cuando se lo necesitaba nunca estaba. Otra actitud frecuente, desafiante, era pararse del lado de adentro del edificio con la puerta de calle cerrada, y así llegara alguien cargado con bolsas y paquetes, sin manos para manipular la llave, él no se molestaba en abrir.
Lo que yo no sabía, porque el administrador no lo había comunicado, era que esta serie de inconvenientes había terminado con el despido del encargado. Claro que ésta era la versión de Aníbal, por cierto bastante confusa y con un discurso lleno de digresiones. Por ejemplo, a esa hora de la noche, se puso a contar que era periodista, o mejor dicho que había estudiado periodismo. Que en realidad ésa era su vocación, pero que luego había tenido que poner los pies sobre la tierra porque no conseguía trabajo. Y al pensar en una alternativa se entusiasmó con la idea de ser portero. Enseguida encontró vacante en nuestro edificio, ya que ser novato en el oficio le jugó a favor. En nuestro consorcio, tras la mala experiencia con el encargado anterior, buscaron a alguien sin vicios ni mañas. No importaba que lo específico de las tareas lo fuera aprendiendo sobre la marcha.
El objetivo de Aníbal, en adelante, fue no sucumbir ante la cantidad de exigencias. Y las hubo enseguida, con el agregado de que los reclamos de los vecinos solían ser incompatibles unos con otros. Para complacer al del A, a veces había que perjudicar al del B. En el tercero, por ejemplo, uno de los vecinos quería tener el piso del palier siempre encerado. Pero el otro no, por temor a que su madre, vieja y con achaques, pudiera patinarse y caerse. Cosas así había miles, aunque pronto le fue tomando la mano. Controlaba los tiempos, automatizaba las tareas... Incluso podía saber cuándo entraba y salía cada propietario de su unidad por más que no se encontrara en el hall. El secreto era haber cronometrado (mentalmente) lo que demoraba el ascensor en llegar a cada piso, y desde la portería individualizar el golpe de las puertas de los departamentos al cerrarse. Las de los A se oían distinto que las de los B –me explicó meses después, cuando ya era amo y señor del edificio-, por la influencia de las corrientes de aire que recorrían hasta el último recoveco y construían diversas combinaciones sonoras, como si la complejidad arquitectónica del inmueble se redujera, al menos en ese aspecto, a la simpleza de un instrumento.




II. El tour


Las últimas vacaciones de invierno decidimos con Alicia hacer un viaje al Sur. Era uno de esos tours de una semana, multitudinarios. El coordinador, Axel Torrejas, nos esperaba en Retiro. A medida que la gente iba llegando dejaba el equipaje en alguno de los tres micros charter que habían dispuesto para la ocasión. Entre los pasajeros, dos eran judíos como nosotros. Sus nombres: Damián y Walter. Damián comía kosher (decía que era vegetariano para no explicar) y su compañero llevaba sus apuntes de hebreo, que sacó de una mochila para estudiar durante el trayecto. Pegamos onda enseguida. Era bastante extraño encontrar judíos en un tour como éste, organizado por una cooperativa que, se sospechaba, recibía aportes de la derecha católica. Alicia y yo, sinceramente, nos enganchamos porque era barato.
Cuando llegamos a Viedma, nos alojaron en un hotel del centro y tuvimos la mañana libre. Al mediodía nos llevaron a almorzar a un restorán en la costanera del río Negro. Nos sentamos y desde la mesa se veía el reflejo del sol sobre los kayacs. Fue entonces que un sonido agudo, como si fuera una campana pero más débil, me sacó de la contemplación. Un tipo de boina roja golpeaba su cuchara contra la copa, para hacer un anuncio:
-¡Por favor, por favor! El padre va a bendecir la comida.
¿El padre? ¿Qué padre? Ah, sí, ahora lo recordaba, el cura que en Retiro había arrojado agua bendita sobre los micros. Estaba aquí, había viajado con nosotros.
Recién en ese momento caí en la cuenta de que Damián y Walter no estaban. Le pregunté a Alicia y me explicó que habían dividido el contingente en dos, para organizar mejor las actividades.
Empezamos a comer y el de boina roja monopolizó la charla. Hablaban de una vieja hipótesis fascista, que en esos días había vuelto a cobrar protagonismo en la opinión pública, según la cual había un “plan judío” para invadir la Patagonia.
–Que vengan, jabón los vamos a hacer otra vez –dijo el tipo de boina roja, que se hacía llamar “profesor Serrano”.
Lo primero que pensé fue que había oído mal, es decir, que el tipo no podía haber dicho semejante barbaridad. Además, coincidió con que al mismo tiempo el mozo había dejado en la mesa unas bandejas con jamón crudo, por lo que Serrano podía haber dicho jamón, en lugar de jabón. Al cambiar el sustantivo, se modificaba toda la frase: “Que venga el jamón, que lo vamos a comer otra vez”. La incógnita igual persistía por el “otra vez”. ¿Por qué otra vez? ¿Acaso no era éste el primer almuerzo? Tal vez el profesor había llegado antes al restorán y se había puesto a picar algo... No lo sabía. Por lo pronto, Axel, que estaba sentado al lado de Serrano, celebró la frase con un brindis.
-¿Vos qué oíste? –le pregunté a Alicia.
-¿De qué? –respondió ella, como en babia.
-¿No escuchaste lo que dijo ese tipo?
-No, estaba mirando el jamón crudo. ¡Tiene una pinta!
En fin. El almuerzo pasó, y el resto del día lo dedicamos a pasear por la ciudad. Al regresar al hotel fui hasta la habitación de Damián y Walter, mientras Alicia se daba una ducha. Estaban en el mismo piso que nosotros, pero más lejos del ascensor, al fondo del pasillo. Di dos golpes en la puerta y esperé. Como no hubo respuesta volví a llamar, pero nada. Me pareció raro que estuvieran durmiendo a esa hora. Bajé al hall y le pregunté al conserje si estaba la llave de la cuatrocientos quince. Sí, respondió, que estaba ahí. Y cuando inferí, en voz alta, que sus ocupantes debían de haber salido, me aclaró que no, que la habitación estaba disponible.
-¿Desocupada?
-Sí, señor, no hay huéspedes.
-¿Cómo puede ser, si esta mañana se alojaron dos personas?
-No creo, no las tengo registradas –explicó el conserje, mientras repasaba con un dedo la planilla de ingresos y egresos.
-A no ser que se hayan cambiando de habitación –especulé.
-A ver, dígame los apellidos.
-¿Los apellidos? No, los apellidos no los sé. Sé los nombres.
-Pero tenemos todo registrado por apellido.
Pensé que si miraba la lista iba a poder reconocer los apellidos de Damián y Walter, por su origen judío. El conserje me la mostró, pero no sirvió de nada. Sólo me llamó la atención que el quinto piso, que era el último, estaba completamente vacío. El conserje entonces me contó que lo estaban refaccionando y que por eso el dueño había decidido clausurarlo momentáneamente.
Volví a mi habitación y le conté a Alicia, que me propuso que le preguntáramos a Axel. Pero mi habitual paranoia se había puesto a funcionar. Respondí:
-¿Vos estás loca? ¿Y si tiene algo que ver con la desaparición?
-¿Qué desaparición?
-Abrí los ojos, Alicia. Estos pibes no están.
-Bueno, algo habrá pasado, por ahí se volvieron a Buenos Aires.
-Esperá... ¿Y si en realidad el conserje me mintió?
-¿Qué te pasa, Pedro? Me estás asustando. Vinimos a pasar unos días de descanso, no a jugar a los detectives.
Concentrado en mis devaneos mentales, agarré a Alicia de una mano y la arrastré hacia el pasillo.
-¿Qué vas a hacer, Pedro? ¡Pará!
-Escuchame. Vas a bajar y en el hall hacés que te caes para distraer al conserje. Cuando se acerque a ayudarte, yo me meto por atrás y saco la llave de la habitación.
-Nos vamos a meter en un quilombo, Pedro.
-¡Hacé lo que te digo! Confiá en mí.
El plan salió bien. Bajamos y regresamos enseguida. Unos minutos después, cuando volvimos a tomar coraje, nos dirigimos a la habitación de Walter y Damián. Metimos la llave en la cerradura tratando de hacer el menor ruido posible. Abrimos y, de golpe, todo cambió. Lo que se presentó ante nuestros ojos fue algo bastante difícil de describir. Nunca habíamos estado frente a algo similar. La escena era el siguiente: las paredes lucían atiborradas de crucifijos de todos los tamaños, y sobre la cama había dos cubos de cuero con unas cintas enrolladas. Parecía un acertijo. Alicia afirmó:
-Esos son tefilín.
-¿Serán de Walter y Damián?
-Puede ser… El quinto piso –se le ocurrió entonces a Alicia.
-¿Qué pasa en el quinto piso?
-¿No me dijiste que estaba en obra?
-¿Y eso que tiene que ver?
-Tal vez los escondieron ahí.
El repentino cambio de actitud de Alicia me sorprendió. Subimos la escalera y lo primero que vimos fueron herramientas y materiales desparramados. Además, la alfombra estaba tapada por una capa de polvo blanco, con marcas de zapatos que iban hacia una de las habitaciones. En ese momento oímos voces de gente que se acercaba.
-¿Dónde nos escondemos? –susurré.
Sin pensarlo, Alicia pegó dos saltos y ya estaba entrando en la habitación más cercana.
-¡Apurate! –me gritó en voz baja.
Fui tras ella y cerramos la puerta a tiempo. Un segundo más y...
-¡Shhh! –me calló Alicia.
La adrenalina no me permitía dejar de hablar. Yo creía que estaba pensando y no, estaba relatando los hechos en tiempo real, mientras iban sucediendo, como si fuera un partido de fútbol.
-Escuchá –dije-, es el profesor.
-¿Qué profesor?
-Serrano, el tipo de la boina roja, escuchá...
-¿Y el otro quién es?
-¿No es Axel?
-Parece.
De pronto, Alicia tropezó con algo.
-¡Dios mío, acá hay alguien! –dijo.
-¿Dónde?
Ibamos a prender la luz, pero una linterna se anticipó.
-¿Quiénes son ustedes? –se escuchó desde el piso.
-Perdón, nos equivocamos de habitación –dije.
-Este piso está cerrado, don, lo estamos refaccionando –explicó quien parecía un obrero-. Vayan a dormir, ustedes que pueden.
-¿Y usted qué hace acá? –pregunté.
-Yo vivo en Madryn.
Con Alicia nos miramos, sin entender. El tipo siguió:
-Un capataz me avisó de la changuita y me vine. Y no voy a estar yendo y viniendo cada día, así que los patrones dejaron que me quede.
Se oyó otra vez la voz del Serrano, que volvía a bajar con Axel.
-¿Y esos quiénes son? –se impacientó el obrero- ¿Están todos con insomnio y vienen a pasear acá?
-Vamos ahora, dale –me envalentonó Alicia.
Seguimos las pisadas en el polvo, que terminaban en una puerta. Intentamos abrir y estaba con llave. Se me ocurrió probar por la terraza.
-No va a quedar otra que colgarse –dije.
Subimos, entonces, un piso más. La terraza estaba desierta. No había nada, ningún objeto que pudiera servirnos para lograr nuestro objetivo. Ibamos a tener que arreglarnos con lo puesto. “Con lo puesto” literalmente, ya que la única opción era quitarnos la ropa, anudar las puntas de cada prenda e improvisar una soga. Alguien iba a tener que sostener una punta, desde arriba, para que yo me colgara. Y como Alicia no tenía la fuerza suficiente, pensamos en el obrero. Había que ir, despertarlo nuevamente y explicarle, al menos lo indispensable como para que nos ayudara. A esa altura había que avanzar, como fuera, pero avanzar.
Tras escuchar la historia, el obrero dudó unos instantes. Luego se mostró interesado en colaborar.
Nos aseguró que él tenía copia de todas las llaves del piso. Pero cuando intentó chequearlo se dio cuenta de que no, tenía todas menos una. De modo que no quedó más alternativa que volver al plan inicial. De nuevo en la terraza, el obrero sostuvo las prendas anudadas mientras yo me deslizaba. Apoyé los pies en la pared y bajé despacio. Al llegar a la ventana de la habitación miré para adentro y no había nadie.
-¿Qué pasa, Pedro? –se impacientó Alicia, que estaba de pie junto al obrero.
-No veo a los chicos –le expliqué.
-No puede ser.
-Sí, Alicia, acá no están.
-Fijate bien.
-Voy a entrar.
La ventana, corrediza, estaba a medio cerrar. Me bastó con apoyar los pies en el dintel y balancear el cuerpo. Una vez adentro, oí unos golpes que provenían del placard. Abrí: Walter y Damián estaban atados y amordazados.
Cuando los liberé, Walter dijo:
-Tenemos que ir a nuestra habitación.
-¿Qué hacemos con los tefilín? –preguntó Damián.
-No sé, primero vamos a revisar todo.
Yo no entendía. A los muchachos los habían atado con unos tefilín, y ellos al parecer tenían planes. Les pedí que me explicaran, pero no me llevaron el apunte.
-Ahora no, Pedro –me pidió Walter-. Hay que ir a la habitación.
-Yo ya fui -dije-, no sé qué hicieron ahí.
-¿Por qué? ¿Qué viste? –me indagó Damián.
-Nada, había unos tefilín, así como estos, sobre la cama. Además, las paredes estaban cubiertas por cruces.
-¿De qué eran las cruces? –preguntó Walter.
-¿Cómo de qué eran?
-Sí, ¿de qué material?
-No sé, no me fijé en detalle, pero creo que de metal. Tal vez alguna era de madera. ¿Por qué?
-Vamos, Damián, subamos –dijo Walter.
-¿Rompemos la puerta? –pregunté.
-No, después vamos a tener que volver al placard –respondió Damián.
-¿Me pueden decir quiénes son ustedes? –insistí.
-No, ahora no, vamos –balbucearon ambos.
Sin más remedio, me asomé a la ventana, le avisé al obrero que había encontrado lo que buscábamos y que íbamos a subir. Trepar no fue tan sencillo como bajar. Pero una vez arriba todo se aceleró. Walter bajó la escalera a los saltos y Damián se deslizó por la baranda. Alicia, el obrero y yo tratábamos de seguirles el ritmo.
-Quédense acá –dijo Walter, antes de entrar a la que por algunas horas había sido su habitación.
Fue cuestión de segundos. Al salir, llamó a Damián para hablarle en privado y, acto seguido, dijo que debíamos volver al quinto piso. El obrero estaba fascinado. Alicia y yo, en cambio, no aguantábamos más. Nos plantamos ahí, y a mí no me salió otra cosa que decir:
-¿A qué estamos jugando?
Walter vio entonces que la situación se volvía insostenible y nos invitó a que regresáramos a la terraza para explicarnos todo.
Esto es lo que Walter nos contó aquella madrugada: dijo que él y su cómplice, Damián, estaban al frente de una misión delicada, de incógnito. En realidad, ellos eran rabinos que cazaban neonazis. Pertenecían a una organización (cuyo nombre no revelaron) con ramificaciones internacionales. En este viaje en particular, perseguían a Axel Torrejas y a Serrano, y habían llegado a este momento crucial para desbaratar a la secta que se ocultaba bajo la fachada de una supuesta cooperativa. De otro modo, más judíos terminarían captados en sus redes, tras sufrir una “mágica” conversión religiosa e ideológica. La secta se denominaba Unión de Sistémicos Emplazados. El nombre, dicho así, para nosotros no significaba nada, pero aparentemente tenía que ver con la técnica que usaban para efectuar las conversiones. Lo de “mágico” tenía que ver con el procedimiento. Según Walter, en una primera etapa se apropiaban de alguna pertenencia de las víctimas y daban inicio al experimento. Lo que habíamos visto en la habitación cuatrocientos quince era, justamente, el proceso en marcha. El método combinaba la teoría de sistemas con la filosofía del Feng Shui. Pero para simplificarnos la explicación, Walter dijo que bastaba con saber que se fundaba en la energía de los objetos y los materiales de esos objetos (como receptáculos de las emociones humanas) para reflejar, absorber y transmitir energía. Los tefilín de Walter y Damián, por ejemplo, eran el objeto a invadir con las emisiones energéticas de crucifijos y cruces gamadas.
-¿Cruces gamadas? –pregunté contrariado.
-Sí –respondió Walter-. Por ahí no las llegaste a ver porque están intercaladas entre los crucifijos, pero está lleno. Y hay una enorme en el techo. Además, todas las cruces son de metal, por la capacidad que tiene para emitir energía. El cuero de los tefilín, en cambio, absorbe mucho e irradia poco.
La segunda fase del experimento era el cambio de unos tefilín por otros, con lo que la energía absorbida previamente iba a ser liberada en los cuerpos de los rabinos. Acá hace falta una aclaración: Torrejas y el profesor nunca habían privado de la libertad a sus víctimas, hasta que se toparon con Walter y Damián. El fervor judaico de los rabinos los había obligado a un tratamiento más severo.
-Hay algo que ya no tiene vuelta atrás –siguió Walter-. En otra habitación, no sabemos cuál, armaron un experimento similar al de la cuatrocientos quince, pero con elementos que les pertenecen a ustedes. Lo importante es que, desde el momento en que les devuelvan esos objetos (que obviamente no sabemos cuáles son, ni creo que ustedes se den cuenta), contrarresten la transmisión.
-¿Y cómo? –me preocupé.
-Como nosotros, rezando y usando los tefilín –dijo Walter.
-Pero las mujeres no usan tefilín -observó Alicia.
-Es cierto –reconoció Walter-, pero es una licencia que nos permitimos en casos de emergencia.
-Esperá un minuto, Walter –intervine-. Vos decís que lo de la transmisión de información a través de los objetos, y de los objetos a los cuerpos, es algo en lo que ellos creen, ¿no? Pero de ahí a que lo creamos nosotros también...
-Creer o reventar –contestó-. A Torrejas lo venimos siguiendo hace cinco años, y está comprobado que al menos un judío por viaje se volvió antisemita. Creemos que la única forma de contrarrestar este efecto es rezar, pero rezar en serio, prácticamente todo el día.
-Pero nosotros no tenemos idea de cómo se reza –lo alerté.
-No te preocupes. Todavía nos quedan más de dos horas hasta que amanezca. Nos sobra tiempo para enseñarles.
-¿Y con sólo rezar vamos a vencerlos? –dudó Alicia.
-No –dijo Damián-, esa es la fase defensiva. Después vendrá el contraataque, pero vayamos de a poco.
-¿Y los tefilín –siguió Alicia-, de donde los vamos a sacar?
-No hay problema –explicó Walter-. Mañana van a ir a una dirección que les voy a dejar anotada y van a comprar un par para cada uno. Lo que me preocupa ahora es que aprendan a usarlos, así que escuchen bien: se los tienen que poner todos los días, sobre el brazo izquierdo y en la cabeza.
-Sí –dijo Alicia-. Eso más o menos lo sabemos.
-Bueno –continuó Walter, y le preguntó a Damián:- ¿Tenés los tefilín ahí?
-Sí, acá están.
-Esto es así: se agarra la punta de la cinta con la mano y se enrosca en el brazo izquierdo –explicó Walter-. Pero antes de ajustar tienen que decir: Barúj atá A-donai E-lo-heinu mélej haolám asher kideshanu bemitzvo...
-Esperá –interrumpí-. Tendríamos que anotarlo... Nos vamos a olvidar.
-¿Pero de dónde vamos a sacar lápiz y papel ahora? –dijo Alicia.
-Sí, Pedro –coincidió Walter-, además tienen que aprender a rezar de memoria, porque, como les dije, lo van a tener que hacer todo el día, y no van a estar sacando el papelito.
-¿Y cómo vamos a hacer con los tefilín? Digo, para que no se den cuenta –pregunté.
-No, los tefilín se los van a poner a la noche, en la habitación, salvo en Shabat, que ahí van a empezar el viernes, con la salida de la primera estrella, y...
-Hasta la primera estrella del sábado –intervino Alicia, para demostrar que, aunque no mucho, algo de religión sabía.
Nuestro maestro continuó con sus lecciones y repitió cada uno de los rezos las veces que hicieron falta, hasta que se nos grabaron. Finalmente, para que nos distendiéramos un poco, contó un chiste que recordó en ese momento, que tenía que ver con los tefilín:
-Un tal Meyer Glusman, viudo y solitario, caminaba a su casa por la avenida Corrientes cuando pasó frente a una veterinaria y oyó una voz cascada que le gritaba: “¡Roawrk! ¿Vos majstu? Yo, du”.
-¡Ah, sí!, yo lo conozco –dije-, me lo mandaron el otro día por mail.
-Bueno, Pedro, si lo sabés callate –me respondió Alicia, que parecía particularmente interesada en disfrutar de este intervalo de relax.
-Sigo –dijo Walter-: Glusman miró hacia adentro del negocio y el empleado lo alentó: “Entre, ¡mire qué hermoso loro!”. Un loro africano gris giró la cabeza y preguntó: “¿Kenst redn idish?”.
-Kenst redn... –repitió Alicia.
-Idish –completó Walter-. Significa algo así como: ¿podés leer en idish?
-El loro dice eso –repasé yo, para que no se perdiera el hilo de la narración.
-Sí, el loro –remarcó Walter y siguió:- Meyer pagó los quinientos dólares que le pidieron y se lo llevó. Esa noche se la pasó hablando en idish con el loro. A la mañana siguiente, se colocó los tefilín y rezó. El loro le preguntó qué hacía, quiso aprender y a Meyer no le quedó otra alternativa que salir a la calle a conseguir unos tefilín en miniatura para su pájaro, que además aprendió a rezar en hebreo.
El chiste entonces volvió a interrumpirse por la desesperación de Damián, que se había puesto cerca de la escalera, para montar guardia, y acababa de escuchar que alguien subía. Los rabinos se colgaron rápido de la hecha de ropa (en el trajín nos habíamos olvidado de volver a vestirnos) y se tiraron con gran destreza. El obrero y yo los sostuvimos desde arriba, para luego buscar un lugar seguro donde escondernos, junto con Alicia. Pero al final no hizo falta. Los que se aproximaban eran otros obreros, que a las seis de la mañana empezaban a llegar para continuar con las tareas de refacción. Nuestro cómplice, entonces, se quejó porque ya era hora de trabajar y no había pegado un ojo en toda la noche.
A partir de ese momento, la consigna fue rezar sin parar, hasta poner en marcha la segunda fase: Walter y Damián iban a permanecer atados en la habitación del quinto piso. Mientras, nosotros deberíamos modificar la escenografía de la habitación cuatrocientos quince. El cambio sería mínimo, pero clave: torcer las esvásticas. Walter nos reveló que los Sistémicos Emplazados las usaban derechas porque habían aprendido de la derrota del nazismo en la Segunda Guerra Mundial. Según él, Hitler se lamentó de haber utilizado la esvástica inclinada en las banderas del Tercer Reich al enterarse que los inventores milenarios del símbolo representaban de esa forma la mala suerte. Nuestro trabajo, pues, sería inclinar las cruces gamadas y dejar que la sugestión actuara. Según los rabinos, para esta clase de personas la sugestión lo era todo.
La séptima madrugada del tour pusimos manos a la obra. Y a la mañana siguiente, en el comedor del hotel nos encontramos con Walter, que desayunaba como uno más del contingente. Nos llamó y nos dijo:
-¿Vieron a Torrejas y al profesor? A primera hora de hoy vinieron al quinto piso a cambiarnos los tefilín y de repente fue como si hubieran tenido un corto circuito o se despertaran de un sueño. No tenían la menor idea de lo que estaban haciendo ahí, ni por qué.
-¿Así, de golpe, a los tipos se les fue el plan facho al diablo sólo por mover las esvásticas?
-Aunque parezca mentira, es así. Además, no se olviden de todo lo que rezaron ustedes. Como sea, podemos decir “misión cumplida” y volver a la normalidad.
Pero a medida que transcurría la conversación, a mí me surgían más dudas:
-¿Y ellos no quisieron saber por qué vos y Damián estaban atados en el placard?
-Sí. Les dijimos que anoche, al volver al hotel, nos asaltaron, y que los ladrones nos dejaron ahí encerrados.
-¿Y les creyeron?
-Si no sabían dónde están parados... Cualquier cosa les hubiera dado lo mismo.
Alicia fue a servirse un café con leche. Yo continué:
-¿Y la cuatrocientos quince?
-Sacamos las cruces y volvimos a instalarnos.
-¿Y dónde están las cruces?
-Damián está terminando de embalarlas. Vamos a llevarlas a la organización, para presentarlas en el congreso anual.
-¿Congreso anual?
-La organización realiza encuentros anuales entre sus miembros. Llegan agentes de todo el mundo y cada uno presenta un balance de su trabajo.
Alicia volvió con su bandeja y cambió de tema:
-Walter –interrumpió-, por qué no terminás de contar el chiste del otro día.
En ese momento se acercó Torrejas y dio la orden de cargar las valijas en los micros, puesto que ya era hora de volver a Buenos Aires. Lo de Walter, entonces, nos desconcertó: invitó al coordinador a sumarse a la ronda e hizo un resumen de la primera parte del chiste, para que pudiera entender lo que seguía:
-Es sobre un viudo que compra un loro que reza en hebreo. Un día, en Rosh Hashana, lo lleva a la sinagoga y...
-Pará –lo frenó Alicia-, esa parte todavía no la habías contado.
-Bueno. Sigo, entonces: llega Rosh Hashana y el loro le pide al tipo ir al templo.
-Rosh Hashana era... –dudó Torrejas.
-El año nuevo judío –aclaró Walter, y continuó:- Meyer le explicó al loro que...
-Meyer... –volvió a interrumpir Torrejas.
-Meyer Glusman, el viudo –acoté.
-Sí –continuó Walter-, el viudo le explicó al loro que la sinagoga no era para pájaros, pero el loro insistió.
El chiste parecía condenado a la postergación eterna. Serrano se acercó y se quedó a escuchar. Esta vez fue Torrejas el que realizó un breve resumen para su presunto ex secuaz. Luego, dándole consistencia al personaje de Glusman, reproduciendo su acento judío y armando diálogos entre el viudo y su mascota, Walter avanzó hacia la conclusión:
-Tras la discusión, Glusman se puso el loro en el hombro y lo llevó al templo. No le fue fácil entrar. Tuvo que darle explicaciones al rabino, hasta que finalmente lo convenció de que el loro sabía “davenen”.
-¿Davenen? –pregunto Serrano.
-Sí, es en idish. Significa rezar, cantar –explicó Walter-. Nadie podía creer que el loro supiera “davenen” y todos los asistentes juzgaron de charlatán al viudo. Hasta apostaron a que no era así. Una vez que comenzó el servicio y el dinero estaba en juego, el pájaro dejó transcurrir cada plegaria y cada canción sin emitir un solo sonido. Glusman, enojado, le murmuró al oído: “¡Daven! ¡Daven!” Y el loro, nada. Otra vez: “¡Daven!, pájaro maldito, ¡todos te miran!...”. Y nada. Cuando terminó el servicio, Glusman debía cuatro mil dólares, y estaba tan enojado que no habló en todo el camino de regreso a su casa. Cuando llegaron, el loro se puso a cantar a grito pelado: “¡Hevenu shalom aleijem, hevenu shaaaaaaloooooom aleeeeeiiiijem!”.
-¡Pajarraco miserable! –le reprochó Glusman-. Te compré los tefilín, aprendiste todas las plegarias. Te enseñé hebreo, la Torá... ¿Por qué me hiciste esto?.
Y el loro le contestó: “Meyer, no seas estúpido, ¡pensá en todo lo que vas a ganar en Iom Kipur!”.
Nadie se rió. Yo recordé que cuando había leído el chiste en el mail al principio no lo había entendido. ¿Y los demás? ¿Torrejas, Serrano, Alicia? ¿Por qué no se reían? Pobre Walter, el ímpetu que había puesto para tan pobre repercusión. Había una diferencia, sin embargo, en cada una de las reacciones. Alicia hizo una mueca simpática, porque al menos había entendido el tono del remate. Torrejas y Serrano, en cambio, ni se inmutaron, como si esperaran que el chiste continuara. ¿O acaso la seriedad obedecía a que el hechizo había durado nada y habían vuelto a recuperar sus viejas personalidades filo nazis? La incertidumbre desapareció cuando el profesor balbuceó:
-¿Iom...?
-Iom Kipur –afirmó Walter-. El día del perdón.
-Ahá –contestó Serrano, sin que el dato paliara su desconcierto.
En realidad, explicó Walter, no importaba si se trataba de Iom Kipur o de otra fiesta. El chiste era que el loro no sólo sabía rezar y cantar como un judío de ley, sino que además había adquirido la mentalidad especulativa con la que se suele caricaturizar a la colectividad: ir a menos en la primera ronda de apuestas, engañar a todos y así, cuando nadie lo sospechara, reventarlos en la segunda.
Pasados ya unos meses de aquellos días de locura e intolerancia racista, el saldo que nos quedó son los tefilín que nos llevamos de souvenir y que ahora seguimos usando. Alicia sabe que debe dejarlos, porque no está bien que una mujer los use salvo para casos de emergencia. Pero se le hace difícil. Lo increíble es lo mío: día tras día aprendo el significado de los rezos y me siento un mejor judío. Tanto que, por momentos, me invade la sospecha de que la aventura de Viedma no fue más que una confabulación entre Torrejas, Serrano, Walter, Damián y el resto del contingente a fin de combatir el agnosticismo creciente en los tiempos que corren.




III. La tos


En una época que me agarró tos, tosía sin parar, nada me calmaba. Primero me hice nebulizaciones con vapor, a ver si mejoraba. Pero no, así que fui a la farmacia a comprar un jarabe espectorante. Lo tomé tres veces por día, varios días, y cuando me di cuenta de que era inútil decidí ir al médico. Pasé por la guardia y me vio un clínico. El tipo me escuchó respirar, me detectó un espasmo bronquial y me recetó dos dosis de salbutamol en aerosol por boca, una a la mañana y otra a la noche. No lo voy a tomar, pensé al salir del consultorio. Que yo tenía tos, nomás, que asmático no era, mascullé. Cuando llegué a casa, Alicia me bajó a la tierra: que no fuera boludo, me dijo, que mal no me iba a hacer. Le comenté mi temor de volverme adicto al salbutamol, a lo que ella prefirió no responder.
Desde esa noche, todas las noches, o mejor dicho todas las madrugadas, a eso de las cuatro, comencé a sufrir ataques de tos aún más severos, y sibilancias al respirar, que sólo desaparecerían tras aplicarme una dosis de salbutamol. Lo que no entendía era cómo, de golpe, había comenzado a padecer este problema. Según me explicaron, los bronquios estaban llenos de mucosidad y eso hacía que se redujera el espacio para que el aire pasara. Conclusión: que lo que tenía era una bronquitis, afirmó un segundo médico, al que recurrí dos días después porque no notaba una mejoría más allá del alivio pasajero que me producía el salbutamol. Me agregó antibióticos y un jarabe potente que contenía un derivado de la morfina.
Entre un acceso de tos y otro, una tarde que me encontraba solo en casa recordé que Alicia me había encargado que le desenredara una madeja. Desde que había aprendido a tejer no hacía otra cosa. En realidad, habíamos aprendido los dos. Aunque lo mío no fue por una inquietud personal, sino para intentar resolverle un problema a ella. Habíamos ido a almorzar a lo de mis tíos, que al estar de viaje les habían pedido a mis padres que por unos días les cuidaran la casa y a Benny, el perro. Benny era una terapia. Sobre todo para mi papá, que se pasaba el tiempo jugando con él, corriéndolo y asustándolo con un sombrero de paja de estilo caribeño. Ese día comimos un asado y luego Alicia agarró la lana para que mi mamá le explicara cómo poner los puntos. No le resultó fácil comprender el procedimiento, ya que los dedos de mi mamá realizaban piruetas endiabladas. Se podía ver cómo comenzaba, pero uno enseguida se perdía. Le pasaba a mi mujer, que quería memorizar los pasos, y me pasaba a mí, testigo de la improvisada clase.
Poner los puntos parecía lo más difícil. Después se aprendía a pinchar la lana enhebrada y, vuelta a vuelta, en forma automática, el tejido se hacía solo. Entonces decidieron saltearse la enseñanza del primer paso, que era demasiado engorroso, para continuar con lo que realmente importaba, que era tejer. ¿Pero tejer qué?, se preguntó Alicia. Algo simple, le aconsejó mi mamá, lo más simple que se pudiera, y que le sirviera para practicar. Una bufanda, por ejemplo, que era una prenda recta y sin complicaciones de sisa, mangas ni canesú.
El problema surgió a la noche, cuando ya habíamos regresado a casa con el proyecto de bufanda iniciado. No sé qué hizo Alicia, pero los puntos se cayeron de las agujas y no pudo tejer más. Había que deshacer y volver a empezar. ¿Pero cómo, si poner los puntos no sabía? Iba a tener que esperar a verse otra vez con mi mamá, a no ser que la llamara por teléfono e intentara lo imposible: aprender a la distancia lo que no había podido personalmente. Al verla frustrada, decidí llamar yo.
Mi madre, tubo de por medio, trató de ser lo más didáctica posible:
-Agarrá la aguja con una mano y en la otra pasate la lana sobre los dedos índice y gordo.
-Ya está.
-Ahora poné la lana, como la tenés agarrada, sobre la aguja.
-Sí.
-Girá ciento ochenta grados la mano para que te quede el pulgar para afuera y el índice para adentro.
-Ya está.
-¿Te quedó la lana cruzada?
-Sí.
-Está bien. Pasá la aguja por la lana que te quedó rodeando el dedo gordo. Tenés que hacerlo de afuera hacia adentro.
-...
-¿Y?
-Listo, dale.
-Ahora pasá el rulo que te quedó en el dedo gordo por encima de la aguja.
-Está.
-Y la lana del índice, también por arriba de la aguja.
-¿Cómo hacés? No me da el movimiento de la mano.
-A ver, esperá que agarro lana y una aguja y lo hacemos juntos.
Del otro lado de la línea se empezaron a oír las carcajadas de mi papá, por lo ridículo de la situación. Mi mamá repitió los pasos y al llegar donde se había suscitado la traba observó:
-Una vez que pasás la lana del dedo gordo por encima de la aguja, el dedo tiene que volver a su posición original.
-¡Ah, bueno! Así, sí.
-Ahora pasá el índice por arriba.
-Listo.
-¿Te queda el rulo en el dedo gordo?
-Sí, ¿qué hago con el rulo?
-Pasalo por la aguja, de adentro hacia afuera y de arriba hacia abajo.
-De adentro hacia fuera... Y de arriba hacia abajo. Sí.
-Bueno, ahora tirá con los dos dedos y ajustá.
-Ahí está.
-¿Cuántos puntos te quedaron?
-Dos.
-Perfecto. Ahora volvé a hacer lo mismo.
Ahí la cosa se volvió a complicar. Mi mamá me decía que la segunda vez me tenía que quedar un punto más, y a mi me quedaban dos. Es decir, sumaba de a dos en vez de sumar de a uno. Evidentemente, algo hacía mal. Repetí los pasos tal como ella me guiaba y el error persistía. Así que lo lamenté por Alicia, pero esa noche iba a tener que quedarse sin tejido.
El domingo siguiente volvimos a visitar a mis padres, que ya habían regresado a su departamento, y ahí caí en la cuenta del error. Era el último paso: el rulo del dedo gordo no había que hacerlo pasar por la aguja de arriba hacia abajo, sino a la inversa. Así se soltaba y quedaba eliminado el punto sobrante. Lo gracioso fue que tras aprender a poner los puntos, me entusiasmé tanto que quise enseñarles a mi cuñado y a mi papá. Mientras los tres hombres hacíamos el ridículo, las mujeres estaban en plena producción. Alicia, como ya dije, con su bufanda, mientras mi mamá y mi hermana, Carolina, avanzaban con prendas de bebé. El hecho de que el tejido pasara a ocupar un lugar central en la familia tenía que ver, justamente, con que Caro iba a ser mamá.
En aquel contexto, y mientras me caía la ficha de que iba a ser tío, aprendí la difícil tarea de poner los puntos. Pero ahora estaba esto: la madeja de Alicia, que se había vuelto un nido de caranchos y el encargo de que, si tenía un rato, se la desenredara. Como en aquella época tenía bastante tiempo libre, puse manos a la obra. Había dos caminos: el desprolijo de cortar y anudar, o el que elegí yo, que era armarse de paciencia y desenredar el atasco.
Se había armado un matete terrible. Debían de ser como treinta metros de lana hechos un bollo. El problema era que una punta desembocaba en la bufanda a medio tejer, y la otra en el ovillo, que tenía alrededor de ocho centímetros de diámetro. Es decir, no había una punta propiamente dicha. Así, me las tenía que ingeniar para repetir a la inversa los pasos con los que la lana se había enredado. Un movimiento por el lugar equivocado podía significar que el embrollo no hiciera otra cosa que crecer, hasta volver el trabajo interminable.
Entre lo tedioso del asunto y las interrupciones de la tos, pasaron horas. La complicación era hacerle lugar al ovillo por donde pudiera pasar, y así desarmar nudo por nudo. Para peor, el tipo de lana no ayudaba, ya que era de esas jaspeadas que van cambiando de color en su extensión. Es decir que lo que de un lado de determinado nudo era verde, del otro se convertía en azul. O lo que era amarillo cambiaba al turquesa. Así, era una utopía recorrer con la mirada una línea de continuidad, a fin de reconstruir en reversa y arribar al instante cero, el momento en que se había gestado este invertebrado lanar.
Mis ojos estaban cansados, cruzados por hebras de colores que fragmentaban el espacio en cuadrados, triángulos y trapecios. De pronto me invadió una especie de obnubilación. Me sentí liviano. O más, sin peso alguno, libre y minúsculo a la vez. ¿De qué otra manera se podía explicar, si no, que el ovillo se hiciera cargo de la situación y me remontara como un barrilete? El ovillo me llevaba hacia un costado, hacia el otro, y me hacía ondular como una hebra más. Perdía la noción del tiempo, porque ya no había tiempo, sino un puro presente sin fin. Hasta que de repente me despabilé...
-¡Pedro, Pedro!
Era Alicia, que acababa de entrar a casa. Me vio durmiendo y tosiendo. Sí, no paraba de toser.
-Estás otra vez con la sibilancia –notó.
-¡¿Pero vos qué pensás, que lo hago a propósito?! –reaccioné irritado.
-¡Tranquilo, che, no te persigas! –me frenó- ¿El salbutamol te está haciendo mal a la cabeza?.
Que no, quería responderle, que me disculpara, que me sentía muy nervioso y que tenía la sensación de que la tos me dilataba cada vez más el cerebro. Pero un nuevo acceso de flema me obligó a encerrarme en el baño. Fue en ese momento, mientras escupía en la pileta, que decidí dar cuenta de esta experiencia por escrito.

lunes 4 de mayo de 2009

Nuevos poemas

(Escritos entre 2008 y 2009)


TRES DESEOS

Voy a pedir tres deseos,
como si fuera mi cumpleaños
y tuviera delante una torta
con suficientes velas para incendiarla.
Lamentablemente, no volvimos a hablar.
Y eso que había de todo:
Desde ascensores livianos que seguían de largo
hasta lluvias tropicales de amplio alcance.
Pero ahora ya está, tengo que aprovechar
la volada y comprarme algo, no sé.
Supongo que te preguntarás lo mismo
que me hubiera preguntado yo en tu lugar:
Qué hace este pibe escribiéndome
después de tanto, tanto tiempo.
Una posible respuesta, lo primero que se me ocurre,
es que Sure, Rosita y su hermana, llamada Berta,
solían mandarse esta clase de mensajes
cuando aún no existía la tecnología.



SUEÑO

El sueño me despierta hoy
con un ardor de ultrasiete.
Ebulle y se hace escultura
dentro de la nariz.
Afuera llueven pajaritos
cuando acaba su colita
y empieza el aire o la corteza.
Esto puede pasar en cualquier lado.
Al caleido caloide
no es alcaloide lo que quiero decir.
Medía un metro ochenta si medía
el caleidoscopio del interior.
Iba y venía al derecho
y al revés desembolsaba
todo lo que le pedía.


DISCUSION

Diga basta
circulando.
Tuve tecnología
no tube
tuve tecnología
tornado devastador:
¿Dónde estarás?
Arriba la luna.
¿Pop qué?


MEDIOS DEL INTERIOR

Salud anarquía, símbolo de calidad.
Mi rubia, sobre la luna, odia
los medios del interior.
No es lo de la chica, yo tengo uno
de galerías oscuritas y parque con olor a sol.
Es el aerosol, el megateatro, lástima el humo.
De noche, lo que se piensa cabe en la bola
de espejos facetados.
A mí me encanta, pero caminé una cuadra
y quiero volver adentro.
Ya está, claro, y cuánto te cobraron
y qué te hicieron.
Más vale un montón.
La sierra de la esquina es parte
de los preparativos para la cena.


SAMBA

El tiempo en el samba
cuelga de un brazo
que me conmina a no circular.
Samba de mi esperanza,
esto no es Santa Rosa
vigilada que dice:
Ahí hay brillo.
Los chicos no paran de hablar
como si estuvieran solos.


DUENDES

Hoy somos duendes,
arreglamos sillas y sillones
antes de que las gordas salgan
y digan que se acabó.
Está lleno de edificios
en la rutina
de poner ladrillos donde no había.
Los pozos del árbol
que obviamente no es de acá
parecen interponerse en la reventa.
Los demás flotan con utensillos
propios de la actividad.
Cristal azul y líquido gris
agitan la próxima prometida.


INSECTO

Entre los círculos, al enrollar,
un insecto cabalga como puede.
Ya es de noche o es de día
de dormir con una máscara.
Entre los dioses
y las bases del vecino,
el sonido a catramina.
Una agrupación de aguijones
fuertes como herrajes del centro
duermen bajo la luna de Tucumán.
El aviso es golpear por galería.
El nylon en el viento
y mis ojos que miran sin mirar
son un conjunto,
como la pecera matutina
y el jardín de las delicias
venido un poco a menos,
O la salamandra junto al mural
y la ciclotimia de Mario,
el carnicero de la esquina.


MEÑIQUE

Tengo una picadura
en la articulación del meñique.
Tanto no usar la pila,
se descarga.
No hay música,
no hay ritmo,
sino un colectivo desperdiciado.
Tres personas que no bajan
ni a la ida ni a la vuelta.
Una avioneta que aterrizó en la selva
acelera la deforestación.


PASTAS

Lucio cocina pastas
mientras toma café.
Busca el contenido neto
del sobre que contiene
todos los sabores del postre.
Cuando tocan el timbre
pasa lo que no quiere:
El agua lo baña o casi
Y lo que alguna vez podría haber esperado de una oportunidad así
toma el rumbo que había sospechado.
Lo único que le queda es esperar
que la música sea lo suficientemente fiel
como para espantar hasta al último.


PAÑUELO

El pañuelo de luz cuelga
alrededor de la bandera
que antecede al colectivo.
Sueño, a veces, con escribir
una palabra en el papel
y que la magia la subraye
si está mal la ortografía.
Para eso escribí en la compu
con el “Word”, me dice
la mujer con la que hablo.
Que además “word” quiere
decir palabra y eso es
de lo que estoy hablando.
Démosle la razón
al menos por un momento
e imaginemos lo que sería
el futuro en esas condiciones.
Quiero decir: ni en pedo
vuelvo al “Word”, ¿o es acaso
que no lo quieren entender?


CONSTRUCTORES

Si el carnicero y el zapatero
hicieran bien su trabajo
podrían ser constructores.
Si el ciclista y el afilador
hicieran bien su trabajo
podrían ser constructores.
Si el odontólogo y el cirujano
hicieran bien su trabajo
podrían ser constructores.
En general:
Si todos los que tienen
un trabajo con determinadas características
hicieran bien su trabajo
podrían ser constructores.


NIÑERA

Sentate ahí, sentante,
que estando la vaca atada…
¡Muy bien! Tomá, perá.
Ese es el pescadito.
Toc, toc…¡Qué bien!
Venga mi amor,
venga conmigo.
Muá, muá… Perá, perá.
Ni hizo nada,
no hizo nada la nena.
No hice todavía.


VIERNES

En el ascensor
un joven le pregunta
a la profesional
si los zapatos que usa
le hacen el pie más chico.
Hoy es un día especial,
no vino el primero
ni el último,
lo que permite aprovechar
para hacer cualquier otra cosa.
Yo la espero y juego en el piso,
pongo baberos más tranquilo
que ayer,
cuando de un pelotazo
transformé la luz en tubo.


MOVIMIENTO

Adelante y atrás,
sería el movimiento..
La flor que le hace
a la ráfaga de viento
una reverencia.
En el campo
de ovejas adelante
cerdos y corderos
y al tiempo para atrás
van los gallos,
los sapos y los gansos
que no paran de aletear.
Es la siesta que desatan
cuatro ruedas en la pieza
en la que madera hay.


ARTEFACTO

Algunos me tocan,
quiere decir que estoy
aunque ya vacío
imaginando la llovizna
por momentos que viene
de la cocina comedor.
El frío no llega,
la luz tampoco.
Hay elementos que deberían
tener un pormenorizado desarrollo
y sin embargo las miradas
las absorbe el artefacto.
La loca de las bolsas
duerme, el libro marcado
en la cómoda o piesera
lleva años de vida.
En pocas horas el sol
volverá a ser un problema.
Te lo digo por última vez:
¿Vamos a encargar cortinas?


PERLA

Enhebro y ensarto
una perla de concha
tras cada bola con gancho.
A derecha e izquierda
puedo enhebrar tantas
perlas de concha como desee.
Necesito un anchor por bola,
hilo resistente para
coserlo al final,
repetir la madeja
y unir los extremos.


ERUCTO

Cuando eructo
el disco se raya
y le da paso al hombre
con la mujer.
Es una mirada lejana
que se moja en el mar
porque de noche
abajo no hay nada.


SOMBRILLA

Nadie alquiló sombrilla
en la vereda de los troncos.
Desde un lugar en el que todo
el tiempo mueven mesas,
trato de no distraerme
y de seguir el movimiento
de las primeras hojas verdes.
El auto de treinta años
acelera sin que el guardián
se dé cuenta.
Con un bastón
va y viene y lo busca y da vueltas.
Sigue habiendo golpes
de martillo y castañuelas.
Si siguiera caminando de noche
como el primer día del invierno
las posibilidades de quedarme
serían una incógnita.


BAR

Las mesas vuelan en el frío
hasta que un ritmo pasa
y las vuelve a juntar.
El llanto, ante el edificio,
las ganas de callar
volverán al murmullo.
Será un baile con otra música
aunque la espalda vaya derecha.
A esta hora se discute el monstruo
y el llaverito, por más chiquito que sea.
Estuvieron diez días con eso
porque las cosas raras
les gustan mucho.
El llanto es imparable
y le cobran con la madera,
para que todos bajen el volumen.


VAGO

Sobre los pies, dos
que van a saltar
para cruzar la ciudad
de norte a sur.
Cómo extraño, cómo
escribo y te extraño
todavía,
aunque me mientas
con estos amagues.
Sé que en parte
la culpa es mía, la
vagancia contra todo
lo que podría hacer.
Acariciame, por favor,
por lo menos hasta que
la voluntad de abrazarte
no tenga que ser pensada.


COLOR

Una de las cosas más importantes
de la mañana es
la información sobre el color.
El sol de Italia sacude a la Argentina.
Es hora de actualizar al que corre,
los increíbles premios de la noche
esperan el único accidente posible.
Las voces de los santos se van
deformando con el barrido
del ventilador y los eructos.


PROFESIONAL

Para terminar la escuela primaria
la óptica de la avenida
trata de saludar a los que pasan
con la simpatía que la caracteriza.
El ruido es para desconcertar
y provocar ladridos.
Las luces, para que las ventanas
hagan el juego que deberían.
Es como un motor, parejo, parejo,
no sube ni baja, golpea agudo
contra la ventana
para que el viento de la noche
se lo lleve en un intervalo.


PIERNAS

Las piernas marrones
van hacia el fondo
de un local que tampoco
es tan largo como se esperaría.
Hay una puerta que se abre
y se cierra. Ahora se cierra
y las piernas marrones
están por decir algo.
El humo puede ser la cuerda
de alguien que nada
tiene que ver con las cosas
que pasan en este lugar.


CIUDAD

Todo lo que nos ocurre en la ciudad
podríamos escucharlo en la expresión animal.
El sapo que no es sapo y
la bocina que no es bocina.
Si se tratara de caballos, todavía.
El pájaro no es un pájaro y
la oveja tiene ataques de tos.
El cielo se ha llenado de bolsas
que chocan contra los árboles
Y las palomas que no entienden nada
practican saltos mortales.


BRILLO

Vuelve a estar el brillo
sobre la regadera
y la combinación en pareja
se ocupa del balcón.
Como un gran televisor
que cubriera una ventana,
el aire es como el mar.
Lo debería repetir:
el aire es como el mar
cuando el caballo salta
y se abusa, porque no nada.


FLOR

La flor de tres colores
que una vez creció
en un rincón del living
antecede las vivencias
de un grupo de personas
distribuidas en vertical.
Está fresco, está seco,
el vidrio parece lo más limpio
y una base confortable
quiere tener razón.
Recuerdo, en este momento,
la hoja cuadriculada y pintada
uno sí uno no.
El caballo que lo convertía todo
en ajedrez, en auto, en lámpara.


PAPEL

Las líneas sobre el papel
y los sonidos de los animales falsos
esperan la explosión próxima.
Es fácil decir que no
cuando el coro entrenado acentúa
cada idea del hombre mayor.
Hasta los aplausos del final
parecen migas de galletitas
esparcidas por el piso.
No se ve, no se oye
lo que los elegidos quisieron decir.
La señora de pollera se aleja
como si nada de esto hubiera pasado.


REBOTES

Por aquí y por allá
los rebotes de histeria
me aconsejan sobre determinadas
reglas del alfabeto.
La letra inclinada como
la del ancestro y el mirar
de al lado esas formas.
Es hora de intoxicarme
con todas las pérdidas
y ecos de una proposición
relativamente simple.


OSO GRACIOSO

Entre todos los osos que se la pasan
vagabundeando por estas calles
hay uno que se merece mayor atención.
¿Es amarillo? ¿Es rojo? ¿Está contento?
Se lo distingue así: cualquier cosa que dice
causa una gracia involuntaria.
El oso camina, busca comida,
y mientras lo hace va cayendo
de sus bolsillos inventados
una cantidad no precisa de idioteces
(en el mejor sentido de la palabra).
El oso crea un chiste y luego otro
y otro más, uno atrás de otro,
sin tener la más mínima idea
de lo que eso significa.


TRES DIAS

La presión de la caricatura
en las ondulaciones de la piel
debe dejar atrás asperezas
para resultar efectiva.
Siempre hay algún consejo,
una que va y que viene
con la bolsa de basura.
Un actor de otra época
que quiere ir a Puerto Alegre.
Una chica que lo mira,
que le cuelga y lo mira.
Están diciendo las cosas
tres veces cada vez
que deciden hablar.

miércoles 11 de junio de 2008

Variaciones

Textos escritos en 2007



EL DUQUE

El duque se casó ayer con la princesa ciega. Digo el duque y soy yo, que no lo quiero reconocer. Hay más colas en la ciudad, cuando podría haber menos. Sacan números para la rifa. Entonces sube la nena, con sus hebillas rosas y violetas. Qué lindos colores, le dice el papá, que la hizo negrita. Son ideales para pasar diagonales, a primera hora de la mañana. En ese momento me doy cuenta de que he vuelto a equivocarme, de que debería haber recorrido kilómetros y kilómetros bajo tierra. Lo raro es que todavía quedan punks y mujeres que hablan como si fueran vírgenes.



POLLO

Dolores, una mujer, le pide a Katy, la empleada que trabaja por horas en su casa, que por favor le prepare un pollo y una carne al horno con papas. Se lo deja por escrito, porque a la mañana sale temprano y no la va a ver. También le dice que, de ese pollo, se separe una pechuga para almorzar, y que hay ropa en el tender del balcón, y que cualquier cosa la llame a lo de la mamá. Y lo último: que le deja, también, una rosca para que coma o se lleve.



COINCIDENCIA

Hubo más de una coincidencia. No hace falta un reconocimiento, porque el protocolo acompaña la distinción, el compromiso inesperado de sentarse y que pocos adviertan que el banquero toma café. Nadie dice la verdad con tal de recibir más premios que los esperados. No se pueden negar, parece mentira tanto una circunstancia como la otra. Y así y todo no está claro, ya que muchos de ellos no desean vender.



BAILE

Hace una hora, si no más, que me están diciendo que es muy largo, y me preguntan si lo puedo sentir. Yo bailo y no me importa, doy vueltas, miro las luces. Además, cuanta más gente me mira, más me gusta esta idea de bailar. Hay un grito que se ahoga tras los golpes y deriva en otra cosa que bailábamos antes. En la noche estrellada podemos decir qué noche. Mientras salto me pregunto si no estaré grande para esto. Pero no lo puedo evitar. Los golpes en el pecho me sacuden el cuerpo y los pies se mueven obligados, para mantener el equilibrio. Les pasa a todos los que andan por acá. Veo un sonido que nos envuelve, que nos hace girar como si estuviéramos en una bola transparente y grande como la de Pedro. Tan grande que, en este momento, la sensación es que la bola es lo más.



TROMPETA

La trompeta ya la escuché, es la que viene acompañada de un fusil que empuña el hombre que canta. Con las ráfagas de tiros al compás, no se entiende nada lo que dice. Por el tono parece ofuscado. Trata de descargar su malhumor contra los presentes, hasta que logra calmarse y dar un respiro, pero enseguida vuelve a empezar. Cuando llegó, en el andén había cientos de personas. Algunas se arrojaron a las vías y quedaron adheridas a la pared. Otras le pidieron un lugar al señor que vende boletos. En el andén no hay más de diez que, creen, pueden hacerle frente. Y es mucho, teniendo en cuenta que la música brota de su cuerpo. Trompeta, más tiros para bajar a la mayoría, hasta que salgo de atrás del espejo y digo que me dejen a mí. Siempre pasa lo mismo, se queja el hombre ofuscado: tanta inversión en tiempo y en arsenal para que de golpe me vengan a decir que todo tiene que quedar acá.



VAGON

La otra alternativa es correr como Superman, aunque esté todo oscuro. O, también, entrar en el vagón cuando haya sido evacuado, justo antes de que cierre sus puertas, para dirigirnos a un lugar indeterminado. Vale la pena correr el riesgo, incluso porque de la vía mucho no se puede desviar. Una vez en camino, lento por las averías, acostado yo en el asiento, quizás alguien me vea, y quién sabe lo que harían de mí. Claro que siempre será mejor eso que la asfixia del porvenir, del nuevo sometimiento a un tipo de salida inapropiada.



ENCUENTRO

A la mañana temprano, en verano amanece. Me la cruzo, ella viene sin mirar y me mira cuando le faltan unos pocos pasos para encontrarnos. Se puede hablar de algunas cuestiones meramente circunstanciales. De lo mal que se viaja, del clima, de que falta poco para el fin de semana, del choque que ocurrió a la vuelta y que ella vio porque venía de ahí. Lo que no sé es si sabe leer. De leer depende todo lo que tiene que hacer hasta el mediodía. Y si no sabe, lo que haga seguramente no tendrá que ver con las necesidades más urgentes de la casa.



PERROS

Mucha luz puede encandilar el tarro vacío de galletas, transparente, el mate usado. Mucho ruido puede hacer que otro, permanente, intente taparlo. El viento, por ejemplo, cuando es fuerte, nos hace recordar a todos esos perros del pulmón de manzana que lamían. En el silencio de la noche, por suerte alguien inventó el walkie talkie, lo que lo vuelve a uno más despreocupado. Antes, antes de dormir, había que salir a cazar para ahuyentar el estruendo.



NO SE SABE

Uno empieza otra vez. La mujer encierra a sus hijos para que no se escapen, antes de que llueva. No se sabe si es un colectivo o la ventana de una casa. Sólo se ven las gotas cayendo por el vidrio. Cuando muestra las arrugas, el hombre, la protuberancia se asoma. Acá, entre los pliegues del mirador, está toda la realidad. El pelado va la guerra y se lo ve distinto de lo que era. La tribu lo sabe, y por eso todavía no se ha dispuesto a prender fuego el bosque. Cuando la seguidilla acabe, habrá varios oradores sentados a una mesa, esperando que algo ocurra.



MITIN

Alguien falta desde la mañana, pero no se sabe quién. Los encargados de averiguarlo se sientan en el patio a tomar mate. Si en ese momento entra alguien ajeno al mitin no lo saludan, como si no existiera, no sea cosa de tener que saludar a cada uno que entra cuando deben concentrarse y optimizar el tiempo a fin de resolver aquello para lo que han sido convocados. A la única persona que le prestan atención es a una esclava que no saluda, pero irrumpe y avisa que un ser agonizante, al que le quedan pocas horas de vida, tiene información precisa y certera sobre el desaparecido. Varios dudan sobre la veracidad del alerta y prorrumpen en llanto, como estrategia para testear la reacción de la enviada. Sin embargo, el rostro ante el imponderable es de extrañamiento: no se condice el dicho con el hecho. Recién entonces, cuando constatan que el sentido común motoriza el comportamiento de la esclava, los allí reunidos deciden enviar una comisión para escuchar con oídos propios lo que el agonizante tiene para declarar.



OJOTA

El origen de la ojota debería ser una investigación para todo aquel que se ufane de no calzar zapatos. El trueno en la habitación de al lado y, en la de más allá, la muestra de lo que podría ser un café. La base, la mesa, y la lectura de folletos atrasados. Después del año es una aberración. Los aventureros actúan, toman cerveza y se van a practicar las posiciones más adecuadas para el sexo. La risa de algún otro piso no tendría porqué molestarme. El lagarto sube para limpiar las glándulas de su hocico. Nuestro próximo participante es el bebé más gordo del mundo, con un poquito de perfume y sorpresas de tela amarilla. Cerca de acá hay libros con sombrero y una parejita de desodorantes que se la pasa esperando. Flor de bocina es la noche. El eco de un ascenso tampoco miente, aquí dentro.